Matrioshkas

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Matrioshkas

Detalle del mural de mi casa, pintado por Paz Bardi

No hay agua capaz de apagar tanto fuego, es uno de los cuentos de un primer libro sobre cuya reseña voy a hablar, venciendo prejuicios y el miedo.

No es casualidad, si pienso que sucedió, como con tantas otras cosas en mi vida, que el libro tuvo que esperar. Un mejor momento, el momento adecuado, el momento ideal; o sea, el momento que nunca llega, siempre hay algo más importante.

Los tiempos felices habían pasado y él ya no decía lo que sentía, todo lo que sentía era lo que jamás había querido. Flor de boludo, hubiera dicho su padre.”

Así dice el narrador de la historia de un periodista fracasado, con nombre de prócer. Mariano Moreno murió en altamar y fue Cornelio Saavedra el que dijo a propósito de su muerte y la sospecha de la ingesta de arsénico: «Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego»; frase con la que juega el título del relato.

Pienso en cómo se gestan las historias, las reales y las de ficción. Pienso por ejemplo en que no siendo periodista, como el protagonista del relato, hago entrevistas; pienso en que siendo abogada como el prócer verdadero, mi secreta ambición fue dedicarme enteramente a la escritura; y pienso, claro, en eso que llaman fracaso. Qué boluda.

Decir lo mismo que tantos dijeron antes, de una manera única, o hacer que hechos sencillos de la vida cotidiana, se transformen.

Juan Forn, dijo que la ficción para él es una forma de deformar; que le pasa siempre que de lo que le cuentan, al volver a transmitirlo, ya no queda mucho del original.

Que recuerde al autor de Nadar de noche, reseñado en Mégara, no es casual. Será que su madre (que no quería que fuera escritor) compró, sin decirle, muchos de los ejemplares de su primera novela en la librería de su barrio y hablaba orgullosa de él. Será que su madre fue la persona que le enseñó el lenguaje de las emociones; ese primer ladrillo en la pared.

“A diferencia del resto de mi familia, donde mostrar los sentimientos era considerado de mal gusto, ella era como un animalito que no se podía controlar. Y me crió así. Ahora, mirando para atrás, esa forma de conectar con el mundo fue fundamental. Porque por ese canal pudo entrar la literatura. Así, casi en carne viva, aterricé en el mundillo literario, para darme cuenta que ahí la cosa era diferente”.

Qué identificada me sentí al leerlo y cómo lo recuerdo en este momento.

A mi madre le debo estar escribiendo la introducción a una reseña que no escribí yo.

A mi madre, de quien heredé mucho más que las pecas en mi espalda y un ladrillo en la pared.

De ella heredé la pared entera y el lenguaje de los hechos.


Empezar a escribir viene porque tenés ganas, porque elegís eso, para expresarte y también para zafar (de la escuela o de la familia), pero no sólo zafar catárticamente. Escribir es una manera de pensar o conversar con vos misma.”

Así dice Irene Gruss y ese y otros conceptos de ella sobre la escritura como oficio, que es otra cosa; aparecen en el prólogo de este primer libro. Uno que salió a buscar opiniones de voces autorizadas y se encontró con la generosidad de unas pocas, enormes.

Y he leído sus 23 textos. Me gustan mucho los que se centran en muertes, con sus dobles modulaciones. Y su pulso para administrar esas otras emotividades cotidianas. Gente que camina siempre, que cruza calles incesantemente. Nada de hoguera, trabajar. José B.”

Gracias a José Balza, esta autora descartó la idea de la fogata, y con la idea de una suelta pública en bares del mundo, aún dando vueltas; recordó a su querida editora, Patricia Bence Castilla, de Ruinas Circulares, y decidió salir en búsqueda de lectores que pudieran rescatarla.

Y encontré un señor lector…

 


Tengo la sensación o el recuerdo de un cofre lleno de cuentos o historias ilustradas. Los he ido tomando uno por uno, viviéndolos de atrás para adelante, porque abrí mal la caja (siempre en procura de los más breves, los microcuentos, para apreciar y degustar más plenamente el estilo); y así seguí.

