Yo miro un montón, me inspira

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Yo miro un montón, me inspira


En un paisaje vespertino un dibujante dibujaba un árbol alto. A unos veinte pasos a su espalda, había otro dibujante que dibujaba al dibujante. El primer dibujante era dibujado por el segundo dibujante. (…) Qué raro que un pequeño delantal pueda fascinar tanto y tantas veces. Pero tengo para mí que es lo correcto. (…) Cuánta magnificencia en todas las cosas. Aunque ¿en qué cosas?.”

Robert Walser, ese autor capaz de recrear lo cotidiano de manera tan bella, los pocos años que pudo dedicar a la escritura, antes de ingresar a un manicomio a consecuencia de una enfermedad hereditaria, por propia voluntad; dejó muestras sobradas de su arte.

Un paseo está siempre lleno de importantes manifestaciones dignas de ver y de sentir”, escribió en esa miniatura enorme que es El paseo, y vaya si tenemos que coincidir con él. En otra de sus obras, una antología de narraciones y poemas, Ante la pintura, publicada por Siruela, Walser nos invita a otra recorrida; una por exposiciones de Berlín, Berna y Zurich; reinventando cuadros a través de la escritura.

Siento que podría seguir con este relato hasta el infinito. ¿En qué consiste lo infinito, si no en una sucesión interminable de puntos?”

¿En qué consiste una pintura si no en una sucesión interminable de puntos?.

Exactamente como lo escribe Walser, concibo el infinito. De mis paseos por la calle o por la web, por la charla o la lectura, y deteniendo la marcha ante cualquier cosa que llame mi atención, es como me gusta andar por la vida.

La vida es de por sí una excelente inventora.

¿No nos basta con eso?” (R. Walser /Escrito a lápiz. Microgramas 2 )


(de mis fotos del 26 de diciembre de 2016)

En Navidad, volvía de celebrar en familia, introspectiva y tentada de ceder a la nostalgia de los que no están, cuando un mural me distrajo de la ensoñación.

Mi coetáneo preferido vio, una vez más, cómo me  lanzaba prácticamente del auto; de tal modo, resignado, estacionó metros más adelante. Saqué muchas fotos, me acerqué a esa enorme bella durmiente, me perdí en los detalles y agradecí una vez más esta gran movida cultural, sobre la que había empezado a escribir.

En ese borrador, contaba que en mis caminatas, parsimoniosas como me gustan, cada vez empecé a ver más murales en las calles. Los estudiosos del tema del arte urbano o street art, dicen que nuestra ciudad cada vez trepa más en el ranking de aquellas donde se pueden ver estas intervenciones artísticas.

El colectivo artístico Brooklyn Street Art, estudia el estado del arte callejero en el mundo y elaboró una lista de las urbes más prolíficas para ver este tipo de manifestaciones. Berlín, San Pablo, Melbourne, Ciudad del Cabo y Moscú encabezaron el ranking, en el que también se encuentran Los Ángeles, Bogotá, Santiago de Chile y Praga, entre otros, y Buenos Aires ocupó el puesto 19.

Este tipo de muralismo, ha visto crecer sus cotizaciones en subastas, lo cual es un dato que quizás interese a muchos en un mundo mercantilizado. Por otro lado, las ventajas de esta forma del arte, tales como la democratización, romper con lo institucional y demostrar que cualquiera puede hacer un mural o apreciarlo; puede llamar la atención de los cultores de la política.

¿Pero qué pasa con los curiosos como yo? O con quienes sencillamente aprecian la disciplina porque excita su imaginación. En lo personal, lo que más me llama la atención es ver algunos murales en casas de gente común. ¿Qué lleva a alguien a pintar los frentes de sus casas o de los muros que la circundan?

Ese mural del Hospital de Vicente López, en la zona norte del conurbano bonaerense, me hizo pensar en la posibilidad de preguntarle a un artista, sobre esa forma del arte tan peculiar.

Me encantó la idea de saber qué hay detrás de cada mural, de  cada motivo, de cada persona o familia que vive allí; detrás de esa pared, que tan viva, concita nuestra atención y consigue detenernos. Como la palabra, muchas veces, lo cual agradezco tantas otras.

