Ya sé que no sé nada, ahora quiero saber más

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Ya sé que no sé nada, ahora quiero saber más

Mégara en su paso por Alcalá de Henares

Foto de Mégara, en su paso por Alcalá de Henares (mural de Rep)


“Salió el sol. Voy sola en el colectivo abarrotado de gente. Es noviembre otra vez y recuerdo a mi madre. El saber no ocupa lugar, decía. Como decía tantas otras cosas que me siguen haciendo pensar, guiada por el brillo de sus ojos claros. Ser intelectual, creer ser y parecerlo. La curiosidad y el conocimiento. Leer, siempre leer. La admiración y el movimiento. Como una contorsionista, saco el teléfono y escribo: Ya sé que no sé nada. Ahora quiero saber. Va por ahí -pienso-, y me doy cuenta que ya llegué. El cielo está celeste, hoy es primavera en Buenos Aires, lo dicen los árboles de la 9 de Julio, las retamas, los paraísos y  esas flores rojas que tachonan la vereda, las del ceibo, nuestra flor nacional”.

Así arrancó este jueves de la primera semana de noviembre, evocando a Sócrates y su sólo sé que no sé nada. Lo escribo con acento, a fuerza de costumbre, aunque sepa que la RAE abolió la tilde del solo como adverbio, y lo hago también por esa otra frase acuñada por mi madre “Ser y parecer”. No sea que cosa que alguien pueda pensar que siempre escribí el solo, de solamente, sin acento.

Juego con las palabras, con este decir lo que quiero y cómo quiero, para compartir lo que pienso y lo que siento, de eso se trata, sin otra pretensión que mover a otros a que hagan lo propio, que coincidan o discrepen, que repliquen o hagan silencio, todo suma.

¿Qué es ser intelectual? ¿Qué tiene que ver con el saber? ¿Tiene que ver con la inteligencia? ¿Solo es intelectual quien tiene formación académica? ¿Para ser intelectual hay que tener conciencia social? ¿El intelectual tiene que comprometerse con la sociedad? ¿Qué tiene que ver lo intelectual con lo político? ¿Tienen que ver?  Lo pregunto y comparto el pensamiento de otro, que a mí me dice tanto y se acerca a mi concepto del asunto:

“Yo no quiero ser un intelectual. Los intelectuales son los que divorcian la cabeza del cuerpo, yo no quiero ser una cabeza que rueda por los caminos; soy una persona, una cabeza, un cuerpo, un sexo, una barriga… pero no un intelectual… ¡abominables personajes! Ya lo decía Goya: ‘La razón genera monstruos’. Cuidado con los que solamente razonan. Hay que razonar y sentir, y cuando la razón se divorcia del corazón ¡te convido para el temblor! porque estos personajes te pueden conducir al fin de la existencia humana”.

Así dijo Eduardo Galeano, el hombre que nos contó cómo se nos veía desde arriba, como un mar de fueguitos. El saber no ocupa lugar decía mi madre y yo aprendí con los años que es infinito el conocimiento e inabarcable, tanto como el mar, ante cuya inmensidad se necesitaría de verdad que alguien nos ayude a mirar.

Cuando leo columnas de opinión, cuando escucho las noticias, cuando me asomo a los comentarios de las redes sociales, cuando me obligan a escuchar las intimidades de tantos desconocidos, en los viajes cotidianos en subte, tren o colectivo, a veces me dan ganas de gritar o de mandarme a mudar. Cómo explicar que estoy convencida que no hay precio demasiado alto, que no estuviese dispuesta a pagar, por seguir siendo yo misma.

No creo en los eslóganes ni en las fórmulas ni en las corrientes ni en las modas, si se trata del ser, soy más allá de todo eso, porque conservo intacto mi deseo inagotable de saber. Mi abuelo Manuel decía que el hombre hasta que muere, aprende. Me lo transmitió mi madre, cuando me contaba que él tenía solo la cartilla, al subir al barco que lo traería a la Argentina; pero fue quien le enseñó del Quijote y su escudero, y de la solidaridad, al embalar sus juguetes y ropa para mandar a España, cuando la guerra civil. Mis abuelos dejaron su patria, para venir a esta otra, y juntaron las dos. Como dice un escritor español, contemporáneo de ellos, “La patria es espíritu. Ello dice que el ser de la patria se funda en un valor o en una acumulación de valores, con los que se enlaza a los hijos de un territorio en el suelo que habitan” (Ramiro de Maeztu, 1875-1936)

¿Un enfermero gallego, socialista y ateo, podía ser un intelectual?  Yo creo que sí.

