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Fallada de fábrica…irremediablemente escritora

Ya nos habían dicho que “Ani”, como la llaman los amigos, es una de las personas más generosas en el ambiente literario. Ver para creer, hubiera dicho mi madre. Así fue. Cuando la contactamos, nos avisó que estaba por irse de viaje, lo cual no impidió que aceptara y se pusiera a nuestra disposición. Se puede decir que la acompañamos por España y México y hasta fue como si hubiésemos estado allí, en la Feria del Zócalo, durante la premiación en la que fue consagrada como la reina del microrrelato en lengua española, cosa que nos contó con orgullo y simpatía, lo cual podrán comprobar ustedes mismos.

Nacida y criada en la Argentina, es Profesora en Letras por la Universidad Nacional de Buenos Aires, trabajó como publicista, periodista y guionista de cine. Lectora precoz, no fue extraño que a los 16 años publicara su primer libro de poemas, “El sol y yo”. Hablamos con ella de todo un poco y de su prolífica obra, que abarca muchos géneros. Pasen y lean…

M. Ana María, tu obra es extensa de verdad y admira que hayas podido transitar desde la poesía hasta el microrrelato, pasando por la novela, el cuento, textos infantiles y juveniles, hasta guiones de cine, televisión y teatro. Pero llamó mi atención que alguna vez declararas que te hubiera gustado tener una más reducida, como la de Juan Rulfo que en tres obras resumió todo lo que tenía que decir. ¿Si tuvieras que elegir tres libros de los tuyos para resumir todo lo que quisiste decir desde El sol y yo, cuáles serían?

Elijo tres que en realidad son cuatro, porque no quiero dejar afuera ningún género: en microrrelato, La sueñera, en novela, La muerte como efecto secundario, en cuento, Que tengas una vida interesante, en literatura infantil, Las cosas que odio. ¡Pero podría elegir fácilmente otros cuatro! En parte porque tengo alto cariño por todos mis libros, en parte porque no considero que ninguno sea tan indiscutible como Pedro Páramo, o El llano en llamas.

M. Recuerdo que al hablar de tu formación como lectora señalaste que tus padres no eran intelectuales, sino profesionales, pero que en tu casa había una biblioteca y mucho respeto por el libro. Se me ocurre la definición de intelectual que dio Tomás Abraham: una persona con formación en humanidades que se dedica a la literatura y a ciertos saberes que tienen que ver con la conducta humana. Algunos escritores plantean que se sienten más artistas que intelectuales. ¿Cuál es tu idea al respecto y en qué aguas nadás con más comodidad?.

Ja ja, sí, recuerdo que Bukovsky respondió alguna vez a una pregunta incómoda diciendo que él no era un intelectual sino un artista. Mi idea al respecto es la que más me convenga en cada momento, según quién haga la pregunta y cómo me convenga contestarla. Para un escritor argentino, limitados por el famoso pudor borgiano, llamarse a sí mismo artista es grave soberbia. Pero en el exterior puedo asumirlo sin problemas: después de todo también hay artistas mediocres, ¿por qué no? Por otro lado, la admisión de que se es un intelectual puede derivar en situaciones incómodas: existe la absurda pretensión de que un verdadero intelectual debe haberlo leído todo, conocerlo todo, tener opiniones acerca de todo. Si optara por esta definición, yo sería el caso poco frecuente de una intelectual que no lee ensayo.

M. En aquélla frustración experimentada al ganar un concurso del Fondo de las Artes y que el editor se negara después a distribuir la obra –el primer poemario, El sol y yo-, descubriste algo que definiste como asombroso y terrible: el resto del mundo no compraba poesía como vos. ¿Qué poesía leías entonces y por qué creés que la gente no compra poesía?

a-m-shuaimg_2108En ese momento guiaba mis lecturas mi profe de teatro, María Esther Fernández. Yo había escuchado a los más sonoros poetas de la lengua española recitados por mi tía Musita. Leía, como toda mi generación, a Lorca y a Neruda. María Esther me hizo conocer a los poetas argentinos que estaban escribiendo en ese momento, en alegre mescolanza: María Elena Walsh (sus libros para adultos), César Fernández Moreno, Edgar Bayley, Roberto Juarroz, Julio Huasi, Juan Gelman, entre muchos otros. Pero también leíamos a Borges, Storni, César Vallejos, Miguel Hernández. De todo un poco, con placer y alegría. Mi poeta preferido, en esos años, era Miguel Ángel Bustos, aunque en mi primer libro de poesía se lee mucho más claramente la influencia de Lorca y María Elena Walsh.

