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Mi hogar es mi hogar

Me resultará muy difícil resumir todo lo que quisiera decir, a propósito de esta entrevista, y del escritor de la entrevista, que un día respondió con un correo electrónico, a una nota de esas que se dejan en el formulario de contacto de los sitios en la web.

Por supuesto que no recuerdo qué le decía, ni por qué me atreví a escribirle, sí que tenía que ver con una columna fantástica suya, titulada Demasiada felicidad, a propósito del libro de la Munro, que me había conmovido.

 “Nunca he tenido la certeza de vivir en un solo mundo, la tranquilidad de una sola pertenencia indudable. Creo que en parte ése es el destino de muchas personas de mi generación y de mi clase social. Nos hicimos adultos en un mundo que se parecía muy poco al de nuestra infancia.”

El correo era breve y lo anecdótico es todo lo que vino después.


de:         Sandra Patricia Rey <sandrarey@megara.com.ar>

para:     Antonio Muñoz Molina

fecha:   15 de marzo de 2017, 0:37

asunto:   Allá lejos y hace tiempo

enviado  por:     megara.com.ar

Hola Antonio:

Seguimos siendo desconocidos y yo voy detrás de mis sueños, siempre.

En el año 2011 intenté contactarte, y recibí un correo, que con el correr del tiempo, entendí que podía haber contestado un asistente y no vos mismo.

Luego fue Mégara, una ciudad de libros, y a medida que avanzamos en la construcción, nos fue animando cada gesto que recibimos. Reseñas, opinión, lugares, y nuestros admirados escritores.

Para las entrevistas, conseguimos que Elvira nos diera el sí y a ella misma le pedí me dijera si creía posible que pudiéramos pedirte que estuvieras entre nosotros. Fue ella quien me dijo que vos no habías recibido el correo y me pasó esta dirección. Sucede que el correo es el mismo desde el que vino aquella respuesta.

De: Antonio Muñoz Molina <…>

Enviado: martes, 01 de marzo de 2011 10:32 p.m.
Para: Sandra Patricia Rey <…>
Asunto: de parte de Antonio MM

Querida Sandra: gracias por esa historia tan llena de corazón. También a mí las amistades recobradas y perdidas me llenan unas veces de emoción, y otras de melancolía. Y me alegro mucho de haber servido de intermediario en su lectura de Alice Munro. Creo que es uno de los dos o tres mejores escritores que hay ahora vivos en el mundo, al menos entre los conocidos.

Saludos cordiales.

¿Fuiste quién me respondió? Ya me lo dirás, si hay oportunidad, es que espero de verdad que pases por el sitio, así podrás conocer un poco más sobre nosotros. A veces vamos y venimos con los escritores en sus viajes y hasta nos alegramos con alguna premiación que justo llega entre el sí que nos dieron y la concreción del reportaje.

Nos acomodamos a lo que cada entrevistado necesita o prefiere.

Podemos enviarte las preguntas y que nos respondas mediante audios, o por escrito.

Espero noticias tuyas, tengo confianza y un deseo enorme de concretar la entrevista.

Un abrazo, Sandra


De: Antonio Muñoz Molina <…>

Enviado: 18/3/17

Para: Sandra <…>

Querida Sandra:

Te escribió mi único asistente, que soy yo mismo, sobrecargado de trabajo, como todo asistente. Mándame las preguntas, y te contestaré en cuanto pueda.

Un abrazo

Antonio


Y era él nomás, Antonio Muñoz Molina, nacido en Úbeda, provincia de Jaén, el 10 de enero de 1956, aunque su padre se confundió de fecha al ir a inscribirlo en el registro unos días más tarde, de modo que a efectos legales es dos días más joven, como cuenta en su Autorretrato.

El marido de Elvira, vaya, con quien se casó en el Escorial, en 1994, cuando Manolito Gafotas nacía literariamente hablando, aunque ya vivían desde un par de años antes, junto a Miguel, que no era el ilustrador, diseñador gráfico y dibujante de la hostia que es ahora, sino el pequeño hijo de Elvira.

Padres jóvenes ambos, durante los ’80, y en su caso, se alternan hijos y libros: Antonio, 1983; El Robinson Urbano, 1984; Beatus Ille y Arturo, 1986; El invierno en Lisboa, 1987; Beltenebros y Elena, 1989.

