Poli y yo

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Poli y yo


Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…”

Así comienza Platero y yo, esa obra inoxidable del paisano de Poli. Sí, sí, Juan Ramón Jiménez, claro. ¿Qué quién es Poli?, pues Hipólito G. Navarro, el onubense. Que sí, claro, ese hombretón con barba, que según una tía suya, desde niño “para lo único que servía era para leer y escribir sus cuentecitos chinos”. El mismo que está convencido  de que ciertas carambolas del poder de las palabras y del azar se ocupan de planificar las excursiones que él nunca se atrevería a iniciar. Como la de haber viajado a Buenos Aires, con unas medusas de novela, que terminaron en mi biblioteca sin que él tuviera la menor idea, a un par de estantes de distancia del poeta universal de su tierra; cuya lectura, de puro porfiado, desdeñó en los años en que comenzó su historia lectora sin fin.

El que libera a los caballos, tal la etimología de su nombre, que deriva del griego hippós-lytós. Hipólito, nombre que también llevan su hijo y hacia arriba su padre, este último en honor a su padrino, que era amigo de la familia y el médico del pueblo, que a su vez lo había recibido de su madre llamada Hipólita. Hipólito G. Navarro, entonces, es Poli, “Cohipo, caballo. Lito, piedra. Caballo de piedra, como un loco indio de las praderas…” como él mismo termina de decir en nuestro ida y vuelta, con esa mensajería instantánea que le va dando vida y color a esta entrevista a la que dijo que sí, con su proverbial bonhomía y don de gentes.

Lo que no sabríamos ambos, hasta muchos años después, es que quizás él leía muchísimos cuentos de autores latinoamericanos, mientras yo acometía con los de allá (no solo por la formación enciclopedista que me tocó en suerte, sino por ser los de la tierra de donde vengo); para que hoy entreguemos a quienes lo admiran, una entrevista que encienda las lámparas.

Una que saque del ensimismamiento a quienes estén por entregarse a la deriva como el cadáver de un animal flotando en el agua que quisiera llevárselo, mientras los palos de un muelle decrépito, lo detienen.

Una en la cual se haga visible algún escritor apenas leído por muchos, al que yo leí de puro gallega, empeñado el hombre en no callar la historia de Galicia; donde casi proscripto como periodista, se dedicó a leer, comer y escribir, a su manera. “Yo no soy un erudito, por eso pido perdón si alguna vez aparezco tal; a mí lo que me gusta es contar llano y seguido, fantástico y sentimental a la vez; lo que pasa es que a veces escribo entusiasmado y distraído”, dijo Álvaro Cunqueiro, cuya estatua preside la plaza del humor en A Coruña.

Una que les recuerde por qué cosas, entonces, llorar a veces es bueno, pero no es cuestión de llorar como el cocodrilo y que a uno termine naciéndole como cierto orgullo de llorar; más vale seguir las instrucciones que alguien supo dejarnos para siempre.

Para siempre también son los libros que uno lee y nuestro entrevistado, de eso, sabe; como que nunca es tarde para llegar a ellos, aún cuando a algunos haya que darles más de una vuelta o se llegue, a veces, desde lugares insospechados. Como a un entrevistado.


Desde principios de noviembre, fuimos yendo y viniendo con él, atentos a los posteos, y a sus viajes de ida y vuelta a Sevilla, por la presentación de su libro. Donde veíamos una posibilidad o un paréntesis, insistimos, con discreción y constancia, hasta que más de un mes y medio después, con la reseña ya publicada, nos encontramos con esto:

El 14 de diciembre de 2016, a las 9:16,  Hipólito G. Navarro< > escribió:

Aaah, ¿pero tú me has mandado un cuestionario que yo no he visto? Es que me pierdo gestionando todo este lío...

Y sí,  un primer cuestionario que ya no existe, había sido enviado, sin que hasta ahora, sepamos cuál fue su destino. Perseverante, le respondí:

El 14 de diciembre de 2016, 15:19, Sandra Patricia Rey < > escribió:

Chaparrón de milagros…

…como aquél texto que llamó tu atención; que reparara en un posteo con una invitación a leer una entrevista tuya; que me animara a preguntarte; que me respondieras. Hoy a la tarde me ocupo de rescatar el cuestionario, mientras tanto te voy pidiendo (para el “no”, siempre hay tiempo!), unas tres o cuatro fotos (siempre pido alguna que para mí tenga significado, en este caso alguna de tu madre: con vos de pequeño o de grande, da igual, o con un libro tuyo si la hay; de tus tebeos infantiles; de lo que se ve por alguna ventana de tu casa que suelas mirar). Y en segundo lugar, una autobiografía incontaminada, o una pequeña biografía, como si fuera escrita por alguien que no seas vos.

Un abrazo, Sandra

No se hizo esperar mucho, el 18 de diciembre comenzó, al revés obviamente, enviando todas las fotos que encontró; de las preguntas, o más bien, de las respuestas, ni noticias.

Mensaje original——

Desde: Hipólito G. Navarro

Fecha: dom., 18 de dic. de 2016 15:04

Para: Sandra P. Rey ;

 

A ver, Sandra, te pongo fotos que tengo en el ordenador. Las de papel siguen en sus cajas desde que nos mudamos hace unos años y va a ser difícil sacarlas. Algunas te harán gracia, y no las conoce nadie. Van.

Besos.

Te las pongo en varios mensajes, para que no colapse esto.

Simpática: el crítico Pozuelo Ivancos nos mira sonriente a Rosa Montero y a mí en Beiging.

Mi muchacho y yo en la feria del libro de Sevilla.

Presentación de las medusas en Madrid, con José María Merino, Carmen Posadas y Mariángeles Fernández.

Con el reloj de bolsillo herencia de mi abuelo Rafael.

Dos en NY en un congreso sobre mi paisano Juan Ramón Jiménez.

 


Fotografía Mariángeles Fernández (mismamente, su hermana)


Mensaje original——

Desde: Hipólito G. Navarro

Fecha: dom., 18 de dic. de 2016 15:04

Para: Sandra P. Rey 

Otras.

Con tres editores: Adolfo García Ortega, Mario Muchnik, Juan Casamayor.

19-8-2005. Es el día que enterramos a mi madre. Mi hijo me tomó esa foto en casa unas horas después, sin que yo me diese cuenta.

En los años 80 en Fuenteheridos, cuando y donde escribí algunos de los cuentos antiguos de La vuelta al día.

Con el todavía no premio Nobel Mo Yan en Pekín.

Con Javier Azpeitia y Enriqueta Antolín en Atenas.

 Te he enviado un montón, Sandra, espero que te sirvan algunas.

Son divertidas y también relacionadas con mi trabajo.

Besos.

 


El 18 de diciembre de 2016, 19:14, Sandra P. Rey escribió:

La del reloj de tu abuelo es fantástica, la de Nueva York sacándole el pelo a la barba, la de tu precioso hijo en primer plano y vos de fondo y más.

Un chaparrón benefactor.

Al recibir el primer correo, pensé que habían llegado todas, sin que colapsara nada.