M. En los años de aprendizaje, lento y difícil, para pasar de escribir poesía a narrar, contaste que la propuesta de la revista Nocturno de escribir cuentos románticos, fue de mucha utilidad porque sabías que no tenían la exigencia de ser obras de arte. Te permitió avanzar y completar cuentos y aprender un montón de cosas acerca de la escritura y de la narración. Esto me intriga muchísimo, ya que Guillermo Cabrera Infante dijo algo parecido, al referirse a su tarea de corrector de pruebas de las novelitas de Corín Tellado, en la revista Vanidades. Y aún más, señaló que al ir a conocerla a Gijón, se encontró con la sorpresa de tener delante a una escritora, y no a una fabricante de novelitas. ¿Qué enseñan acerca de la escritura y la narración, los cuentos románticos?

La posibilidad de escribir cuentitos románticos para revistas femeninas me alivió de la pesada carga de la ambición artística. No había ninguna presión: yo no era nadie, no había escrito nada y en Nocturno (era una revista de fotonovelas, pero publicaba algunos cuentos) me dieron una oportunidad. Me explicaron claramente lo que querían: cuentos de amor, tradicionales, previsibles y melosos. Como esta vez no se trataba de Gran Literatura, me sentí mucho más cómoda y produje rápidamente unos cuatro cuentos muy aceptables que la revista me publicó con el seudónimo de Diana de Montemayor. Los límites rígidos del género, que yo conocía muy bien, me ayudaron a aprender a contar. No hay nada tan perturbador (y, a veces, tan paralizante) como la libertad absoluta. Descubrí algunas cuestiones absolutamente elementales que quizás debiera haber sabido, por ejemplo, que mi prosa levantaba vuelo cuando escribía sobre situaciones que había vivido o presenciado, cuando usaba como modelos para mis personajes a gente que conocía. Puede parecer ingenuo, considerando que ya era una chica grande de diez y nueve años, pero yo seguía manteniendo la fantasía de que un verdadero escritor está obligado a inventar todo lo que escribe.

M. En Vidas perpendiculares, agrupaste las historias de vida de veinte personas de la historia universal que se destacaron en las ciencias y en las artes, que tal como describiste maravillosamente “sobresalían, perpendiculares, a la línea horizontal del pensamiento de su tiempo”. ¿De los escritores contemporáneos a vos, en cuáles reconocés una forma de mirar distinta a la del resto de la gente?

En todos, porque de otra manera no serían escritores.

M. Sos la autora del guión de la película ¿Dónde estás amor de mi vida que no te puedo encontrar?, algunas de tus obras fueron llevadas al cine, como Los amores de Laurita, con la recordada Alicia Zanca, también escribiste guiones de teatro. ¿Cómo te sentiste en la labor de guionista, qué intervención se tiene en la realización de película? .

20161029_205849_resizedEscribir guión de cine es algo muy distinto de trabajar en la propia literatura y, en cierto modo, muy frustrante. El escritor es el pequeño Dios de su propia creación, el guionista es apenas un ayudante del director. El que escribe cuenta con pocos elementos: el tono, el estilo, el ritmo, la forma de contar son armas que están en manos del director. Con el guión, se planta el esqueleto de la historia: no solo la ropa y el maquillaje, sino la carne misma son decisiones de quien dirige la obra. Es bastante desesperante tener que trabajar con tan pocos recursos, me sentía como un boxeador que sube al ring con las manos atadas y sólo puede esquivar o dar cabezazos. Pero al mismo tiempo, debo reconocer que escribir para el espectáculo tiene algo de mágico y poder colaborar con otras personas me resulta inmensamente grato: mi trabajo de todos los días es muy solitario.