No los conté y ahora he perdido la cuenta. ¿Son muchos o apenas un puñado? Las Matrioshkas me llevaron a pensar en el Panchatantra, el libro hindú donde los cuentos van saliendo uno del otro, o en Las mil y una noches, o en la narración del orante del hermano Franz. Pero después me parecieron caramelos surtidos, lecciones de literatura, variaciones de técnica narrativa, ámbitos cambiantes, diferentes niveles de abordaje, deliberadas ambigüedades, al modo de Henry James. Algunos me golpearon y con otros me divertí mucho. Digo que los viví porque, además de sentirlos, los veía.

Muchos decorados me eran bien familiares: la línea B de subtes, la marcha inversa del andén de la D, las calles y plazas de Buenos Aires, y cuando estuve en la República Checa u otros lugares, las documentadas descripciones y la imaginación suplieron las ilustraciones de la memoria. Los breves cuentos son un regocijo; a veces profundos, siempre inteligentes o sumiéndose gratamente en el mundo de la infancia.

Como en un Aleph muy íntimo, vi amigos, condiscípulos, profesores, lugares de trabajo, oficinas y en la antigua Checoslovaquia, vi a los extranjeros de Camus caminando junto a Kafka, quien acaso obró la magia de que no se concretara el malentendido. Cada cuento aborda materias diferentes, medicina, arte, psicología, con gran dominio y solvencia, y siempre, siempre, la misma perfección formal, acompañando durante horas al solitario, que ya no está solo, por cambiantes laberintos bajo el sol.

Cuentos para el análisis, de la mano de Piglia, de Raymond Queneau y de Sandra Patricia Rey…

No hay dos cuentos semejantes. Como todo libro que merezca leerse, merece también ser releído, pronto, con toda seguridad, estaré reviviendo el tuyo, Sandra, con mucho placer.

Mis más cálidas felicitaciones por tu obra y nuevamente (como en el caso de Blaisten) muchísimas gracias.

José Luis Costanzo es librero, el de «La Calesita», que funcionaba en Av. de Mayo 769 Planta Alta, en el Palacio Vera, la que antes se llamaba «El Ventanal», donde él comenzó, local que tenía libros de colección y primeras ediciones. De su actividad nos dijo: “Para mí era un lugar sagrado y conocí allí a muchos extranjeros y argentinos de los que sigo siendo amigo. Todos se creían que yo era el dueño porque estaba siempre solo en ese lugar. Estuve desde 1999 hasta el 2015. En la Planta Baja funciona otra librería, «El Túnel», más antigua todavía.”

Megarense honorario, si se trata de autores no puede dejar de lado a muchos, entre ellos, Borges, Rimbaud, Hölderlin y Walt Whitman. Estudió Físico matemáticas, trabajó en Seguros (como Kafka, otro irrenunciable) y contempla el cielo en los dos crepúsculos del día.


¿Qué decirles de mi ejemplar?, que no es solo uno, que son decenas. Que no me atreví a la presentación por hache o por be, pero es un libro que ha viajado por el mundo. Que le llevé un ejemplar a mi maestra de primer grado, que me enseñó a leer y escribir. Ella, al finalizar la primaria, me escribió en un pedazo de papel: “A mi pequeña escritora deseándole que en la nueva etapa que comenzará, encuentre grandes satisfacciones y algún día pueda tener en mis manos la edición de su primer cuento. Con todo cariño”.

Cuarenta años después, con mi libro en sus manos,  me escribió una carta en la que entre otras cosas, me dijo: “Lo que más me gusta, es leer y escribir, como a ti”.

De los epígrafes del libro, vienen a cuento  los versos de un poema de la Yasan:

“como un juego de cubos infinitos

Una muñeca rusa que guardara en el fondo

los gajos de una flor crecida en una grieta…”

En Matrioshkas hay guardadas en el fondo, hojas secas de algún otoño, otras caducas de poemas de mi propia poesía, y un par de deseos.

Que alguna de las historias reverbere en alguien y que los lectores lleguen y crezcan.

 

3 Comments

  1. Sergio Antonio Marti dice:

    Por fin las puertas de un armario se abrieron y ahí estaban, esperando ser, celebro como muchos esta luz en la que se reflejan tus Matrioshkas, brindo por ellas, ¡Salud!

  2. Gua dice:

    Lloré al leerte, será que estoy sensible o será que es realmente emotivo… Como sea en mi cartita a Papá Noel, le pediré un Matrioshkas éste año. Abrazo enorme!

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