Velocidad de los jardines

A llorar al valle
16 mayo 2017
Sucedió en la lluvia
25 mayo 2017

Velocidad de los jardines

Si las reseñas se titulasen, echaría mano al recurso de parafrasear.

                                      ZOÓTROPO

(biografía de una reseña muy lenta, muy parsimoniosa, acorde con el título del libro a celebrar: Velocidad de los jardines)

Sucede que estaba escribiéndola cuando me sorprendió la reedición del libro, veinticinco años después, y desde entonces, agrego, suprimo, modifico, reviso y corrijo, esperando encontrar el momento justo para despedirme de ella; de su nostalgia premonitoria. La de haber escrito los primeros borradores (cual figuras que al girar una caja cilíndrica imaginaria, producen la ilusión óptica de una sola figura que se mueve); cuando no sabía que Páginas de espuma iba a rescatar la obra.

Y cuando se reseña muy lento, acorde con la mística del título: como oír crecer la hierba”, todo “parece que está quieto pero si te fijas con atención verás cómo se mueve, igual que aquel zoótropo.” (págs. 27/28)


Foto enviada, un día de noviembre de 2016, lluvioso en Buenos Aires

 28/11/2016 7:31

Hola, Sandra:

Encantado de saludarte. Muchas gracias por la foto y por tu interés. Te lo agradezco de verdad.

Como quizá sepas, ese libro ya es difícil de conseguir, está descatalogado y no se encuentra en librerías.

La buena noticia es que después de navidades se reeditará, en una edición especial, para coleccionistas, en tapa dura, y llevará un prólogo mío y alguna sorpresa más.

Pienso que ese puede ser un buen momento para mantener un coloquio entre nosotros, si te apetece, que puede ser en forma de entrevista vía e-mail. ¿Te parece que retomemos el tema en febrero-marzo, cuando el libro vuelva a estar disponible para los lectores? Lo encuentro más razonable. ¿Y tú?

Reitero mi gratitud y te deseo todo lo mejor para Mégara y tus demás proyectos. Seguimos en contacto.

Un abrazo grande desde Madrid.


Y el libro volvió a estar disponible para los lectores, me compré un ejemplar de esa edición especial, conmemorativa, y me tocó en suerte el Nro. 750, claro que yo no creo en el azar.

“El contraste de una joya de oro debe informar de la Ley de la Aleación, es decir la cantidad de oro puro que la joya contiene. La mayoría de las joyas que se comercializan en España son de 750 milésimas, o lo que es lo mismo, de 18 quilates.

El oro de 750 milésimas corresponde a una aleación de la que de cada 1000 partes, 750 son de oro puro y 250 de otro u otros metales. Estos últimos pueden ser diversos en función del color de oro que queramos tenga la joya: rosa, blanco, amarillo, negro, etc.” (Gremio de Joyeros, Plateros y Relojeros de Madrid).

Mi ejemplar es una joya de oro negro.

Bingo.


Primer borrador:

«…El gusto por vivir no se me acaba nunca. Escribir es entrecomillar la vida. Si escribo que puedo volar, entonces -y solo entonces- comienzo a percibir el viento bajo las alas…» (pág. 32)

Leí en voz alta, susurrando o masticando cada palabra, esa confidencia prologuista que escribió Eloy Tizón.

Leí y lloré, apreté el libro sobre el pecho, lo dejé sobre la mesa, acaricié la portada y volví a llorar; fui desde Villa Borghese hasta caer en cualquier lugar del atlas, que no es cualquier lugar sino este donde volví a soñar, mi casa; y rebobiné la película de mi vida, una y otra vez.

Entonces, cuando me quise acordar, me encontré leyendo tarjetas, borradores en hojas de cuaderno, notas sueltas y cartas que ni recordaba; tantas como las promesas a las que falté. Pasé por mi infancia, reducida a ciertos y escogidos recuerdos, fragmentados en mi memoria; mi juventud, a la que no me atreví a rescatar del olvido, por no reconocer que tanta voracidad y ganas de llevarme el mundo por delante, se habían convertido en esa mansa resignación que algunos llaman fracaso.

Reconocer, recordar, perdonarse, atreverse, apostar, ir por más.

Escribir es poner en bastardilla y en negrita la vida. Si escribo que puedo escribir, entonces -y solo entonces- comienzo a percibir la mano ligera asaltando la página en blanco.

Atreverse a eso. Escribir, como Pavese…” (pág. 32), dice Tizón. Escribir siempre, pienso. Como el hombre del Piamonte, sí, es cierto, cuántas veces habré repetido: “La única alegría en el mundo es comenzar. Es hermoso vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante.”


…parsimoniosamente, avanzo.