Quince minutos habían pasado de la medianoche y era 26 de diciembre, cuando  ya sabía que la artista se llamaba Mabel Vicentef y que esos murales del hospital, eran apenas una muestra de su talento.

26/12/2016 0:14

Sandra

Qué bello tu trabajo. Ahí está tu pasión y se nota. Tenemos una amiga en común, y como digo siempre, me gusta pensar que los amigos de los amigos, pueden pasar por Mégara, para eso vamos al encuentro de la gente. La que comparte con nosotros la pasión por lo que hace. Para nosotros es leer y escribir. Hay reseñas y opiniones, paseos por distintos lugares, canciones que hablan de libros y reportajes o entrevistas a escritores. Pero también queremos hacer entrevistas con otros creadores, como no tenemos techo, porque soñamos, y ya entrevistamos a Pablo Bernasconi, me preguntaba si no aceptarías una entrevista para mostrar además todo lo que hacés. También podés pasar por la página del sitio en facebook, @megaralibros, un “Me gusta” nos ayuda a seguir construyendo. Gracias, y como los saludos cordiales no son mi fuerte, un abrazo

Mabel Vicentef ha aceptado tu solicitud.

Mabel

Hola Sandra, ¿cómo estás? Muchas gracias por las fotos… me encantaría hacer una entrevista.

Esa madrugada, cuando nos quisimos dar cuenta,  ya estábamos tejiendo los hilos de su historia, yo preguntaba y ella iba respondiendo, con espontaneidad y venciendo sin darse cuenta lo que nos había confiado desde el principio. Una cierta timidez para hablar, para mostrarse de otra forma que no sea a través de su obra.

Y acá estamos, una vez más, para compartir con los megarenses tanta belleza, la que puede resignificar un paseo vulgar, a la vuelta de cualquier esquina.


Mabel Vicentef es María Belén Vicente Farall y tiene 28 años, adoptó como nombre artístico el apócope combinado de sus nombres de pila que usaban sus amigas, y  cambió su apellido a Vicentef, por una razón sencilla; como ella misma nos explicó “hay muchas Mabel Vicente, entonces cuando me buscaban por un mural, había 25 personas con mi nombre.

Lo curioso es que al conocerla, es sencillo darse cuenta que en realidad, hay una sola. Ella es Mabel Vicentef, Mabel como la nombran desde chica, sus amigas;  la Vicentef, para mí, ahora que es una grande.

Su generosidad fue mucha, tanto para las respuestas de esa noche, como para las que vinieron y también para el grabado que hicimos de otro tramo del reportaje, en el encuentro posterior. Fue en una plaza aledaña a la estación Padilla del Ferrocarril Belgrano, en Villa Martelli, donde queríamos conocerla en persona y verla en acción, a propósito de un mural, contratado por el Municipio.

Justo el mural es por las Malvinas que es un tema que me hizo dudar porque es medio polémico”, nos contaba, respondiendo muy claramente, al preguntarle qué la había llevado a aceptar: “Me parece interesante todo, pude hablar con  uno de los combatientes, pero es un tema un poco sensible para muchos y no quiero herir susceptibilidades. De allí que originalmente iba a ser una cosa y después lo modifiqué. Hablé con Luis Quinteros que es un ex combatiente y me pareció un proyecto re interesante, yo lo quería abarcar desde un punto de vista más ameno, no quería hacer soldados ni banderas, pero me di cuenta que ellos querían sentirse representados y desde un punto de vista más heroico.”

Como le dije esa madrugada, serían muchas cosas las que tenía para preguntarle y lo haría como surge en una charla, de manera espontánea y desordenada, aunque con ella tomó forma y color.


M. ¿Dónde estudiaste? ¿En qué horario pintás? ¿Cuánto tardás en hacer un mural?

En la Universidad del Salvador estudié escenografía, pero no terminé. Respecto del horario para pintar, no lo tengo del todo definido, me guío por el sol, me fijo en qué horario da muy fuerte, pero no sé bien, generalmente de 09.00 am en adelante, todo el día. Y el tiempo también varía, el del Hospital Houssay, me llevó  nueve días.

