Lo que más alegría me da es ser entendida

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Lo que más alegría me da es ser entendida

Muchas veces pienso en la diferencia horaria, desde distintas perspectivas, el resultado es considerar fantástico que otros vivan cuatro, cinco, nueve o más horas, adelantados, por decirlo de alguna manera. Es que para las buenas noticias, es muy bueno, como nos pasó con Elvira, cuya respuesta llegó cuando aquí era de madrugada, y resignificó el arranque de ese día, dejando de ser cualquiera.

“Encantada! Mandadme vuestras preguntas y una dirección de mail. Un abrazo”, nos escribía. Con la misma sencillez y pura autenticidad, nos aventó toda duda, al ver que las respuestas no llegaban. Cuando los días empezaron a correr y volvimos a escribirle, para saber si podíamos seguir esperándola, nos respondió: “Siiiii. Es que estoy en México. La semana que viene sin falta. Siiii”. A la semana, teníamos el reportaje.

Como le decía a ella misma, al iniciar la nota, no soy la entrevistada, por eso no voy a contarles más que lo que viene a cuento y nos llevó a querer entrevistar a muchos de por allá y a ella en particular. Ambas nacimos en 1962, pero yo vengo de los barcos, esos en los que viajaron mis abuelos gallegos, cruzando un océano, para venir a esta América desconocida que después de tanto, sigue queriendo y no puede.

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Carpazas, Orense

Crecí escuchando una lengua que era y no era mía, y fue al cumplir 40 años, cuando me asomé por primera vez al hórreo donde mi abuelo se escondía para sortear el rigor del invierno en la montaña, que supe de dónde venía mi nostalgia. Al cabo, los caminos se invierten, mi hijo mayor y su esposa viven en Barcelona, él volvió a la tierra que sentimos también nuestra, graduado en sistemas, por un contrato de trabajo, honrando la mejor herencia que podrían habernos dejado, la del sacrificio y el esfuerzo sin dejar de soñar. Es que todo lo que se desea, puede realizarse, si nos aplicamos. Por eso la rueda sigue girando, vamos de allí para acá, sabemos qué pasa en cada lugar, tenemos amigos, vamos de visita y vienen, y cada vez, me pierdo por las librerías para buscarlos. Y por la generosidad que nos demuestran, acá tenemos otro reportaje para disfrutar.

Un reportaje a Elvira Lindo, o Lindo Garrido,  ya saben todos que los españoles llevan doble apellido (por dónde se vendrán a enterar algunos que en mi pasaporte colorado soy Rey López), escritora y periodista, y mal que le pese, la creadora del entrañable, Manolito Gafotas, que le dio nombre a su primera novela de género infantil, construída en torno al personaje radiofónico homónimo, que ella misma interpretaba en la radio, en los ´80. Este niño madrileño, nació literariamente en 1994, y se convirtió en un popular y clásico de la literatura infantil española, protagonizando una serie de novelas de un peculiar estilo literario, mezcla de humor, ironía y una mirada socialmente crítica.

Si bien abordó el periodismo, la novela para el público adulto, y el guión televisivo y cinematográfico, no dejó de lado al personaje, que fue creciendo, desde aquélla primera entrega, hasta “Mejor Manolo”, en 2012. En Mégara queríamos saber de ella, un poco más. Los invitamos a que disfruten como nosotros, de todas sus respuestas.


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Foto de David Herranz

M. Elvira, ¿cómo estás? En Don de gentes, recopilación de parte de tus columnas semanales de El País, se llega a vos después de un sensible prólogo de Juan Cruz Ruiz. Él dice algo que yo siento también: “Leerla es verla mirar”. ¿Esa visualidad que lográs a través de tu escritura es producto del trabajo en la crónica periodística o sencillamente un don o talento?

Creo que nace de mi manera de ser, siempre he tenido una mirada muy directa y he estado muy interesada, de manera a veces obsesiva, en lo que me rodeaba. Desde niña. Creo que elegí la profesión que le iba como anillo al dedo a esa curiosidad. Si no hubiera sido cronista y escritora algunas personas me hubieran considerado una entrometida, pero el periodismo me dio la excusa perfecta para entrometerme en vidas ajenas y entrar en las casas de los personajes sobre los que iba a escribir. Porque yo no soy en absoluto cotilla, no me interesa la vida del otro para contar luego un chisme; lo que siento es una fascinación por los seres humanos, y de eso va siempre lo que escribo.

