Un cuento de Aída Bortnik

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Un cuento de Aída Bortnik

Hay cuentos que uno guarda en la memoria. Y en Mégara queremos compartirlos.

Hoy, trajimos uno de Aída Bortnik, una genia que nació en Buenos Aires, el 7 de enero de 1938, y fue además de escritora y periodista, una de las mejores guionistas de la Argentina. Maestra de maestros hoy, como Juan José Campanella, con quien impartió un prestigioso curso llamado Escribir Cine, sobre guión cinematográfico; unos pocos años antes de morir, el 27 de abril de 2013. Admirada por el reconocido director y guionista, juntos hicieron la Miniserie Vientos de agua.

Con una sólida formación humanística (cursó derecho, letras y filosofía en la Universidad de Buenos Aires), egresó del Centro de Investigaciones del Instituto de Teatro y cursó seminarios de Argentores, de historia del arte y de historia de la literatura dramática.

Como periodista, entre 1967 y 1976, se desempeñó en publicaciones emblemáticas o de culto como Primera Plana, La Opinión, Siete Días, Humor, Panorama y Semanario; exilándose posteriormente, durante la dictadura militar.

Numerosas obras de teatro son de su autoría, y aunque ella decía que de los nombres de los guionistas, nadie se acuerda, muchos la reconocerán si les decimos que ella fue guionista de las películas más renombradas de la Argentina; entre ellas las nominadas al Oscar, La tregua y La historia oficial, habiéndose alzado con la estatuilla esta última, como mejor película extranjera y mejor guión original. Además: Cenizas del paraíso, Caballos salvajes, Crecer de golpe, Tango feroz, Volver, La isla, Pobre mariposa y Gringo viejo, y La soledad era esto, entre otras.

Además fue miembro fundadora de Teatro Abierto y ganó el Premio Konex de platino a la mejor guionista argentina del decenio 1985-1994. Fue miembro del Consejo Académico y asesora de la Universidad del Cine de Buenos Aires y consejera invitada en los Laboratorios de Guión Cinematográfico de la Fundación Sundance, en Latinoamérica, y luego, ininterrumpidamente en Utah.

Y como además escribió cuentos y publicaciones, traducidas a distintas lenguas y difundidas en distintos países, hoy les traemos, uno que la revista Humor publicó allá por los ‘80.


Tomás, el ortodoxo

(de Aída Bortnik)

Tomás era un niñito muy prolijo. Tanto, que casi, casi, no parecía un niñito. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado. Estaba siempre limpio y se iba a dormir cuando los niñitos tenían que irse a dormir. Todos sus juguetes estaban enteros, brillantes y en el estante correspondiente. Estaba tan preocupado por conservar todos sus juguetes, que nunca jugaba con ellos. Tomás era un niñito al que no inquietaban el vuelo de los pájaros ni el funcionamiento de su cuerpo.

Tomás era un joven muy disciplinado. Tanto, que casi, casi, no parecía un joven. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado, nunca intervenía demasiado. Estaba siempre prolijamente vestido y era educado con las chicas y respetuoso con los mayores. Estaba tan preocupado por repetir bien sus lecciones que nunca sabía de qué estaba hablando. Tomas era un joven al que no inquietaban el rotar de las estrellas ni el bullir de su sangre.

Tomás era un hombre muy ordenado. Tanto, que casi, casi no parecía un hombre. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado, nunca intervenía demasiado, nunca se comprometía demasiado. Estaba siempre del humor justo y trataba cortésmente a las mujeres, a los mayores, a los jefes y a los subordinados. Estaba tan preocupado por cumplir con todos sus deberes que nunca tuvo tiempo para saber qué significaban. Tomás era un hombre al que no inquietaban el destino de la humanidad, ni el significado de sus pesadillas.

Tomás era un marido muy metódico. Tanto, que casi, casi, no parecía un marido. Nunca preguntaba demasiado, nunca pedía demasiado, nunca curioseaba demasiado, nunca daba demasiado. Cuando era preciso se disponía a hablar brevemente, escuchar brevemente y proceder brevemente, durante el abrazo. Estaba tan preocupado en observar todas las reglas del matrimonio que nunca se le ocurrió disfrutar. Tomás era un marido al que no inquietaban los fantasmas de la felicidad, ni los demonios de los celos.

Tomás era un padre muy riguroso. Tanto, que casi, casi, no parecía un padre. Nunca preguntaba bastante, nunca pedía bastante, nunca curioseaba bastante, nunca intervenía bastante, nunca se comprometía demasiado, nunca daba demasiado, nunca esperaba demasiado. Estaba siempre dispuesto a juzgar y a ordenar, sin olvidar los buenos modales. Estaba tan preocupado por ejecutar todas las obligaciones de la paternidad que nunca pudo conocer a sus hijos. Tomás era un padre al que no inquietaban las frustraciones de sus sueños, ni las posibilidades de una guerra.

Tomas murió una mañana de verano. Lo enterraron por la tarde. Por la noche comenzaron a olvidarlo.

El señor lo observó en silencio, mientras escuchaba el minucioso relato de sus deberes cumplidos. Después suspiró – el Señor jamás suspiraba- y dijo: “Cada siete días, cuando orabas prolijamente tus oraciones, sin olvidar ninguna palabra, yo esperaba. Como esperaron tus padres y tus hijos, tus maestros y tu mujer, tus compañeros y tus ángeles. Esperaba que preguntaras algo, que pidieras algo, que exigieras algo, que sintieras algo demasiado poderoso para ser controlado. Esperaba que te encontraras o te perdieras. Esperaba, como todos esperaron, que me necesitaras. Pero me has dado a mí, regularmente, cada séptimo día, lo mismo que le has dado a la vida: una devoción vacía. Tú eres el único fracaso imperdonable para la Creación: un hombre que no la cuestiona. Vete, Tomás -concluyó el Señor-, también yo quiero olvidarte.”


“Para aprender a escribir hay que escribir –dice–. Porque ya sabemos que enseñar a escribir no se puede, es algo que ya hizo tu maestra, o tu mamá. Tampoco puedo enseñarte a escribir como Shakespeare, porque yo tampoco pude. Se trata entonces de ayudar a que la gente encuentre sus propios temas, su lenguaje, sus personajes. Enseñarles, primero, a descubrir qué quieren contar y, segundo, a continuar por allí. Yo les doy un pretexto y cada uno lo resuelve como quiere. No les doy un tema ni les digo cómo son los personajes, como máximo les digo entre qué edad tienen que estar. Lo hago a propósito para que se acostumbren a pensar desde adentro de gente de distinta edad, género, posición social, los que están en distintas posiciones frente a la vida.”

Palabra de Aída Bortnik

2 Comments

  1. lito dice:

    Siempre dando algo en que pensar

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