Me gusta pensarme como un fraile sin fe

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Me gusta pensarme como un fraile sin fe

Foto de Dulce María Ramos, Calle Maury de Caracas, en un bar llamado El Torero, lugar donde reza el cartel:

«Este es un lugar decente, no se aceptan escándalos, ni gritos, ni peleas, ni discusiones. Si eso pasa, se va usted a la calle»


«Prefiero pensar que nuestras vidas son como el abrir muchos libros al azar, como abrir múltiples libros, tomar frases de aquí, de allá; picotear en páginas casuales, retener algunas, olvidar otras, transformarlas, adherirlas a nosotros, apropiarnos de ellas para perdernos y encontrarnos en la casualidad de un párrafo o de una frase.»

(de Un círculo para Ainhoa, «La noche y yo», de Juan Carlos Méndez Guédez)

Decidimos entrevistarlo para hablar con él  de todo, pero sobre todo, de lectores; esa gente padeciente y gozosa que se apropia de las frases de muchos libros abiertos al azar; gente que picotea en círculos, en noches insomnes; gente que se pierde y encuentra en páginas retenidas en la memoria, transformándolas; gente que pasa la mayor parte de su tiempo con la mirada errante en un libro, para ser felices; gente ignorante de todo alrededor, incluídos los motivos por los que otros, escriben.

«a veces escribí por angustia o por venganza. Pero a esta edad siento que la vida me ha entregado (y me sigue otorgando) dones«, escribió José Balza, el autor elegido para su tesis doctoral, por nuestro autor elegido para esta entrevista; a quien la vida le entregó (y le sigue otorgando), dones.

Disfruté de La noche y yo, comprobé en cada gesto y cada respuesta, su generosidad; y su gran logro: hablar del amor, que es el hablar que rodeó siempre su vida, sin caer en sentimentalismos, consiguiendo que ese discurso sentimental alcanzara efectos estéticos espléndidos, como el de ciertos autores a los que leyó con admiración.

Para hablar de él, no queríamos echar mano a datos que cualquiera puede encontrar en wikipedia, por eso le pedimos una autobiografía propia,  incontaminada, con datos que no fueran los que están en la web; saber por ejemplo, qué comidas le gustan más, o cuánto tiempo hace que no abraza en Caracas, o en qué ciudad nadie lo abrazó aún.

-Nada exclusivo ni excluyente, le aclaramos, además de pedirle fotos; de ser posible alguna de su infancia, época en la que descubrió la emoción de las cosas, como suele contar: “Con cuatro años, uno de los momentos más emocionantes de la vida era mirar las telenovelas con mis tías y con mis primas en Barquisimeto; fíjate que todavía suelo tararear los compases de la canción del primer culebrón que vi en la vida: El adorable profesor Aldao. Cada vez que lo hago siento que mi infancia me protege”.

Juan Carlos Méndez Guédez, vive en Madrid hace muchos años, se desempeña como gestor cultural y trabaja en una oficina de la administración pública española, organizando eventos literarios.

El año de su nacimiento, pudimos conocerlo porque nos envió una foto en la que escribió: “mi foto más antigua en Quíbor, en 1967, con mi prima, a quien le decíamos: La negra. A ella está dedicado Veinte merengues de amor y una bachata desesperada”; olvidamos preguntarle el mes y el año, datos que no pensamos buscar en internet; definitivamente.


 Autobiografía:

            Soy alguien que escribe. En ciertas circunstancias eso te lleva a que otros digan que eres escritor. Pero me conformo con decir que soy alguien que escribe; todo el tiempo; a cada segundo; a cada minuto. Vivo en Madrid hace casi veinte años, pero me suele suceder que paseando por la Calle Alcalá siento que de repente estoy en la calle Maury de Caracas o en la carrera 17 de Barquisimeto.

            Me gusta comer. Me produce una inmensa felicidad. En concreto los platos rotundos, feroces, como la bandeja paisa o el pabellón, y creo que algún dios bondadoso regaló a los seres humanos los plátanos fritos.

            Hay dos sucesos de la infancia que me gusta considerar pertinentes para lo que intento ser y hacer ahora. Muy pequeño, en la calle Maury aparecía en las mañanas un frutero español con un lápiz en la oreja. Me fascinaba esa imagen y quería crecer para poder colocarme un lápiz allí. Años después, viviendo en la Intercomunal del Valle, en unas vacaciones aburridas decidí explorar la parte alta de un armario, busqué una escalera, subí los escalones, y pude alcanzar una serie de libros que guardaba mi madre. Verdaderas joyas. Clásicos universales como Las cuitas del joven Werther; Gil Blas de Santillana; Las novelas ejemplares de Cervantes; El Cándido de Voltaire; y clásicos venezolanos como Antonio Arráiz, Rómulo Gallegos, Ramón Díaz Sánchez, Teresa de la Parra, Gloria Stolk, José Rafael Pocaterra. Tomé entonces un lápiz y les escribí mi nombre a todos esos libros y luego me coloqué el lápiz en la oreja.