El académico de la Real Academia española, cuyo discurso de ingreso versa sobre un discurso académico imaginario, el de Max Aub, que es una pieza literaria que no deberían perderse.

“La literatura, entre otras cosas, es la posibilidad de un diálogo maravilloso no sólo entre las generaciones, sino también entre los vivos y los muertos y entre los saberes y las artes, una alianza y una legión extranjera de desconocidos, como la llamó la novelista argentina Vlady Kociancich.”


Mi admirado Antonio M. M.:

Aquí estoy, muchas lecturas y relecturas después, con cierto pudor por el tiempo que pasó desde que me diera usted el sí. Sin que acierte a definir por qué, se reiteran los bloqueos, cuando algo deseado está por suceder. Lo bueno es que una mañana cualquiera, retomo borradores y apuntes, con la confianza necesaria y dispuesta a esperar. No crea que olvidé que es usted secretario de usted mismo.

Me gusta lidiar con apuntes en hojas de papel, en anotadores, y con tres borradores en este caso que llevan su apellido, su nombre y apellido, y sus iniciales, respectivamente. Tanto le diría, como esparcir sobre la mesa Ventanas de Manhattan, El viento de la luna, Carlota Fainberg, y Plenilunio. De Elvira: Noches sin dormir, algo de Onetti, Max Aub, Borges y más, mucho más.

Me encuentro, entre apuntes y preguntas borroneadas, con estas palabras suyas, a propósito de La España vacía, de Sergio del Molino:

 “Cuando yo era joven, mostrar sentimientos en lo que uno escribía era tan imperdonable como retratar campesinos, a no ser que fueran campesinos faulknerizados por Juan Benet.

Todavía tengo mucho que aprender de este libro.”

Hoy es sábado en Buenos Aires, el cielo encapotado me lleva a cruzar el charco, desde allí ahora hay vuelos más económicos a Madrid. Me doy una vuelta por Santa María, subo hasta Nueva York y sigo viaje, cual Alicia o el conejo, a su tiempo. Hasta Mágina, más allá del espejo…

 “De qué viaje larguísimo vuelvo yo ahora cuando despierto cada amanecer, viendo por la ventana un bosque de torres oscuras en las que ya empieza a haber luces encendidas. Hasta qué profundidades del olvido y del sueño me he tenido que sumergir para encontrarme de regreso en la plaza de San Lorenzo, con la que sueño ahora casi todas las noches, ahora que estoy tan lejos y hace tanto tiempo que no he vuelto a pisarla. Sueño que estoy en ella justo en los minutos anteriores al despertar, cuando mi dormitorio empieza a ser invadido muy lentamente por una claridad que no perciben todavía mis ojos cerrados, pero que de algún modo se filtra a mi inconsciencia. Hace unos pocos minutos tenía trece años y regresaba de la biblioteca pública de Mágina con un libro de Astronomía bajo el brazo y ahora, en el espejo del cuarto de baño, soy un hombre de pelo gris extraviado de pronto en un porvenir más lejano que el de la mayor parte de las historias futuristas que leía entonces.” (fragmento de El viento de la luna)


M. Mucho se ha escrito sobre los escritores de su generación, si hacían literatura a partir de la literatura, o dicho de otro modo, si las historias que contaban eran recreaciones de todo el material artístico que rescataban de sus lecturas, del cine o de la música. Sin embargo, planteado en esos términos, pareciera que se alude a la literatura como una forma de evadirse de la realidad social que les tocó vivir, cuando a lo largo del tiempo, la propia obra, como es su caso, demuestra una preocupación y un compromiso ético por el pasado y el presente.

Partiendo de esos conceptos, pienso en la utilidad, o inutilidad de la literatura, y recuerdo algo que dijo Juan Carlos Onetti: “Quien escribe por necesidad debe buscar dentro de sí, que es el único lugar donde puede buscarse la verdad y todo ese montón de cosas cuya persecución, fracasada siempre, produce la obra de arte. Fuera de nosotros no hay nada, nadie. El artista sólo podrá expresarse con una técnica nueva, aún desconocida. Quizá nunca la alcance, pero será suya. No podrá tomarla de ninguna literatura ni de ningún profesor, no podrá ser conquistada fuera de uno mismo, porque es intransferible, única, como nuestros rostros, nuestro estilo de vida y nuestro drama.”

