Nadar de noche

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Nadar de noche

Suelo decir que no tuve ídolos. Mi infancia sin padre tuvo mucho que ver. Él debió haber sido mi primer héroe y yo, que jamás sabré cómo hubiera sido crecer a su lado, no tengo ni siquiera el consuelo de poder soñarlo.

Por alguna razón que tiene que ver con esos sentimientos íntimos, hay cuentos que te quedan grabados para siempre.

Nadar de noche, es de esos cuentos.

“Era demasiado tarde para estar despierto…”, así comienza el cuento que da título al libro de Juan Forn, y fue el propio autor que explicó que se le representó, en cuarenta minutos de ensoñación, después de una ducha, tras una noche en que acompañó a un amigo en el velorio de su padre.

“A veces te cae un tema en las manos y te das cuenta que es invencible, yo tuve esa suerte con el cuento que lleva como título Nadar de noche, lo soñé entero”.

Menuda suerte la de Forn, para tanta belleza, de esas que conmueven el mundo, diciendo lo mismo que tantos dijeron antes, de una manera única.

El cuento es la conversación de un hijo con su padre muerto, al borde de una piscina, en una casa prestada y es el último de los ocho que componen el libro. Recuerdo haber empezado la lectura justo por él, durante el trayecto en colectivo de regreso del trabajo. Recuerdo haber llorado sin que me importara lo que pensaran alrededor.

Si se trata de un análisis más técnico, se puede leer que este libro de Juan Forn representa muy bien la teoría del iceberg de Hemingway, y tengo que coincidir en que todos los relatos insinúan más de lo que dicen y hacen pensar mucho y sentir más.

Pequeños hechos de la vida cotidiana se vuelven enormes. Desde el corte de luz en medio de una pelea de pareja en «El karma de ciertas chicas»; la desesperación de una jovencita por volver a su país después de una experiencia fallida para cursar un idioma en el extranjero y el encuentro con una monja que no habla un buen español, en pleno vuelo, una visita al manicomio donde alguien a quien se amó, ve pasar los días, son algunos de ellos, que se resignifican en la lectura, y que dicen mucho más de lo que está escrito.

A este libro,  Forn declaró más de una vez, que le guarda afecto y que refleja lo que fue su juventud. También dijo alguna vez que la ficción para él es una forma de deformar, que de lo que le cuentan, al volver a transmitirlo, ya no queda mucho del original, eso le pasa siempre.

El gran mérito de las historias de Nadar de noche, es contar aún lo más doloroso con cierta poesía, esa que escribió al principio y no era tal, pero algo tenía de ella. Es que cuenta Forn que se prohibió la narrativa, solo por una cuestión de rebeldía y que fue al volver de Europa en un viaje iniciático de alguna manera que devoró esa biblioteca que se había prohibido – como alguna vez contó-, solo porque era lo que leía su madre.

Fue desde entonces que se dio cuenta que todo estaba allí y que él llevaba años de retraso en la lectura. Admirador confeso de los narradores orales, los considera hacedores de momentos mágicos, convirtiendo lo sencillo en un relato magnético. “Nada me gusta más que me cuenten el cuentito”, dice y hay que creerle, solo alguien tan observador, puede contarlo a su vez como él lo hace.

Juan Forn nació en 1959 es un coetáneo puedo decir. Después de su primera novela, a los 27 años, Corazones cautivos más arriba y del volumen de cuentos, Nadar de noche, su obra fue por otro lado, publicó algunos libros que tuvieron distinta suerte, hasta que la escritura de no ficción ganó la pulseada.

Ese es el centro gravitacional en la obra de Forn, quien luego de desempeñarse durante muchos años como editor, director de suplementos, traductor y escritor de cuentos y novelas, se mudó de Buenos Aires a Villa Gesell, a raíz de un problema de salud que le hizo cambiar su visión del mundo y la vida.

En Página 12 comenzó a escribir las contratapas de los viernes, cien líneas que publicó durante ocho años, y fue allí que Forn encontró su propia fórmula,  mínima y redonda, para contar ese cuentito que tanto le gusta. Historias reales pobladas de artistas y personajes, que llevan al lector por el espacio y el tiempo, a través de geografías y culturas diversas.

Finalmente – ya era hora diría yo-, terminó nombrando mucho en las contratapas,  a su madre, que podía leer tanto a Mercè Rodoreda como best sellers de grandes novelistas, y era la misma que le regaló Siddharta, de Herman Hesse, cuando tenía 15 años. Sí, a ella, que murió el año pasado. La que no quería que fuera escritor pero compró, sin decirle, muchos de los ejemplares de su primera novela en la librería de su barrio y hablaba orgullosa de él. Fue ella la persona que le enseñó el lenguaje de las emociones, ese primer ladrillo en la pared. En un reportaje de Página 12 dijo:

“A diferencia del resto de mi familia, donde mostrar los sentimientos era considerado de mal gusto, ella era como un animalito que no se podía controlar. Y me crió así. Ahora, mirando para atrás, esa forma de conectar con el mundo fue fundamental. Porque por ese canal pudo entrar la literatura. Así, casi en carne viva, aterricé en el mundillo literario, para darme cuenta que ahí la cosa era diferente”.

Y la cosa muchas veces puede ser diferente. Nadar de noche, lo volví a leer y otra vez logró conmoverme. Hacerme recordar. Una conversación que nunca pude soñar entera ( a los nueve años se hablan cosas sueltas). Y una madre de quien heredé mucho más que las pecas en mi espalda y un ladrillo en la pared. La pared entera y el lenguaje de los hechos.

No se lo pierdan.


 

Ediciones

La mía es esa de marzo de 1991, cuando yo no había cumplido los 30, de Planeta Biblioteca del Sur. Después hubo reediciones, de Emecé y Alfaguara, con una estética distinta, pero el mismo espíritu. Vale compartir lo que dijo el propio Forn, al lanzar Página 12, en 2011 cinco de sus libros, cuando le preguntaron, cómo fue la publicación: “Yo trabajaba en Emecé. Me acuerdo de que llevé el original y, para mi estupor, dijeron que lo iban a publicar. Y para mi estupor, también, no cambió en nada mi condición de esclavo después de que apareciera publicado el libro. Era como una especie de mascota en la editorial, y el día que me avisaron que estaban los libros listos me dejaron salir antes para ir a buscar un ejemplar a la imprenta, que estaba en Alsina y Pichincha. Me fui caminando desde ahí hasta el Jardín Botánico, donde vivía, leyendo el libro página por página: me lo leí entero así, mientras caminaba. Llegué a casa emocionado e idiota”. El lenguaje de las emociones que aprendió con su madre, para el disfrute del lector.

2 Comments

  1. Andrea dice:

    Maravilloso Forn, Mégara me regalo Nadar de noche cuando no era Mégara y luego compré otros de él. Gracias por presentármelo, ahora es uno de mis autores favoritos de cuentos, bien argentino, cuentos para disfrutar.

    • Sandra Patricia Rey dice:

      Qué lindo haber sido quien te hizo conocer a Forn. Increíble haberlo reseñado y encontrarme ayer con la edición del 25 aniversario que recién lanzó Emece. Ojalá muchos se tienten, ahora que volvió «como un clásico», ¡que lo es!

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