La acústica de los iglús

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La acústica de los iglús

La gente se duerme en los aviones, sin pararse a pensar siquiera en lo milagroso que es ir volando por el cielo más alto que las nubes”, escribió la escritora inglesa Annabel Pitcher; y yo lo recuerdo.

¿Y por qué lo recuerdo? Yo no sé si ella se duerme en los aviones, pero si se duerme, seguramente, sueña.  ¿Y por qué digo esto si no sé en realidad si es así como lo estoy diciendo?

Opción 1:

La conozco desde hace mucho tiempo y somos muy amigas y ella me confió que cuando viaja en avión y ve a la gente, no puede creerlo. No puede creer que ronquen desacompasadamente, que en posiciones incómodas, despatarrados como se los ve, pierdan la compostura; y desperdicien la posibilidad de trazar su línea imaginaria.

Opción 2:

No la conozco, pero la leí, la releí y recordé, conjugación del verbo recordar; recordar que viene del  latín re-cordis: volver a pasar por el corazón. Y la volví a leer, sí, para afirmar sin haberla entrevistado aún, que ella no se duerme en los aviones, y si duerme es para soñar, para seguir allí. “Seguir allí, en el concierto de mis sueños, viendo al público abandonar la sala, abandonar los sueños. Al público no le gusta el espacio ilimitado y observo como abandonan la estancia con desaprobación.” (Págs. 118/119).

Opción 3:

Voy a escribir una reseña, un acto de justicia poética merecido para quien lo apreciará mucho más que unos bombones, que siempre o algunas veces “tienen algo de disculpa anticipada”. Una reseña sin límites, sin fórmulas preconcebidas, sin clichés que suenan a chicle, sin echar mano a la contratapa, lejos de la envidia y la maledicencia que abundan, nada pretenciosa y muy honesta, alejada del agujero negro “a través del cual surge (y siguen surgiendo) cientos de líneas sin parar: alborotadas, rectas, paralelas, entrecortadas, líneas divisorias, todas las noches.”(Pág. 115).


La acústica de los iglús, es el primer libro de cuentos de Almudena Sánchez, que nació en Palma de Mallorca, la primera de las Islas Baleares, en 1985 (el año en que nació mi hijo mayor); y quizás, se me ocurre, volvió a nacer, cuando tomó la decisión de comerse el mundo. La decisión de escribir, será agradecida por los lectores que la elijan, lo aseguro. En alguna entrevista, al preguntársele cuándo supo que se dedicaría a escribir, no dudo en afirmar que fue desde el momento en que pisó un hospital. “Antes era consciente de que quería escribir, pero no era capaz de materializar el deseo. Allí me di cuenta de que tenía que escribir algo, lo que sea.”

Ella, que reseña libros y realiza entrevistas en Libros Instrucciones de Uso y en Ámbito Cultural, que fue incluida en la colección “Bajo treinta, antología de nuevos narradores españoles” (de Salto de página), y obtuvo el I Premio de Cuentos Tres Rosas Amarillas; no forma parte de colectivo alguno, ni sociedad o club, pero escribe. “Todo lo que tiene que ver con el corazón humano. Lo que nos entusiasma y nos rompe”.

Ella, que también escribe sobre la enfermedad, la soledad, la inutilidad y las despedidas; se maneja en las redes, con la serenidad y la afabilidad de quien ha aprendido mucho; sin alarde, sin ruido.

     “Las cosas que hacemos solos, en casa, en el hospital, en un manicomio, no son tan raras. Al contrario: parecen raras. Porque estamos solos y nos miramos mucho al espejo, para vernos, subrayarnos y mandarnos un mensaje corporal:

    Que seguimos ahí, definitivamente, solos y vivos.”

Ella, que no hace alarde alguno, escribió porque sabía que tenía que hacerlo y el resultado es el de una prosa poética, profusa en imágenes, sensaciones y sentimientos; que no naufraga en el intento de escribir buena literatura, como la que le gusta leer, todo lo contrario.