No imaginé que faltaban.

Van las preguntas, “again” dirías vos.

Un abrazo


El autor de Platero y yo, es el paisano de Poli, Hipólito G. Navarro, y viceversa, claro. La obra del poeta inoxidable, al que yo sí leí, “supone el comienzo de la luz y el color en la literatura. Con ella se pone fin a los negros de Goya, a los grises de Zuloaga y comienza una nueva configuración que va a inspirar luego a las Generaciones del 14 y del 27 y, en definitiva, a la poesía absolutamente intemporal que ofrece la prosa lírica de Juan Ramón Jiménez” (en palabras del director de la Fundación que lleva su nombre, Antonio Ramírez Almansa).

La obra de Hipólito G. Navarro, pone luz y color, en su propia vida, más bien lo rescata de esa soledad impuesta tras la muerte trágica del padre, a la que debió sumarle una sospecha terrible: que se había hecho realidad un negro deseo.

Fue resguardado en la ficción,  de regreso en Cortegana, después del sepelio en Huelva y animado por Elvira, su madre, que  gastó en libros, el pico de sus salarios de aquel verano de sus 16 años; y así, sin saberlo todavía, consiguió huir de una fatal realidad en la que estaba dispuesto a creer.

Fue leyendo y leyendo y un día empezó a escribir, y no se detuvo más; descubrió finalmente que “con algunos cuentos tremebundos, al dejarlos escritos, queda en ellos conjurado el mal del que hablan y este no se cumple, de la misma manera que se consuman los que están basados en el deseo, aquellos cuyo motor es el deseo.

Armar una entrevista lleva tiempo, es muy grato poder ir tejiendo con paciencia un mapa único, luego de haber leído y leído mucho material, sobre todo entre líneas. Pero más lo es, ir contándole al entrevistado de los apasionados desvelos, y compartir el entusiasmo; hasta el punto de hacerlo partícipe, a través de correos trasnochados, con preguntas que van y vienen, para encender definitivamente todas las lámparas.


 Querido Hipólito:

Acá me tenés de nuevo, sí, para machacar sobre lo necesario que es para mí, que vos, solo vos, me cuentes como sabés contar, si los datos de la web son fidedignos. Y sí, para pedirte otra vez que intentes para mí una autobiografía (unas líneas, las que quieras), o una biografía desde el punto de vista de quien se te ocurra, explicándonos de quién se trata y por qué lo elegiste:   

A saber:

Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) reside en Sevilla desde 1979 (pero resulta que nadie dice cómo llegó a Sevilla ni quién se quedó con su silla cuando él se fue. Tampoco dicen dónde nació, que siempre es bueno saber cuál fue el punto de partida, y si fue de parto natural o por cesárea).

Sí que lo dicen: nació en Huelva, en la capital de la provincia, el 1 de mayo de 1961. Sus padres, que procedían de dos pequeñísimos pueblos de la sierra onubense, se habían trasladado a la ciudad para comenzar allí una nueva etapa. Las cosas no salieron como esperaban y regresaron a uno de esos pueblos, Santa Ana la Real, cuando el niño contaba muy pocos meses, antes de cumplir el año. Tres años después nació su hermano Rafael, y cinco más tarde, cuando faltaban cuatro meses para que les naciera una hermana, su madre sufrió un accidente y abortó; ella misma estuvo al borde de la muerte. Con este dato se puede leer de otra manera la dedicatoria de la novela Las medusas de Niza, y hasta la novela entera.

El padre emigró a Alemania, y trabajó en Dortmund durante cuatro años, sin lograr arrastrar a la esposa y a los hijos pequeños a aquella tierra tan fría, así que regresó a España y con los ahorros montó un negocio, un bar, en el pueblo de ella, Fuenteheridos, adonde la familia se había trasladado mientras él trabajaba en el norte de Europa. Pero vivir en un pueblecito de apenas 600 habitantes en los últimos años 60 debió de mortificar al progenitor, acostumbrado a la modernidad de Frankfurt y Bruselas, lugares donde también trabajaban sus hermanos, y pasado un tiempo trasladó el negocio a Sevilla, a la ciudad.

Tampoco en esa ocasión le sonrió la fortuna, el bar se convirtió en una ruina, y de nuevo regresó a la sierra, a un pueblo mayor, de 5.000 habitantes entonces, Cortegana, el camino de Damasco del niño HGN, pues allí encontró unos profesores y unos amigos que lo encandilaron con sus querencias insólitas de aquellos años por las cosas del arte, la música, la pintura, la literatura… El padre se bebe entonces todas las botellas del bar, en competición con sus clientes borrachines, se convierte él mismo en un alcohólico sin remedio, hasta que su lento suicidio termina de golpe en agosto de 1977, por un fulminante cáncer de hígado, cuando el muchacho acaba de cumplir los 16.

Termina el bachillerato en ese pueblo, y la familia regresa un año después de nuevo a Fuenteheridos, el pueblo del abuelo materno, un artesano del hierro que también había sido emigrante como el padre, pero durante los años 1916 a 1922, en Nueva York. El muchacho se matricula en Sevilla para hacer el curso de orientación universitaria, y luego una equivocada carrera de Biología, que no terminará (la primera intención fue hacer Matemáticas, pero un profesor le quitó la descabellada idea antes de comenzar siquiera; quizá el error fuese precisamente cursar Biología, cuando lo que más le gustaba entonces, su mayor pasión, eran las matemáticas).

De formación Biólogo, ha desarrollado varios trabajos relacionados con el mundo editorial (esto es como juntar peras con sámaras).

Biólogo interruptus, como queda aclarado, empieza a escribir los primeros cuentos cuando debería haberse empleado a fondo con las asignaturas de la carrera. Se presenta entonces a un premio de novela, el Blanco White de Novela de Vanguardia en su primera y única convocatoria, de 1982, y tiene la mala suerte de ser el finalista, con lo que ya el veneno de las letras le queda inoculado hasta el tuétano. Empieza a trabajar como corrector en la editorial que había convocado el premio, y enseguida en Diario 16, un periódico de gran tirada por aquel entonces. Desde esa fecha trabajará en todos los sectores del mundo editorial de su ciudad (salvo un paréntesis de cinco años empleado como creativo en una agencia de publicidad), hasta que la crisis desmantela todo el tejido de esa industria y debe refugiarse de nuevo en la corrección, entonces en el Servicio de Publicaciones del gobierno andaluz, donde continúa a fecha de hoy. 

Entre 1994 y 2001 dirigió la revista dedicada al cuento literario, y colaborado en varios periódicos (otra vez la mescolanza, qué manía).

Eso es cierto. Crea y dirige durante ese período la revista Sin embargo, donde publican sus primeros cuentos autores hoy muy reconocidos junto a autores ya bien asentados entonces, que prestan su nombre con generosidad para acompañar a los jóvenes. Colabora mientras tanto en numerosas revistas y publicaciones, escribe reseñas, pierde el tiempo minuciosamente en toda esa feliz dispersión. Entre 1999 y 2002 es columnista de los periódicos del Grupo Joly, con cabeceras en las ocho provincias andaluzas. Le acompaña todo ese tiempo la penosa sensación de que desperdicia un par de cuentos cada semana en esas columnas, hasta que decide poner punto final a esa ocupación.

