Uno siempre sueña para los que vienen después

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Uno siempre sueña para los que vienen después

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«Bueno, hola, pregunta Nro. 1, a las 7 de la mañana con un cafecito, me dispongo a viajar a mi pasado»…así se escucha la voz melodiosa de Liliana Bodoc, a modo de saludo, para ir respondiendo una a una todas nuestras preguntas.

Escuchándola, uno se deja llevar y a medida que su voz va cobrando matices, se pasa de la risa al silencio en alguna reflexión o al compartirnos algún recuerdo.

Conmueve su modo de decir, absolutamente.

Algunos han sostenido que el gran mérito de su obra, es no haberse atado a la convención de un género que parecía reservado a Tolkien, y a quienes repitieron una y otra vez mitos ajenos. “Heredó del género la forma, pero le impuso su propia poética”, dijo Pablo De Santis, y debemos coincidir con él.

Ella consiguió crear sus propios mitos y escribir una historia destinada a trascenderla, una verdadera epopeya, en la que no creyeron algunos que hoy deben estar lamentándose por no haber entrado en ese continente imaginario, que tanto tiene que ver con lo americano, alejándose por fin de las repeticiones anglosajanas, a partir de El señor de los anillos, que funcionó en ella como inspiración. Esa es la gran diferencia.

Alguna vez declaró que leyó la saga de Tolkien, cuando su hijo era adolescente y fue tanta la fascinación como el rechazo. Por un lado sentía que el texto la convocaba, pero se encontraba a años luz de esa concepción del mundo que planteaba el autor. “El modelo tolkieniano es eurocéntrico, patriarcal, ario y eclesiástico”, dijo nuestra entrevistada alguna vez. A esa visión del mundo que le causaba rechazo, le debemos la saga de los confines.

El gran mérito de esta saga es quizás haber conseguido proponer y construir un mundo que es fantástico, pero tiene su correlato en la realidad. Ella está convencida que los grandes protagonistas de las historias de este tipo deberían ser los pueblos, clanes o grupos, la sociedad en su conjunto, lo cual tiene una estrecha relación con su concepción del mundo y de los vínculos, se percibe en cada respuesta. Fíjense si no es así…


bodoc-3M. Liliana, te leímos, admiramos tu escritura y repasamos muchos datos biográficos para construir este reportaje. Para conocer un poco más a la escritora, y en nuestra propia búsqueda, elegimos para darle forma a esta entrevista, la cronología.

Naciste Liliana Chiavetta, en Santa Fe, en 1958, y la familia se trasladó a Mendoza, por trabajo de tu padre, cuando vos tenías apenas 5 años. Perdiste a tu madre cuando eras muy chica, y te criaste con tus abuelos, un padre viudo y cuatro hermanos. Pero se nos plantean un montón de preguntas: ¿Cómo estás ubicada entre tus hermanos?.¿Qué edad tenías cuando tu mamá murió?. ¿Cómo entendiste su muerte, a tan corta edad?


¿Qué edad tenía cuando murió mi mamá? Eh… lo fui armando, lo fui armando con el tiempo, crecí pensando que tenía 5 años. O no sé si siquiera si lo pensé… lo escuché… lo inventé…. Era muy chica, sí. Pero después, mucho después y no hace tanto eh, hablando con mis hermanos, sacando cuentas (porque fue una familia que hizo mucho silencio alrededor de eso cuando no lo hizo alrededor de ninguna otra cosa, qué curioso), dedujimos que yo tenía seis años. Seis años y bien entrados ya, lo cual en realidad cierra bastante más con mis escasos recuerdos acerca de lo que yo hacía, de lo que estaba haciendo en ese momento y demás.

¿Cómo lo tomé?, creo, aunque es un lugar común,  que con la sabiduría con que los niños toman la muerte. No es inconsciencia ni es ignorancia, es pura sabiduría.  Seguí hablando de ella en presente durante mucho tiempo hasta que me di cuenta que los demás se ponían muy tristes y dejé de hacerlo. Y en realidad empecé a llorar su pérdida muchos años después cuando ya era una mujer joven y me sentía muy sola en el mundo.