Y si uno comienza por imitar aquello que admira, es inevitable recordar que el primer libro que la marcó de verdad, fue “El ponche mágico” o “El ponche de los deseos”, del autor de “La historia sin fin” o “La historia interminable”, ¿se acuerdan?, Michael Ende, uno de los autores de literatura infantil y juvenil más importantes del pasado siglo XX; cuya obra superó el genio artístico de su padre, el pintor surrealista Edgar Ende, pero sin duda se vio influída. No solo el libro preferido de Almudena, esa novela mágica, gótica y oscura, con toques nonsense, publicada por primera vez en 1989, lo convirtieron en un escritor de culto; también otros títulos, como el volumen de cuentos, “El espejo en el espejo”, dedicado a su padre e inspirado sin duda en sus pinturas.

Composición dibujo de Mégara, sobre fotografía de la autora

“Mi existencia es incomprensible y ridícula. Pero nunca estuvo a mi alcance poder elegir otra. Uno no deja de ser quien es. La libertad existe siempre sólo en el futuro. En el pasado ya no se puede encontrar. Nadie puede escoger otro pasado”. (De “El espejo en el espejo”)

“La acústica de los iglús” saca brillo a la basura del mundo, que incluye algunas críticas ligeras, no solo por carecer del rigor que debería tener toda opinión, sino de sensibilidad para con ella; una escritora joven, sí, y es sabido que a veces ser joven y talentosa, es un defecto para algunos. En el mundo propio de A. S., el nonsense como figura literaria, está presente; hay digresiones y transgresiones, y como resultado de su búsqueda personal, en el camino a encontrar su voz, no se queda en la metáfora (algunas tan bellas), más bien todo lo contrario. En Introducción al relámpago, se encuentran unas cuantas explicaciones y respuestas.

“Siempre he imaginado el espacio-tiempo como un caballo corriendo por la Luna, en vez de imaginarme a un hámster en su pegajosa ruedita (…) Una crece y está necesitada de relámpagos. Una crece y decide enmarcar cosas importantes (…). Una crece y enmarca a sus tíos y a sus padres y a sus abuelos. Y también enmarca a sus amigos, que luego cambia  por otros amigos, ni mejores ni peores, sin plantearse muchas cosas, porque sería agotador, un adiós inabarcable (…) Y otras veces enmarca a personas que nunca ha conocido, pero que le emocionan más que personas que sí conoce. Nick Cave o Rainer Mara Rilke. Un cocodrilo llamado Felisberto.” 

Hay protagonistas adolescentes o en la primera juventud, enfermedades y madres que cuidan, primeras veces, música, abandono y huídas; hay cosmos y atmósferas, reales e irreales,  adultos que han visto pasar la vida sin ver un eclipse. Todo se tiñe de nostalgia y a vuelta de página puede salir el sol que ilumina y da vida; la escritura de Almudena nos acerca su mirada del mundo, a través de un caleidoscopio abandonado en el interior de un iglú.

Hay tantas imágenes, tanta sinestesia en ellas, que la primera lectura es como una pasada de fotografías; cuando volvemos a leer, nos detenemos y percibimos lo que está detrás de cada una; al leer una vez más, sonreímos como quien encuentra el sentido en el sinsentido, al encajar la última pieza del rompecabezas.


Ella, que si no hubiese sido escritora, le hubiera gustado ser nadadora profesional (“Yo quería ser como él. Nadar eternamente como él. Sumergirme tantos minutos como fuera posible debajo del agua”); la misma que respondió que los tres libros que salvaría de una inundación, serían: “El ardor”, de Nabokov, los “Cuentos reunidos” de Clarice Lispector, y “Técnicas de iluminación”, de Eloy Tizón; necesita el silencio de la noche para escribir.

