Original y espeluznante

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Original y espeluznante

“El hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa”, dicen que dijo Friedrich Wilhelm Nietzsche. Así entonces, el humor o humorismo (del latín: humor, -ōris) es definido como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas.

¿Pero qué pasa cuando el humor, que hace más soportable la existencia, se vuelve negro? Si el humorismo busca entretener a partir de la comicidad y hacer que la gente se divierta y se sienta mejor, cuando echa mano a cualquier desastre o desgracia, ¿consigue ese mismo efecto o causa rechazo?

Quizá consigue el mismo efecto, si consideramos que reír está ligado a disociarse de todo lo que causa temor o extrañeza y que por eso mismo provoca cierta inquietud; y desde esta óptica, el humor es la herramienta con que se enfrentan ciertas situaciones que podrían generar sufrimiento.

“Lo cómico, para producir todo su efecto, exige como una anestesia momentánea del corazón. Se dirige a la inteligencia pura”, escribió el filósofo Henri Bergson en su ensayo: La risa. Ensayo sobre la significación de lo cómico.

El humor tiene una función catártica semejante a la de las lágrimas, pero diferente en cuanto no se da una identificación con el objeto que es soporte del mismo.

El término se origina en la teoría de los cuatro humores del cuerpo de la medicina griega, cuyo equilibrio regulaba el estado de ánimo: la bilis, la flema, la sangre y la bilis negra o atra bilis. El carácter humorístico corresponde así al humor sanguíneo, frente a la tristeza del carácter bilioso, la cólera del carácter atrabiliario y el pensamiento y estolidez del carácter flemático. De allí entonces que existan distintos tipos de humor adaptados a diferentes públicos, variaciones culturales según la época y el lugar.

O sea que no todos nos reímos de las mismas cosas, ni asimilamos de la misma manera cierto tipo de humor.

En lo que a mí respecta suelo decir que no me gusta el humor negro, que me parece, en general, de mal gusto, me sobrecoge, me da repelús, ¿por qué entonces me deslumbró la obra de Edward Gorey?

Por la sutileza de su estilo. Ese estilo que él mismo decía, lo era todo.

Edward St. John Gorey, fue un artista notable por sus dibujos en blanco y negro, de inspiración victoriana, con tintes macabros, los que, paradójicamente,  consiguen conmover aún en su oscuridad. Sus historias de textos breves, brevísimos algunos, están plagados de connotaciones que invitan a reflexionar sobre cuestiones nada menores: la vida, la muerte, el amor, la envidia, el miedo y el deseo.


Gorey nació en Boston el 22 de febrero de 1925 y fue un niño prodigio, aprendió solo a leer y repiten todas las biografías que a los cinco años ya había leído Drácula, a los ocho, todas las novelas de Víctor Hugo. ¿Qué otra cosa podría haber leído de niño ese excéntrico artista, de culto para muchos?

“¡Ay, estar tendidos juntos en la misma tumba, cogidos de la mano, y, de vez en cuando, en las tinieblas, acariciarnos suavemente un dedo! Con eso le bastaría a mi eternidad”, escribió Víctor Hugo.

Fue contemporáneo de Charles Addams,  el caricaturista que escribió para el periódico The New Yorker, la historia de esa emblemática familia de sociópatas, que fue La Familia Addams, sobre la cual se basó luego la serie homónima y los largometrajes que se hicieron de esa  familia “tan normal”, a cuyos integrantes, siempre vestidos de negro, les gustan la sangre, las torturas, la muerte, la desolación; en definitiva todo lo tortuoso y grotesco; como a él. No obstante, su obra es más difícil de categorizar.

Gorey era un excéntrico a todas luces, moviéndose siempre en el límite de lo aceptable, aún a sabiendas de que a muchos no les gustaría, ya que resultaba provocadora, un verdadero atentado contra la concepción del sueño americano. “Pocos artistas han ido tan lejos como Gorey. Pocos han mostrado, como él, tal encrespamiento en una escritura que mezcla, sin remordimientos, el gabinete de curiosidades con las esquirlas de la indecencia”, se ha dicho del ilustrador.


