Manual de jardinería (para gente sin jardín)

Yo rehúso aceptar el fin de la Humanidad
11 octubre 2017
Dibujo en tiza: atajo entre lo evanescente y lo perpetuo
17 noviembre 2017

Manual de jardinería (para gente sin jardín)

Italo Calvino contaba que al escribir, procedía en series. Yo creo haberlo contado en Mégara, una ciudad invisible, como las del libro homónimo. Una ciudad inventada, en la que yo habito, pertrechada de cuanto parece que sigue siendo la regla en este mundo.

El libro nació lentamente, con intervalos a veces largos, como poemas que fui escribiendo, según las más diversas inspiraciones. Cuando escribo procedo por series: tengo muchas carpetas donde meto las páginas escritas, según las ideas que se me pasan por la cabeza, o apuntes de cosas que quisiera escribir. Tengo una carpeta para los objetos, una carpeta para los animales, una para las personas, una carpeta para los personajes históricos y otra para los héroes de la mitología; tengo una carpeta sobre las cuatro estaciones y una sobre los cinco sentidos; en una recojo páginas sobre las ciudades y los paisajes de mi vida y en otra ciudades imaginarias, fuera del espacio y del tiempo. Cuando una carpeta empieza a llenarse de folios, me pongo a pensar en el libro que puedo sacar de ellos.”

Así explica Calvino este asunto, y viene a cuento. En mi caso, puedo decir que para cada reseña, solo después de muchas lecturas, relecturas y de lengüitas de colores asomando entre las páginas, con algunos borradores y cuadros sinópticos, me dispongo a esperar. Sí, a esperar, no a escribir, es que para contar lo que la lectura genera, tengo que encontrar el momento, o el momento encontrarme; que son y no son la misma cosa.

¿Cómo explicar que muchas veces estoy escribiendo sobre una lectura y termino escribiendo sobre otra? Si echo mano a un libro de buenas definiciones, quizás aclare un poco el panorama enmarañado por el que arranqué, lo cual no es extraño, si de un manual de jardinería, se trata. Menos aún, si consideramos que en el muro de mi casa, está creciendo un bosque y lo veo crecer, asomada a la ventana, sin hacerme notar. Como me gusta andar por la vida, en definitiva.


laberinto. Camino más corto para extraviarse.

leer. Acción de viajar hasta donde uno se encuentra.//2. Acción y efecto de vivir dos veces.

lectura. Rescritura silenciosa.

escribir. Anticiparse a la propia memoria.

escritor. Individuo que fracasa en el intento de ser exclusivamente lector.

espera. Tramo esencial de tiempo que se omite por estar esperando.// 2. Construcción de lo esperado.// 3. Sala de ~: recinto colmado de impacientes.

reseña. Género literario adulador o vengativo, según el estratega.

de Barbarismos, Andrés Neuman, Editorial Páginas de Espuma, de la primera edición argentina de febrero de 2016.


“un libro (creo yo) es algo con un principio y un fin (aunque no sea una novela en sentido estricto), es un espacio donde el lector ha de entrar, dar vueltas, quizás perderse, pero encontrando en cierto momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad de dar con un camino para salir.”

Como bien dice Calvino, si algo me gusta de la lectura de un libro, es la posibilidad de entrar por donde quiero. Dar vueltas y perderme, encontrar un mensaje que es únicamente para mí, comprobar el trabajo que hay desde la raíz. Descubrir el sustrato, el abono y el agua que corrió una y otra vez, para que la idea germinase.

Así las cosas, habiendo entrado y salido del libro del padre de Diego (un niño precioso con unos ojos curiosos que invita a seguirlo en aventuras diversas y creativas), varias veces; cada una de ellas, me detuve, invariablemente, en la faja de mi ejemplar, que es de la tercera edición: “Recomiendo el libro de relatos Manual de jardinería (para gente sin jardín), de Daniel Monedero. Es una belleza. Con eso lo digo todo”. Así mismo escribió Elvira Lindo.