M. Contaste que durante tu infancia en un vecindario fabril, en contacto con la naturaleza, en medio de un paisaje agreste, nació tu relación cercana con la magia. Lo significativo es que para conceptualizarla, siempre ponés mucho énfasis en aclarar que para vos se trata de algo que existe: “Cuando digo magia ya existe; es un concepto tan viejo como el hombre, y lo mágico tiene la función del horizonte, que se corre para ir más lejos. El relámpago fue algo mágico, hasta que el hombre lo entendió, y siempre va a haber cosas que no podamos entender. De lo contrario, el mundo sería horrible.”. ¿Cuáles eran tus miedos?. ¿Eras una niña solitaria?. ¿Cuál era tu refugio?.


Mi miedo fundamental es, desde muy pequeña, la muerte. Lo ligo, con bastante obviedad, con la pérdida temprana de mi madre. La muerte como un alejamiento definitivo, la muerte, sobre todo la sorpresa de la muerte en medio de un día cualquiera. No me asusta tanto la muerte preparada, predecible, esa que nos da tiempo hasta de preparar nuestra última frase y repartir nuestros bienes, sino a la que llega, la que irrumpe en medio de una merienda, de un plan familiar, de un día cualquiera.

A eso le tuve siempre miedo. Mi papá me ayudó. Me ayudó mucho, recuerdo largas conversaciones con él hablando acerca de eso. Y sí, era una niña absolutamente solitaria, tenía contadísimas amigas (si es que las tenía), pero además yo buscaba mi soledad y la disfrutaba muchísimo. Y esto tiene que ver con el refugio. Mi refugio era la ficción, siempre fue la ficción, que encontraba en la lectura, que encontraba en las muñecas. Yo jugaba a las muñecas de una manera decisiva. Digo, no jugaba un ratito a las muñecas y después las abandonaba. Era mi muñeca, era mi hija de la mañana a la noche. La levantaba, la cambiaba, le daba el desayuno, le daba el almuerzo, la acostaba a la siesta…era parte de mi vida. Además dibujaba unas muñequitas y unos muñequitos en papel, los recortaba, les ponía el nombre en la parte de atrás y hacía con ellos laaaargas obras de teatro, moviéndolos frente a mí sobre la mesa. Veía cosas, soñaba cosas, y además, la ficción. La ficción, la ficción, la bendita ficción. La madre de todas las inteligencias y de todas las alegrías fue siempre mi refugio.

M. Crecer sin madre “es una marca que no se sacude así nomás”, declaraste, y contabas que cuando eras una niña, imaginabas las sombras como algo sobrenatural, sin alguien que pudiera explicártelo. ¿En las lecturas de niña, buscabas las respuestas que no había alrededor?. ¿Cuáles eran esas lecturas?.

bodoc-9Sí, seguramente como todos los niños, buscaba respuestas. Las respuestas que nunca están alrededor. Tampoco quiero presumir de que mi infancia fue muy especial. Ojalá lo hubiera sido. Ojalá lo hubiera sido, digo, porque cuántos otros huérfanos, y peores huérfanos, hay por ahí. Al fin y al cabo tuve una familia que me rodeó. No obstante eso, sí buscaba respuestas que no estaban. Porque las respuestas de los adultos muchas veces no nos sirven cuando somos niños. Porque no entienden lo que estamos preguntando. Así que claro buscaba, buscaba las respuestas en los libros. Ojalá pudiera recordar cuáles eran. Eran lecturas caóticas, sin editorial para mí, sin autor para mí, ¡qué me importaba! Leía las aventuras de Lassie. Leí un libro que siempre recuerdo (pero lo recuerdo por la tapa), en la tapa había el perfil de un niño tomando algo de una taza y en la taza, en el borde de la taza había un duendecito sentado. Sabrá Dios qué libro era. Seguramente leía cosas que no debía leer. Pero también, también buscaba respuestas en otras partes, no solamente en la lectura, y yo creo que eso sigo haciéndolo. Buscaba respuestas hablando con mi abuelo. Siempre fui apasionada por escuchar las historias de los viejos. Y eso lo hacía también y ahí buscaba respuestas. Buscaba respuestas viendo cocinar a mi abuela. Buscaba respuestas mirando televisión. Construí mis respuestas de distintas formas, no solo desde las lecturas.