            Escribir. Leer. Esas dos imágenes primigenias que me marcan.

Los dejamos entonces con el hombre que lleva un lápiz en la oreja y escribe; todo el tiempo; a cada segundo; a cada minuto.


M. Juan Carlos, en ocasiones nos gusta abordar las entrevistas o reportajes, desde la cronología, pero aunque repasamos datos biográficos, nos gusta que nos cuenten de primera mano. Naciste en Barquisimeto en 1967, y tu familia se traslada a la ciudad de Caracas, instalándose en la zona de los Jardines del Valle. ¿Cómo estaba compuesta tu familia?, ¿por qué fue el traslado? ¿qué edad tenías?, ¿si tenés hermanos, cómo te ubicás entre ellos?

Viajé con mi madre. Tenía apenas un año. No puedo recordar nada de ese momento, claro, pero en la memoria familiar se repitió muchas veces esa imagen. Una mujer sola con un niño en brazos que llega a una ciudad sin un centavo y que poco tiempo después ya está trabajando en el telégrafo y luego en una academia en la que enseñaba mecanografía.

No había buenas posibilidades laborales ni en Barquisimeto ni en Guanare, el último lugar donde vivimos, y Caracas era entonces el destino soñado de muchas personas del país y del exterior. Era un lugar amable, generoso, activo, una ciudad en pleno crecimiento.

Tengo, que yo sepa, cuatro hermanas. Las conocí luego, ya adulto. Con varias de ellas tengo una bella relación.  Ha sido muy emocionante verlas, compartir con ellas, como un regalo que trae el tiempo. A una de ellas. Keyla Méndez Belén, le dediqué uno de mis libros.

M. ¿Cuál era la ocupación de tus padres?, ¿en tu casa familiar había biblioteca?

Mi madre está jubilada, pero fue secretaria en instituciones culturales durante muchísimos años. Por eso viví rodeado de poetas, novelistas, pintores, músicos. Gente a la que yo atisbaba con respeto y curiosidad en esas oficinas donde debía pasar el día cuando no aparecía nadie que pudiese cuidarme y mamá me llevaba con ella.

De mi padre conozco poco. Me abandonó apenas al nacer. Sé que era militar del ejército y poco más.  Me cuesta imaginar que alguna vez haya tenido un libro entre sus manos, así que una parte de mí agradece su abandono.

Mi madre tenía en casa una buena biblioteca y se encargaba de comprarme siempre nuevos títulos hasta que en la adolescencia ya me ocupé yo mismo de seguir comprando nuevos libros.

M. La lectura y escribir. ¿Recordás cuál fue el primer libro que leíste? ¿Cuándo empezaste a escribir ficción? ¿Conservás los primeros textos? ¿Los dabas a leer?

Lo primero que leí fue un cómic del pato Donald. Me impresionó mucho porque así supe que ya era capaz de leer. Era un cómic donde aparecía una bañera. Por eso me encantan las bañeras; algo que me gusta de ser escritor es que me inviten a eventos y me alojen en hoteles con bañera. Es un modo de volver a esa primera lectura, a ese momento en que crucé un umbral y supe que esos signos oscuros llamados letras contenían historias.

Por cierto, que recuerdo que yo estaba en el kínder de la Experimental Venezuela y a las muchachas que nos cuidaban les producía mucha gracia que yo ya supiera leer. Me rodeaban y me pedían que les leyera frases. Era ingenuamente emocionante ser el único de los niños que era capaz de hacerlo. Fue un privilegio que desapareció pronto, cuando todos los demás aprendieron y me expulsaron de mi dulce reino.

Empecé a escribir ficción a los cinco años. Le dicté a mi mamá un cuento en el que corregía y en mi opinión, mejoraba la serie de El Zorro, con Guy Williams. Luego recuerdo a los nueve años un cuaderno donde escribía cuentos históricos llenos de anacronismos y disparates en las que mezclaba figuras como Simón Bolívar con el cacique Guaicaipuro y Meteoro.

Se los daba a leer a mis maestros en la Escuela Experimental Venezuela. Fueron siempre muy comprensivos y generosos con mis locuras escritas. Me corregían la ortografía, las comas, los acentos. No creo que se conserve nada de ese material.

M. Obtuviste la Licenciatura en Letras por la Universidad Central de Venezuela, con una tesis sobre los grupos poéticos «Tráfico» perteneciente a la misma Universidad, y a «Guaire», movimiento este último que nació en tu Venezuela en la década de los ochenta, como un modo de divulgación de la poesía urbana de tono conversacional y político, a partir de recitales y lecturas poéticas. ¿Por qué la elección de esa temática?, ¿tenías o tenés relación con los miembros más emblemáticos de esos movimientos?, ¿cuánto hay en tu narrativa de ese bagaje cultural?

