Morgan Library

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Morgan Library

Cuando viajé a Nueva York en el año 2012, llegué a la Morgan library, guiada por el espíritu de una nota inspiradora de Antonio Muñoz Molina, publicada por El país, con un título potente. Demasiada felicidad.

“Nunca he tenido la certeza de vivir en un solo mundo, la tranquilidad de una sola pertenencia indudable” (ver nota), comenzaba diciendo el escritor, quien a partir de esas dos líneas, repasaba su sentir, entre el mundo del papel y el de la tecnología.

Y será que ayer alguien me comentó de la librería que remataba los libros en Buenos Aires, y del fantasma del e-book que no me asusta para nada, considerando que disfruto enormemente de borronear cuadernos y libretas que tengo por todas partes, que me acordé de este lugar y quiero compartirlo.

La foto que elegimos para Un ciudad de lectores, la saqué aquél día en que la felicidad fue mía.

El lugar no es otro que la antigua mansión del magnate Pierpont Morgan, padre del banquero John Pierpont Morgan, y durante tres cuartas partes del siglo XX, fue un lugar casi de culto, no muy difundido. Como esos tesoros que se reservan para pocos. Llegaban generalmente aquéllos turistas que no son amantes de los museos enormes y multitudinarios, que preferían perderse en la intimidad de una biblioteca fantástica, donde podían encontrar biblias de Gutenberg.

Pero la modernidad llegó a la Morgan, esa mansión victoriana situada en el 225 de Madison Avenue, y aún con cierta resistencia de los amantes del arte, luego de casi tres años de reformas, en el año 2006 reabrió sus puertas, ya transformada en museo, por el arquitecto italiano Renzo Piano, que fue el diseñador del centro Pompidou de París. Fue él quien modificó totalmente aquélla noble y señorial fachada de madera, a la que se accedía por una escalera como de catedral, por una moderna y muy amplia entrada que desemboca en un gigantesco cubo de cristal, que filtra la luz de una forma que no puede describirse y es comparable solo a la música que se escucha desde el centro, donde generalmente hay músicos para deleitarse. Sí, los vi, casi etéreos, tocando en un patio con paredes y techo de cristal y suelo de madera, donde hay una planta enorme y mesitas blancas. Allí, uno se sienta a mirar, escuchar, escribir, leer o solo a sentir el lugar.

No vamos a negar que el comedor de los Morgan se convirtió en restaurante, la sala de baile en una tienda de regalos y que hay ascensores transparentes que nos transportan como en una cápsula espacial, pero también nos sorprendemos con una excavación en el sótano, que conduce a un teatro de época revestido con madera de cerezo y tapicería roja, donde lucen dibujos de Cézanne, Delacroix, Rafael y Miguel Ángel, además de otros como Juan Gris. Mientras que en las vitrinas hay Evangelios con portada enjoyada, y partituras de Mozart, Beethoven, Schubert, que conviven con las de Bob Dylan.

También puede uno encontrarse según la época del año que vaya, con exposiciones temporales como cartas, manuscritos y fotografías de Mark Twain, o una de los primeros dibujos pop de Roy Lichtenstein (1923-1997), centrada en el período de 1961 a 1968 del artista estadounidense, que mostraba cincuenta y cinco dibujos de gran tamaño en blanco y negro que permiten conocer una de las facetas más desconocidas del artista, uno de los principales representantes del Pop Art, identificado por sus colores vibrantes.

La Morgan. Un lugar para visitar y estar.

Para dejarse tentar por la nostalgia y de repente unir mundos. Leer por ejemplo la nota de Muñoz Molina en la tablet y rescatar nuestra letra en alguna servilleta de papel, escribiendo por ejemplo algún verso de esos poemas manuscritos de Dylan Thomas, o aquélla frase del poeta …

“He oído el contar de muchos años y muchos años tendrían que atestiguar un cambio. La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo”… y olvidarla en la mesa.

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