Ha escrito ocho libros de cuentos: El cielo está López (Don Quijote, 1990), Manías y melomanías mismamente (Don Quijote, 1992), Relatos mínimos (Ediciones del 1900, 1996), El aburrimiento, Lester (Anaya & Mario Muchnik, 1996), Los tigres albinos (Pre-Textos, 2000), Los últimos percances (Seix Barral, 2005), El pez volador (Páginas de Espuma, 2008), y La vuelta al día (Páginas de espuma, 2016), su obra más reciente. En todas partes, se lee 7, siete libros de cuentos; yo sumé  el de la vuelta.

Única novela Las medusas de Niza (Algaida, 2000).

Entre los premios: el Alberto Lista, el de Novela Ciudad de Valladolid, el de la Crítica Andaluza, el Mario Vargas Llosa NH o el del programa El Público,  ¿cuáles otros?

Bueno, son seis libros de cuentos en verdad. Relatos mínimos es un cuadernillo adelanto de Los tigres albinos, y El pez volador es una antología que recoge 20 o 25 cuentos de libros anteriores. Los otros premios son premios menores, algunos de los cuales me da un poco de vergüenza mencionar, así que mejor lo dejamos ahí, si te parece.

Creo que con alguna pregunta que cambió de orden, otra que mutó y un par más, a continuación, encontrarás finalmente, todas las preguntas.

Luego vendrá la edición para que todo quede reluciente. Ya te adelanté que tendrá, en definitiva, su propia arquitextura (correos electrónicos, mensajes, opiniones, etc.)

Quedamos así, entonces:

M. Un poco de historia vamos a hacer, no vamos a dejar a los megarenses, a tus amigos, a los míos y a los amigos de nuestros amigos, sin saber algo de tu infancia. ¿Qué anécdota que a tu criterio, te define, recuerdas que se repitiera en el ámbito familiar? ¿Cómo recordás el nacimiento de tu hermano? Y siguiendo el orden de las fotos, ¿quién era Celestina y qué recuerdos conservás de Santa Ana?


HGN.
No tengo memoria del nacimiento de mi hermano. Él nació en marzo del 64, un poco antes de cumplir yo los tres años, y no lo recuerdo.

Algo que se ha repetido en el ámbito familiar es la necesidad de emigrar a otro sitio para ganarse el futuro. Mi abuelo y sus doce hermanos emigraron en el año 1916 a América (mientras dos hermanos se quedaron en España cuidando de los padres, cinco partieron para Nueva York y cinco para Buenos Aires; los que fueron al norte, tras el fallecimiento en un accidente de uno de ellos, regresaron a España; los que se fueron al sur aguantaron allí y no volvió ni un solo miembro de la familia hasta las recientes fechas del corralito en tu país, cuando mi hermano le consiguió trabajo a algunos primos aquí: todos eran herreros, hasta los últimos descendientes de aquellos abuelos-tíos nuestros), mi padre y sus hermanos fueron a Alemania en los años 60, y mi hermano y yo salimos de la sierra para vivir en Huelva y Sevilla. Ha sido una emigración cada vez más corta en kilómetros, si te fijas. Mi hijo ahora, que acaba sus estudios de Arquitectura, quizá deba empezar de nuevo un periplo largo. Ojalá no tenga que emplearse, dónde te digo, en los Emiratos Árabes mismamente, donde han acabado ya algunos compañeros más viejos, que terminaron la carrera hace tres o cuatro años.

Celestina era la vecina que vivía en frente de nuestra casa en Santa Ana, la primera que acudió a socorrer a mi madre el día del accidente en que me quedé medio manco, cuando me caí en la chimenea y me achicharré la mano derecha, la misma con la que escribo (otra vez la dedicatoria de Las medusas de Niza, otro guiño). Eso ocurrió el 18 de febrero de 1963, día del cumpleaños de mi padre, cuando me faltaba un poco a mí para cumplir los dos años. Menudo regalo de cumpleaños le dimos mi madre y yo, ¿eh?

Tampoco guardo memoria de ese día ni de los muchísimos que pasé ingresado en el hospital de Huelva, curándome esa herida bestial, donde pretendieron cortarme la mano y donde mi padre, con su negativa a priori insensata, logró salvar en el último minuto.

De Santa Ana tengo el mismo recuerdo que el último verso que encontraron en el bolsillo de Antonio Machado tras su muerte: “Estos días azules y este sol de infancia”. Ese verso, y el sonido de la fuente y el lavadero de El Prado, muy cerca de nuestra casa, ese es el primer recuerdo de mi infancia.

M. A propósito de los autores que te impactaron siendo todavía un adolescente, señalaste a Poe y Maupassant, Julio Cortázar, Franz Kafka, Chejov siempre; y a todos ellos, añadiste enseguida el nombre de Samuel Beckett: “el grandísimo Beckett de la trilogía iniciada con Molloy, la gran novela del absurdo, que de verdad me dejó tocado para los restos: no se sale inmune de un texto donde se da entidad cósmica, metafísica, a un haragán”.

Las opiniones sobre el grandísimo Beckett  y su obra, pueden encontrarse en las antípodas: mientras el dramaturgo británico Harold Pinter sostenía que su obra era hermosa;  Borges lo consideraba aburrido y confesó que  después de ver Esperando a Godot, obra que le pareció muy pobre, no tuvo deseos de leer sus novelas.

¿Cuáles son las razones para que una opinión pueda distanciarse tanto de otra?

HGN. Quizá Borges tendría que haber sido más flexible, y haber leído las novelas y los cuentos de Beckett. Yo tuve la suerte de leer la obrita sobre la espera de Godot después de ser un incondicional del irlandés, y no me importó que en efecto esa obra fuese más pobre que todo lo demás. Suele ocurrir: demasiadas veces la obra más reconocida de un autor es una obra menor. De cualquier manera, y diga lo que diga Borges, Beckett, como Kafka, como Mrozek, es genial. Es cosa que les pasa de forma natural, casi espontánea, a los tipos que escriben y llevan “k” en el apellido; cuantas más “kas” lleven, mayor genialidad les toca. No hay que darle más vueltas.

M. En alguna entrevista y a propósito de las bibliotecas en tu vida, contaste que la más recordada es la de tu viejo profesor del bachillerato, Amadeo Romero, en su casa de Cortegana. “Creo que fue aquella sala, donde pasé tantas horas de mi adolescencia –cierro los ojos y puedo ver todavía hoy con nitidez los maravillosos tomos azules de la Summa Artis alineados frente a mí–, la que más me gusta del mundo, aunque ya no exista, o precisamente por eso, por la melancolía que me produce su desaparición”. Y también confiaste que te gustaría conocer la biblioteca del Trinity College de Dublín –entendemos que por tu admiración por Samuel Beckett, que fue un estudiante brillante del mismo-. ¿Conociste, finalmente, la biblioteca dublinense?, ¿cómo fuiste como estudiante?, ¿qué autores se leían?, ¿qué te enseñó tu viejo profesor?