M. Alguna vez sostuviste que tu relación con lo mágico también puede haber sido la respuesta a un papá maravilloso, marxista y ateo a rajatabla. Un duro, que decía: “No es que yo no crea en Dios. Sé que no existe”. Pero ese mismo papá jugaba con vos, inventando versos de colores, poemas cortos que hablaban de un color sin nombrarlo y te prestó la idea para convertir esos juegos en Sucedió en colores. ¿Qué otras cosas de tu infancia, fueron reflejadas en tu escritura?.

Ah, mi papá. Mi papá fue un canto a la contradicción (risas). Y por eso lo quiero tanto, será por eso que lo quiero tanto, diría hoy. Claro, claro. Porque tenía un fuerte autoritarismo, quizás como marca generacional, y además porque era hijo único (y malcriado). A veces sin darse cuenta era muy ofensivo. Muy ofensivo. Humillaba profundamente con sus palabras cuando decíamos nosotros, “se ponía loco” (lo decimos ahora). Pero al otro día, era un mago. De las palabras, de la música. Cantaba bien, dibujaba bien. Hacía teatro, escribía muyyyy bien. Así es que era eso, como somos todos, un guiso, una mezcla. Una mezcla, una mezcla de patriarcado y de poeta. Eso fue, y hoy, hoy, a los casi 60 años puedo decir “qué suerte que fue eso, no le cambiaría ni una cana

M. Creciste con la idea de no tener alguien que te perdonara cualquier cosa, lo cual solo hace una madre. ¿La escritura fue para vos un modo de ganarte el cariño de los demás?.


Sí, Dios mío, tan vieja como soy, no paro de buscar el cariño y la aceptación. Cosa que me trae más de un problema. Cosa que me quita más de un cariño. Porque claro, hago lío. Por ejemplo le digo que sí a dos personas que me citaron al mismo tiempo en distintos lugares. Entonces claro: no voy a poder cumplir. Y hay una que se enoja. Y lo hago porque quiero que las dos me quieran (risas), y una deja de quererme. Voy solucionando eso, voy intentando remediarlo. Por eso tengo a Galo, mi hijo, que me asiste, que me ayuda, que dice que no por mí. Que me endereza la agenda. ¡Que me reta, que me reta y me reta. Pero no hago otra cosa más que eso. Y no es bueno, no lo aconsejo: no lo hagan en casa, no lo hagan en casa. O sí, qué sé yo…

M. Nos encontramos con que te casaste muy joven, a los 19 años, y tuviste dos hijos, pero también te recibiste de Licenciada en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo. Y de repente se produce un salto cuantitativo, y nos vamos al 2000, cuando la Editorial Norma publica en Buenos Aires, el primer volumen de la Trilogía o Saga de los Confines. ¿Cuál fue la época en la que cursaste tu carrera?, ¿coincidió con la crianza de tus hijos?. ¿A qué te dedicabas?

Sí, sí, la verdad es que la carrera coincidió con la crianza de mis hijos. De hecho, yo terminé quinto… yo había abandonado la escuela en su momento y la retomé después cuando ya estaba casada. Mi marido que es profesor de matemática y física me ayudó con esas que eran terribles y odiosas materias para mí. Me recibí entonces como alumna libre y ya estaba embarazada, yo me casé embarazada. Así es que sí. Después tuve mi otro niño, mis dos hijos. Y arranqué con la carrera de Letras. Por eso me llevó tanto tiempo, tantos años. ¿Qué hice durante ese tiempo? Tuve la suerte  (¡perdón, perdón!, no quiero parecer patriarcal), de poder estar en mi casa, a cargo de mis hijos, de mi hogar. A mí me sirvió mucho poder estar en mi casa, a cargo de mis hijos, de mi hogar. Porque bueno, porque lo que ganaba mi marido nos alcanzaba, sin ninguna estridencia, con lo mínimo, pero nos alcanzaba, y eso a mí me permitió no salir a trabajar, me permitió estudiar. Y me permitió lógicamente después comenzar a escribir ya cuando mis hijos eran adolescentes, y el mayor de ellos se había ido a estudiar a Buenos Aires.

