Leer y escribir (sobre) lo que se me da la gana

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Leer y escribir (sobre) lo que se me da la gana

“Puedo pensar lo que se me da la gana, ponerme lo que se me da la gana, elegir a los amigos que se me da la gana y así de seguido; lo más importante, claro, es escribir lo que se me da la gana, sin que me importen un corno la moda, las tendencias o el mercado”.

Esa declaración de principios la formuló Angélica Gorodicher, nacida en 1928[1], y me dio el pie para arrancar esta nota de opinión sobre quién dice qué leer y qué escribir, o qué resulta interesante e imprescindible; o en la contracara, aburrido o desechable para dos actos tan personales. Será por inspiradoras, que las palabras de la Gorodicher, cuando ya tenía una idea bastante redonda para escribir sobre la tradición oral, el origen del relato y su explicación a través de los mitos, y así llegar a la relación entre los viajes y las historias que se leen o escriben (mito de Ulises), o la investigación como punto de partida (mito de Edipo); me hacen desviarme, algo que no es extraño que pueda pasar en Mégara y terminar hablando de peras y naranjas, aunque no puedan creerme.

Es que cuando iba a rehacer el mate para disponerme a escribir, encontré vacía la azucarera y al buscar el tarro grande, un resto flaco en la bolsa y al estirarlo, descubrí que traía recetas. “Chango premium, con recetas de Osvaldo Gross, ideal para repostería, cristales extrafinos”. ¿A quién se le ocurrió incluir recetas en bolsas de azúcar?, podría ser el comienzo de una investigación que a su vez inspire un relato sobre una señora obsesiva que coleccionaba recetas y las guardaba en una bolsa especial, que al abrirse esparcía el olor de la receta que por eso mismo, se podía elegir con los ojos cerrados. Pero también podría suceder que esa anécdota chiquita, te hiciera viajar a Génova, donde está la mermelada de peras casera más rica del mundo y una persona a la que querés mucho, que estudió repostería.

Así es que los temas principales que giran en torno a la lectura y la escritura, tienen que ver con la relación entre realidad y ficción, entre vida y literatura, que están presentes en las discusiones más sesudas y en las de café, y desde el Quijote para acá, en los grandes clásicos universales. Como ese poema eterno llamado Odisea, que narra el regreso a casa de Ulises, después de la Guerra de Troya; texto que para Borges era un libro infinito porque en él “algo hay distinto cada vez que lo abrimos”. Es que el héroe griego estuvo diez años luchando y tardó otros diez en regresar a la isla de Itaca, mientras Penélope lo esperaba, y para llegar tuvo que enfrentar problemas y más problemas, por designio de los dioses, que conseguía salvar con discursos audaces y no exentos de engaños.

¿Habrá sido el primer narrador entonces, un viajero, como Ulises?, ¿alguien que se aleja de su mundo conocido para conocer otros lugares y que al regresar, trae historias de lo que ha visto o escuchado?.

Es que si tratamos de enterarnos del comienzo de la historia de la narración literaria, nos encontramos con que los grandes cuentos de la literatura universal, proceden de la tradición oral, y en definitiva, si de escribir se trata, aquéllas historias escuchadas se convierten luego en literarias y se confunden.

“Los años pasan y son tantas las veces que he contado la historia, que ya no sé si la recuerdo de veras o si sólo recuerdo las palabras con que la cuento”, dijo alguna vez un escritor nuestro (sí, Borges de nuevo).

Una misma historia contada por alguien distinto, se vuelve otra cada vez, y fijada literariamente, asegura libros y libros para escribir o leer.


[1] extraído del Ñ del 20.8.2016, pág. 18Ñ, “Libertades que da el estilo tardío”, de Osvaldo Aguirre

1 Comment

  1. Silvina dice:

    Cuantos disparadores. Me encanto el que emerge de la bolsa de azúcar! Y por qué, no?
    Lo esperoooo

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