HGN. Me sigue quedando pendiente esa biblioteca. No es por Beckett, es por Borges, por el amor a todas las bibliotecas en general. ¡Es que es tan hermosa esa biblioteca…! También guardo un gratísimo recuerdo por la biblioteca municipal de Cortegana, que es donde aprendí a fumar. Yo no había escrito nunca un cuento hasta que me atiborré bien de nicotina la cabeza, así que en esa biblioteca empezó todo. De estudiante fui regular, muy bueno en las asignaturas que me gustaban, y un completo desastre en las que no. Sacaba matrículas de honor con facilidad en Matemáticas, y suspendía minuciosamente en Lingüística. Todavía hoy no me queda claro qué demonios es el objeto directo, por ponerte un ejemplo contundente. Ahora bien, sigo siendo muy amigo de mis profesores de los últimos años del bachillerato. Cada dos o tres meses quedo a tomar un café con mi profesor de Matemáticas, mi querido amigo Pedro Nieto, y también visito de vez en cuando a mi profesor de Lengua, Carlos Sánchez Rodríguez, y hasta dejo que sea él quien presente mis libros a veces, para reírnos mucho en esos actos públicos donde él cuenta la perplejidad que le supone que yo fuese unos de sus peores alumnos, el más incorregible de todos (¡y que ahora es corrector profesional!).

Los libros que leían mis compañeros de Letras eran aburridos, aburridos a esa edad; eran libros que los profesores no podían saltarse porque tenían que cumplir un programa educativo demasiado rígido. Los muchachos tenían que rendir cuentas luego en los exámenes, así que no había escapatoria. Quienes cursábamos Ciencias leíamos por gusto, sin tener que ceñirnos a ningún programa. Esa fue mi suerte, que en lugar de leer la literatura en castellano de dos, tres y cuatro siglos atrás, pude disfrutar de los frescos autores del boom latinoamericano, y de los autores europeos y norteamericanos más interesantes para mi edad. A los autores que mis compañeros de Letras tuvieron que leer por obligación en edades tan tiernas los leí mucho después, por placer. Hay una grandísima diferencia en eso.

De mi viejo profesor de Cortegana, nuestro añorado Amadeo Romero (nos daba Historia en el bachillerato, pero era en su casa, en su enorme casa, en su delicada biblioteca, casi un museo vivo, donde impartía sus diversos magisterios), aprendí el cariño por todas las disciplinas artísticas sin distinción, y sobre todo el cariño por nuestros propios compañeros de clase. Nosotros éramos sus discípulos, de acuerdo, decía, pero insistía en que no debíamos perder de vista que eso nos regalaba algo más fantástico todavía: nos convertía en condiscípulos entre nosotros, y que eso nos unía más que cualquier otro vínculo que se nos pudiese ocurrir, que eran nuestros amados intereses los que nos mantendrían juntos con alegría para siempre. Él nos enseñó a amarnos y admirarnos unos a otros con verdadera pasión. Hay varias generaciones de muchachos y muchachas en el pueblo de Cortegana que sienten todavía como si fuese ayer ese amor entre todos, y comparten aún, compartimos aún, nuestros más ricos descubrimientos, libros, películas, exposiciones, músicas… Es maravilloso. 


M.
 A qué edad te fuiste a Sevilla, por qué fue Biología la carrera que elegiste, ¿te recibiste o la dejaste?

HGN. En septiembre de 1978, para cursar el COU. Desde 1980 he vivido permanentemente en Sevilla. Era muy buen alumno en Biología, tanto como en Matemáticas. No solo las integrales y los polinomios me interesaban, también me fascinaban los bichos y las plantas, y todo el andurrial microscópico de las células y los átomos. Cuando resolvía complejos problemas matemáticos tiraba siempre por el camino más largo, y eso, a los ojos de Pedro Nieto, mi profesor, me convertía en firme candidato al desastre. Me aseguró que me estrellaría en el primer curso, que no alcanzaría el segundo siquiera, porque yo era demasiado barroco y siempre tendía a resolver problemas que necesitaban solo seis o siete pasos para quedar listos en ocho o diez folios de enrevesadas operaciones. Así era, en efecto. Siempre alcanzaba la solución, pero yo no veía ese camino expedito hacia ella, sino que tiraba por los más enrevesados vericuetos hasta alcanzar la respuesta exacta. “Te estrellas –me aseguraba Pedro–, con esa actitud tuya te estrellas seguro.” Cuando fui a matricularme, en el último minuto, ya en el campus, le hice caso, y en lugar de entrar en la Facultad de Matemáticas me metí en la de Biología. Me estrellé igualmente. Duré tres cursos, pero acabé aburrido de un chaparrón de asignaturas que no iban conmigo. El último año, apenas si pisé las aulas y los laboratorios.

M. Reconociste haber perdido en alguna mudanza o regalado, un libro heredado de tu abuelo, “un ejemplar muy viejo, casi hecho menuzos, de un escritor sevillano llamado José Nakens, una colección de burlas anticlericales titulada Chaparrón de milagros”, sin reconocer nostalgia por la pérdida; pero la palabra “chaparrón” llamó poderosamente tu atención, utilizada como estaba para algo que no tenía nada que ver con la lluvia. La convertiste, desde entonces, en una palabra talismán o comodín.

¿Para qué la utilizás constantemente? ¿Chaparrones de qué quisieras en tu vida, tal y como está hoy, después de la vuelta al cuento?

HGN. Jaja, qué pregunta. ¡Si acabo de usar en la respuesta anterior la palabrita de marras! No puedo dejar de usarla, no sé por qué. Será que la primera vez que la vi escrita, en la portada de aquel libro, me volvió loco. ¿Resultaba entonces que se podían juntar las palabras así, que se les podía dar un uso tan distinto para el que uno creía que estaban hechas? Yo era muy niño entonces, recién estaba aprendiendo a leer, cuando me encontré con aquello, y en un libro prohibido, que mis mayores mantenían escondido, alejado de mis manos tan curiosas. Aquello me marcó definitivamente. Esa palabra ya es mía desde entonces. ¡Y se ha impuesto en mis amigos cercanos y mis compañeros de trabajo allá por donde nos hemos cruzado; observo que todos ellos acaban adoptándola al cabo de unos meses de escucharla tan machaconamente!

¿Tu segunda pregunta? Ah, sí: chaparrones de besos, de cariño; eso es lo que necesitamos más en la vida.

M.  Los ’80 te encuentran en Fuenteheridos, cuyo patrono es el Espíritu santo. De todas las festividades, nos llamó la atención la Fiesta del Carro (nota de M.: el Carro tiene su origen en la visita que hacen los jóvenes de Fuenteheridos a la localidad de Navahermosa, aldea de Galaroza, en sus fiestas locales; se reúnen el sábado y adornan con pintadas y papeles de colores un coche viejo, el cual se utiliza para transportar la garrafa de ponche que se beberá durante el recorrido). ¿Participaste de esa festividad, o de alguna otra? ¿De todas las tradiciones de tu tierra, qué reconocés en tu escritura?