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M. Nos queda claro que lo mágico es tu forma de entender el mundo, y que fue tu forma de relacionarte con el cosmos, pero el derrotero que seguimos fue porque nos pareció muy significativo lo que respondiste más de una vez cuando contabas de la gesta de la saga. ”Yo quería escribir una épica fantástica”, le dijiste al editor de Norma, cuando te dijeron que editarían la primera de las novelas, después de haber recibido muchas negativas. ¿Pero, cuántos años pasaron para que pudieras escribir esa saga maravillosa, desde lo mágico y también desde lo americano?. ¿Conservás borradores de Los días del venado?

¿Conservás los borradores? ¿Conservás los mapas? ¿Conservás los esquemas? Palabras más o menos eso me preguntó hace ya varios años una licenciada en letras que quería hacer un trabajo, yo no recuerdo exactamente el marco teórico en el que ella se inscribía, pero que tenía que ver justamente con eso ¿no? Con reconstruir una obra a partir de sus restos arqueológicos. Me sale decir eso, de lo previo, ¿no? Ah… otra vez tengo que decir ojalá. Menos mal que soy musulmana ojalá. Dios quiera. No, no. Tiré absolutamente todo, nunca le di importancia a eso, además soy fanática del orden, no acumulo nada, no acumulo nada. Lo cual es malo para la historia de uno. Pero tiré absolutamente todo, excepto alguna cosa que alcanzó a salvarse por puro milagro. Me parecieron cuadernos desprolijos. Dije “¿esto para qué sirve? Ya está”, pensé yo en ese momento. Ya está escrita la saga, esto no lo necesito más. Y eran varios cuadernos, incluso recuerdo las tapas de algunos de ellos. A rayas y con espirales. Pero no, no, no… Y lo peor de todo ¿saben qué?, lo sigo haciendo. Casi siempre tarde o temprano termino deshaciéndome de lo que garrapateé (¡qué palabra garrapateé!) antes de escribir.

M. Los lectores y los críticos coinciden en que el gran mérito de tu obra, es que conseguiste crear un mundo propio, tus propios mitos, los nombres, los paisajes, los personajes, un mapa de ese continente imaginario, todo es una maravilla. Dijo Pablo De Santis: “Heredó del género la forma, pero le impuso su propia poética”, y coincidimos. ¿Encontraste tu propia voz en la voz de los habitantes del territorio de la saga?

bodoc-02No hay dudas, no hay dudas de que encontré mi voz en la Saga de los Confines. Una voz que después pretendo, procuro modular, trastocar, tergiversar, para no repetirme. Por esa cosa que a uno siempre lo asusta de darle siempre a la misma tecla. Porque otros géneros, entiendo, necesitan otro lenguaje, otra sintaxis. Pero está la saga siempre por debajo, siempre por debajo. No, no hubiera sido escritora sin la Saga de los Confines. Y bueno, debo decir que claramente la gran deuda, es…cuando dice la Saga de los Confines, la gran deuda es con lo que pervive de los pueblos originarios. Idealizados, seguramente, simbolizados, recortados. Pero esa relación que ellos tenían con la palabra amorosa y respetuosa. Esa creencia de que la palabra era fundante y por lo tanto debía ser bella y honesta, emmm…es creo yo, la marca de mi estilo. A ver… no porque crea yo que mi palabra sea bella y honesta, sino porque procura remedar esa relación, ese concepto del lenguaje.

M. Sabemos la sorpresa que te causó que la obra se publicara finalmente dentro de la categoría juvenil, pero que cuando te acercaste al género, te diste cuenta que no se trata de uno menor. Leopoldo Brizuela escribió una reseña y recomendación para el diario la Nación, cargada de sentido, y recomendaba al público adulto la lectura de la trilogía, que en sus palabras “… es también una respuesta a la más urgente pregunta de estos años: ¿cómo entendernos, cómo pensar un futuro, después de décadas de destrucción casi absoluta?” ¿Tu obra fue un llamado de atención para las generaciones futuras?