¿La memoria y la invención están reñidas? ¿Cuál es la utilidad de la literatura en la reconstrucción de la memoria histórica?

-La memoria puede ser un material completo en sí misma -el acto de recordar, más bien- con un propósito, literario o no, de dar testimonio de hechos o experiencias del pasado, tal como los vivió alguien. Otra cosa distinta es la memoria como material de partida para una ficción, o como uno de los materiales que confluyen en ella. El punto de partida es más o menos el mismo, pero la diferencia es radical: en el primer caso, el memorialista se compromete a que su testimonio sea lo más escrupuloso posible, de modo que cualquier desviación voluntaria lo desacredita; en el segundo, el escritor manipula el recuerdo a la medida de sus necesidades expresivas, o del proceso autónomo de su creación.

En esta diferencia hay que ser muy claro, y a mi juicio muy radical, por motivos éticos sobre todo. El lector de una novela no necesita saber qué parte mayor o menos de realidad hay en ella, o hubo en su origen. El de un libro de memorias tiene derecho a exigir el máximo de veracidad posible y a pedir cuentas si se le engaña.

Le pongo dos ejemplos de mi propio trabajo. “Ardor guerrero” es una memoria sobre mi experiencia en el ejército español, en una época muy difícil, el final de los años setenta, además en el País Vasco. Dejando a un lado las inexactitudes del recuerdo, yo respondo de la verdad de cada hecho que cuento en el libro. Creo que una persona interesada en la época puede usarlo como documento de base. El otro ejemplo es mi novela “El viento de la luna”. Su base también es autobiográfica, y hay en ellas bastantes recuerdos precisos míos, y hasta hechos comprobables de mi biografía: pero el grado de invención es muy alto, empezando por los diálogos: nadie puede decir que recuerda un diálogo de tan solo unos meses atrás. La diferencia, insisto, es la libertad de inventar, que me pertenece en la novela, pero no en la memoria. 

M.“Escribir es una felicidad, la mentira de la verdad. Siempre he tenido la sensación de que escribiendo uno está agarrado a la cola de la vida.” Así decía Onetti, y me hace recordar esa columna suya titulada Demasiada felicidad, jugando con el título del libro de Alice Munro que se puso a leer a la salida de la Morgan: “A veces es posible sentir demasiada felicidad. En el banco, a la una de la tarde, entre indigentes adormecidos y madres jóvenes que hablan por el móvil, leyendo al sol a Alice Munro -papel y tinta olorosa, encuadernación firme entre las manos-, me encuentro del todo en mi lugar”.

Parque del Retiro, foto Mégara, año 2015

Escribir o leer. ¿Qué lo hace sentir más felicidad, hoy? ¿Qué lugar de Madrid es como la Morgan en Nueva York?

-Tantas cosas me dan felicidad, pequeñas felicidades parciales, pero también muy intensas. Hoy, por ejemplo, domingo, cocinar unas alubias verdinas con almejas y langostinos, según una receta que acababan de darme, y que me obligaba a experimentar. Una delicia. Pero también me ha dado felicidad salir a la calle en la mañana de sol, después de días de mucha lluvia, y leer un libro sobre París en los años cuarenta, y escuchar ahora mismo una sonata de Brahms mientras escribo, etc. Un lugar muy poderoso para mí en Madrid es el Parque del Retiro.

M. Después de varios años en la dirección del Instituto Cervantes de Nueva York, donde además enseñó escritura creativa, en la New York University, si le recuerdo un pasaje de Ventanas de Manhattan: “…en el seminario al que llevo mis fotocopias con pasajes de literatura o de cartas españolas, me doy cuenta de que cada alumno trae consigo también su propio exilio personal, su historia de huida y viaje a Nueva York, capital de tantos destierros, de tantos sueños cumplidos o fracasados de mundos nuevos y de vidas mejores.”

¿Podría decirme si el regreso a Madrid, en su vida, es un nuevo exilio personal, una nueva parada o el destino final?

-En el Cervantes estuve solo un par de años. Era un trabajo tan exigente que no dejaba tiempo para casi nada. En cuanto al exilio, es una palabra que en su sentido literal abarca tanto desamparo, desgarro y dolor que prefiero usarla con cuidado. No es exiliado quien tiene la documentación en regla y en cualquier momento puede volver a su país sin riesgo de que lo persigan.