HGN. En Fuenteheridos continuó viviendo mi madre hasta su fallecimiento en 2005, así que iba muy a menudo, y pasaba las vacaciones allí. De esa fiesta no tenía noticia, creo que era una fiesta de quintos, de los muchachos que iban a cumplir el servicio militar. Yo tuve la suerte de ser “excedente del contingente”, como se decía entonces, y me libré de esa pesadilla obligatoria para los muchachos de mi país hasta hace unos años; quizá por eso no participé en ella y ni me suene. En mi escritura reconozco muy poco de las tradiciones de mi tierra, la verdad. Lo que se me cuela sin sentir es el paisaje, la magia de su paisaje. Es un corazón muy verde incrustado en una esquina de Andalucía, junto a la frontera con Portugal, unos pueblecitos diseminados en medio de unos bellísimos bosques de castaños, como si se le hubiese robado un pedazo de territorio a Asturias o a Galicia. No puedo pasar mucho tiempo sin pisar sus caminos. Lo necesito para recargar las pilas.

M. “Sucedáneo: pez volador”, lo reconocés como el primer cuento que pudo defenderse solo. Así como recordás esa tarde, sentado en la cama, apoyados los folios en un viejo elepé de Yes (Yessongs, que tiene en la contraportada el dibujo de un pez volador), sin saber de qué demonios ibas a escribir; ¿recordás la génesis de algún otro cuento, de esos que luego de dibujada la primera frase, se escriben ellos solitos?


HGN.
Recuerdo el comienzo y la inspiración de otros muchos, pero de ninguno otro su génesis compone por sí misma otro cuento diferente como pasa con ese. Es la gracia de ese relato, que no solo se dejó escribir como si uno estuviera en estado de gracia, sino que dejó para siempre grabado en mí todo el proceso de su inspiración, tan inconsciente como había sido en principio, y su narración en algún acto público o entrevista ha generado a veces hasta un cuento mayor que él mismo. El cuento y su explicación lo usan algunas buenas amigas en sus talleres de escritura, para animar a los alumnos y que entiendan que se puede escribir de cualquier cosa, partiendo incluso de una frase cualquiera que les caiga encima. Yo eso lo aprendí en el maravilloso librito de Julio Cortázar Historias de cronopios y de famas, con el texto “Instrucciones para subir una escalera”. Si se podía escribir sobre eso es que se podía escribir de todo, absolutamente de todo. Qué lección soberbia de Julio, ¿no te parece?

M.  Me parece, definitivamente…Comenzaste publicando tus primeros libros, El cielo está López (1990), Manías y melomanías mismamente (1992), y Relatos mínimos (1996), en pequeñas editoriales de tu tierra andaluza (Don Quijote, y Ediciones del 1900), hasta que el desaparecido sello Anaya & Mario Muchnik apostó por tu tercer libro, El aburrimiento, Lester; ¿qué cambió con este último libro?

HGN. Cambió la percepción que se tenía de mis cuentos, porque los cuentos eran los mismos, sin modificar una coma. El aburrimiento, Lester agrupaba los seis o siete mejores cuentos de aquellos dos libros primeros publicados por la editorial granadina Don Quijote, con el añadido de tres o cuatro piezas nuevas. Sucedía entonces, y me temo que un poco también ahora, que cualquier producto de la cultura andaluza era completamente invisible hasta que no traspasaba la frontera de Despeñaperros, y en literatura eso significa que hasta que no se logra alguna publicación en las potentes editoriales de Madrid o Barcelona, uno no existe en su propia tierra. Me gustó cometer ese acto de justicia con mis propios cuentos, y sentir que toda la prensa cultural se rendía un poco ante ellos, cuando escritos con las mismas palabras y las mismas comas en una editorial andaluza habían pasado por completo desapercibidos unos años antes.

De todas formas, tenía que empezar todo ahí, y en ningún otro lugar. Mi formación como cuentista provenía de la lectura apasionada y furibunda de los autores argentinos, uruguayos, colombianos, mexicanos, chilenos… Yo me sentía más cuentista latinoamericano que español (y cuando me sentía español pensaba sólo en los gallegos Cunqueiro o Wenceslao Fernández Flórez, o en mi paisano gaditano Fernando Quiñones), así que era lógico y hasta natural que fuesen los argentinos Mario Muchnik y su maravilloso lector de entonces, Marcelo Cohen, quienes me dieran la alternativa y me publicaran por todo lo alto en mi propio país. Podrás imaginar ahora mi contento de hace un par de meses, cuando en la mitad de la presentación de La vuelta al día en Madrid, apareció de improviso mi querido Mario, con casi 90 años a sus espaldas, que apenas sale ya de casa, para celebrar con nosotros la salida de esta última criatura mía. Tener allí a Mario y a Nicole, junto a Adolfo García Ortega, mi editor de Seix Barral, y a Juan Casamayor… Ese momento mágico es un regalo inmenso que jamás pude haber imaginado cuando escribía mis cuentecillos. Lisbeth Salas, otra latinoamericana, por supuesto, como en otras ocasiones tu paisano Daniel Mordzinski, se encargó de inmortalizar ese instante en unas soberbias fotografías.

M. En algún reportaje leí que decías que en la escritura, si existe una cualidad principal, debe ser, sin duda, saber poner el punto final a tiempo. Y citabas haber leído en alguna parte que Babel, a propósito de Maupassant, decía: “No hay acero que traspase de forma más contundente el corazón humano que un punto puesto a tiempo“. En un homenaje hecho por la revista Radar (Página 12, Argentina*), a sesenta años del asesinato de Isaak Babel, Juan Forn recoge una anécdota del escritor y periodista Ilyá Ehrenburg , en la cual cuenta que, en su última estadía en París en 1935, Babel le dijo: “Todo lo que hacía Maupassant estaba bien, pero le faltaba corazón”. ¿Se puede escribir si falta corazón?

HGN. Sin duda. Así me parece a mí que está escrita gran parte de la obra de Borges mismamente. No me mates por este comentario. También muchos norteamericanos actuales escriben sin él. Pero yo prefiero la escritura que tiene corazón. Por eso me gustan tanto Cortázar y Chéjov.

M. ¿Por qué habría de matarte?…La misma revista, reproduce fragmentos del libro de Antonina Pirozhkova, la última mujer de Babel, que cuenta anécdotas entrañables. Así nos enteramos de su tremendo interés por lo que llevan las mujeres en sus bolsos, que demostró al conocerla, solicitándole examinar el suyo, separando luego del examen minucioso que realizara de todo su contenido, una carta que ella había recibido el día anterior. Con expresión imperturbable, Babel dijo: “¿Me dejaría, tal vez, leer esta carta? Salvo, por supuesto, que sea muy personal”. Adelante, léala, dije yo. Él lo hizo, sin comentar una palabra. Luego añadió: “Le propongo algo. Por cada carta que reciba y me deje leer, le daré un rublo”. Cuando depositó una moneda sobre la mesa, no pude contener más la risa”.