Foto Sprey, de Mégara

M.¿Siempre tuviste ese talento? ¿Desde chica dibujabas? ¿El del Hospital, por qué esa temática? ¡Es precioso!

No tanto, de chica era muy musical. Respecto de la temática, te cuento que hice uno hace dos años, el que está en el frente y quería continuar con algo similar. Buscaba algo que genere un efecto positivo en las personas ya que están entrando a un hospital. Pensé que probablemente no se sintieran bien, y busqué, de alguna manera,  generar un cambio sutil y emocional, previo a entrar. También pensé en todos los chicos que entran.

M. Sin duda, te hace volar con la imaginación y a mí me hizo pensar en sueños, proyectos, deseos

¡Qué bueno! Muchas gracias

M. Si eras más musical de chica, menos mal que descubriste tu talento. Es bello lo que hacés

Sí, siempre trato de que no sean mensajes así derechos, concisos, si no que sea más abierto, como algo que te pasa o que sentís.

M. Hay toda una movida de arte urbano fascinante

Sí, sí, es genial, aparte antes no era tan así y ahora es impresionante.

M. ¿Alguien descubrió que dibujabas o sola te pusiste a pintar? Siempre tengo curiosidad por saber cómo se decide un artista a enfrentarse a una pared, una extensión tan enorme, en la que debés poner el cuerpo

Los últimos años de colegio tenía arte como una materia y empecé a disfrutarlo mucho y después decidí estudiar filosofía en la UBA y me di cuenta en una clase, mientras tomaba apuntes, que tenía todas las hojas dibujadas. Y luego pensé en estudiar arte, pero me aburría mucho todo lo relacionado con museos,  galerías; ese costado más solitario, frío por momentos, y entonces opté por escenografía.

Cuando estudiaba, empecé a trabajar con un realizador de escenografías para cine, y publicidad. Ahí se hacían grandes murales entre otras cosas. Y amé el tamaño grande, la dinámica, todo. Después seguí sola  con interiores, cuartos de bebés y al tiempo tenía ganas de pintar en la calle, conocí un movimiento de muralistas que viajaba por Argentina y hacías encuentros de arte público y así siguió;  viajaba a provincias a pintar.

M. Me da curiosidad saber si llevás registro de los murales que hacés. ¿Un registro escrito, bocetos en papel o dibujos? ¿Qué siente un artista frente a una obra que es tan pública? ¿Y a Nueva Zelanda cómo llegaste?

De la mayoría de las cosas tengo fotos. A Nueva Zelanda llegué porque había estado viajando bastante, tenía que decidir si me quedaba en Argentina o viajaba; como había una visa de trabajo por un año, y tenía amigos viviendo allá, fui. Me gusta cambiar bastante donde vivo, entonces siempre me dan ganas de viajar.

Foto Sprey, de Mégara

M. ¿Qué te está reteniendo ahora en Argentina?, ¿se valora el arte muralista? ¿Lo conocés a Martín Ron?, el del mural que entiendo es, o era, el más grande de Buenos Aires, el de la calle Holmberg, donde está creciendo el polo nuevo de Villa Urquiza.

Llegué hace 3 meses y me va bien,  puedo vivir del arte; pero no sé todavía si me quedo es algo que no decidí.  A Ron lo conozco, no a él personalmente, sino sus obras.

M. Preguntaba por Ron, por curiosidad, para conocer si un muralista se contacta con los primeros que empezaron con esta movida.

Hablar, nunca hable con él; sí me encanta su trabajo.

M. ¿Será por esas ganas de conocer, de viajar, de ir y venir, que sos desprendida con tu arte? Pienso, cada vez que veo un mural, que el artista que hay detrás, es grande de verdad; a veces no se conocerá nada de él, y sin embargo su obra está allí, al alcance de todos, para que puedan disfrutarla

En realidad, siempre, donde voy, voy con el objetivo de hacer arte; es algo que está, y seguro voy a concretar algo relacionado con eso. Pero acá me doy cuenta que tengo más oportunidades, antes no lo veía tan así, ahora que llegué me di cuenta.

