La vuelta al día

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La vuelta al día

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En varias entrevistas o reportajes, don Hipólito G. Navarro, repitió que el cuento es para lectores cómplices; entonces yo, después de haber dado dos vueltas completas a la lectura de su bienvenido libro del regreso, me siento una lectora hecha y derecha.

A esta altura, hay muchos que descubrieron que lo mío para reseñar, no tiene que ver con copiar y pegar lo que rezan las contratapas, sí con lo que siento, con la pulsión de la lectura. En ocasiones, la de hace ya mucho tiempo, o la de apenas un momento atrás, como me pasó hoy mismo, antes de desmoldar un flan y quedarme en suspenso, en un día en el que estaba para cosas sencillas. Para volver a algún pasaje, línea o palabra que me conmovieron, o hicieron recordar o sacudieron cualquier estructura, que aún pudiera resistir ante ese acto tan íntimo y profundo que es leer.

También señaló el hombre, que a menudo experimentó el miedo de si su trabajo interesaría.

-Joder…las pavadas que una tiene que leer, para reseñar a este tío, podría escribir. Prefiero decir que leyendo los veinte mundos del onubense y su último round, La poda y la tala de los árboles frutales, comprobé finalmente que en el mundo hay más gente rara que una; esa que procura apartar de sí el mal gusto de querer coincidir con muchos, como dice la cita de Nietzsche elegida para dar inicio al libro, por el amigo de nombre mitológico, el que quizás tuvo algo que ver en su destino.

“No puedo decir que mis obras sean profundas, pero sí que son delicadas y raras”. Lamento no estar de acuerdo con él. Desde Las medusas de Niza (que fue el primer libro suyo que habitó mi biblioteca, ahora desarmadas en La vuelta al día, para volver a su forma embrionaria), pasando por El cielo está López, Lester, Los últimos percances o la antología El pez volador, por citar algunas; sus obras son delicadas y raras, es cierto, pero además, profundas y elevadas, según como se mire, o se sienta.

Cuentan que sin el empeño, la convicción y el ángel de su editor, Juan Casamayor, no hubiéramos podido dar la vuelta a esta veintena de mundos exquisitamente agrupados, ni dejarnos noquear en el último asalto, sin posibilidad alguna de defensa, con la guardia baja como la traíamos.

Es que la arquitectura del libro, su arquitextura como la nombró el autor, es precisa y preciosa, desde el fantástico (odioso lo llama don Hipólito G. Navarro y yo podría decir de nuevo: -Joder, este tío) texto de introducción al que fue conminado por el encantador de olas, cuando ya se habían tomado todo el té que había en el Hotel Inglaterra, encerrados allí para lograrlo. Sí, desde la primera línea de ese prólogo de lujo, hasta el último round; el combate es totalmente desigual. Ante la fuerza del adjetivo exacto y la belleza del acabado perfecto que consigue sin esfuerzo (como debería procurar cada artista, según él mismo cuenta en La nota azul), el lector lleva las de perder.

El libro existe, gracias a la insistencia de quienes lo quieren bien, pero sin duda “a alguna clase de nostalgia o de vaga, inocente ilusión”.

La nostalgia, que a veces es ancla y otras, alas; es parte de mi herencia y fácilmente reconocible por certera y previsible en algunas ocasiones, como por ejemplo, cada 30 de noviembre. En el que en este hemisferio se fue recién nomás, mi padre hubiera cumplido 93 años y yo volví a preguntarme cómo soportar tener más edad que la que él tuvo alguna vez. Es que a veces no sé cómo hacerlo. Es como dice Isidoro Blaisten: “Sólo los chicos creen. Pero los chicos crecen”, y yo crecí sin él. Por momentos me enoja su ausencia. La añoranza de lo que no pudo ser. Así que en esas estaba cuando terminé de dar una nueva vuelta al día, y de mundo en mundo, regresando por momentos a los Doce años en barbecho, escritos a modo de introducción o prólogo; pensé que la reseña era un buen modo de celebrar a mi padre.

En esa estructura muy sopesada que consiguió G. Navarro, el hombre cuyo trabajo en el Boletín oficial de Sevilla, lo obliga a ser escrupuloso y metódico, según reconoció alguna vez, y del que valora su efecto paradójico, ya que permite que su mente “se dispare hacia mundos opuestos a los decretos, las normas y la jerga oficial”; el libro reconoce cinco secciones.

La primera es “Ángeles de la guarda” y bien podría haberse titulado -según confiesa-, “Pórticos sacados de paseo”. Son cuentos que tienen que ver con recuerdos de infancia, y con los ángeles que lo han guiado; todos aquéllos que no fueron pocos y lo ayudaron a “escapar de un mundo gris bastante oscuro y de volar muy lejos y muy alto, de viajar”.

A esa sección, le sigue “En el fondo de la memoria”, con esos inefables seis cuentos que tratan nada más ni nada menos que de la alegría y la felicidad. Quien escribe no podrá agradecer lo suficiente que don Hipólito haya decidido correr el riesgo.