En el jardín de la Elephant House, la casa de dos siglos donde el autor pasó sus últimos años, y por cuyas grietas dice la leyenda que entraba la hiedra venenosa, a la sombra de un árbol, se alzan las lápidas de los pequeños macabros, obra homónima que forma parte de su tríptico considerado como su obra cumbre: La fábrica de vinagre: Tres tomos de enseñanza moral.

Actualmente se llama Gorey House y es un museo, pero no nos adelantemos, porque la genialidad de nuestro hombre es grande y vale la pena repasar su historia.

Su precocidad tuvo un buen profesor de dibujo en la escuela, que lo llevó de adolescente a asistir un semestre al Art Institute de Chicago, y luego del servicio militar, llegó  a Harvard, donde se hizo amigo del que sería el más célebre poeta de la escuela de Nueva York, Frank O’Hara.

Sus excentricidades eran acompañadas ya en esa época, y celebradas por su compañero de cuarto. Fue con O’Hara que usaron una lápida de un cementerio cercano como mesa, pero también con él y otros jóvenes con el mismo talento e impulso creativo, formaron el Poet’s Theater de Cambridge; donde demostró la diversidad de su talento, ya que por entonces hacía los decorados, mientras otros escribían o actuaban.

Recién en 1953 se mudó a Nueva York y empezó a ilustrar portadas para la reedición de los clásicos modernos como Kafka, Proust, y Conrad entre otros, y mientas ilustraba las historias de T. S. Eliot, Beckett, Virginia Woolf, Dickens y Updike; escribió, ilustró y publicó su primera obra, The Unstrung Harp.

De todo lo que leí sobre él, si algo llamó mi atención, fue que no tuviera muchos lectores, en sus inicios y lo que es más asombroso, no conseguía editores; tanto que creó su propio sello, Fantod Press, y se dedicó a la edición artesanal de sus libros.

Es sabido que era un hombre extraño, un personaje solitario y excéntrico, que vivió solo, rodeado de gatos, a los que amaba por esa gracilidad comparable a la de los bailarines, a los que admiraba profundamente. Aficionado al ballet casi de manera obsesiva, no se perdió una sola actuación del Ballet de Nueva York. No tuvo pareja ni amores conocidos, considerándose él mismo, una persona asexual. Pese a la truculencia exhibida en las historias con niños, reconocía no conocerlos, no tener nada en contra de ellos, y hasta llegó a decir que no recordaba haber sido un niño. Era un lector y comprador compulsivo de libros, así como un coleccionista patológico, extravagante para vestir no podía pasar desapercibido con sus abrigos de piel combinados con zapatillas deportivas, dedos repletos de anillos impresionantes y cruces colgantes.


Diez años después de iniciada su carrera de escritor y dibujante exquisito, extravagante y personal, único e irrepetible, inspirador de directores como Tim Burton, publicó su tríptico ya mencionado, con ese irónico título de La fábrica de vinagre.

Dos de los libros versan sobre niños con destinos trágicos, espeluznantes, espantosos, horribles.

Los pequeños macabros recorre el abecedario a partir de nombres de niños que encuentran la muerte de forma inesperada: ahogados bajo una alfombra, comidos por un oso, envenenados con lejía, son solo algunas

Por su parte, El dios de los insectos, es una historia de tentaciones, rapto y prácticas rituales, que involucran a una niña que se pierde, aunque no se pierde, en realidad es raptada, pero,  no voy a contarles más, obviamente.

Solo diré que es un cuento oscuro y cruel, no exento de cierta crítica social, que campea en toda la obra de Gorey. La fuerza de la historia se apoya en los pequeños detalles de las ilustraciones que acompañan en todo momento a la historia.

El tercer libro, El ala oeste, no tiene palabras, así como lo leen, la protagonista de la historia es una casa donde cobran intensidad sus grietas, escaleras y puertas, y los seres fantasmales que la habitan.