También supo de otras de sus costumbres: asistir a los tribunales los días de audiencia, especialmente los juzgados de mujeres, donde permanecía en un rincón, durante horas, escuchando quejas contra vecinos, maridos o comerciantes. Y  en el primer viaje que hicieron juntos le confió: “El verdadero rostro de un pueblo es el mercado. Es lo primero que piso cuando llego a algún lugar. Me basta observar qué venden y cómo lo venden para saber qué clase de gente vive allí.” Luego abarcó con la mano el estruendo que los rodeaba y agregó: “Quisiera contar todo esto, pero con la menor cantidad de palabras posible”.

¿Hay costumbres como las que comparte Pirozhkova, respecto de Babel, que influyan en ese género considerado por vos, como el más respetuoso, por la proporción mágica entre brevedad e intensidad que regala un buen cuento y te ha permitido jugar con el lenguaje y las estructuras? ¿Cuáles son?

HGN. Es tan hermoso todo esto que compartes en tu pregunta que más valdría no enturbiarlo con cualquier torpeza mía ahora. Prefiero que continúes hablando de nuestro querido Babel.


M.
  Isaak Babel dijo que si alguna vez escribía la historia de su vida, la llamaría Historia de un adjetivo, y agregó: “Toda mi vida he sabido, con unas pocas excepciones, qué escribir. Pero como he intentado decirlo todo en doce páginas, he debido escoger palabras que fueran en primer lugar significativas, en segundo lugar sencillas y en tercer lugar hermosas”.

Tengo en claro cómo llamaría yo a la historia de tu vida, si la escribiera; te pregunto a vos, ¿cómo la llamarías si la escribieras vos mismo?

HGN. No lo sé, la verdad. ¿El abrumado? Me gustaría saber cómo la llamarías tú, que me regalaras un buen título para la colección de textos demasiado autobiográficos que empiezan a colapsar mis cuadernos, todavía en estado muy embrionario, pero que algún día tendré que sacar a la luz.

M. Páginas de Espuma publicó de tu admirado Fernando Quiñones, Tusitala, que recoge todos sus relatos publicados, más otros inéditos, y el hijo del gaditano, Mauro Quiñones, presidente de la Fundación que lleva su nombre, dijo que además de ser un proyecto que la familia ansiaba, pudo materializarse gracias a un esfuerzo mancomunado, reconociendo especialmente el “esfuerzo del editor, el poeta Hipólito G. Navarro“. ¿Hay un Poli editor o compilador, y hay un Poli poeta?, ¿son el mismo que el cuentista?

HGN. Que Mauro me llamara poeta es una exageración propia de gaditano cariñoso, y no debes hacerle demasiado caso. Poeta; esa es una palabra mayor, que se emplea demasiado a la ligera en mi país todos los días. Te lo digo con absoluto conocimiento, pues no pasé en vano cinco años editando poesía en una editorial de muy ingrato recuerdo ahora para mí, y de la que no vamos a hablar ni un segundo más. Editar para Páginas de Espuma los cuentos completos de mi querido Fernando Quiñones fue una de las alegrías y satisfacciones más grandes que he tenido como cuentista. Emplearse a fondo con toda la emoción durante un año entero en una obra de esa envergadura, sus mil páginas de cuentos prodigiosos, es un placer infinitamente mayor que entretenerse con la obra de uno mismo. Es un ejercicio verdaderamente enriquecedor, que todo autor debería hacer alguna vez en la vida, olvidarse de la obra propia y sumergirse con todos los sentidos en la de un autor admirado. Ya lo había venido haciendo antes durante los años de gestionar la revista Sin embargo, especialmente en su sección principal, “Temas y maneras”, donde se analizaba en profundidad la obra de autores muy queridos y admirados, donde aparecieron Antonio J. Desmonts, Medardo Fraile, José María Merino, Marcelo Cohen, J. Á. González Sainz y otros notables cuentistas, pero la preparación de Tusitala desbordó todas mis expectativas de felicidad.

M. En 1960, el gaditano ganó el Premio Literario del diario La Nación de Buenos Aires con Siete historias de toros y de hombres. Jorge Luis Borges, miembro del jurado, sentenció: “Nada sabíamos del hombre que velaba el seudónimo; el ambiente, la entonación y cierto desenfado en el manejo de las palabras dejaban entrever un español y aún un andaluz. Dos temas —el vino y la tauromaquia— prevalecían en los textos; ambos tendían a alejarnos de ellos. Como Quevedo éramos partidarios del toro no de los toreros… Todos sentimos sin embargo, que los temas son símbolos y adjetivos. El único tema es el hombre… Y en los cuentos de Fernando Quiñones estaba el hombre, su índole y su destino. Los premiamos con unánime acuerdo, porque advertimos en la obra de Quiñones a un gran escritor de la literatura hispánica de nuestro tiempo, o, simplemente de la literatura”.

¿Creés como Borges, que el hombre, su índole y su destino son el tema por antonomasia, de la literatura?

HGN. Sí, es el único asunto; todos los demás remiten a él. Por más rodeos que demos, el amor, el poder, las moscas, el aburrimiento y la muerte, todo nace y desemboca en el hombre. ¿En qué otro asunto lo podría hacer?

M. Cuentan que Quiñones, que sí era poeta, era un enamorado de su tierra, y poco antes de morir, llevó a su mujer Nadia junto al mar y desde allí le dijo: “Nadia, quiero hacerte un regalo: te regalo Cádiz”. ¿Alguna vez le regalaste o le regalarías una ciudad, a una mujer?, ¿cuál fue o cuál sería?

HGN. A mí me sucedió al revés: fue Juana la que me regaló Sevilla. De regalar una ciudad…, creo que regalaría una que, como decía el humorista Gila, lo tiene todo roto, todo tirado por el suelo, pero tan hermosa…: Atenas.

M. Un batido de preguntas, para que sean contestadas en el orden que elijas: ¿Cómo llegaste a tu trabajo en el Boletín Oficial? ¿Cuántas veces se te ha disparado una idea en ese espacio alterando esa labor tan gris?, ¿podés contarlas? ¿Hay algún momento en que te hayas planteado dejar todo y dedicarte solo a la escritura?

HGN. Creo que ya te respondí algo antes. Al Boletín llegué después de que las editoriales andaluzas donde me empleaba se fueran yendo al garete, todavía antes de la maldita crisis que comenzó en 2007. Para cuando llegaron los peores momentos de esta crisis interminable, ese tejido industrial ya estaba completamente desmantelado. Yo había obtenido una plaza en el Boletín Oficial en el año 1993, pero renuncié a ella entonces, aterrado con la posibilidad de pasarme leyendo leyes toda mi vida. La retomé en 2004, sin más remedio. No fue mala cosa ahorrarme once años de corregir decretos. Ahora tengo ahí un puñado de compañeros tan extraordinarios que no cambiaría eso por ningún otro trabajo. Dejar de trabajar para dedicarme a escribir sería una locura. Prefiero mil veces que mi sustento y el de mi familia no estén apoyados en la escritura; así soy completamente libre de escribir cuando quiera y lo que quiera, sin prisas ni concesiones. Y las ideas que alimentan y mueven a mis cuentos, mientras yo continúe durante ocho horas diarias amarrado al duro banco de los decretos, tendrán que ser por fuerza muy locas y disparatadas, para compensar, así que no puedo encontrar un negocio mejor, ¿no crees?