M. El personaje de Manolito, nació como una forma de dejar hablar tu vida interior. Dijiste alguna vez que era fruto del ejercicio de colocarte en la situación de la niña que fuiste y dotarlo de esa forma de vida propia, aún con las diferencias que los separaban, desde el sexo hasta la clase social. ¿La voz que le diste, esa capacidad grande para jugar con el lenguaje, tenía que ver con tener más libertad para decir aquéllas cosas que suelen incomodar si provienen del mundo adulto?

Manolito, como bien dices, me dio mucha libertad, y esa libertad fue mayor porque fue un niño y no una niña. A un niño le pude atribuir todos los defectos que quería, si lo hubiera hecho con una niña me hubiera acarreado más problemas con la corrección política. Manolito soy enteramente yo, como me recuerdo de niña, aunque no concuerde el género ni el tipo de família, pero mi alma está ahí, enteramente, desnuda.

M. Viviste la transición en España, de una dictadura militar al nacimiento de un país moderno, ¿cuál era tu visión del país durante la infancia?, ¿por qué fue muy nómada como has contado, de colegio en colegio y de pueblo en pueblo?

Yo viví muy sumergida en una infancia muy intensa: familia numerosa, traslados, épocas en el pueblo de mi madre, muchos tíos, muchos primos. Recuerdo mis primeros años como una época de gran libertad, lo que parece una paradoja porque aún no se había muerto Franco, pero a mí la dictadura no me afectó en el día a día. Mi padre no era creyente, mi madre no era muy religiosa, y no tuve una educación religiosa tampoco. Cuando tenía nueve años mi madre enfermó, enfermó seriamente, así que la vida familiar era demasiado intensa para tener una percepción del exterior. Además se puso enferma cuando vivíamos en la isla de Mallorca, que gracias a los turistas había relajado las costumbres muchísimo.

Al llegar a Madrid, yo contaba 12 años, y empecé a respirar, enseguida, la oposición al franquismo. En mi barrio, había una asociación vecinal con mucha fuerza y muchos jóvenes se afiliaban al Partido Comunista. Yo también, a los 15 años. Luego he visto, he sentido, he comprendido cómo les afectó el franquismo a mis padres. Creo que fue la generación más castigada: la de la posguerra, y eso me hace observarlos con comprensión y ternura y entender algunos de sus comportamientos.

M. ¿Cuáles eran tus lecturas de entonces y las de hoy?, ¿existen preferencias y prejuicios? ¿Cuál era tu concepto del canon literario, al comienzo de tu carrera, y cuál es hoy?, ¿en qué varió con los años?

¿De entonces? ¿De mi niñez? Es que me siento incapaz de abarcar mi vida entera. En mi niñez leí de todo, tuve acceso a las bibliotecas del colegio y de mi barrio, y leí clásicos y las series de Enyd Blyton y esas cosas. Fui una niña muy lectora. En la adolescencia pasé directamente la literatura de adultos y leía lo que iba leyendo mi hermana, cinco años mayor que yo. Ella leía mucho y acabó estudiando filología hispánica. Para mí fue estupendo en ese sentido tenerla como hermana mayor. También leía los novelones que leía mi madre, tipo los de Pearl S. Buck. Sentía que la lectura me hacía adulta e independiente. Nunca he tenido un canon. He sido caprichosa y he ido de una época a otra, sin problemas ni prejuicios.

20161023_001205-2_resizedM. ¿Qué te dio Manolito y qué te quitó?. De tu quehacer y tu obra, ¿es la creación que te dio más satisfacciones o te has sentido alguna vez prisionera de ella?.

Me dio mucho. Muchos lectores, estabilidad económica, y a veces, claro, sentía un poco de aburrimiento al tener que hablar de él, porque yo creo que el personaje se explica por sí mismo. Jamás quise quedarme como la autora de Manolito. Sé que es lo más popular pero me interesan igualmente otros proyectos.

M. “Escribir es mirar, o la excusa para mirar”, dijiste alguna vez, casi ensayando una justificación a tu curiosidad, ¿seguís teniendo la mirada curiosa de una niña, que busca descubrir, o te ha llegado la edad de mirar desde lo que ya conocés y te ha hecho perder ingenuidad y frescura?