En esos tiempos escribía poemas en los que imitaba a los poetas de esos dos grupos. Escribía poesía, y narrativa y teatro y ensayos y artículos…era yo de una desmesura absoluta. Pero el tiempo y el sosiego me hicieron ver que narrar era un oficio lo suficientemente complejo como para dispersarse en otras escrituras.

De todos modos, en ese momento, estudiar esos grupos me pareció académicamente importante y necesario. Creo que no existían tesis sobre ellos. Y el caso es que me sigue interesando mucho la creación poética de muchos de los integrantes de esas agrupaciones. Yo leo con gran gusto a Leonardo Padrón, a Alberto Barrera Tyszka, a Yolanda Pantin, a Rafael Arráiz Lucca, a Igor Barreto, a Armando Rojas Guardia…

M. Hiciste el doctorado en Literatura Hispanoamericana en España, en la Universidad de Salamanca, queremos situarnos en el tiempo, y otra vez te preguntamos a vos, si fue en la década del ’90, ya. Lo cierto es que elegiste para tu tesis al gran José Balza y su obra, ¿por qué la elección?

Hablamos de un narrador de primera línea. Alguien que merece el Premio Cervantes, pues ha creado un sistema novelístico y cuentístico original, rotundo, lúcido. Un autor que creó un sistema narrativo propio, con un peculiar manejo del personaje y de los juegos temporales y espaciales.

El hecho es que quise hacer una tesis doctoral que me sirviese más que como investigador, como escritor de ficciones. Una tesis en la que pudiese estudiar los mecanismos narrativos de un autor excelente, de manera de intentar en el futuro configurar un modo propio de encarar mis propias narraciones.

Balza ha pensado mucho el acto de narrar. Tiene su modo de entenderlo, un modo personal, que podemos compartir en muchas ocasiones, o que en todo caso nos irrita de tal modo que nos obliga a construir una novedosa respuesta propia.

MPercusión, considerada como su obra cumbre, es de 1982. ¿Cuándo leíste vos ese texto tan poético que habla del paso del tiempo? ¿Reconocés algún tipo de influencia de su obra en la tuya?

Creo que en el 86. Lo compré en una librería de los Almacenes militares. Una rareza que estuviese allí, rodeado de papelería y libros infantiles.

Ya había conocido a Balza, lo había entrevistado para una revista universitaria llamada Vertical y para el suplemento de un periódico. En ese tiempo yo devoré con asombro y encantamiento muchos de sus títulos: Largo; Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar; Medianoche en video: 1/5; Órdenes; La mujer de espaldas.

Por cierto que Balza leyó mis escritos juveniles. Recomendó uno de mis cuentos al suplemento literario más importante de la Venezuela de ese entonces, El Papel literario, y en apenas una semana apareció publicado, y eso para aquel muchacho de diecinueve años fue alucinante. Recuerdo que yo venía de una fiesta, amanecido, y me esperé un rato junto al kiosco para comprar el periódico de ese día. Casi me desmayo al ver mi cuento allí; no esperaba que se publicase tan pronto. Creo que de mi cuerpo se evaporó del golpe todo el ron, el whisky y la cerveza que llevaba encima.

El caso es que Balza es una persona de una inmensa generosidad. Y debo decirte que esa novela, Percusión, la leo y releo con frecuencia, y es una verdadera joya. Ese personaje atrapado en el tiempo mítico, que emprende un viaje azaroso buscando la sabiduría y el alivio del dolor.  Qué poderío. Qué lucidez.

Sería hermoso escribir alguna vez un libro como ese.

M. El autor dijo en alguna oportunidad: “Empecé (muy temprano) a imitar: yo era un salvaje, mis hermanos y yo éramos como animales, así que poder leer me permitió diferenciarme: era como si yo estuviera destinado a ser árbol y la posibilidad de leer ya no me dejara ser árbol”. ¿En tu vida, la lectura, te rescató de algo?

Hay un precioso ensayo de Miguel Gomes titulado “Donoso escrutinio” donde él refiere como de niño, al quedarse dormido con libros en la mano, su familia y los amigos lo comparaban con un fraile o con un clérigo; entonces sucedió que al estudiar literatura muchos años después, Gomes supo que ese era un uso medieval; comparar a toda persona interesada en el saber con un religioso.

Soy agnóstico pero experimento en ciertos poemas, en ciertas novelas, un placer tan especial que no es de este mundo en tanto me acerca mucho a las profundidades de este propio mundo. Los libros hermosos son mi manera de rezar, de sentirme en un más allá que soy yo mismo, muy dentro de mí y a la vez en los otros. Así que de ser posible, me gusta pensarme como un fraile sin fe, exultante en sus lecturas y en sus palabras.

Creo que la lectura quizá me rescató de la soledad, del mutismo. Soy alguien que experimenta la vida como algo áspero, agresivo, incontrolable. Me da miedo la oscuridad, los espacios cerrados, las multitudes, los papeleos burocráticos. Pero si llevo un libro en la mano todo parece apaciguarse.