Pavada de faja la del libro de Monedero, que nació en Valladolid, pero actualmente vive en Madrid, es guionista de series de televisión muy conocidas, además de escritor. Y antes de escribir un manual de jardinería que de manual no tiene nada, escribió unos cuantos libros para niños, como el que yo tengo en mi biblioteca: Los padres de mis amigos, que es una invitación a la lectura (si tienen un niño mayor de ocho años, no duden).

Pero esto recién empieza, lo aviso antes de hablar de los epígrafes, del prólogo que es un tributo a la escritura de alguien que no sabría qué hacer si le quitasen la música, el cine y los libros; y de los cuentos que integran este manual que no es un manual. Un manual que se presenta en una librería con olor a lluvia. Un manual que trae un sobrecito con semillas. Un manual que viajó a Buenos Aires. Un manual leído sin claudicar. Un manual con cuentos capaces de derribar escépticos, formales y estructurados. Un manual de jardinería que hizo crecer árboles en la pared de mi casa; como anduve contando por ahí.


Epígrafe: es cualquier frase, sentencia o cita que se pone al principio de un texto sugiriendo algo de su contenido o lo que lo ha inspirado.

Alrededor de nosotros se extiende la prosa del mundo,

y en un ventrículo del corazón, la poesía acecha.

Adam Zagajewski

El mundo es azul como una naranja.

Paul Eluard

Estos son los epígrafes elegidos por Daniel Monedero y no es casualidad, los diez relatos que componen Manual de jardinería (para gente sin jardín), están plagados, invadidos, contaminados de esa belleza a la que alude Elvira Lindo, que no es otra cosa que la poesía que hay en ellos.

“La poesía es un mundo aparte y yo envidio a los poetas por su coraje. Toda la belleza pasa por lo poético. La belleza de un cuento pasa por lo poético”, dice Isidoro Blaisten, en sus Anticonferencias,  y coincido plenamente.

Para el cuento que da título al libro, unos versos de Wislawa Szymborska, fueran elegidos como epígrafe:

Soy la que soy,

casualidad inconcebible

como todas las casualidades.

 

Y sí, nada es casualidad, para Antología de Poesía universal, dedicado a todos los amigos y amigas de Hotel Kafka, por su lectura atenta y su cariño, los versos elegidos fueron de Pessoa:

No soy nada.

Nunca sé nada.

No puedo querer ser nada.

Aparte de eso, tengo dentro de mí todos los sueños del mundo.

 

Todos los sueños del mundo dentro de uno, son muchos, quizá las historias que cuenta Monedero, tienen mucho de ellos. “Hay grandes momentos en Manual de jardinería de absurdo feliz, instantes pletóricos de miseria existencial, una insatisfacción casi celebrada”, dice Almudena Sánchez en su reseña. Y no puedo estar más de acuerdo. Será que muchas veces uno se encuentra con que hay más  gente en la situación de uno «y se imagina a alguien con un estornino en el corazón.»

Y entonces uno se pregunta leyendo estos cuentos, cómo consiguió el autor mostrar la realidad de una forma diferente, y la respuesta quizás reside en esas metáforas surrealistas, de gran visualidad. Hay un gran virtuosismo, que Monedero despliega bellamente en cada frase, consiguiendo algunas imágenes de gran impacto estético. En nada exagera Matías Candeira cuando afirma que el libro tiene cientos de frases maravillosas.

Yo las conté.

Leyendo Manual de jardinería pensé en la obra de Cortázar, en esa originalidad que no es buscada por sí misma, sino que responde a la necesidad personal de encontrar respuestas a los planteos de la propia existencia, a una visión del mundo.  La escritura, el acto artístico en sí  como expresión de lo real, pero resignificado al explorar esa realidad, a través de la imaginación.