He vuelto a Madrid, o más bien he dejado mi casa en Nueva York y la parte de mi vida que estaba allí, pero ahora tengo otro refugio intermitente, que va a ser Lisboa. Allí llevaré los muebles, los libros y los cuadros y discos que tenía en NY, y que ahora están en un guardamueble. Mi esposa y yo somos un poco errantes. Nos gusta estar en Madrid, pero también irnos de Madrid. “Destino final” es una expresión muy fuerte, ¿no?

Foto por gentileza de Elvira Lindo, de Noches sin dormir (“la pizarra va a Lisboa”, Elvira dixit)

M. Nos da vergüenza la tentación de la nostalgia, no tenemos memoria y repetimos los mismos errores. No aprendemos en definitiva y así terminamos, muchas veces, sorprendidos con la verdadera identidad de quienes tenemos más cerca. Favorecemos muchas veces las falsas apariencias y no nos adentramos en ciertos terrenos incómodos, solo porque nos recuerdan pasados históricos que nos avergüenzan y aterrorizan. Sin embargo tiene un inmenso valor ser honesto con uno mismo y escribir como usted dice “para combatir el olvido”.

¿Cuál de sus obras tiene más contenido social, siendo en apariencia intimista; y viceversa, cuál es más intimista, aunque en apariencia sea de denuncia?

-No creo que se pueda separar lo uno de lo otro, y menos aún en los libros. Yo solo puedo escribir una narración extensa, ficción o no, si pongo en ella lo más visceral de mí mismo. De otra manera no actúa la propulsión que hace posible llevar adelante algo tan complicado como la escritura. Mis novelas más abiertamente políticas -Sefarad, El Jinete Polaco, por ejemplo- son también muy confesionales. La noche de los tiempos es una novela sobre los primeros tiempos de la guerra civil, pero también una historia de amor pasional.

M. “Toda la ciencia de vivir está en la sencilla blandura de acomodarse en los huecos de los sucesos que no hemos provocado con nuestra voluntad, no forzar nada, ser, simplemente, cada minuto.” Así pensaba Onetti.

Para usted, ¿vida y literatura son, acaso, lo mismo?, ¿hay una literatura de los hechos?

-Creo que hay que ser cuidadoso. La literatura es parte de la vida de algunos de nosotros, escritores y lectores, pero no la vida entera, y hay que ser muy cuidadoso para no confundir la una con la otra. Cervantes y Flaubert, y muchos más, ya nos advirtieron de eso. La mejor literatura yo creo que se alimenta de la vida misma, y que ayuda a comprenderla, aunque eso también depende de cómo sea leída. Y, desde luego, como dije un poco antes, hay una literatura de los hechos, que es tan literatura como la ficción, pero que, insisto, carece de la libertad de inventar. Las dos son necesarias. Nos va la vida muchas veces en saber con un máximo de exactitud qué ha sucedido. Y por otro lado hay cosas que tal vez solo pueden contarse a través de la ficción. Yo he llegado a la conclusión de que solo debe escribirse una novela cuando no queda otro remedio, cuando lo que se ha de contar no puede ser dicho de otra manera.

M. Usted que al recibir el Premio Príncipe de Asturias, dijo en su discurso que el único remedio aceptable que conocía contra el desaliento del oficio de escribir, es el oficio mismo; ¿alguna vez pensó en no escribir más?

-La verdad es que no. Me imagino no publicando, pero no escribiendo. De hecho paso largos períodos en mi vida en los que no tengo ningún deseo de publicar lo que voy escribiendo. Y también hay temporadas de no escribir nada, que son muy saludables.

M. Sergio del Molino, como usted, también se dedicó al periodismo, sin embargo, dijo no sentirse capacitado para seguir ejerciéndolo, por considerarse algo naif para los tiempos que corren. A propósito de lo que él llama la mentira de Kapuściński de que los cínicos no valen para este oficio, afirmó que el cinismo es una gran aptitud profesional que permite llegar muy lejos. “Los cínicos no valen para este oficio, yo creo que sí que valen. Creo que el que no vale soy yo.”

¿Cree como del Molino que los periodistas hacen muy poca autocrítica y sobrevaloran su papel y les vendría bien una pequeña cura de humildad? ¿Para ejercer el periodismo, además de tener talento como escritor, cree necesario tener otros, como el de un negociador político, por ejemplo?