M. Tenemos que coincidir con vos en lo interesante de la vida y obra de José Balza, entonces seguimos con él, un catedrático comprometido con lo social, que señaló: “Con la imitación de las vidas no iba a conseguir nada; las vidas ya estaban hechas, y en la literatura, también. Creo que hay muy pocas variantes en la existencia humana, varían los matices: muere un niño, muere un hermano, pero es la misma muerte. Decidí que mi variación sería la forma, y en cada libro me reté a lograr una forma única”. Y también señaló que era un observador de la realidad, que no tenía imaginación. ¿Vos tenés imaginación o sos un observador de la realidad? ¿Hay algún reto en cada nueva obra?

Creo que sí tengo una cierta capacidad imaginativa. La realidad me da un pequeño pretexto y a partir de allí siento que se expande y se expande dentro de mí como una lluvia de palabras y anécdotas que debe buscar la exactitud de una forma.

Por otro lado, claro que cada obra es nuevo reto. Sueñas un libro perfecto; luego te queda el libro que tu capacidad te permite; lo miras con melancolía y entonces decides que el título siguiente será mejor y superará lo que no pudiste resolver en ese libro anterior.

El fracaso se convierte en un motor para seguir.

M. ¿Te quedaste en España o volviste a Caracas una vez obtenido el doctorado?

Una noche en una discoteca en Salamanca sonaba una canción de Juan Luis Guerra, una canción llamada Visa para un sueño. La escuché y pensé: “no voy a volver”; entonces supe que me quedaría a vivir en España muchos años. Y allí sigo.

M. Dijiste en alguna ocasión: “Todos deberíamos ser extranjeros alguna vez en la vida porque seríamos mejores personas”, ¿por qué y cuándo tomaste la decisión de ser un extranjero?¿En qué sentís que sos mejor persona, a partir de tu experiencia?

Soy alguien distinto. No sé si mejor. Pero literariamente es enriquecedor confrontarte con otras tradiciones, con otros universos de lectura, con otras tendencias y usos del lenguaje.

Decidí ser extranjero ese día que te comenté, oyendo un merengue. Soy un caribeño madrileño, mis epifanías llegan en medio de una música bailable que te sacude los huesos.

M. En distintos reportajes contaste que tus comienzos literarios no fueron fáciles, reivindicás el heroísmo de los escritores en tu país y considerás la escritura como un acto de resistencia. ¿Podés explicarnos por qué? ¿Vivir en el extranjero te hace sentir en deuda con los que permanecen?

Creo que la situación heroica de los escritores venezolanos es una circunstancia de este momento, es algo de los que viven allí ahora mismo. A mí no me tocó escribir haciendo colas de seis horas para comprar un pan o un kilo de azúcar, o mirando cómo los precios de los alimentos en la tarde son más altos que en la mañana. Tampoco tuve que pensar novelas en un país donde el agua se va a cada rato, donde hay apagones, donde los militares reprimen con ferocidad a la gente, donde torturan y hacen negocios con el hambre y la salud de las personas, y donde hay decenas de presos políticos.

Creo que esa precisión es indispensable.

Por otro lado, pienso la escritura como un acto de resistencia porque los milicos venezolanos han instaurado un discurso de la fealdad, de lo rancio, de lo burdo; y todo acto de belleza, todo acto estético signado por la sensibilidad y la inteligencia es un modo de negarse a ese discurso milico que controla a Venezuela desde el año 98.

Con respecto a lo otro que me preguntas, vivo fuera, pero no estoy en deuda con nadie. Sería sobrevalorarme creer que mi presencia cambiaría las cosas.

Eso sí, mi mente, mis actos, mi escritura están muy cercanas a lo venezolano. Muchísimo. Frente a la opción respetable de vivir centrado en una vida volcada en mi nuevo país, yo me comparto, yo despierto cada día dos veces; cuando sale el sol en España y cuando sale el sol en Venezuela.

M. Muchos estudiosos señalan que tus textos, como los de otros autores latinoamericanos, se distinguen hoy de los de la generación anterior, llamada la del “boom” -García Márquez, Carpentier, y Vargas Llosa, entre otros—, por alejarse de la referencia permanente y excluyente de alguna manera a la América latina de pertenencia y sus rasgos de identidad, ¿sentís que es así, que la literatura latinoamericana actual ha ganado en universalidad?


No sé si la palabra es universalidad.

Pero tal vez los autores del boom aspiraban a algo tan impreciso como hurgar en el sentido de la identidad latinoamericana. En re-explorar mitos fundadores, en alcanzar verdades históricas. Por suerte, sus novelas fueron muy superiores a sus intenciones.

El caso es que los recientes epígonos de estos grandes autores (y cuando digo grandes me refiero a García Márquez, Vargas Llosa, Cabrera Infante, entre otros…y no incluyo a Carpentier), han creado una especie de nuevo oficio: el latinoamericano profesional. Una suerte de escritura con palmeras, dos o tres toques selváticos, un par de rebeliones indígenas.