Los libros de historias ilustradas y dibujos de Gorey, tan ominosos como bellos son cientos, y tuvieron un seguimiento de culto, pero él llegó más lejos, sus diseños para la producción de Broadway de Drácula en 1977, le valieron el Tony Award al Mejor Diseño de Vestuario y fue también nominado para el Mejor Diseño Escénico.

En Cape Cod, donde vivió hasta su muerte, escribió y dirigió numerosos espectáculos nocturnos, y en ocasiones presentaba sus propias marionetas de papel maché, en una compañía conocida como La Theatricule Stoique; objetos que están en su casa museo como tantos otros: además de los títeres, sus ositos de felpa, tarjetas clavadas en la pared, reproducciones de Matisse, su pintor preferido; en una vitrina el tapado de piel de mapache que solía lucir, la foto de una escultura india donde un tigre devora a un misionero, y hasta un sofá color rojo arañado por las uñas de los gatos, que tenía a montones porque era amante de ellos.

Admirador del ballet, concurría a los ensayos del New York City Ballet, porque admiraba profundamente al coreógrafo George Balanchine; vestido con su tapado de piel, zapatillas de tenis, una bufanda y un collar, además de anillos que proliferaban en sus manos.

El ballet y los gatos, que adoraba, aparecen en toda su obra, tenía vastos conocimientos de literatura y leía con el mismo interés a Agatha Christie que a Beckett y a Borges; sí, claro, Jorge Luis Borges. Del cine, era admirador de Buster Keaton.

¿Pueden creer que dedicara más tiempo a leer y ver cine y televisión que a escribir y dibujar?, créanlo, es la pura verdad.

Él que sentía admiración y fascinación por muchas cosas, creo que logró plasmarlo en su obra, que por ese motivo ejerce la misma fascinación en sus lectores.

“Por algún motivo mi misión en la vida consiste en producir la mayor incomodidad posible, porque así es el mundo”, dijo él mismo y hay que creerle.

En sus propias palabras encontré la explicación a la perdurabilidad y efecto de su obra: Cuando explicamos algo, ese algo desaparece. Si algo tiene valor, lo ideal sería que fuera indescriptible.

La obra de Edward Gorey es así, indescriptible, en eso radica su valor.

“Tú no eres un mito a menos que yo opte por hablar”, escribió O’Hara y quizá haya sido así.


En España, la editorial Valdemar editó los volúmenes antológicos Amphigorey, que reúnen gran parte de su obra. Mientras la Editorial Libros del Zorro Rojo ha publicado varios de sus libros en un formato que a mí particularmente me encanta.

Los tres tomos de La fábrica de vinagre vienen en un estuche especial, el mío es la segunda reimpresión de julio de 2014.

“La presente edición recupera el espíritu y el estilo original de aquella obra triple, publicada en Nueva York por Simon and Schuster hace casi medio siglo” (Marcial Souto)

Los libros tienen unas cubiertas preciosas, a todo color, y el tamaño de los ejemplares los convierte en libros de colección.

Destacamos la que es considerada como su obra cumbre, más representativa de ese estilo emparentado con Edgard Allan Poe, Los pequeños macabros, un abecedario ilustrado, en el que cada letra es la inicial del nombre de un niño muerto en extrañas circunstancias. Provocadora obra que muestra el lado trágico de la vida, en orden alfabético, se describen las muertes de cada niño,  con apenas una frase y dibujada en su acostumbrado blanco y negro, comenzando desde la “A, de Amy que se cayó por las escaleras”, hasta la “Z, de Zillah, que bebió demasiada ginebra”.

Definitivamente una obra que no pasa desapercibida, que como bien señala el New York Magazine: “Cuando el mundo parece especialmente frágil, no hay nada más tranquilizador que una historia que quizá no nos tocará vivir. Para algunos, el consuelo consiste en leer una aterradora novela de crimen y misterio… o un libro de Edward Gorey. Como bien saben todos los adictos a Gorey”.


Y también los que van a rendirse ante ella,  hay motivos para ello, como bien se ha dicho:

«La obra de Edward Gorey es extraordinaria y misteriosa.»

Max Ernst

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