Sí, es verdad, mi querido escritor, mi querido amigo, me animo a decir, Leopoldo Brizuela, siempre fue muy elogioso y muy generoso con la Saga de los Confines y siempre tuvo una mirada amorosa sobre la trilogía. Yo no puedo decir que es un llamado de atención para las generaciones futuras. Me daría pudor, me daría vergüenza decir eso. No, no creo que una obra literaria tenga tanto poder, no. Mucho menos la mía. Sí creo…a ver…¿cómo decirlo? Sí creo que hubo una pulsión en mi todo el tiempo mientras escribía la Saga de los Confines que era esa, la de dejar un documento poético que hablara sobre nosotros, sobre nuestras tragedias, sobre la colonialidad y sobre la esperanza que a veces se me adelgaza tanto, tanto, les juro. Pero bueno… vuelve a florecer. Hubo una intencionalidad política, clara, rotunda, rotunda, de la que jamás descreeré, a la que jamás negaré, de la que jamás me desdeciré. La sigue habiendo en mi obra. Digo… ese compromiso político. Y en ese sentido sí, en ese sentido si está escrito para los que vienen después. Uno siempre sueña para los que vienen después.

M. Contaste respecto del proceso creativo que necesitaste amar y comprender el territorio en que iban a transcurrir los hechos, sentirte cerca de los personajes. ¿Pensaste en algún momento después de terminar el último volumen, que no ibas a poder escribir ninguna obra que tuviera la trascendencia de la saga de los confines?.

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Eh… no, no lo pensé porque cuando terminé de escribir el primer volumen de la saga ni siquiera sabía si lo iban a editar. Cuando terminé el tercero y la saga ya tenía una repercusión, no sentí que fuera tanta la trascendencia que me impidiera escribir alguna cosa que le hiciera sombra. No se tampoco si lo quiero. A mí me parece que hay que agradecer, hay que agradecer y mucho que los lectores se encariñen, se encarnen con una obra y que los demás les parezcan…. buueeeno… bien. Lo que les pasó a todos con Cien años de soledad, de García Márquez. Creo que enojarse es un poco soberbio y un poco petulante. A ver…”les tiene que gustar todo lo que yo escribo y me tienen que dejar que yo cambie y tienen que seguir leyéndome”.

Esa es mi opinión. A lo mejor a ellos, a los lectores, les alcanzó con la Saga de los Confines. Y es mucho, mucho. Es mucho habiendo tanto libro por ahí y bueno. De todas formas yo seguí escribiendo. No comparo nada de lo que escribo con la saga. Nada, nada. Cada texto es cada texto, es una casa diferente, es un barrio diferente. Ahí me meto a vivir. Agradeciendo siempre a la saga, siempre, siempre, porque fue mi puerta de entrada a la escritura, y a esta posibilidad de ser y ganarme la vida como escritora. Lo cual no es poco, y no me enojo cuando me dicen “sí, che… escribiste cosas interesantes después, pero la Saga de los Confines…” (risas) No, no solo no me enojo sino que lo agradezco.

M. ¿Cómo hiciste para familiarizarte con las lenguas indígenas, que tienen a tu criterio un modo de nombrar las cosas con tanta sonoridad y gracia?. ¿Tomaste contacto con ellos durante el proceso de gesta de tu obra?.