En otros países es como arrancar de cero, lo cual es muy interesante y siempre surge algo, pero para mí es un poco agotador, más que nada porque soy introvertida para muchas cosas; entonces generar contactos y todo eso relacionado con el arte, nunca me gustó.

M. ¿Sos una autodidacta? ¿Tuviste maestros, hiciste cursos? ¿Cómo aprendiste proporciones, técnica, cómo tratar las paredes, qué material usar? ¿Hacés trabajos particulares?

Un poco autodidacta, soy, sí, pero aprendí bastante trabajando con Juan Danna en escenografías, que es un gran pintor; después, millones de horas de mirar, dibujar, practicar sola,  hacer. Soy muy de hacer todo el tiempo. Sí, sí, hago trabajos particulares.

Su abuelo TITO (con mayúsculas, como ella lo escribió)

M. ¿Pero no podés usar superficies enormes para practicar, o sí?

Sí en realidad, mi primer mural fue el cuarto de un bebé, La hermana de una amiga. Ya venía pintando, pero no sola.

M. ¿Hay alguien en tu familia que se dedique al arte?

Mi abuela pinta y hace esculturas y mi hermana estudió Bellas Artes Y está terminando un posgrado también en arte. Están muy orgullosos todos. Creo que le pongo muchas ganas a lo que hago y eso lo ven. Justo ayer dibujé a mi abuelo que falleció hace unos años y me llamó mi abuela emocionada.

M. ¿Tu abuela, tu hermana, pueden vivir del arte?

No, mi abuela vendió algunas obras pero nunca vivió del arte. Mi hermana es docente y también trabajó en cine y vestuario, entre otras disciplinas.

M. ¿Se hace una inauguración de la obra?

No habitualmente, creo que sí en el que voy a hacer ahora, el que te conté de las Malvinas.

M. ¿Sabés cuántas obras llevás hechas? Sigo pensando el tema del sentimiento ante la entrega de la obra al público, a la sociedad, en el caso de los murales callejeros. ¿Te parece que es igual que vender un cuadro?, en donde también te desprendés de la obra, en definitiva

Sutil I (2011), gentileza de la autora

No, la verdad no sé la  cantidad. Respecto de las otras preguntas, no me preocupa tanto el desprendimiento de la obra. El mural es muy distinto a pintar un cuadro, durante todo el proceso estás en contacto con personas. Gente que habla, se comunica, pasan cosas. Los cuadros son más personales. Si ves mis cuadros y mis murales parecen dos personas distintas. Pero volviendo al tema de la relación con la obra, quizás con mis dibujos me cuesta más, pero generalmente, está bien; es para el otro.

M. ¿Te referís a que en la pintura, todo es más contemplativo? Mi sentir es que ante un cuadro, uno puede sentirse un mero espectador. El mural,  parece algo vivo.

Sí, aparte yo cuando hago murales pienso en todos, en el contexto, que cualquier persona pueda apreciarlo, no sólo los entendidos del arte. Tengo en cuenta eso, no me gusta hacer algo muy conceptual o que solo pueda apreciar un 2% de la población.

M. Sí, de todas formas, hay en tus trabajos mucho de onírico, y eso no lo aprecia quizás más que un porcentaje pequeño de gente.

Pero todo el mundo interpreta lo onírico y se lleva algo. Como que no hay mensajes indescifrables si no que un juego más de interpretación de cada uno, y eso sí me divierte.  Como el costado surrealista o enigmático, que te invita a preguntar, pero cualquier persona lo hace si quiere.

M. Si te muestro algunos de tus trabajos, ¿ubicás enseguida su localización y recordás su historia y su génesis?

Cosquín es el primero,  Tributo a los pueblos originarios, era un encuentro de arte público con esa temática. El lugar era una especie de almacén muy antiguo

El segundo es un interior en Nueva Zelanda, el árbol es un pohukutawa que para ellos es muy importante Era como un lugar para estar, que no es el living. Como un espacio de juegos para adultos había una mesa de ping pong,  un sillón, de los muebles que recuerdo

El tercero, es en la Universidad autónoma de Hidalgo, México.