M. 
No lo creía, me lo estás haciendo pensar vos…Tu paisano, Juan Ramón Jiménez, te llevó a Nueva York, tenemos las fotos, ¿cómo llegó esa invitación para rendirle homenaje?, ¿cuándo leíste Platero y yo?

HGN. Te confieso que yo había pasado mis años de juventud estúpidamente enfadado con Juan Ramón Jiménez. Por desconocimiento y ñoña rebeldía sin más. O quizá por el hecho cierto de haber viajado él a Nueva York para casarse con Zenobia en 1916 vestido de blanco en las cubiertas nobles de un barco que apelotonaba en las cubiertas de tercera a una pandilla de zarrapastrosos emigrantes entre los que se encontraban mi abuelo Rafael y sus hermanos; por saber que al regreso unos meses más tarde, ya casado, la indemnización que recibió de la naviera porque se le mojaron los baúles de ropa en las bodegas del barco fue cuatro veces mayor de lo que consiguieron ahorrar los cinco hermanos trabajando duro durante casi seis años… Me generaba también mucha rabia que el principal escritor de mi tierra hubiese dedicado un libro entero… ¡a un burro!, el vehículo más común que circulaba por las calles de los pueblos de mi infancia.

También me molestaba que por su influencia en mi tierra se diera una patada a cualquier piedra del suelo y debajo de ella aparecieran dos docenas de poetas, casi todos espantosos. Tanto había proclamado a los cuatro vientos ese malestar mío, que para aquel congreso de la Universidad de Nueva York pensaron que estaría bien contar con una voz discordante entre tanto autor y profesor entregados a la causa del Nobel. Ahí lo ves, fue una carambola curiosa: me invitaron para que hablara de ese malestar mío, para equilibrar algo la colección de loas que le iba a caer al moguereño universal. Por esas fechas yo sólo había leído a Juan Ramón muy deslavazadamente, fragmentos sueltos de Platero y del Diario de un poeta recién casado, poemas sueltos. Desde aquel viaje hasta ahora lo he leído todo fascinado, lleno de vergüenza. Los 48 tomos de la obra completa publicados por Visor ocupan ahora un lugar de privilegio en mis estantes, y no me canso de releerlos. ¡Cuantísima tontería tenía yo de joven con nuestro poeta mayor, virgen santa!

M. “Es el rey. El Rey del cuento. Su nuevo libro tras casi una década de silencio. Para Páginas de Espuma publicar a Hipólito G. Navarro es un sueño, es hacer historia, es la cima del cuento”, así leemos. ¿Cómo llegás a Páginas de Espuma, o Páginas de Espuma llegó a vos? ¿En tu casa, sos el rey?

HGN. Nos encontramos muy temprano, en el inicio justo de la hermosa aventura editorial de Juan Casamayor y Encarni Molina. Juan me llamó una mañana del año 2000 para pedirme un cuento que quería incluir en una de las tres antologías con las que iban a iniciar su andadura, la de cuentos sobre trenes, y de las que iban a ser responsables Viviana Paletta (¡otra argentina!) y Javier Sáez de Ibarra, mis queridos hermanos desde entonces también. Hemos caminado juntos todo este tiempo, hemos trabajado en un montón de proyectos, y ahí seguimos, con la misma ilusión del comienzo, multiplicada cada día. Si no hubiese tenido contratada antes de conocernos la edición de mis cuentos completos con Seix Barral, también habrían aparecido en Páginas de Espuma, la mejor editorial que jamás pudieron soñar siquiera los amantes del cuento.

En casa reina nuestra chica, Juana; eso ni se pregunta.


Lo que empezó como una carta siguió entre correos y  mensajes, dándole forma al reportaje, que está tan vivo como él y como el cuento, género al que ha llevado hasta lo más alto.

Te conté ya que la foto con tu compañera Araceli, la he bajado, sin inconveniente, sería uno que ella no quisiera salir en el reportaje, ¿le podrás preguntar? Si no quiere, la intervengo… la foto, quiero decir, no a ella, hombre.

No hay problema. A ella seguro que le hace ilusión aparecer en tu revista. Le daremos la sorpresa.

Respecto de la foto de Fernández Cubas, que publicaste en un posteo, pese a asegurarme que sería primicia, lo mínimo que podés hacer a modo de compensación es contarme alguna anécdota de ese viaje.

La mejor anécdota de ese viaje fue nuestra bajada en tobogán desde lo más alto de la muralla china. Pocos escritores se atrevieron a bajar como nosotros, a toda velocidad, aterrados al ver en las curvas aquellos chinos con las parihuelas, por si te salías y te rompías la crisma. (Te pego el enlace de un vídeo que he encontrado ¡de unos ¿argentinos? bajando como lo hicimos nosotros! Si sabes editar un cachito del principio, donde no se ven los protagonistas, sería ya la repera.)

De los sellitos de caucho, los ex libris, ¿te acordás que te pedí, si los buscabas o estaban a mano, para que les sacaras una foto?; si conseguís lo de Fernández Cubas, ¡olvidate!.

(Tengo que buscar un ex libris que me regalaron, y escanearlo, pero no lo usé nada más que el día que me lo regalaron, te aviso.)

Una foto de Navidad, o de año nuevo o de Reyes, ya sabés en cuánto las estimaría.

(Ídem.)

Es muy loco, pero con vos me pasa todo el tiempo que vuelvo a sentir que la distancia es tan relativa, como para el gallego que quedó en la aldea, a quien le preguntaban dónde estaban sus hijos y respondía que tenía uno cerca, en Buenos Aires y otro, lejos, en Frankfurt.

Y me pasa que leo tus cuentos y te leo en otros, y pienso en El paseo, de Robert Walser, que compré hace un par de meses atrás, en la librería Norte (mi librería de la juventud a la que siempre vuelvo); y me conmuevo con vos.

(Walser, otro de mis preferidos: tengo leída su obra entera, de pe a pa. ¿Quién me lo recomendó? Otra paisana tuya: Clara Obligado. En su casa leí El paseo.)


Fotografía de Pere Tordera

La espera, tal como la paciencia, fueron visitadas por mí, con cierta asiduidad.

Con Hipólito G. Navarro me pasa que en ese ida y vuelta que mantuvimos, en esa observación de su vida y obra, yo fui de paseo por un montón de lugares, y revisité mi propia historia, conmoviéndome con él, al pensarlo,  junto a su madre, en esa cama de hospital, en los últimos días de su vida. “La belleza de las páginas del escritor suizo y la mano de ella apretando la mía en algunos pasajes serán ya para siempre una misma cosa dulce y poderosa en mi memoria”, dijo en algún reportaje.