-El periodismo, en nuestros países, está desmoronándose muy rápido, así que más que autocrítica lo que hace falta a veces es autoayuda. Bromas aparte, lo que necesita el periodismo en el mundo hispánico es rigor informativo: comprobación escrupulosa de los hechos, reportaje, información fehaciente y bien contada, precisión. Sobra estilo y palabrería.

M. Ya que mencionamos a Ryszard Kapuściński, el periodista polaco Artur Domoslawski, autor de la biografía de su mentor y amigo, afirmó que a Kapuściński, la entrevista le parecía un género despreciable y se jactaba de nunca haber hecho una, aunque sí le gustaba que lo entrevistaran y hacía alarde de hacer concedido unas mil.

Leí, en cambio, que para usted no hay diferencias entre periodismo y literatura. “El periodismo es literatura porque intenta contar el mundo con palabras. Y lo más literario de un periódico no tienen por qué ser las columnas de opinión. Un buen reportaje o una crónica son ejercicios literarios de primera categoría, como un buen libro de divulgación científica o de historia.”

-Me atengo a esas palabras. Muchos de los grandes reportajes que se han publicado y se publican en la mejor prensa son muestras de excelente literatura. Piense en The Economist, que publica cada semana una necrológica que es, siempre, una pieza literaria admirable. Y además no están firmadas… Que Kapuscinski tenga esa opinión sobre el oficio de entrevistar y se envanezca de las entrevistas que ha concedido me parece una gran boutade.

M. ¿Qué es lo que debe tener un reportaje para ser literario? ¿Cuál es la entrevista que más satisfacción le haya causado, como entrevistado, y cuál cómo entrevistador?

-Vuelvo a las distinciones del principio: lo que tiene que tener un reportaje para ser literario no es adorno ni “literatura”, sino precisión y claridad. La entrevista es un género literario muy difícil: hay que dar la impresión, con las palabras escritas, de algo tan difícil de atrapar como la expresión oral, que además no puede reproducirse, porque es puro desorden. Las entrevistas que me han hecho no soy quién para juzgarlas. De las que yo he hecho, quizás la mejor fue un encuentro con Salman Rushdie en 1995, la primera vez que salió abiertamente a la calle.

Dibujo de Miguel Sánchez Lindo, de Lugares que no quiero compartir con nadie, por gentileza de Elvira Lindo.

M. Abro una nueva ventana de Manhattan. “El dibujo es una tentativa de escritura visual e instantánea: la escritura, una forma decadente del dibujo, porque al fin y al cabo nació de él, y las letras del alfabeto todavía contienen rastros de ese origen, son formas estilizadas de cabezas de animales o de ojos.”

¿Cuánto influenció en su escritura, su formación académica?

-No creo que mucho. Mi formación académica fue bastante desastrosa, salvo en los últimos cursos de bachillerato, donde tuve profesores admirables. En la universidad solo aprendí lo que iba leyendo por mi cuenta en la biblioteca.

M. Usted ha dicho, en sus ensayos sobre arte y política: “El único lugar que importa es el taller del artista. Aquí sucede todo. En el trabajo diario, en el trato verdadero con los materiales, en el hallazgo de cosas que nunca se pueden explicar del todo”.

¿Cuál es el taller del escritor? ¿Cuáles sus materiales?

-Depende. Pueden ser la computadora y los dedos. Pueden ser un cuaderno, una pluma o un lápiz, hasta unas tijeras y una goma de borrar. Y también las cosas que ve, lo que escucha, lo que le aparece en un sueño. El taller fundamental lo lleva uno siempre consigo.

M. Pienso en la pintura de Edward Hopper, tras la que, según los críticos, se observa un meticuloso estudio geométrico y lumínico que hace de medio y de fin para hablar del hombre y su papel en el mundo. “Quizá no sea muy humano. Mi deseo era pintar la luz del sol en la pared de una casa”, dice Hopper, obsesionado con la luz.

¿Cuál es la obra que más lo conmueve de Hooper? Él estaba obsesionado con la luz, ¿con qué está obsesionado usted, a la hora de escribir? Tomo una de mis obras preferidas y le pregunto: ¿Cuál fue su deseo al escribir El viento de la luna?