Pero aunque llega febrero y pasa, igual que marzo después, los días van…

«Los días van como las olas y los cantos,

su rubio viento y sus profundos verdes por las horas cambiantes.

En uno de ellos queda una bahía, en otro

un pánico de estrellas o delfines,

mientras un tiempo nuevo y sigiloso

con noches de distinto meridiano

filtra sus cuerdas pálidas por los compartimentos

y se mezcla en el vino que bebemos.

Un viaje, oh dulce pena en la raÍz del cuerpo

que juega con sí mismo a ser igual, constante,

y a despertar distinto cada día, bajo cielos novísimos.»

(Julio Cortázar, pág. 477 de Papeles inesperados)

…en Madrid, vas y venís por tus librerías preferidas, descubrís los mismos jardines con su velocidad y comprás un par para regalar a tu regreso; ves atardeceres y algún amanecer, en las plazas jugás a descubrir los movimientos de las estatuas, a través de la lente de la cámara; observás pasar gente alrededor sin que nadie repare en tu presencia, mientras vos seguís descubriendo el infinito en los detalles pequeños. Pero tu reseña no avanza, y al leer páginas enteras de comentarios ajenos, el refugio es encontrar poesía en lo no dicho.

«Empieza a anochecer, tú también empiezas a anochecer.» (pág.24)

«Cae

Cae eternamente

Cae al fondo del infinito

Cae al fondo del tiempo

Cae al fondo de ti mismo

Cae lo más bajo que se pueda caer

Cae sin vértigo

A través de todos los espacios y todas las edades

A través de todas las almas de todos los anhelos y todos los naufragios…»

(de Altazor, Vicente Huidobro)


…de eso se trata, saliste de Buenos Aires dispuesta a un viaje en paracaídas, pero todo lo que conseguís es garabatear unos papeles que colgás en la cartelera de La Central del Callao.

Cuando nadie te ve.

Es que tampoco necesitás esa corporeidad,

a veces, ser invisible para otros,  es una buena manera de camuflarse.

Otras, una manera de ser.

Y vos lo escribís así, como en verso. Hay cosas que no se puede decir de corrido, vos conocés de entrelíneas.

«Aquí no es bienvenido el otoño.

Nadie lo espera

a la orilla de ningún río melancólico

que esconda en su cauce los secretos del mundo.

El otoño reina en otras latitudes.

Allá lejos, donde los ciclos se cumplen, allá lejos

donde envejecen y renuevan las metáforas.»

(Eduardo Chirinos, Derrota del otoño)

…allá lejos es Buenos Aires, y ahora, ya de regreso, leyendo opiniones y comentarios, me detengo en la del Asombrario: “Una obra maestra del detalle, la magia y la compasión humana”, dice Javier Morales.

Toda la literatura es epistolar: necesita del otro para existir” (pág. 23), murmuro, y dejó mi comentario.


El 30.04.2017, Sandra, de Mégara ha comentado:

Donde fueras haz lo que vieras, no es un refrán que haya observado para andar  por el mundo, lo que me ha costado un precio que pagué con gusto. En el uso de las redes, ando como por el mundo, siempre curiosa y, cuando algo me conmueve, me gusta decir. Yo también tengo mi ejemplar de Anagrama y al releerlo en su nueva edición, volví a deslumbrarme. En este viaje compré jardines para regalar, pero también me dediqué a pasear en busca de libros que me indicaron como agotados. La despedida y Lisboa me acompañaron en el regreso a casa. La perseverancia, como la compasión, tampoco se aprende; en mi caso, son parte de la herencia de mi madre. Mucho más importantes para andar, que las pecas en mi espalda.


…y la reseña va por el lado de la confesión.

Aprendes por experiencia, no lo sabías, que uno de los resortes principales del ser humano es el ansia de confesión. La búsqueda de un oído, el que sea, no importa cuál…” (pág. 23)

O sí, importa a veces, para decir cosas simples, por ejemplo, contarle a Javier, en esta reseña, que después de leer la suya, lo imaginé viajando entre Madrid, donde vive, y Plasencia, donde nació, para acompañar a Eloy Tizón y celebrar con él. Celebrar no solo la reedición conmemorativa de su primer libro de cuentos, 25 años después de su primera publicación, sino que se siga «reconociendo en ese muchacho hambriento de literatura«.

Para decirle a Eloy Tizón, que tan desconocidos como parecemos ser, nos une mucho más que el televisor Telefunken, que allende el oceáno, algunos atardeceres nos dejaban en suspenso. Y sí, es que a también al sur del mapamundi, “El mundo nos hacía temblar. Siempre hacía frío o nosotros siempre teníamos algo de frío.” (Zoótropo, pág. 11)

Son los mismos once relatos de la primera publicación los que conforman esta que editó Páginas de espuma, que es de colección, con ese Zoótropo, un prólogo sensible, con esa prosa poética característica de su escritura. Y dicen a quien quiera escuchar, porque como bien señala él, sus lectores son pacientes, y cómplices, “porque en todos los cuentos hay un secreto que sólo ellos pueden concluir en su imaginación.”