M. ¿Fue libre la temática en el de la Uni?

La temática era infancia en tiempos de guerra, algo así relacionado con la no explotación infantil.

M. ¿Trabajás con el cuerpo, cómo se lleva?

Sí, es más agotador, cansa, pero está bueno, aunque el sol a veces es terrible.

M. ¿Hacés trabajos colectivos?, participás o participaste de esos colectivos de arte?

No, por ahora nunca. Sí pintar con otra persona, eso lo hice.

M. ¿En cuántos países estuviste pintando?

En Argentina, obviamente; Uruguay, México y Nueva Zelanda.

M. ¿Sabés cuál es el mural de mayores dimensiones que hiciste?

Creo que el del hospital, pero el de las dimensiones, es un gran problema que tengo. Me gustaría pintar más grande siempre, pero todavía no apareció la oportunidad indicada. Me gustaría más altura porque me gustan las figuras grandes, por eso hago personas durmiendo.

M.¿Hiciste el retrato de un perro?

Sí, ese era un encargo también. Fue en Nueva Zelanda. Era un señor que amaba a su perro.

Más de una hora de conversación, intercambiando mensajes instantáneos, me dejó pensando en muchas cosas;  por ejemplo en el tema de la inspiración, en el amor al arte o vivir del arte o vivir para el arte, en si son o no son la misma cosa, en definitiva.

No es posible hacer el “boceto” de una sinfonía, ni de un soneto, que son meras aventuras del espíritu. (…) El problema de las relaciones entre la pintura mural y la arquitectura, sólo pueden ser resueltas directamente y en el momento de su ejecución”, dijo el muralista mexicano José Clemente Orozco.


Para verla en la ejecución de su última obra, que forma parte del programa ViviArte, de la Municipalidad de Vicente López, fui entonces hasta la Plaza de las Américas, en la Estación Padilla, del Ferrocarril Belgrano.

Era día de Reyes y al llegar, la vi subida a una escalera, pintando; sin que reparara en mi presencia, entre el canto de los pájaros y los sonidos peculiares de la estación, la filmé. Una epifanía la del sonido del viento, bienhechor me diría más tarde, cuando se pinta bajo la sombra de los árboles, en pleno verano.

Una vez que advirtió mi presencia, nos saludamos como viejas conocidas y continuamos la charla, como si no se hubiera interrumpido. Avanzamos sobre el concepto de esa obra, que todavía no tenía nombre. “Relacionado con Malvinas obviamente, pero no está el nombre, veremos, no lo pensé todavía”.

M. ¿Es una sola figura humana?

No, van a ser tres y cada uno representa una fuerza, en el medio estará la figura representativa del ejército, que tendrá una flor de ceibo entre las manos. Lo que yo no quería es hacer armas, y primero tampoco quería hacer soldados, pero después me di cuenta que iba a resultar muy difícil si no se los representaba a ellos.

Entonces, pensé en las tres fuerzas, pero con elementos en las manos, el soldado del centro, tiene la flor de ceibo que es como el ejército, después la fuerza aérea tendrá un avión pero como de juguete, y el otro, un barco. Una cosa simbólica. Sí, así lo pensé, porque vienen chicos y tampoco quería poner alguien con un arma en la mano. Un arma, más allá del hecho o lo que sea, es algo para matar, y lo último que quería hacer era significarlo.

Además, también la idea es hacer un honor, un tributo, y dejar a todos contentos, ¿no? Esta obra es justamente como que tuve que dejar de lado un poco lo que soy yo como artista, para también pensar en todos ellos. Estuve hablando mucho con los combatientes, para entender cómo satisfacerlos, lo que sentían. Fue un aprendizaje, escuchar y ser escuchada.

M.¿Qué te transmitían?

