Qu revista

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Qu revista

En un sábado amanecido entre golpes de martillo y la descarga de un par de volquetes, a falta de uno, con golpes y más golpes en la casa contigua que parece que necesita algunos arreglos, me puse a pensar en esto del ruido.

Hay tanto alrededor, en las redes como en la vida misma, que a veces me dan ganas de insistir con el tema. Pero (siempre hay alguno), no le interesa a nadie, me di cuenta, o se hacen todos los distraídos.

Por eso abrí la caja de Pandora, en Mégara tenemos una sin fondo, y me encontré con una Qu, dos Qu, tres Qu, cuatro Qu… que representan lo contrario.

Qu, sí… “Qu. Como la letra qu. Me bautizaron así porque en estos tiempos en los que algunos subestiman los embrujos de la literatura, desconocen el placer de escribir por amor, desprecian la correcta ortografía y, en general, redactan bastante mal, a mis creadores les pareció una buena idea ponerme el nombre de una letra cuya denominación y cuyo uso están, lamentablemente, cayendo en desuso.”

Así se presenta esta revista literaria, objeto que también está cayendo en desuso.

Hoy todo se mide por resultados, explican los expertos, en términos de “marketing”, palabra foránea que nos encanta utilizar, pese a tener una más linda en español: mercadeo, cuya definición, en los últimos años, evolucionó bastante. Los principios básicos se mantienen, la forma, las herramientas y el discurso se van adaptando a los tiempos que corren; pero (otra vez la palabreja), las estrategias requieren de un control de resultados. Sí, volviendo a la opinión de los expertos, parece que en cualquier emprendimiento, si no se cuenta con una fórmula de medición, se pierde dinero, tiempo y oportunidades.

¿Y esto cómo se aplica a la literatura?

No estoy segura, pero entiendo que si se invierte tiempo, con autogestión e ideas, sin necesidad de mucho dinero; las oportunidades son múltiples y variadas. Una ecuación distinta.

¿Cuál es el resultado de un grupo de gente reunida por amor al arte?, por ejemplo el invento de una revista como Qu, que es “un vehículo entre la gente que se muere por ver publicadas sus creaciones literarias y la gente que aún tiene ojos para leerlas. En mis páginas escribe gente común, gente que tiene familias, trabajos, autos, cuentas bancarias, miedos, dudas, aciertos, alegrías, dolores de cabeza, penas de amor. Gente que, de tanto en tanto, elige escaparse por la rejilla de la libertad y materializa su mundo interior en muchos otros mundos interiores que después se vuelven exteriores gracias a una birome y un papel o a un teclado y un monitor. Gente que tiene mucho que decir.”


La Argentina fue siempre un país de revistas literarias, y aunque todo cambió y el formato digital llegó para cambiar el panorama, conviven en el horizonte.

Más aún, el desarrollo tecnológico permitió recuperar muchas publicaciones que se habían convertido en piezas de museo. La Biblioteca Nacional fue al rescate de algunas, y uno puede perderse en esa colección de ediciones facsimilares de revistas como Proa, El escarabajo de oro, El ornitorrinco y El grillo de papel, entre otras, y en su página web se pueden consultar los volúmenes de Sur o de Forja, por citar algunas de las que curioseé al buscar algunos autores.

Un placer tener a mano ese volumen de El ornitorrinco que me compré, o ese ejemplar facsimilar de Nós, el boletín o revista mensual de cultura gallega, publicado entre 1920 y 1936, que impulsó y dirigió Vicente Risco, llena de contenido no solo literario, también filosófico, artístico y político.

Porque es obvio que las revistas literarias no son un invento argentino, tengo ejemplares de Quimera, y de Orsai, cuando Casciari la hacía en España, aunque ahora esté por acá.

Me gusta comprobar que aún hay gente que cree en lo que hace, que lo hace por amor, que es generosa y que te acerca a otra gente que quizás no hubieras conocido de otra forma.

Me gusta la gente que organiza las varietolas, esas fiestas en las que mirás a alguien que dibuja, mientras escuchás lecturas o música, además de comer unas empanadas ricas o algo dulce, y conversar con gente que está en la misma.

Me gusta la gente que construye sin aspavientos, ni ruido, la que hace que el mundo sea menos hostil, y más luminoso.

Me gusta la gente que sabe bien la diferencia entre precio y valor, que hacen una revista que es gratis, sí, gratis, como el sol, el agua y el espectáculo del cielo, a lo que algunos siempre llegan tarde.

Me gusta la gente que se molesta en explicar lo que no por evidente, a veces no se piensa: “…siempre existieron y existirán cosas a las que la lógica mercantilista sencillamente no se aplica…” (de Ser y parecer, Qu Nro. 21, por María Staudenmann, editora).

Me gusta la gente como la de Qu, revista.

Gente que cree que el coraje, en los tiempos que corren, tiene un valor incalculable.

 

 

 

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