¿Cómo hice para familiarizarme con las lenguas indígenas? Bueno, no…eh, leer e inventar, leer e intuir. Ninguna otra cosa. No, no tengo contacto con los pueblos originarios, mucho menos lo tenía antes. Después fueron contactos esporádicos. Y en algún sentido… a ver…. inútiles para la escritura, útiles en lo humano, desde luego. Pero inútiles para la escritura, porque los husihuilkes no son mapuches, y mucho menos los mapuches de hoy, ya tan mestizados. Porque los zitzahay son zitzahay y no mayas. Y los sideresios no son españoles. De manera que mucho más me sirvió, en este sentido, vuelvo a decirlo leer e intuir, leer e imaginar. Imaginar siempre con método ¿no? Yo estoy emperrada en decir que a la imaginación no hay que ponerle alas sino riendas. La imaginación solo sirve si es conducente, si tiene métodos, si tiene leyes, si tiene un criterio, si tiene un objetivo. La imaginación como devaneo, como delirio personal, me parece, me parece solamente eso. Me parece absolutamente inútil para la escritura, contraproducente. Así que eso: leer y después imaginar con método.

M. Dijiste más de una vez que escribir es lo mejor que sabés hacer. En tus propias palabras: «Es mi manera de participar en la protesta frente a tanta injusticia y tanto horror. La literatura es mucho más poderosa que el panfleto.» ¿Creés que la literatura tiene un rol social?.

Definitivamente creo que la literatura tiene un rol transformador. Profundamente transformador. Transformador, revolucionario, en…no solo en lo social, sino también en lo individual y en lo humano, en lo político. ¿Y por qué no decirlo?, en lo económico también. Esta escisión entre la economía y la poesía también puede ser una trampa. En todo caso en lo personal solo me interesa ese arte. Sólo me interesa ese arte. El arte mancomunado, aliado, socio y amigo de los pueblos. Lo demás no me interesa mucho más que una cereza en el postre.

M. Tu sueño es dejar de naturalizar el abandono, el hambre y la desesperanza. ¿Creés que la lectura puede contribuir?. ¿En un mundo con una acumulación lujuriosa de riqueza y tecnificado, cómo acercar a la lectura a los niños y jóvenes?.


En efecto… son buenos investigadores ustedes eh. En efecto, es mi gran sueño que dejemos de naturalizar la pobreza y la injusticia. Un niño en la calle. Un anciano abandonado. Es mi gran sueño que la riqueza excesiva sea considerada un delito. Y un delito de lesa humanidad. Yo soy siciliana y me voy al carajo. Pero creo que hasta que eso no ocurra definitivamente nada se va a transformar del todo. No es posible la convivencia en este mundo cuando un puñado de poderosos… iba a decir algo un poco más fuerte, pero me arrepentí, concentran la mayor parte de la riqueza. Para mí es sencillo: exceso de riqueza, delito. Me preguntan y me discuten “pero ¿cuál es el límite?”. Y no sé, pero , no sé, no sé. No sé cuál es el límite. Pero somos tan inteligentes, hemos hecho cosas tan maravillosas, que seguramente encontraremos un modo de decir “Hasta aquí es aceptable, es humano, es beneficioso para todos que vos tengas y tu familia tenga. Y a partir de acá empieza a ser un crimen.” En medio de eso, ¿cómo acercar a los niños a la literatura? Es lo mismo que acercarlos al amor, a las caricias, a la verdad. Es difícil, tenemos mucho en contra, somos pigmeos luchando contra gigantes macabros. Así me siento a veces, así nos sentimos a veces. Pero mirá… el otro día lo decía muy bien García Linera: “nuestro destino es levantarnos, caernos, levantarnos, caernos… y así hasta que se nos acabe la vida”.

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M. Uno de tus cuentos, Rojo, fue convertido en obra teatral, y la compañía de tu hijo Galileo, la llevó a escena. A propósito del arte teatral, celebraste la expresión de Federico García Lorca: “Si el teatro no recoge el latido social no merece llamarse sino sala de juego. O sitio donde hacer esa horrible cosa que es: matar el tiempo”. Desde esta concepción, ¿es imposible concebirlo como entretenimiento?.

Eh… sí, sí, sí. Es imposible, desde mi punto de vista, considerar el arte como entretenimiento, si es que por entretenimiento entendemos distracción, indiferencia y estupidez. No obstante, si uno se remite a la etimología de la palabra diversión, entonces sí, porque divertirse es separarse de la vertiente. Es apartarse, mirar desde otro lado. En ese sentido, etimológico digo, si creo que el arte es diversión. Pero nunca y de ninguna manera, insisto, distracción. Nunca distracción. Porque aparte quienes intentan distraernos con el arte están llevando, claramente, agua para su molino. Ellos sí están haciendo política con el arte. Y nosotros nos tragamos el buzón.