Percibí que es gente que sufrió mucho, hay que estar en su lugar y es tan difícil por la dimensión de lo que vivieron. Por eso, traté de abrir mi pensamiento, escuchar con el corazón, ya que inicialmente iba a hacer como una obra mucho más poética por ahí, más relacionada con: “Seguir adelante, que ya pasó, el dolor por quién murió, sentirlo, pero seguir”; y ellos querían una obra que fuera más desde un punto de vista del heroísmo. Yo estaba hablando más por ahí de un resurgir de la muerte, o del dolor; pero, nada, después entendí que lo que hay que respetar, es lo vivido por ellos; y ese es el lugar que uno no puede ocupar, uno no puede saber cómo se siente. Tener dieciocho años y que te manden a la guerra, es espantoso. Y realmente, fueron héroes en algún punto, sí, porque estuvieron ahí. Mi reparo tenía que ver con  que a mí la palabra héroe me da como sobrenatural. 

M. ¿Sería víctima la palabra?

De alguna manera, pero ahí está el punto, no quieren ser vistos como víctimas. Ese fue un tema final, un gran tema, porque lo que ellos quieren, creo, de haber escuchado y de haber tratado de tener sensibilidad para ponerme en ese lugar, es como una reivindicación. 

M. Claro, y tienen razón, fueron mucho tiempo marginados…

Ninguneados. Sí, eso fue terrible y vivir todo eso después que te pase todo lo otro, peor. Me dije: “bueno hagamos algo que los deje felices, y que los represente, que muestre que tuvieron mucha valentía”. Entonces ahí sí había como un punto medio entre lo que querían ellos y deseaban y lo que yo podía hacer como artista; y estuvo bueno igual, aunque fue largo el proceso de llegar a un acuerdo. 

M. ¿Hacés más de una obra al mismo tiempo?

Trato de no hacer más de un mural, me pasó un par de veces. Por ahí sí en mi casa. Obra chica, pero más por necesidad mía.

M. ¿Hacés balance del camino hecho como artista? ¿Hacés taller o querrías impartir vos alguno?

Me pasa que me preguntan muchas personas si doy clases… y, no sé si es mi personalidad o qué, pero no siento que quiera hacer eso ahora. También habría que tener una vida más estructurada que no es la mía, no quiero estar atada dos veces por semana a una obligación; por ahí estoy pintando y por ahí no quiero ir a dar clases.

Taller, hice años atrás, pero estudio mucho en mi casa. En cualquier momento digo “bueno, a ver cómo es esto”, y puedo estar horas un domingo, metida en algo; siempre estoy haciendo.

M. Para tu quehacer, ¿repasás técnicas, buscás material, ves otros artistas?.

Miro mucho, mucho arte. Ahora mucho Instagram, soy fanática. Sigo a millones de artistas de todas partes o páginas que suben arte de otros; hay un montón, y son artistas bárbaros. 

M. ¿Se aprende?

Yo miro un montón, me inspira un montón. Igual soy muy de hacer, tengo ganas de mover la mano siempre, no sé explicarlo… pero es como una cosa así, una energía que tenés, entonces de repente digo… “Bueno voy a pintar con acuarelas”, empiezo y voy descubriendo cosas, yo sola, porque no tenés a nadie que te diga… “Che esto va así o esto va así”.  Un maestro sería como un límite, aunque igual aprendí mucho trabajando en escenografía. Yo trabajé con un gran pintor muchos años, te conté ya, Juan Danna. De él aprendí un montón porque es un pintor completo. 

M. Fuera del arte, ¿qué otra expresión te gusta?, ya sé que fuiste musical, cuando eras chica.

Aprendí violín, tres años, guitarra, nada tan estable como el arte, pero sí soy  muy de ir a recitales. El año pasado me compré un ukelele, igual queda medio colgado pero es más como un hobbie; eso sí lo tengo como un hobbie para divertirme un rato. 

M. ¿Para trabajar te gusta la música?

Sí, ahora no tengo, lo que antes tenía, pero tratamos de tener, escucho de todo, me gusta mucho el rock argentino, clásicos del rock internacional, Pink Floyd. Hubo una época de flamenco… Sí, no sé, lo que venga, ¿no? 

M. ¿Pensás en irte de nuevo?

No estoy segura, estoy tratando de no pensar si me voy a ir, porque me di cuenta que antes estaba pensando siempre si me iba a ir o me iba a quedar; esté donde esté, estoy tratando como de mantenerme más en el presente. 