No he perdido frescura, creo que no, aunque estoy convencida de que escribo mucho mejor ahora, como si fuera al fin dueña de un estilo. Soy una mezcla que puede parece extraña de ingenua y perspicaz.

M. ¿Te sentiste alguna vez extranjera?, ¿dónde? ¿Cuál era el sentimiento?.

Claro, me sentí extranjera en el pueblo cuando llegaba de la ciudad; me sentí extranjera cuando llegaba a un colegio nuevo y esa situación se dio muchas veces, y me sentí muy extranjera en NYC.

M. Le pregunté a Rosa Montero algo que voy a repetir con vos. ¿En qué consistió la peor crítica que te hicieron como escritora? ¿Te hizo superarte en aquello que te criticaban, o por el contrario, persistir?

Más que una mala crítica me dolió que me trataran en alguna ocasión con condescendencia: por ser mujer, por ser esposa de un escritor célebre (nota de M: Antonio Múñoz Molina), por haber escrito humor o libros para niños. Yo lo percibía y me irritaba mucho.

M. “Una palabra tuya”, hoy, después de “Lo que me queda por vivir”, ¿la seguís considerando tu mejor novela?.

Yo creo que “Una palabra tuya” es una novela tragicómica, y eso es meritorio, porque es un género muy difícil, encontrar el tono que va de la risa a la emoción es complicadísimo. La mejor novela que he escrito es “Lo que me queda por vivir”, no me cabe duda alguna.

20161022_233735-2_resizedM. No haber hecho concesiones con el personaje de Manolito, mantenerlo en su lugar, aggiornado a los tiempos que corren pero en la exacta proporción, como se advierte en “Mejor Manolo”, ¿es parte de una ética profesional? ¿o responde al sentimiento de que te estarías traicionando a vos misma, de alguna manera?

Es un gesto de fidelidad hacia el personaje. Manolito tiene su encanto tal y como es, no quiero cambiarlo.

M. Como vos, voy con mi cámara de fotos a todo viaje, y en el cotidiano mi teléfono móvil permite capturar todo lo que llama mi atención. ¿En esta era tan digitalizada, rescatás algunas fotografías que te parecen merecedoras del papel, para tenerlas a mano?. “Otorgarles la dignidad de lo que merece guardarse”, recuerdo haber leído que dijo Raquel Garzón, en alguna crónica suya.

Ojalá fuera más ordenada e imprimiera fotos y las pegara en álbumes, pero soy más bien vaga para eso.

M. Viviste once años en Nueva York, y leí que tu regreso a Madrid lo sentís de alguna manera como una puesta en cero, o un comienzo. Pensaba en lo que dice Joan Didion: “Es fácil ver el comienzo de las cosas, y más duro ver sus finales», ¿es por ese motivo o porque regresar es comenzar de nuevo?. ¿Qué perdiste estando lejos?, que es lo mismo que preguntarte si hay algo que ya no encontraste al volver.

Estando lejos mi padre me perdió a mí en parte, me hubiera gustado acompañarlo más en sus últimos años. Estar lejos me sirvió para ser más independiente y más tolerante. Creo que soy mejor en muchos sentidos, humano y literario, por haber vivido lejos.

M. En “Noches sin dormir”, decís que el tono confesional está guiado por la íntima convicción de que tu vida no le interesa a nadie. ¿Sentís que de alguna manera la distancia consiguió vencer el peso de la mirada ajena?.

Bueno, ahora es casi imposible, porque en el mundo que vivimos nunca te acabas de ir del todo, y te enteras hasta de lo que no quieres enterarte. Tiene su parte buena: estás más cerca de los tuyos. Pero sí me hizo más libre. Me atreví a ser otra mujer que estaba ahí, dentro de mí, y que no me había atrevido a sacar de paseo.

M. A propósito de él, dijiste que no querías ni un diario cultural ni intelectual. Leí: “Quería que fuera mi voz. Una voz baja que mezcla melancolía, ironía, ideas, historias y humor», ¿de verdad no sos conciente de que ese es el registro de tu voz, la que nos acompaña desde hace tiempo?

Ojalá que sea así. Lo que más alegría me da es ser entendida. El sentir que se me malinterpreta me pone enferma. Mi tono es ese, sí.