M. En La entrevista, te colocás en el extremo opuesto del universo fantástico de La saga de los confines, pero con recursos estilísticos actuales, y un personaje enamorado de Shakespeare en el arte y en la vida, acercás a los chicos al teatro y los clásicos. ¿Considerás que esos guiños pueden mover el interés por ir en búsqueda de esas obras, cuyos argumentos son universales?.

Sí, soy una enamorada de los niños porque soy una enamorada de los intertextos, porque soy una enamorada de todo lo que en realidad se encadena… se encadena con los símbolos, se encadena con estos formatos, estas historias, estos argumentos. Estos tópicos y arquetipos, si ustedes quieren, que han sido construidos durante milenios por la especie humana. Yo confío en eso, a eso me aferro. No, no me interesan los productos originales, cuando se entiende eso como el desparpajo del individuo que se encoge de hombros frente a lo que sus abuelos hicieron. Me parece que es otra forma de hacer arte vacío. Yo elijo siempre tener familia, siempre tener familia: primos, abuelos, hermanos, tíos, eh… madrastras, padrastros. Familia literaria. Me parece que ahí reside lo único cierto y lo único verdadero. Lo único fundante. Yo sé que lo mío puede sonar un poco estalinista…Dios me libre!, fundamentalista. Yo sé que puede parecer que estoy bregando por un arte de barricada y cualquiera, quizá, que lea una sola de mis páginas sabrá que mi búsqueda es lo poético, no lo panfletario, no lo dogmático. Pero si insisto en que lo poético no puede, no debe, no tiene manera de estar apartado de lo simbólico. Y en los símbolos y por los símbolos se sustentan los pueblos.

M. ¿Seguís considerando que en el ambiente literario, no resulta sencillo encontrar escritores que se alegren con el éxito ajeno?

Uy… ¿eso dije yo? (risas). Y bueno, debo haber estado enojada. No sé… no me acuerdo. A lo mejor tenía, o a lo mejor no tenía razón. Pero como soy hija de mi papá me contradigo. Me alegra contradecirme. Me parece que tiene que ver con pensar y con intentar ser honestos. Y hoy, hoyaquí, te diría que hay mucha gente que se alegra con la alegría de los demás. No todos claro está, no todos claro está. Y hay de los otros, y hay de los otros. Pero quizás lo que aprendí en este tiempo, desde que dije eso que dije hasta hoy, es que cuando la gente no se alegra con la alegría ajena es porque está muy sola, muy triste, porque es muy desdichada y lejos de enojarse, creo yo, uno tiene que acercarse amorosamente a ellos. Al menos hacer el intento.

M. Para ir terminando, volvemos a tu épica, que entendemos que es un poco la tuya personal llevada a la historia que conseguiste plasmar de un modo tan bello. En tus palabras: “Yo procuré unir en mi saga convicciones y amores: quise escribir una saga que enalteciera la lucha del hombre por la libertad, la relación de amor con la naturaleza. Y, por supuesto, lo mágico como modo intuitivo de conocimiento”. Para la toma de decisiones, para la aceptación de los hechos cotidianos, ¿confías en la intuición?.

La intuición es una sabiduría. Ojalá yo la tuviera. Es un aprendizaje. Yo confío en la intuición del que sabe intuír. No necesariamente en la mía propia, porque la intuición está embotada, nos han obligado a embotar la intuición como modo de conocimiento. Entonces pasa que algunos nos jactamos de ser intuitivos y no lo somos, porque digo no se trata de alzar la nariz, olfatear y hacer una predicción sin ton ni son. Se intuye también desde el conocimiento, se intuye desde la sabiduría, desde la paciencia, desde la discreción. No es cuestión andar intuyendo a lo loco. Yo confío en la intuición. No digo que yo sea intuitiva.