-Precisamente hay un cuadro de Hopper que es nada más que eso, la luz del sol entrando en una habitación vacía. Yo me obsesiono con cosas distintas según las épocas. Y no tengo un deseo explícito, o muy marcado, cuando me pongo a escribir un libro. Hay imágenes que me gustan, que persisten en la imaginación, apuntes de escenas. El proceso de invención es en gran parte inconsciente.

Creo que lo que lo lleva a uno a escribir muchas veces es el hallazgo de una imagen, de una especie de cuadro, en el que intuye que muchas cosas diversas están contenidas, como cifradas. En el caso de esa novela, un chico leyendo en una habitación alta de una casa rural, escuchando el ruido del trabajo, los cascos de los animales, la voz de su padre que lo llama, en una tarde de julio.

M. Su lugar en la Real Academia, ¿le ha permitido hacer más por la literatura, que su propia obra?

-Me temo que soy un académico negligente. He pasado mucho tiempo fuera de España y perdí el hábito de asistir a las sesiones. Pero me gustaba la tarea de definir palabras.

M. ¿El Arte fue antes que la literatura o la literatura es desde siempre?

-Las dos están sin duda en el origen de la conciencia humana. Cada vez se encuentran muestras estéticas más antiguas, incluyendo instrumentos musicales. Si había flautas, figuras pintadas, esculturas, hace 40.000 años, forzosamente había narraciones.

M. Usted que ha hecho periodismo literario, en el texto de despedida de la columna de El País Semanal, dijo: “Callarse es un acto de prudencia, una medida terapéutica, una silenciosa afirmación”.

¿Sigue creyendo en el silencio como arma más eficaz contra la malevolencia y a veces la mala leche española anónima?

-Soy aficionado al budismo y al taoísmo, y en los dos tiene gran importancia el silencio, y el “hacer no haciendo”. Cuando cualquier cosa que se diga va a servir no para la concordia ni para el debate verdadero, sino para alimentar la furia, es mejor callarse, claro que sí.

M. A partir de Noches sin dormir, de Elvira, me voy a permitir algunas digresiones. ¿Nombrar a Bioy Casares, qué le recuerda?, ¿siente pudor ante esa obra?, ¿cuál es el momento más poético que recuerda haber vivido, en Nueva York?

-Cuando Bioy volvió a Madrid, varios meses después de que le dieran el Cervantes, fuimos a verlo Elvira y yo. Le dije: “Bioy, ¿se acuerda de Elvira?” Y él contestó, con su gran sonrisa envejecida: “Cómo haberla olvidado”. Es difícil hablar de un momento “más poético”. Hubo, hay tantos. Despertar al amanecer y darse cuenta por la profundidad del silencio de que está nevando y que la nieve ya ha empezado a enterrar los coches.

Foto gentileza de Elvira Lindo, de su Noches sin dormir.

M. Norman Manea, a propósito de la distinción otorgada en Guadalajara (México), donde recibió el premio FIL en Lenguas Romances, en el año 2016, dijo: “La literatura cambió mi vida, mi lugar de residencia, y marcó mi identidad, como un escritor en el exilio que se llevó consigo su lengua como un caracol lleva a cuestas su hogar.”

¿Usted, como él, podría decir que su lengua es su hogar?

-Mi hogar es mi hogar.

M. Aunque podría seguir formulando pregunta sobre pregunta, vamos con la instituída como la pregunta de Mégara, siempre con la misma convicción: en todo final, está el germen de un nuevo comienzo.

Dice Italo Calvino, en Las ciudades invisibles, que hay que “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.

¿Cómo hacer, Antonio?

-Esa frase de Calvino y el poema Los conjurados de Borges resumen todo mi credo político. ¿Cómo hacer? Actuando con plena conciencia, procurando no hacer daño, ni de palabra ni de obra.

M. ¿Puedo atreverme a algo más, además de agradecerle tanto?

Se trata de pedirle un ejercicio en primera persona, que nos cuente en qué cosas cree, cuáles aborrece; que nos brinde, de primera mano, los datos biográficos que no pueden faltar. Qué lugar del mundo le resultó más inhóspito, cuál de sus amigos literarios es como un hermano. Qué persona de su familia, se ha conmovido más ante su escritura. Cuál es de sus obras de ficción la más amada.