A los 20 años, en una playa de Venezuela

Y lo cierto es que los autores que a mí me interesan van en una vía contraria. Andrés Neuman, Edmundo Paz Soldán; Rita Indiana; Samanta Schweblin; Slavko Zupcic; Rodrigo Blanco Calderón; Jorge Volpi; Alejandro Zambra (por sólo decir algunos nombres que estoy leyendo en estos días) tienen sus espacios nacionales como punto de partida, como un punto donde las singularidades culturales generan deliciosas posibilidades de la ficción, pero las mezclan, las intervienen, las sacuden, las pervierten imaginativamente. Son más libres. Mira esa belleza que es La Mucama de Omicunlé; una especie de relato de ciencia ficción, de libro fantástico y pop de Rita Indiana, un libro donde hay brujería, mucha tecnología, y una República Dominicana distópica qué es y no es. O los libros de Edmundo Paz Soldán donde uno no sabe si habla de territorios míticos o de distopías americanas o bolivianas; o Neuman con El viajero del tiempo, un libro ubicado en la Europa del siglo XIX elaborado con técnicas del XX y el XXI y con esa profusión, esa ambición creativa tan literariamente argentina.

Creo, en todo caso, que hemos heredado del Boom lo mejor que tuvo: su inmensa ambición literaria; pero que la vamos enfocando y dirigiendo hacia un lugar diferente; quizá hacia el espacio personal, íntimo o subjetivo.


M.
¿Cuál fue tu primer libro publicado en Venezuela?, ¿cuál fue tu primer libro publicado en España?

No puedo dejar de acotarte los dos libros más recientes: Veinte merengues de amor y una bachata desesperada en Venezuela, y La noche y yo, en España. Ambos han aparecido este 2016. Porque un escritor es como un futbolista, alguien volcado en el presente. Pocas veces se siente atraído por sus goles o sus juegos del pasado; le interesa lo que está sucediendo en ese instante.

Y para responder tu pregunta: Historias del edificio en Venezuela, en 1994, y Retrato de Abel con isla volcánica al fondo en 1997 en España.

M. ¿Cuál de tus obras considerás más ligada al extranjerismo, a ese extrañamiento con la tierra?

Tal vez mi novela Una tarde con campanas.

M. ¿Tenés actualmente familia en Venezuela?, cuando viajás a tu país, sabemos que lo hacés, ¿vas a Barquisimeto?, ¿qué hay en tu ciudad natal que aún te identifique?

En los viajes recientes no he podido ir a Barquisimeto. La agenda se complica y apenas puedo moverme de Caracas, pero espero muy pronto poder regresar unos días y disfrutar de esa ciudad que tengo tan presente. Tanto es así que los dos libros que estoy trabajando este año tienen relación con ella. Uno es un policial con una detective barquisimetana que ayuda a resolver sus casos valiéndose de la brujería; y el otro es conjunto de cuentos líricos, con un trasfondo mítico y atemporal, donde escribo una especie de biblia pagana en la que suceden hechos como la expulsión del paraíso, el diluvio, la adoración de los reyes, pero ubicándolos en Barquisimeto y en sus poblaciones cercanas. Son cuentos protagonizados muchas veces por personajes propios de la religiosidad marialioncera, un culto venezolano que venera como diosa principal a María Lionza, una ampulosa mujer que es adorada en la montaña de Sorte.

Y sí,  tengo familia en Barquisimeto. Una familia grande, entrañable, bailadora, alegre. Son muchos los abrazos que me atan a esa ciudad, y lo siguen siendo. De allí son dos grandes autores: Rafael Cadenas y Salvador Garmendia. Muchas veces caminaba por la Plaza Altagracia esperando que algo de la energía de ambos me impregnase.

Por cierto, hace años escuché una anécdota que no importa si sea verdadera. Al parecer, cuando Cortázar conoció a Salvador Garmendia le dijo: “Escuchaba una emisora de radio de onda corta que transmitía desde Barquisimeto. Pensé que era una invención. No creí posible que existiese un lugar con ese nombre tan extraño”.

Me gusta creer entonces que nací en la ciudad que inventaron a medias Salvador Garmendia y Julio Cortázar.

M.. La primera biblioplaza de tu ciudad, o “plaza de los libreros”, tiene una escultura de tamaño real de Salvador Garmendia, barquisimetano que en 1973 fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura, ¿tenés alguna fotografía sentado a su lado?, ¿se fantasea con el reconocimiento de los connacionales?, ¿te ves convertido en obra de arte en un banco de plaza?