M. Especialista como sos en microrrelato, reconocida ahora en España por la labor de Páginas de Espuma, venís desde lejos trabajando en el género. Respecto de La Sueñera, dijiste que tenía ese elemento de gracia y espontaneidad del primer libro, cuando aún no hay otros a los que tratar de superar, en el eterno esfuerzo por ser original. ¿Podrías elegir un libro de tu vasta obra al que le reconozcas esos elementos esenciales, una originalidad natural?

Bueno, no solo en España. Vengo ahora de México, donde acaban de darme el I Premio Iberoamericano Juan José Arreola de Minificción. Estoy muy feliz y orgullosa, me eligió un jurado de España, México y Argentina y equivale a nombrarme como la autora de los mejores microrrelatos en lengua española. ¡Estoy agrandadísima! Originalidad natural…qué pregunta difícil. En realidad no hay nada natural en la escritura. Quizás podría mencionar en cada género a mis primeros textos, en los que todavía no tenía que luchar contra la carga de los ya publicados…Mi cuento “Los días de pesca”, por ejemplo. O la novela “Soy Paciente”. Se tiende naturalmente a repetir el gesto que provocó aplausos. Los más grandes lo perciben y dan todo tipo de volteretas para evitar la corrupción que provoca en el artista (no sólo en los escritores) abandonar la búsqueda de originalidad, que es, sobre todo, la lucha permanente, desesperada y perdida, por diferenciarse de uno mismo. Pero no es fácil, casi diría: no es posible. Picasso estuve a punto de lograrlo. García Márquez es, desde Cien Años, un escritor en fuga, lleva su escritura hasta las últimas consecuencias en el Otoño del Patriarca, la compacta y estiliza en Crónica de una muerte anunciada, intenta géneros y estilos y sin embargo no puede. ¿Acaso Borges no se repite infinitamente? Nos pasa a todos. Era mucho más severa de joven, ahora lo entiendo. Somos escritores, ¿qué otra cosa podemos hacer? Cuando empezamos a repetirnos, ya es tarde para dedicarnos a la repostería.

M. Los microrrelatos agrupados en La Sueñera, y varios de tus cuentos, fueron publicados por la editorial Minotauro. ¿Por qué creés que no hubo más revistas como Minotauro o El Péndulo desde la década del 80 para acá?

ana-m-shua-img_2069_resized¡Porque Marcial Souto se fue a vivir a España! Cierto es que el género de la ciencia ficción entró en decadencia en el mundo entero, en parte porque los avances tecnológicos de la humanidad fueron tan distintos de todo lo imaginado, tan imprevisibles, en parte porque lo mejor de la ciencia ficción, una cierta reflexión delirante sobre nuestra sociedad presente, se contagió a otros géneros y se volvió parte del cuento y la novela en general (algo bastante presente en la literatura argentina de todos los tiempos). Pero si Marcial Souto, que fue el gestor de Minotauro y El Péndulo hubiera seguido viviendo en la Argentina, estoy segura de que su pasión y su entusiasmo por el género hubiera conseguir crear otras revistas, otras colecciones. El inventó autores y lectores, creó un mercado, convirtió un desierto en una selva. Buena parte de los que yo escribí a modo de ciencia ficción nunca hubiera existido si Marcial no me lo hubiera pedido específicamente. Souto leyó mi primer libro de cuentos y me vino a buscar para proponerme que escribiera cuentos de ciencia ficción para sus revistas. El fue el editor de «La sueñera», que después de haber sido rechazado por varias editoriales que lo consideraron poesía, encontró su lugar en una colección de ciencia ficción. Marcial había leído mi libro de cuentos Los días de pesca y me dijo “Vos tenés que escribir ciencia ficción porque yo la necesito para mi revista”. A mí me pareció que en efecto podía y empecé a intentarlo.

M. Parte de tu obra (incluso dentro de la literatura infantil) se pueden inscribir dentro del género de ciencia ficción / fantasía. ¿Por qué creés que no hubo autores de la talla de Mario Levrero, Carlos Gardini, Sergio Gaut vel Hartman, Angélica Gorodischer y vos misma que se volvieran a interesar en el género como sucedió recién dejada atrás la dictadura?