Releo al escritor suizo con el que nos conmovimos, a su hora, ambos; y yo, una vez más, al leer sobre su conmoción, junto al lecho de su madre: “Así pues todo, todo, toda esta rica vida, los amables y sentenciosos colores, este encanto, esta alegría y este placer de vivir, todas estas humanas importancias, familia, amigo y amante, esta clara y tierna luz llena de bellas y divinas imágenes, las casas paternas y maternas y los dulces y suaves caminos perecerán un día y morirán, el alto sol, la luna, los corazones y los ojos de los hombres”.

Vuelvo al día del chaparrón de fotos, y del chaparrón de mensajes instantáneos después y las preguntas sobre las fotos que iba mirando; y una llamando mi atención, la que lo muestra de perfil, con el torso desnudo y absorto, que no le mencioné.

Vuelvo a los correos, los hago volver a ustedes, cómplices para el onubense, en la lectura, dándole sentido a todo.


El 18 de diciembre de 2016, 19:14, sandrarey, escribió:

La del reloj de tu abuelo es fantástica, la de Nueva York sacándole el pelo a la barba, la de tu precioso hijo en primer plano y vos de fondo y más.

Un chaparrón benefactor.

Al recibir el primer correo, pensé que habían llegado todas, sin que colapsara.

No imaginé que faltaban.

Van las preguntas,

Un abrazo


El 18 de diciembre de 2016, 15:19, Hipólito G. Navarro  > escribió:
La que es terrible es la que me hizo mi hijo tras el entierro de su abuela. Pfff. Ni mi cabeza ni yo estábamos allí,

He escrito mal el nombre de un fotógrafo en otra, la he arreglado, ahí va de nuevo.

Besos.

H


El 18 de diciembre de 2016, 19:22, Sandra Patricia Rey escribió:
La que sacó tu hijo, va; salvo que me pidas lo contrario (curioso fallido, no nombrártela).

Es la primera en que pensé.

¿Estabas frente al espejo para ducharte?, ¿lo recordás?.

¿Dónde fue el entierro?.


—– Mensaje original——

Desde: Hipólito G. Navarro

Fecha: dom., 18 de dic. de 2016 15:37

Para: Sandra Patricia Rey;

Asunto: Re: Antídoto para la lluvia

Estaba en la terraza de nuestra casa de vacaciones en la sierra de Huelva, en Galaroza. Hacía un calor brutal y estaba sin camiseta. Nuestro agosto es justo lo contrario al vuestro. El entierro había tenido lugar unas horas antes en otro pueblecito, donde ella había nacido, Fuenteheridos, que está a 6 km de Galaroza. Habíamos hecho el viaje desde Sevilla, desde el hospital donde murió, hasta su pueblo, cien kilómetros siguiendo con nuestro coche al coche fúnebre que la llevaba a ella en su último viaje. Se celebró el entierro, y nos fuimos a la casita de Galaroza. Yo me quité la ropa oscura que había llevado y me senté en la terraza. Mi hijo, que tenía entonces 13 años -y que apenas me había visto durante los seis meses que ella había pasado con su enfermedad en un hospital-, desde una ventana que da a esa terraza, me tomó la fotografía sin que me diera cuenta. Me la dio mucho tiempo después, para que viera en el estado que volví del sepelio. Es un momento muy íntimo. No se lo hubiera mostrado a nadie. Pero tú me contaste cosas de tu padre también muy personales. Va en justa correspondencia.

Besos again.

Poli.


El 18 de diciembre de 2016, 19:53, Sandra Patricia Rey > escribió:
Ahora me la has puesto difícil de verdad. Me siento como tu confidente y amiga, pero una desconocida,  que eso soy, entiende que esto no puede compartirse al público. Sos quien se percibe y es en tu autenticidad desnuda, donde reposa la admiración y cariño que inspirás. Sabría qué hacer con esa confidencia, pero creo que no es tu deseo.

Tengo tres hijos varones, ninguno fotografió el momento en que me ovillé en la cama, al volver del entierro de mi madre, a la casa donde nací y antes de mí, nació ella. Después de cuatro años de una enfermedad progresiva y sobreviniente a un accidente cerebro vascular, se fue justo un 9 de noviembre, ese día yo había visto los jacarandás en flor y tardé años en volver a apreciar su belleza.

Un abrazo


—– Mensaje original——

Desde: Hipólito G. Navarro

Fecha: dom., 18 de dic. de 2016 15:59

Para: sandra.rey@megara.com.ar;

Asunto: Re: Antídoto para la lluvia


Si estas cosas se cuentan, se comparten, dejan de doler, y se convierten en regalos para la gente que nos quiere, por eso te he mandado la foto y el comentario, para que también tengas elementos de emoción que no di a nadie de la prensa. Lo escribí el otro día, que tu reseña no era una reseña, sino otra cosa, que procedía de la emoción. No queremos hacer una entrevista al uso, es lo que me pedías, ¿no?

Hemos pasado por momentos muy parecidos. Sabemos lo que duele. Pero también hay que aprender que de todo eso puede salir algo muy hermoso cuando se ha superado.

Poli.


El 18/12/2016 20:19, “sandra.rey@megara.com.ar” escribió:
Gracias Poli, me atrevo a nombrarte como te nombran los amigos.

Gracias por la sintonía, por la emoción de las cosas que vuelven a pasar por el corazón.

Uffff….de las primeras fotos: con la vieja Celestina en Santa Ana. Sos el que viste jardinero, quiénes son los otros tres niños?…en la feria de Sevilla en 1992 Poli chico está en brazos de su madre, vos mirás con arrobo esa escena al lado de quién?.

Por ahí iremos, hombre, por ahí.

Un abrazo


Por ahí fuimos, de paseo, con ustedes, huérfanos y no; no queríamos una entrevista al uso.

Sucesivas muertes de escritores entre el fin de año y estos pocos días que lleva el nuevo,  motivaron un artículo en el que mencioné la orfandad, la gravitancia en mi vida de esa palabra. Miro el reloj en la computadora y una vez más pienso en las casualidades que no son tales, fue un 13 de enero cuando mi madre sufrió aquel accidente.

“-A las plantas hay que hablarles, buscarle a cada una su lugar, un poco son como las personas, algunas parecen pequeñas y débiles pero saben defender su espacio; otras, en cambio, tan grandes y frondosas, necesitan que las endereces para no irse  para el lado de los tomates. Y fundamentalmente, hay que hacer brillar las hojas con leche y agua, hija, así… ¿me escuchás?

Siempre la escuchaba.

Ya no hay ella ni hay siempre”.

Y acá estamos, compartiendo la generosidad del rey del cuento que en su casa no reina, pero ahora, y como ocurre a veces, la línea de comienzo le dio la vuelta al día a unos cuantos argumentos.

Platero, tú nos ves, ¿verdad?

Platero, ¿verdad que tú nos ves? Sí, tú me ves.”

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