En la presentación del libro, Monedero compartió un texto que conmueve, como lo hacen sus cuentos y a mí me hizo pensar qué estaría haciendo mientras él escribía Manual de jardinería (para gente sin jardín). Segurísimo que hice otras cosas, todas legales porque mi profesión es la abogacía y escribir sí, claro, yo también escribo. Pero él escribía por entonces, además de series de televisión, cartas a su hijo que no había nacido, como hoy escribe las cosas que hace ese hijo que nació y cumplió un año y dos, y está por cumplir cuatro si la cuenta no me falla. Lo que no me es posible calcular es qué hacía yo, en el mismísimo momento que él escribía un relato donde un rebaño de humanos recorría Roma, aunque sí puedo afirmar que si en Madrid fue verano y fue invierno; en Buenos Aires inversamente fue invierno y después verano, y no me mudé a ninguna casa con piscina compartida, aunque en la mía, crecen bosques o plazas en los muros, y hay libros por todas partes. Como la teletransportación no existe, aunque alguna vez frecuenté alguno, no estuve en el taller literario, en el que estuvo él y conoció a Eloy Tizón, y poemas escribí algunos, mientras por su parte escribió un poema con un hombre sin un ojo y otro con un adolescente de Queens que se creía una poeta polaca, y un relato sobre Seattle que no era sobre Seattle.

Qué estaría haciendo yo cuando él compraba  fotografías casi tan antiguas como el mundo en El Rastro, vaya uno a saber, pero yo también leí poemas de Zagajewski. Sus cuentos y sus epígrafes, me hicieron recordar del poemario Tierra del fuego, uno en especial:

Antología

Por la tarde leía una antología.

Detrás de la ventana pacía nubes escarlatas.

El día había desaparecido en un museo.

 

Y tú, ¿quién eres?

No lo sé. No sabía

si había nacido para la felicidad.

O para la tristeza. ¿Para una larga espera?

 

En el aire puro del crepúsculo

leía un antología.

En mí vivían antiguos poetas, cantaban.


Fue una larga espera, pero fructífera sin duda, aunque hiciera el ridículo de diferentes modos, y no plantara ningún árbol, al tiempo que le quedaban muchas películas por ver y muchas canciones por escuchar, si al cabo escribió Diario de una mujer reunida de una sentada, para luego corregirlo de manera inversamente proporcional, durante muchas, muchas más. Cuántas cosas me habrán pasado mientras el papá de Diego escribía un relato y después otro, y en uno de ellos se le ocurrió que a lo mejor un hombre pensaba que la vida solo es una sucesión de lavadoras de ropa sucia y en otro alguien cambiaba el orden del universo y tenía un perro que se llamaba David o Goliat. Cuántas mientras terminaba el libro de relatos, lo envió, le dijeron sí, corrigió, volvió a corregir, comenzó a escribir una nueva película y decidía al fin presentar en Manual de jardinería en El olor de la lluvia.

Es que “la vida pasó, pasa y seguirá transcurriendo. Pero la literatura, fijará algunos de esos momentos, los rescatará del olvido y del polvo, los cobijará para siempre, porque quizá sea ese uno de los cometidos de la literatura: resguardar algunas cosas valiosas, retenerlas entre nosotros un poco más de tiempo para que el tiempo no se las lleve.

 Y ya está.”

Palabra, más o menos así, de Daniel Monedero, papá de Diego y escritor de un libro para emocionarse…ah, también guionista.

¿Quién es él? El mismo que escribe: “Esta es mi vida. Aquí está mi casa. Quién soy yo. No soy nada. Tienen razón los días laborables y estoy cambiando el orden del universo.”


Ediciones

Mi ejemplar es de la 3ra. edición de la Editorial Relee, Red Libre ediciones, de mayo de 2016, y es sencillo de comprar por correo electrónico. Relee, de la mano de Isabel Cañelles y Eloy Tizón, apunta a la formación de escritores, y edición de sus obras, con un criterio corporativo.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Pin It on Pinterest