20161023_001308-2_resizedM. Y llegamos al final, a la última pregunta, con la convicción de que en todo final está el germen de un nuevo comienzo. Elvira, cómo hacer para “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”, como dice Italo Calvino, en Las ciudades invisibles.

Eso es lo más difícil. Para escribir, al menos yo, he de sentir ese reconocimiento, sentir el impulso de contar algo. Si no es así, la cosa no funciona. No quiero sentirme profesional sino siempre amateur. Y ahora hay algo que siento que estoy encontrando y que merece la pena que sea escrito, aunque luego sólo lo lean amigos fieles como tú.


Cuentan que su marido le repite con frecuencia: “Das la impresión de pasártelo de puta madre en la vida y eso no lo vas a cambiar”, y no estoy tan de acuerdo. Es que todo depende del entre líneas. Será por todo lo que excede este reportaje que habla de ella y no de la entrevistadora, que descubrí que la he interpretado muy bien, desde la primera lectura que hice de ella. “Me paralizaba ese terror que hay aquí a lo sentimental”, dijo ella en alguna ocasión, y sin duda el humor le permitió disfrazarse un poco, sin dejar de ser ella.

Una mujer cuya voz es auténtica, tal como se percibe en cada una de sus respuestas, que creció finalmente, sin perder frescura y que ya no necesita de la aprobación de los demás. Una escritora que trascendió a su personaje emblemático, y que alcanzó su madurez con su novela más personal, “Lo que me queda por vivir”, donde la realidad y la ficción se confunden. Tanto que ella misma contó en alguna entrevista que las primeras cuatro páginas de un capítulo llamado “El huevo kínder”, fueron escritas de un tirón y guardan relación con un hecho cotidiano que vivió junto a su hijo cuando era pequeño; aunque Antonia, la protagonista del libro que lleva el nombre de su madre, no sea Elvira, pese a ser ambas periodistas y trabajar mejor bajo presión. Es que ella superó cualquier confusión, y alcanzó la seguridad, alentada por sus íntimos a escribir lo que siente, sin miedo alguno.

Para Miguel, por supuesto”, escribió en la dedicatoria. Miguel es su hijo, Miguel Sánchez Lindo, ilustrador de la portada del libro, que al leer aquéllas páginas le dijo: “No sé lo que piensa el personaje de la novela, pero no ha habido una madre que me quiera más que tú”. En Mégara decimos que hay algo que está por encima del estilo, el gusto personal, los géneros y las modas, y es la autenticidad.

“Recuerdas mi mano, la mano de tu madre, la mano que nunca se olvida, como yo no he olvidado la mano de mi madre, ese tacto que mi memoria ha logrado conservar entre tantos recuerdos perdidos. Recuerdas a tu madre, me recuerdas. Tu madre, firme, dura, poderosa como una roca, así me recuerdas hoy para mi asombro. La madre en la que confiaste ciegamente, aunque no lo mereciera”, escribe Elvira que cuenta Antonia, que no es y es ella, que es mucho más que la creadora del inefable Manolito gafotas.

«Era más huérfana ahora que a los dieciséis años, aunque fuera en aquellos días de mármol literario cuando acababa de morir mi madre; más vulnerable también por haber crecido sin madurar, aplazado el duelo de orfandad casi una década, un duelo que la rabia o el rencor habían contenido hasta encostrarlo en algún lugar del corazón. La desprotección se me hacía evidente siendo ahora yo la que debía proteger a una criatura de tres años», cuenta Antonia, que no es y es Elvira, la que encontró su voz en la de ella.

Gracias Elvira, desde mi corazón sin costras. Gracias por la fidelidad a tu personaje que es la fidelidad a vos misma, por haber vencido el pudor y logrado transmitir las cosas dolorosas de la vida, con humor nostálgico. Por haberte atrevido en definitiva a escribir sobre lo sentimental, superando el miedo.

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Foto principal de Patricia Campora, gentileza de nuestra entrevistada

3 Comments

  1. Esperanza dice:

    Gracias

    • Esperanza dice:

      Gracias por la entrevista a Elvira Lindo. Me encantó la entrevistadora también. Será por gallega… como yo. No sé.

      • Sandra Patricia Rey dice:

        Esperanza, gracias de corazón, ese sin costras, a esta altura. En mi nombre y en nombre de Mégara!. Orgullosa de mis raíces, me encanta encontrar otra gallega por aquí!!

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