M. ¿Qué te perdías?

Creo que me perdía el presente un poco, como que era una angustia por lo que iba a pasar y ahora estoy más relajada; igual es porque justo ahora volví a Argentina. Está mi familia, están mis amigos, tengo mucho trabajo acá que eso es lo que me detiene; si me voy de vuelta, es como volver a empezar desde cero. Pensé en irme tres meses y volver, algo así, pero decidí que a partir de enero, fines de febrero, lo veré. 

M. Cuando te vas, ¿te vas sola?

Sí, también es eso, ¿viste? Sola es como un desafío, agotador, a veces. Pero sí, lo bueno de irse sola es que las experiencias te llegan. Vas caminando y pasan cosas todo el día.  

M. A quien es estructurado y tiene una vida regida por un cierto orden – aclarando por si fuera necesario, que no importa un juicio de valor de qué es mejor-; le da curiosidad saber qué mueve a la aventura. ¿Qué es lo que te mueve? ¿Qué te lleva a querer ir de uno a otro lugar?

Me gusta mucho descubrir cosas nuevas. A mí, llegar a culturas que no tienen absolutamente nada que ver conmigo, me fascina. Así como te decía que nos juntábamos con este chico que vive en la calle (nota de M: se refiere a Alejo, un joven, pintor de brocha gorda de oficio, que dormía en la plaza donde está pintando el mural de Malvinas, quien colaboró con ella en la pintura gruesa) y charlamos de todo, hay algo ahí, en la posibilidad de conocer lugares y gente nueva  que me atrapa. No sé ni para qué ni por qué, pero bueno, es como que me pasa… Me encanta. 

M. ¿Y qué pasa con Mabel desde lo afectivo? ¿No hay nunca necesidad de una pareja, de un amor, de familia?

Sí, lo siento, pero es como una balanza. Ahora volví porque la necesidad de amor es gigante, y me di cuenta de lo bien que estoy, porque después de un año medio, me digo: “Wow, mirá todo lo que tengo acá”. Es así. 

M. Claro, porque yo te escuchaba recién, y en realidad, esa cosa del conocimiento, de la curiosidad, que es maravillosa porque creo que es la base del aprendizaje; no necesariamente se ejerce cambiando de geografía.

Claro, obviamente, sí, sí. 

M. Si sos curioso, aprendés. En el caso del artista, creo que lo fantástico es eso, lo que vos decías antes, que la posibilidad de conocimiento está en todas partes. Pero si pregunto mucho, es porque conozco otros jóvenes, algunos sobrinos sin ir más lejos, que tienen esa necesidad permanente de irse, de un lugar a otro y otro más.

No sé bien exactamente por qué, pero realmente a mí me pasa que estoy en otro país, y a veces me levanto y es como todo un mundo así, que te sorprende y estás como muy despierto y muy vivo.

Y acá por ahí, ahora, acabo de llegar y todavía estoy en esa anarquía del afecto, de lo conocido, pero después me empiezo a aburrir. Tengo eso, me inquieto, me aburro. Pasan cuatro meses y ¿qué pasa? No pasa nada, no pasa nada. Igual es algo para tratar también porque no sé, no está tan bueno. Ahora que tengo veintiocho años es como que digo: “Bueno, hay que aquietarse un poco a ver qué querés”, pero todavía ni yo lo tengo claro. 

M. Yo creo que las etapas vitales se van estirando. Pero nadie puede evitar el paso del tiempo y en algún momento hay también mucho aprendizaje en la quietud.

Sí, es el área que no tengo desarrollada.

M. Hoy releía a Tizón, el hombre de la Puna, estaba algo introspectiva a propósito del día de Reyes, tan distinto cuando los hijos crecieron, y él dice que no hay nada más vivo y más fantástico que el desierto.

Claro, yo en el desierto, me puedo llegar a morir pero también es un aprendizaje. Digamos que es como que no hay, o yo creo que no hay una fórmula, a algunos como que les funciona más algo, a otros, otra cosa. Yo miro para atrás igual y me encanta todo eso. Me acuerdo y tengo muchos lindos recuerdos.