M. En el mapa épico de tu saga, todo parece girar alrededor de Dulkancellin, el héroe. ¿Qué hay de vos en él?.

Caramba, caramba. Dulkancellin. Yo creo que en Dulkancellin no hay tanto de mí como de mi príncipe azul (risas). No hay cosa más opuesta que Dulkancellin y el príncipe azul. Pero digo, bueno, es una manera de decir. En Dulkancellin hay algo quizás de mi hombre ideal. De esa mezcla de ternura y dureza. Tengo sesenta años y estoy marcada por la sociedad patriarcal, mal que me pese. Pero sí, yo creo que más de mí hay en Cucub por ejemplo… creo. Pero no en Dulkancellin. En Dulkancellin está el esposo. El esposo (risas).

M. Y esas virtudes de las que dotaste a las mujeres en tu saga, la sabiduría, la ternura y la paciencia, ¿ son de algún modo un tributo a tu madre?.

bodoc-05Bueno, ésto es una entrevista circular, y eso me gusta. Empezamos con mi madre y con mi madre terminamos. Unimos cabeza y cola, como la serpiente. Bueno, yo supongo que esos atributos a los que hacen referencia tienen que ver sobre todo y básicamente con una madre idealizada. Porque bueno… porque no hubo otro remedio, porque es lo que hacemos los seres humanos con lo que pasó, con lo que se perdió, con lo que se fue. La melancolía a la que personalmente tanto le debo. La que visito a diario, a diario, porque de ella extraigo muchos materiales para mi trabajo y para mi vida. Así fue, básicamente eso, esos atributos son los de una madre inventada, recortada, ficcionalizada. La única posible para mí. Seguramente mucho peor que la real, hubiera preferido tenerla y abrazarla con todos sus errores. Pero es lo que me tocó, sin ninguna tragedia. Y entonces sí, seguramente todo eso pertenece a mi mamá…a mi querida mamá de cartón piedra.

M. Gracias Liliana…


Gracias a ustedes, dijo ella.

Uno de nosotros desgrabó respuesta por respuesta, yo volví a escuchar una y otra vez su voz, a deleitarme con su manera de decir, exclamando cuando hay que exclamar, el énfasis exacto para interrogar y para hacer introspección. Percibí su vacilación para encontrar la palabra exacta y sonreí cuando risueñamente dijo que suspiraba mientras pensaba, porque total no tendríamos que desgrabar el silencio. Y así, escuchándola y volviéndola a escuchar, se formó un círculo virtuoso. Cuando la palabra es precisa, se dice lo que se obra y uno puede ver al otro exactamente cómo es. Su voz se acopla a su sonrisa melancólica y al mirarla, uno cree que ella buscó siempre que la quisieron y que a veces hace lío, porque no sabe decir que no y aunque Galo pone orden, es su hijo y tiene la misma manera amable de decir y hacer y por eso acá estamos, para nuestra fortuna, compartiendo con ustedes el pensamiento de una mujer fantástica, de una escritora con una imaginación sin límites, a la que supo ponerle riendas para construir un mundo, y compartirlo.

Gracias Liliana, entrañable Liliana, gracias… y qué desearte, nos preguntamos, se nos ocurre desearte que no dejes de leer e inventar, leer e intuír; ni de visitar, a diario, a la melancolía, en ella reside la magia de tu escritura.

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Las imágenes de la autora son gentileza de Galo Bodoc. Gracias Galo.

6 Comments

  1. Enorme Liliana! No me canso de leerla, como tampoco me canso de escucharla. Siempre tiene algo interesante que decir; hay profundidad y sabiduría en cada una de sus frases ♥

  2. Silvia Amaya dice:

    Maravillosa entrevista. Leerla, en sus respuestas, es como escucharla: siempre tan nítida, tan cercana…

    • Sandra Patricia Rey dice:

      Silvia, qué gusto que pasen por Mégara, personas que aprecien la palabra, así como la dice la Bodoc, clara, auténtica, profunda y sencilla al mismo tiempo. Gracias por dejarnos tu comentario

  3. silvia arazi dice:

    Excelente y muy rica entrevista. Gracías Mégara, gracias Liliana Bodoc.

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