No. No. No me gusta pensar en obras de arte y en plazas y en homenajes. Soy supersticioso. Mucho. Lo que hagan cuando uno se marcha ya no es asunto que me concierna, pero me aterra la posibilidad de una figura que se me parezca y sobre la que las palomas hagan su fiesta cada tarde. Creo que en todo caso, eso sería un perturbador tema para un cuento: un personaje común y corriente que va caminando por una plaza y sin motivo aparente se encuentra una estatua con su figura.

Como tengo tiempo sin ir a Barquisimeto, no me he hecho esa foto que me comentas. Quizá ocurra. En Garmendia hay muchas veces un humor particular y un giro fantástico impredecible. Quizá me acerque a la estatua y me susurre un secreto o me revele un gran misterio. Pero como soy distraído es probable que lo olvide apenas regrese a la carrera 19.

M. ¿Tenés amigos en el ambiente literario?, de una y otra orilla, ¿quiénes son?

Tengo amigos. Reivindico ese topicazo de decir que son un gran tesoro. Mucha gente vive la literatura como un lugar para el odio, para el insulto. Seguro que tienen buenas razones para ser así, pero odiar cansa, como quizá pudo pensar Pavese.

Tengo maravillosos amigos en las dos orillas. Los quiero y los admiro. Pero haré algo original. No los reduciré en una imperfecta lista. Ellos saben quiénes son. No hacen falta palabras cuando hay tantos gestos entre nosotros.

M.. Has dicho en algún reportaje: “Sintiéndome muy venezolano no me importa tener dos patrias y me gustaría seguir incorporando patrias a mi vida”. De esas dos patrias, hoy, ¿dónde te sentís más extranjero?

En ambas. Las vivo con intensidad. Soy parte de ambas. Soy extranjero en ambas.

Ser extranjero siempre es un bello modo de amar un lugar.

La noche y yo realiza ese paseo. Un cuento sucede en Caracas, otro en Madrid, y otro en lugares míticos o innominados. Una especie de arraigo y de extranjeridad que se mueve, que se desliza.

M. A propósito de La noche y yo, dijiste recientemente que no sentís la limitación del formato, y otra vez recuerdo a Balza que no llamaba a sus novelas o cuentos con esos nombres, sino que los denominaba “ejercicios narrativos”. ¿Considerás que la narrativa no reconoce categorías? ¿Hay una pulsión que puede terminar categorizando ciertos textos?

Yo tengo clara una pulsión: narrar.

Luego dejo que el texto me hable y sigo su respiración. No lo expando ni lo comprimo; dejo que exista en su dimensión precisa. Una vez que eso va sucediendo, realizo un trabajo técnico en las segundas versiones para que el cuento sea más cuento o la novela más novela, al menos desde el modo en yo concibo ambos discursos.

Yo creo que los nombres y las categorías nos ayudan, nos orientan. Decir “no creo en los géneros” es un triste lugar común, una especie de tremendura adolescente. Nadie debe creer en los géneros, porque no son dioses, ni santos, ni apariciones de la virgen. Pero la idea general de cómo se comporta un género es estupenda para intentar pervertirlo, ampliarlo, expandirlo. Javier Cercas puede postular su brillante idea de un “tercer momento” de la novela porque conoce muy bien los dos anteriores, el de la novela cervantina y el de la novela decimonónica. Vila Matas desarrolla esas ficciones ensayísticas tan libres y lúdicas, porque conoce los límites tradicionales y estrechos del género en el que se desenvuelve. Teresa de la Parra elaboró un libro tan flexible, tan libre, tan lúdico, usando géneros íntimos como el diario y la carta, porque conocía el modo en que se construían las novelas pedagógicas y botánicas con que muchos escritores venezolanos de aquel momento estaban haciendo daño a la naturaleza.

Pero volviendo a tu pregunta, yo escribí las tres narraciones de La Noche y yo porque comprobé el modo delicioso como Manuel Longares expande una narración que deja de ser cuento sin llegar a ser novela corta; entonces esas tres historias llegaron a mis manos con una medida precisa.  Un aliento que alcanza las cincuenta páginas aproximadamente. Una expansión que prescinde del efecto único del cuento a lo Poe, pero que tampoco alcanza esa expansión como de arbusto que tiene la novela corta.

Pero insisto en que no le veo sentido a descreer de los géneros. No sé si eso pueda significar más bien que los desconoces.

Hay unos cuentos maravillosos de un autor español: Nicolás Melini. Allí, por momentos creo atisbar a Bashevis Singer con esa suerte de cuento que se cierra sin cerrarse, o esos diarios que no son diarios del todo sino autoficción de una voz anónima que por eso mismo parece ficcionalizarse todavía más. Pero esencialmente lo veo a él, a Melini, siendo él, siendo su voz, y es algo que consigue porque conoce los géneros en los que se mueve y así puede adulterarlos deliciosamente.

M. Contaste que este caso, el de tu reciente obra, sin un concierto previo, advertiste que las tres historias que la componen en cierta forma dialogaban entre ellas, ya que sus personajes son grandes lectores. ¿Si tuvieras que elegir una, cuál sería?