M. ¿Sacás fotos?

Sí, fanática. Me meto así por lugares y voy y exploro. Sí, me encanta la fotografía

Fotografías, eso faltaba, yo tenía las que saqué al descubrirla de casualidad, en mis paseos y en mis regresos.


11 DE ENERO DE 2017 17:14

Sandra

Hola Mabel!…cómo va el mural? Yo sin poder desgrabar todavía y retrasada por eso. ¿Me querés mandar, de tus fotos, un seleccionado de algunas obras para el armado? Ya tengo del hospital y del tributo, de las actuales

11 DE ENERO DE 2017 19:24

Mabel

Hola Sandra ahora prendo la computadora y te envío!

Y como la entrevista con Mabel, fue una entrevista viva, como le dije a ella, seguimos la charla, hablando de cosas chiquitas y de cosas grandes. Así, me acordé de preguntarle por el nombre de su abuela pintora, Norma Farall, que es la abuela materna.

Le mostré un dibujo y le pregunté que veía

“Una serpiente se comió un elefante, el principito, jajajá

Del estribo quedaron algunas…

Foto Sprey, de Mégara

M. ¿Alguna vez criticaron alguna obra tuya? ¿Qué fue lo más lindo que te dijeron?

Creo que cuando pinté en el hospital me dijeron las cosas más lindas. Ayer vino un señor a darme un regalo y me contó que cuando su mama estaba internada con quimioterapia, siempre salían y la mamá se alegraba. Dos años después, vino a contarme esa historia y a traerme un regalo

Fue el primero que hice, yo viajé después y no me vio más. Le había regalado el boceto, yo ni me acordaba casi, pero bueno, él estaba en un momento re sensible. 

M. ¿Sabés qué pasó con la mamá? ¿Te animaste a preguntarle?

Murió, me dijo él. 

M. ¿Qué te regaló si querés contarnos?

Un pañuelo 

M. Qué linda historia, Mabel…

Otra historia, cuando estaba pintando, vino una mujer que su hijo había muerto siete meses atrás, re emocionada; le terminé pintando la cara de su hijo en su casa, estuvimos como una semana pintando en la casa y la mujer nos contaba la historia de su hijo. 

M. Qué historias. Por último, repasemos las fotos que nos mandaste  para no equivocarme:

1: interior de una casa en Waiheke Island, Nueva Zelanda

2: vos frente al mural de la Universidad Autónoma de México, participando del festival de Street art

Última foto: acuarela, KaKabeak, ( flor de Nueva Zelanda), o sea ¡no son ajíes!

¡No son ajíes, parecen!.

M. ¡Pero me falta la de los ruleros!, ¿por qué ese motivo?,¿ dónde está?

Y la de los ruleros es en San Fernando, porque se me ocurrió, nada más, en la pared de un amigo.


Y sí, pintar es algo que nace de aventurarse, así nomás; como dice el muralista mexicano, no es posible “bocetar” lo que viene del espíritu.

“Si la pintura de caballete nace confinada a actuar dentro de un escenario elitista, reservado para el goce íntimo de quien puede adquirirla, el arte mural en cuestión es un mensaje despojado de egoísmo, abierto a todos.”

Así decía Carlos Páez Vilaró que levantó su lugar en el mundo, en una gran Península llamada Punta Ballena, en nuestro vecino país, Uruguay. Casapueblo, esa construcción tan blanca, fue concebida como una escultura en la cual fue posible vivir, pintar, dar a conocer su arte, y recibir a sus amigos, los de la vida allí, y los de otros lugares por los que había viajado.

Es difícil explicar la emoción de las cosas, vale vivirlas y disfrutarlas. Anímense, salgan de paseo, aún sin buscarlo, en cualquier calle, en cualquier lugar del mundo; un muro puede sorprenderlos con tanta belleza, por pura generosidad de artistas talentosos como ella, que es nuestra y del mundo, por donde seguirá perdiéndose para hacer que se sienta más humano, más bueno y habitable.

¡Gracias Mabel!

 

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