-Creo en la igualdad de las personas, en la libertad de cada uno y en la justicia social. Creo que podemos ser mejores o peores según las circunstancias y según nuestro empeño. Aborrezco el ruido, la intoxicación ideológica, religiosa o no, y la mala educación. Aborrezco las exhibiciones de fuerza masculina. El lugar mas inhóspito que conozco es Miami. No soy partidario de las exhibiciones de fraternidad literaria, de gran camaradería, con borracheras legendarias, y anécdotas siempre repetidas que levantan grandes carcajadas. Mis hijos son excelentes lectores y creo que han tenido mucha generosidad aceptando sin reserva, aunque no sin dolor, alguno de mis libros. Tengo relaciones muy difíciles con lo que ya he escrito, pero hay dos obras que siento siempre muy cercanas, la novela corta “En ausencia de Blanca” y el relato “El miedo de los niños”.

M. ¿En qué museo y en qué librería, se quedaría a dormir una noche? Elvira, qué significa en su vida. Y lo que quiera decirme o contarme para terminar de darle forma a la entrevista, si es algo que no quiere que publique, me lo aclara.

-No siento ganas de quedarme a dormir en ningún museo o librería. He disfrutado mucho, eso sí, paseándome a solas por alguno de ellos, antes de la hora de apertura, o después.

Elvira es el amor de mi vida y mi compañera en todo lo que hago.

La misma terraza en el Escorial, 20 años después de su boda (de su álbum, Antonio Muñoz Molina, Visto y no visto)


Quizás a esta altura nadie se acuerde que esta entrevista empezó con una forma parecida a una carta.

Como tal tenía una postdata.

Pd: empecé el sábado 27 de enero, la madrugada del domingo 28 mi nuera comenzó el trabajo de parto. Esta semana se fue entre el aumento de la bilirrubina y la luminoterapia, el deslumbramiento y el milagro, la incertidumbre y el descubrimiento de un hijo nuevo, a sus 30 años, creo que hace rato que no veía tanto amor en una mirada. Hoy es domingo, un buen día para ir por los sueños.

-En mayo, a principios, la esposa de mi hijo mayor, Violeta, dará a luz una niña. Voy a ser abuelo por primera vez.


No lo conozco personalmente, no me conoce, pero ahora sabemos más que antes. ¿Antes de qué? se preguntará el lector; por lo pronto antes de un nuevo niño que ya nació y una niña que nacerá en primavera y en otoño. Sí, claro, a la vez, es que se trata de dos orillas, todo el tiempo.

Antes de sentir que una está encontrando algo “que merece la pena que sea escrito, aunque luego sólo lo lean amigos fieles como tú”, como me dijo Elvira.

Antes de dibujar en la pizarra de mi cocina, con total desfachatez, al mejor estilo de la silueta que ilustra Un andar solitario, el último libro de Antonio, cuyo diseño y composición pertenecen a Miguel.

Antes de terminar de leer esta obra fantástica, que no está justificada, sí, así como lo leen. El texto desde su formato, ya nos está diciendo algo distinto.

“Soy todo oídos. Escucho con mis ojos. Escucho lo que veo en los anuncios y en los titulares de los periódicos y los carteles y letreros de la ciudad. Voy viajando a través de una ciudad de palabras y voces.”

Antes de darme cuenta que siempre hay que intentarlo.

Escribió Max Aub en Hablo como hombre: “Lo que más me ha gustado es escribir, seguramente para que se supiera cómo soy, sin decirlo. Creí que lo adivinarían. Una vez más me equivoqué”.

Escribió Antonio en Destierro y Destiempo –dos discursos de ingreso en la Academia-: “Sin duda la literatura es un juego de voces que quiebran la lógica del tiempo: la de aquel desterrado a quien yo nunca vi y que estaba muerto cuando empecé a leer sus libros me acompaña y me guía ahora, y a mi voz se superpone el eco nunca escuchado de la suya.

Lo que él soñó me ocurre a mí. En cada uno de nosotros hay siempre un involuntario usurpador. Usurpamos el lugar de quienes nos precedieron en la vida, de quienes podrían haber obtenido con más mérito lo que el azar reservó para nosotros. Pero quizás mi usurpación será justificada en parte si la aprovecho hoy para recordar y vindicar la literatura de aquel novelista español que sentía haberse quedado por culpa de la derrota y del exilio, sin patria y sin lectores.”

Gracias Antonio, por tanto.

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