Con la cartilla, le enseñó a mi madre como era la historia de aquel hidalgo caballero de la Mancha, don Alonso Quijano. Qué era sino un intelectual el Quijote, a quien tanta lectura lo había enloquecido, al punto de llegar a luchar contra los molinos de viento.

sandritaAunque me prometí hace mucho tiempo no decir “jamás” o “nunca”, puedo afirmar que nunca jamás, tuve el berretín de “pertenecer” a un grupo o ingresar a algún lugar, si para integrarme o ser aceptada, debía aparentar ser alguien distinto a quien soy. El colegio de monjas y la universidad después, significó acceder a un mundo totalmente ajeno al de mis abuelos inmigrantes, que ya habían conseguido que sus hijos fueran como en el caso de mi familia materna, maestra mi madre, médico su hermano. Pero los mandatos (“Hay que ser y parecer”, “Sólo lo que se consigue con esfuerzo, vale”) no nos dejaban disfrutar del todo el logro de “ser más”. ¿Ser más?, qué verdad de Perogrullo. La verdad es que los de mi generación, aunque accedíamos a otros círculos, en esencia seguíamos siendo los mismos, ni hablar de las mujeres, a quienes nos quisieron profesionales, pero nos inculcaron que ser esposas y madres era un dogma irrenunciable.

Siempre divididas entre lo que libremente hubiéramos querido elegir, y aquello que terminamos eligiendo por dar satisfacción a nuestros padres, seguíamos con el corazón dividido entre el deseo y el deber, y a veces esa insatisfacción perenne nos hacía sentir amargo un logro, sólo por no saber qué queríamos en realidad. Cuántas veces habré dicho que lo que soy y lo que no soy, en parte, se lo debo a mi madre, y que mi vocación en verdad está acá, frente al teclado, escribiendo y no en el derecho. Y sin saber que se trataba del precepto de Rimbaud, aquello de que la vida siempre está esperándonos en otro lugar, me lo grabé a fuego desde que vi a Diane Lane, en “Bajo el sol de Toscana”.

¿Si digo que vi y me conmoví con esa película de circuito comercial, bajaré en el concepto de algún lector? ¿O el salvoconducto será decir que también en el ’76, veía cine arte, como las películas de Akira Kurosawa? No me importa, de verdad, más bien me encantaría pensar que a alguien se le va a ocurrir ir a buscar “Dersu Uzala”, o enterarse de qué se trataba; o por qué no, ver si en Netflix, está disponible la de la Lane, para conocer Bramasole, esa casa perdida entre girasoles, en un paisaje soñado.

Quizás no haya respondido qué es ser un intelectual, pero puedo decir que he conocido algunos, y como decía mi madre, también – siempre tan sabia-, los que más conocimiento poseen, son los más llanos, los más agradables, esos que te embelesan de verdad.

Hace unos cuantos años atrás, un amigo valenciano, un joven entonces septuagenario, como tantas veces lo hacía en nuestra correspondencia, para animarme o alentarme, me regaló una frase de William James que resume todo aquello en lo que creo, y dice así:

 «No me interesan las gestas ni los grandes planes, ni tampoco las instituciones magníficas, ni los éxitos enormes. Estoy a favor de lo diminuto, de las fuerzas humanas invisibles que se transmiten de una en una, colándose por las fisuras del mundo a modo de pequeñas raíces o de capilares porosos de agua que, con el tiempo, se transforman en sólidos monumentos, que son orgullo de la humanidad».

Yo razono y siento, me gusta la gente que hace lo mismo. Yo soy curiosa y me gusta aprender, si sé de algunas cosas que otro no sabe, me gusta transmitirlo, me da placer; me gusta la gente que hace lo mismo.


“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde arriba, la vida humana.

Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso -reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.

No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende”.

Eduardo Galeano, El mundo.

Voy a confesar algo: de los fuegos, tengo preferidos. No me gustan los bobos, que no alumbran ni queman. Me gustan esos que encienden, aunque no pueda mirarlos sin parpadear; o más bien, me gustan por eso.

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