A ver, hasta ahora, el mayor entusiasmo de los lectores sucede con el cuento llamado “La noche y yo. Creo que para mí fue el reto más complejo de los tres por la respiración de su prosa, por el mundo interior del personaje; por el humor venenoso de la chica que vive ese feroz insomnio mientras recuerda libros y amantes: una muchacha adinerada de veintiséis años que se casa al día siguiente; Pero lo cierto es que disfruté mucho escribiendo los otros dos relatos: Xibanya y Un círculo para Ainhoa. No ha pasado suficiente tiempo como para que yo pueda despegarme del todo del libro y mirarlo con ojos escrutadores y analíticos.

El asunto es que este libro es una mirada sobre una figura esencial en mi vida y en la de muchos personas: el lector. Gente que se abstrae con páginas, gente que navega y se sumerge en letras, gente que multiplica su vida y su experiencia a partir de la imaginación de otros.

M. En Un círculo para Ainhoa, se trata de un bibliotecario que quiere ayudar a una amiga a escapar, desafiando el peligro que implica caminar por una ciudad a la que conocés tanto. Evoco entonces aquella frase de Hasta luego, míster Salinger: «Una ciudad es sólo el lugar donde abrazas y te abrazan». ¿Caracas es realmente peligrosa, hoy?, ¿ya no es una ciudad donde abrazar y que te abracen?

Foto de Miguel Lizana.

En Caracas siguen sucediendo muchos abrazos.

Cierto es que el militarismo y su discurso de odio durante dieciocho años ha convertido la ciudad en un lugar áspero, hostil. Hay momentos en que te sientes en un cuartel donde los generales se han escapado un rato a los prostíbulos y la tropa ha quedado de su cuenta y con muchas armas en la mano para atormentar a la gente.

Pero en Caracas hay resistencia, hay mucha fuerza en esa belleza con la que muchos siguen publicando libros, pintando, haciendo música, cuidando animales callejeros, haciendo teatro o simplemente viviendo con generosidad y dulzura. El odio que los militares han intentado imponer a la sociedad, cada tanto retrocede por el gesto amoroso de alguien que ayuda un anciano a subir unas bolsas a su casa o por un muchacho que se pone a interpretar en una guitarra una pieza de Bach.

Caracas es realmente peligrosa. Entiendo según algunos estudios que es la ciudad más peligrosa del mundo. Desde luego, la cifra de homicidios en Venezuela supera cada año las veinte mil víctimas. Desde el 98 es una cifra que no para de subir. Los militares entregaron armas a la delincuencia común y las agruparon en una suerte de grupos paramilitares llamados “colectivos”, gente que igual te vende droga o atraca, como también te disuelve a tiros una marcha de estudiantes. El miedo es el amo de Caracas.

No es raro, creo que fue Foucault quien dijo que el fascismo se apoyaba mucho en la delincuencia común.

M. En el segundo relato, contás los últimos instantes de la vida del protagonista y otra vez aparecen los libros, el amor a ellos, su importancia. Dijiste: «Se mezclan no sólo los libros con su vida, sino con los lenguajes que ha leído y con los recursos literarios de sus escritores, de Echenique a Cortázar o Hemingway, en una mutación estilística que también quería hacer notar«. En concreto y en el caso de Xibanya, son cinco las obras preferidas. ¿Qué cinco libros elegirías vos?

En este instante preciso: Ifigenia de Teresa de la Parra; La vida exagerada de Martín Romaña, de Bryce Echenique; El Lazarillo de Tormes, de un tal señor anónimo; Tasilli, de Isaac de Vega, y Percusión de José Balza.

M. En el relato de cierre, el insomnio y el recurso estilístico que prescinde de mayúsculas y de puntos, ¿es válida la ruptura de las normas de puntuación? ¿se prescinde del lector al decidir narrar de una forma poco convencional o se requiere de su complicidad?

Todo se hace para que el lector exista, para que sea carne con el relato. Mira, Luis Yslas en un bello volumen titulado: A la brevedad posible, dice: “Un lector siempre trama algo. Un escritor trama siempre un lector”.

Cuando el relato se salta algunas convenciones lo que intenta es convocar en el lector sus capacidades más lúdicas. Me gusta moverme dentro de distintas propuestas; hacer un relato tradicional con exposición, nudo, desenlace y narrador en tercera persona, y luego al siguiente día lanzarme un monólogo con un signo de puntuación como una doble coma que igual me acabo de inventar mientras escribía.

Me gusta pensar que cada día tiene palabras diferentes, que cada día se resuelve de modos ficcionales y expresivos antagónicos, y que el lector quiere ser sorprendido, perturbado. Lo ideal para mí sería ser capaz de escribir un año Las Aventuras de Huckleberry Finn; al siguiente El mundo alucinante (nota de M.: del escritor cubano Reinaldo Arenas); luego El americano Impasible (nota de M.: es una novela publicada en 1955 por el escritor británico Graham Greene); luego Las aventuras del soldado Svjek (nota de M.: es considerada la novela checa más importante, inacabada porque su autor, Jaroslav Hasek, murió antes de escribir su final); luego Mararía (nota de M.: novela escrita por el canario Rafael Arozarena ); luego Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar; y el año siguiente Hermana mía, mi amor (nota de M.: de Joyce Carol Oates).