Son inefables todos y cada uno de ellos, aún el drama de Las estampas del timo, con esas asociaciones que realiza de un modo lúdicamente poético, pasando de las moscas de Machado, a los versos más tristes del capitán. Como solo puede conseguir la maestría de quien luce orondamente una ge con su punto entre nombre y apellido. “Una incógnita venial para que el mundo se entretenga en insustanciales averiguaciones”, como escribe en Verruga Sánchez, y a propósito de la sinuosa ese con que esconde su apellido el protagonista de ese cuento.

“Los artistas cautivos” viene a ser una sección de reparación justa y definitiva, algo así como un “chau Medusas”, si alguien ha visto o leído una novela del biólogo, sí, es biólogo el hombre del punto ge… no, no… quiero decir, el hombre del punto entre la inicial del González, su primer apellido y el otro, el Navarro de su madre, que lo regañara por Los últimos percances, desde la cama donde terminaba sus días, al tener a la vista el primer ejemplar. Eso fue doce años atrás, a finales de septiembre de 2004 (año en que murió mi madre, y habrá quien cree en las casualidades).

Le sigue a las medusas devueltas a su ser primigenio (es que el hombre no vive del cuento, pero vive para el cuento), “Cuidado con quién se junta”, un homenaje a la amistad, y en especial a su querido amigo Manolo López (como yo en mi pasaporte colorado), porque en definitiva son historias que tienen que ver con la inspiración ajena.

Y la última sección es ”La vuelta al día (texticulario íntimo para incondicionales)”, cuyos cuentos vuelven sobre todo lo que anda y desanda con una profunda sensibilidad, no exenta de humor y nostalgia: la propia historia, la memoria, el dolor, la amistad y el amor; para llegar, entonces sí al noqueo del último cuento.

La poda y la tala de los árboles frutales, es en cierta forma, un modo de celebrar a su padre. Todo lo que allí se nos cuenta,  guarda relación con un manual suyo, único libro que había en la casa familiar.

“A mí él no me dejaba tocar ese libro, sólo podía verlo sentado en sus piernas. Él murió alcoholizado, en una muerte que fue casi un suicidio, y después de eso mi madre quemó todo lo suyo. Ella me dejó sin ese libro, y a veces he pensado que me dediqué a la literatura porque me quitaron lo que mi padre decía que era lo más importante, un libro”.

Así lo cuenta en distintas entrevistas y conmueve, sin golpes bajos. Al terminar la lectura, nos damos cuenta que nos noqueó con la despojada belleza que hay en el desamparo.

Como seguramente en el contexto de esta reseña, se entenderá alguna libre asociación, recuerdo que en Rayuela, que es un juego de niños que se puede jugar de grandes también, en el que de salto en salto, se puede llegar al cielo, el admirado por Hipólito G., Julio Cortázar, dice que “Hay ausencias que representan un verdadero triunfo”.

Todo el día, pensé en la imagen del niño sobre la falda de su padre y el descubrimiento de ese libro, atesorado en su encierro. Hizo que recordara el grito de mi madre, el sonido estridente del teléfono justo antes, aquella tarde de un domingo de Ramos; y a mí, con nueve años, sentada en la escalera de mármol negro. Allí, de cara a la puerta abierta que daba al largo pasillo de mi casa. Esperando que alguien llegara, que me dijera una palabra, que me estrechara en sus brazos. No recuerdo cuántas horas estuve allí sentada. Sí recuerdo mi sombra proyectada hacia delante, volviéndome grande.

“Con toda esa tragedia, si lo miras bien, mi padre me regaló mi trayectoria posterior. ¿Qué sería yo sin todo aquello? Pura cáscara, puro humor. Hoy siento agradecimiento por el dolor de entonces, pero he tardado mucho en descubrir eso. A su modo, mi padre me dio un futuro, una herencia más grande que cualquier tierra”.

Lo dijo Hipólito González Navarro, y no se me ocurre decir más. O sí, no dejen de dar la vuelta al día, una y otra vez.


Ediciones

Con Las medusas de Niza en la biblioteca, o sea, con la única traición que Hipólito G. Navarro hizo a mi género predilecto, al ir leyendo sobre La vuelta al día, la tentación de leerlo fue grande y lo imité. Traicioné íntimas convicciones y renuncié a mis placeres más íntimos,  hacer respirar el libro sobre mi pecho, quedarme dormida con él, acariciar su tapa, detenerme y detenerme sin empacho, llenarlo de pegatinas que me permitieran volver a una cita, una frase o una palabra, como desesperados guijarros al mejor estilo de Gretel; con tal de leerlo.

La primera lectura fue en formato digital, comprado el volumen por internet, y el libro papel lo compré en la misma Casa del Libro, con otros libros urgentes; los cuales viajaron por Iberia en la valija de un emisario dilecto, mi hijo del medio que regresaba de visitar a su hermano mayor.

Es de la primera edición de la Colección Voces/Literatura de la Editorial Páginas de Espuma, de octubre ppdo., y “se terminó de imprimir el 14 de septiembre de 2016, intentando a toda costa que no se terminara de imprimir el día anterior. Por si las moscas”.

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