Las historias están, pero contadas de tal forma que a veces son música y otras, pintura. Hay una carta a un escritor, un tributo a Nabokov, una manera de conjurar la idea de la muerte, o desmentirla; un viaje para atravesar la frontera en tiempos de guerra y un viajante de comercio taciturno; una vida perfecta para una pareja de estudiantes; escenas de una tarde transcurrida entre sauces; y en Villa Borghese, un hombre y una mujer extraviados, y “la imposibilidad de explicar su amor por los jardines” (pág. 75). El viaje en automóvil de un profesor que ya no es joven, convertido en la celebración solitaria de un nuevo año, repasando su vida, entre la realidad y el sueño. Distintos escenarios como el título de uno de los cuentos: familia, desierto, teatro, casa, o cualquier lugar del atlas, para perderse por ellos, hasta llegar a la historia que permite nombrar un paseo literario de los que no abundan;  solo hay que estar dispuesto a andar. “Al paseante le acompaña siempre algo curioso, reflexivo o fantástico, y sería tonto si no lo tuviera en cuenta o incluso lo apartara de sí”, como dice Robert Walser.


Hay libros que te convencen que el mundo es mucho más que madrugar, ir al trabajo y ser formal y cortés como cantaba Sui Generis, en otra vida…

“Aprendí a ser formal y cortés

cortándome el pelo una vez por mes,

y si me aplazó la formalidad

es que nunca me gustó la sociedad.

Viento del sur o lluvia de abril

quiero saber dónde debo ir,

no quiero estar sin poder crecer

aprendiendo las lecciones para ser.

Y tuve muchos maestros

sólo conocían su ciencia y el deber

nadie se atrevió a decir una verdad,

siempre el miedo fue tonto… “

Hay libros que son la belleza de este mundo, la que enjuga tanta lágrima y cataliza tanto desconcierto.

Eloy Tizón celebra con su escritura la de otros, y lo hace de tal forma que conmueve, a fuerza de metáfora y de digresiones, con la inocencia añeja de quien se recuerda y reinvindica, en un mundo que tantas veces no perdona ser diferente. “Ser inocente es soportar el peso del universo entero. Es arrojar el contrapeso”, dice Simone Weil (uno de sus mitos tutelares).

En alguna entrevista  le preguntaron:  ¿La metáfora es a la literatura como al arroz es…?, y él contestó: “Como al arroz es el pimentón. Un elemento que lo permea todo.

Velocidad de los jardines es al género del cuento; como a la lectura, la luz del atardecer. La que de verdad ilumina.

Veinticinco años después, conserva intacta su belleza. Como escribió Virginia Woolf: “La palabra «tiempo» rompió su propia cáscara; derramó sus riquezas.”

Atardecer del 26 de marzo de 2017, en Madrid


 

Ediciones

Mi volumen de Anagrama es uno de la segunda edición de mayo de 2004. Otro mayo, distinto a este durante el cual escribo la reseña y al histórico mayo francés; aunque su magia y su espíritu están intactos, aún en las imperfecciones, porque su propio autor dice no creer en el cuento perfecto.

Su reedición, en Páginas de espuma, con toda la mística que lo rodea, ya que es un libro escrito cuando se toma conciencia de que la juventud comienza a alejarse, llega en el momento exacto. "Los libros son puntuales. Llegan cuando uno los merece, nunca antes. Lo más difícil de escribir, como siempre, es no escribir; saber qué hacer cuando no escribes", dice Tizón, al tiempo que nos confía: “Noto que esa necesidad de expresarme no se ha apagado. Hay algo que creo que está por encima de los bienes materiales y conseguir reconocimiento, que es la pura necesidad de sentarse en un escritorio y contar lo que pasa."

Una edición para coleccionistas, se ha dicho a propósito de esta, de tapa dura; limitada a cierta cantidad de ejemplares, con fotografías de manuscritos originales, es preciosa. Yo tengo el mío, el único 18 kilates original.

 

"¿Son cuentos? ¿O anticuentos? ¿Poemas en prosa? ¿Cómo calificarlos?" (pág. 19)

¿Cómo responderte, Eloy? Son luces que iluminan lo oscuro de este mundo.

Lo dije y lo repito: Velocidad de los jardines es al género del cuento; como a la lectura, la luz del atardecer. La que de verdad ilumina. La belleza de este mundo, que enjuga tanta lágrima y cataliza tanto desconcierto.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Pin It on Pinterest