Algún lector me escribió en una ocasión que le sorprendía que Arena negra y Los Maletines, fuesen escritas por la misma persona. Igual me comentó alguien hace poco al referirse a La noche y yo y Veinte merengues de amor y una bachata desesperada. Me encanta esa posibilidad de desdoblamiento expresivo. Ser muchos o al menos intentarlo.

Porque en el caso de Veinte merengues de amor y una bachata desesperada hay una intención paródica inicial, pero que se manifiesta en un libro conformado por un relato largo y veinte minicuentos. Todo ese material son las acciones y pensamientos que suceden durante una fiesta en la que sólo se escuchan merengues de los años ochenta y noventa. Así que el lenguaje cambia mucho de texto a texto, los tonos varían, y la historia central, un hombre obsesionado y decepcionado por la figura de Pablo Neruda es finalmente una historia tragicómica sobre el abandono, sobre la imposibilidad de vencer al fracaso, sobre la ternura del abandono y la separación. No tiene mucho que ver a nivel expresivo con La noche y yo.

M. La poesía en tu obra, la celebración de la literatura que va más allá de las formas y que se nutre de todo. Pensamos en Percusión y la historia de un hombre muy viejo que decide regresar a su lugar de origen y al hacerlo comienza a rejuvenecer. Sí, otra vez José Balza, en esta entrevista que es como un círculo: la memoria, el tiempo y el espacio. Leemos: “En el principio fue el círculo. Del círculo venimos. Al círculo volveremos.” ¿Qué influencias reconocés más marcadas en tu escritura?

Depende de la época.

Pero pienso en José Balza; en Teresa de la Parra; en Bryce Echenique; en Vargas Llosa; en Carver; en Bulgákov. Pienso en ellos, porque me gusta imaginarlos como mi familia, pero igual al leerme los lectores encuentren otras filiaciones. En literatura no soy como dice la ranchera de Dolores del Río: la hija de nadie que solo cuenta con un apellido. Creo que nadie lo es.

M. Y una última pregunta, que nos gusta hacer en ocasiones. La que tiene que ver con la tarea de “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”, como dice Italo Calvino en las Ciudades invisibles, que nos inspiró en la búsqueda fundante de Mégara. ¿Cómo hacés vos, Juan Carlos?.

Miro en silencio.

Contemplo en silencio.


Él dijo en alguna ocasión, que se puede escribir sobre el amor (él lo hace y tan bien), y que en términos literarios, para que no caiga en sentimentalismos baratos, hay que mirarlo con la visión narrativa “que posee el autor más actual que tenemos en nuestro idioma: Miguel de Cervantes. Es decir: hay que mirarlo con ironía, inteligencia y ternura distante. Algo que hizo con maestría en el siglo XX una escritora maravillosa que siempre me acompaña: Teresa de la Parra”.

Esa escritora maravillosa que siempre lo acompaña, en su obra Ifigenia (incluída entre las cinco elegidas para nosotros), escribió: “Tengo un alma profundamente naturista y adoro con ella la verdad sencilla de las cosas”.

El hombre que escribe; el que disfruta de ser invitado a hoteles con bañeras, porque lo hacen recordar su infancia; el que come platos rotundos y se siente feliz, es un hombre que conoce la verdad sencilla de las cosas; y se le nota.

Es que como dice Balza: «mientras el vivir (o el tiempo) nos invada, sólo tenemos un deber: ser felices. La felicidad está en todo: en el sabor del pan o del jojoto: en la reciprocidad de los amigos; en atravesar el día para dormir hondamente como requería Nietszche; en la salud. En creer que hay un sentido (aunque sea inmediato) para existir«.

Juan Carlos Méndez Guédez, el hijo de Aura Guédez Morillo, a quien le dictó el primer cuento, cuanto tenía cinco años de edad, es el mismo hombre que escribe todo el tiempo; a cada segundo; a cada minuto; el que más allá de sus miedos, cumple con el deber que implica el vivir; se percibe en su sonrisa, en su modo de decir y de hacer y de hablar y de responder; en las dedicatorias de su libro que son abrazos: a sus tías, Esperanza y Consuelo, que aún viven en Barquisimeto (donde quizás una estatua le susurre algo al oído); a Papabuelo,  el señor que le enseñó las letras en la Calle Maury de Catia, que era el abuelo de sus primos de crianza, los niños de esa casa; en los millones de abrazotes que me envió,  a vuelta de correo.

  

1 Comment

  1. Carlos O. Antognazzi dice:

    `Buena entrevista, profunda y completa.

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