Uno de los enmarcados por la protagonista del último cuento de “La acústica de los iglús”, Rainer Maria Rilke, en Cartas a un joven poeta, invita a todos aquellos que sientan de un modo u otro, la llamada de la poesía, o de la escritura, o del arte en general, a buscar la motivación en su yo más íntimo. Volverse sobre sí misma es algo que debe haber aprendido a hacer muy bien Almudena, durante sus años difíciles. “Últimamente pienso mucho en la adolescencia. Es un tema que me obsesiona.

La lectura para permitirse la opinión y la crítica, es también un trabajo introspectivo, por eso esta reseña, en especial, es de justicia poética. Adhiero a la opinión sobre la ficción que nos regala Michael Ende, el primer escritor que  marcó a Almudena:

La literatura y la mentira están hechas de la misma sustancia: la ficción. Esta sustancia puede ser una medicina o un veneno, dependiendo de las manos en las que caiga”.

La ficción, con Almudena, cayó en muy buenas manos. Decididamente.

Lean “La acústica de los iglús”, anímense, hay una sola condición: “Escuchar. Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar. Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad.”

Ella, que leyó a Ende, quizás fue, a su tiempo, Maurizio Di Mauro, de “El ponche de los deseos”; o Sebastian, de “La historia sin fin”; pero yo la pienso como a “Momo”, esa niña que vivía en un viejo anfiteatro, amigable y encantadora, con una maravillosa virtud: saber escuchar a los demás. Lo demás, vino por añadidura, por eso escribe; ella sabía que tenía que escribir.


Fragmentos de Cartas a un joven poeta:

(…) “Usted mira hacia afuera, y eso, ante todo, es lo que no debería hacer ahora. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Sólo hay un único recurso. Entre en usted mismo. Explore la causa de su deseo de escribir; pruebe si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón, admita si usted moriría si se le prohibiera escribir. Esto ante todo: pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir? Excave en sí mismo en busca de una respuesta profunda. Y si oyese un asentimiento, si se encontrara con un fuerte y simple “debo”, construya su vida según esa necesidad; su vida hasta dentro de su más indiferente e insignificante hora debe convertirse en señal y testimonio de ese afán.

(…) Evite en un principio aquellas formas demasiado habituales y comunes: esas son las más difíciles, pues es necesaria una fuerza grande y madura para producir algo propio allí donde se acumula una multitud de tradiciones buenas y en parte brillantes. Por eso, sálvese de los temas generales, diríjase a aquellos que le ofrece su cotidianidad; describa sus tristezas y sus deseos, los pensamientos pasajeros y su fe en cualquier belleza. Refiera todo esto con sinceridad profunda, silenciosa, humilde, y utilice para expresarse las cosas de su entorno, las imágenes de sus sueños y los objetos de sus recuerdos.

(…) Vuelva hacia allá su atención, intente recuperar las sensaciones hundidas de ese amplio pasado; su personalidad se consolidará, su soledad se ampliará y se convertirá en una habitación a media luz frente a la cual pasa, a lo lejos, el ruido de los demás. Y si de este giro hacia su interior, de este sumergirse en el mundo propio, salen versos, usted no pensará en preguntar si se trata de buenos versos. Tampoco hará el intento de interesar a las revistas en estos trabajos; usted verá en ellos su posesión querida y natural, un trozo y una voz de su vida. Una obra de arte es buena si nace de la necesidad.”

 ¿Quién no tiene sus enmarcados? Yo leí a Rilke y convertí mi muro en un peldaño. Aprendí que en este mundo no hay clases para principiantes; en seguida exigen de uno lo más difícil, y con dudosa o anónima autoridad.

También leí a Ende. Yo, que no quería ser ya la más grande, la más fuerte o la más inteligente; solo deseaba ser querida como era, con todos mis defectos. Los leí y los sentí cercanos.

La leí y releí a ella, y recordé. Me recordé. Y escribí esta reseña, para darle las gracias.

 

Ediciones

La Acústica de los iglús fue publicado por la Editorial Caballo de Troya, y nuestro ejemplar es de la 4ta. edición, de noviembre de 2016. Creemos que van a venir muchas más.

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