¿Cómo que no? Todo lo contrario, lo que sucedió fue que el género estalló y sus esquirlas se distribuyeron por toda la literatura argentina, se clavaron en todos los demás géneros. Ahí está, por ejemplo, esa novela genial que es Anatomía Humana, de Carlos Chernov, El año del desierto, de Pedro Mairal, Plop, de Rafael Pinedo, La virgen cabeza, de Gabriela Cabezón Cámara, buena parte de los cuentos de la gran Samanta Schweblin, Habana maravillosa de Hernán Vanoli, El rey de los espinos, de Marcelo Figueras, parte de la obra de Pablo de Santis, de Mariana Enríquez, de Leonardo Oyola. En Argentina, desde Borges mismo y aún antes, desde Lugones, diría, el género fantástico fue limítrofe (y de fronteras borrosas) con la ciencia ficción y sigue siéndolo.

M. A propósito de tu más reciente novela Hija, en la que como vos misma reconocés, retomaste el tema padres/hijos, y considerando que mostrás el sentimiento de una madre ante una hija que no es en absoluto como ella hubiera esperado, pero llevado a la exageración; fue imposible no remitirme a tu realidad, a propósito de haberse convertido tu hija Paloma –a la que también le gusta escribir y lo hace muy bien- en luchadora de las durísimas artes marciales mixtas.
“¿Cuántas neuronas mueren en cada golpe del cerebro contra la caja craneana?”, te preguntabas, mientras confiabas al lector tus sentimientos encontrados respecto de esa afición: miedo, orgullo, horror, perplejidad, comprensión. ¿Te inspiraste en lo experimentado con tu propia hija para esta novela?

¡Ja ja, ese artículo lo escribimos casi entre Paloma y yo! A ella le venía muy bien porque justo estaba lanzando su libro sobre artes marciales mixtas, MMA, que había salido en Ediciones B. Pero además, se nota que no leíste la novela. Si la hubieras leído, no me harías esa pregunta…


M.
¡Tengo que defenderme!…o no…¡es verdad, la leí recién después!

Yo tengo tres hijas y las tres son tan culposas que encontraron rasgos parecidos de cada una en la horrible Natalia, el personaje de mi novela, que se define, precisamente, porque no siente culpa nunca, en ninguna situación, es una psicópata exagerada y perfecta. En cambio la madre de Natalia, la pobre Esmé, sí se parece a mí, y allí están, condensados, muchos de mis sentimientos, experiencias, sensaciones con respecto a la maternidad.

M. Reconociste también que la novela responde en cierta forma a la cronología de tu historia personal, convirtiéndose en una ucronía: cosas que no te pasaron, “pero podrían…”. Fuiste escritora, ¿pero podrías no haberlo sido?.

whatsapp-image-2016-10-31-at-21-16-08Sí, exacto, HIJA es una especie de ucronía personal. Y sí, podría no haber sido escritora. Aunque me parece difícil, porque ya en la escuela primaria era la “poetisa” (así se decía entonces) de la escuela. Y todos mis trabajos tuvieron que ver de un modo u otro con escribir. Quizás, quizás…no estoy segura, porque yo trabajé quince años en publicidad, pero cuando empecé, a los diecinueve años, ya había publicado mi primer libro de poemas, con dos premios y durante esos años publiqué mis primeras novelas, mi primer libro de cuentos…No, creo yo ya venía fallada de fábrica, era irremediablemente escritora.

M. Muchas obras han utilizado como recurso el epistolar, ¿creés que el correo electrónico o los mensajes de texto pueden ser considerados como un intercambio que puede convertirse en un hecho artístico?.

Por supuesto, ¿por qué no? Hay cuentos escritos con intercambio de telegramas, novelas epistolares, y ya hay muchos libros que se desarrollan a través de correos electrónicos e incluso twitters. Cualquier soporte puede convertirse en un hecho artístico y no es un hecho artístico por sí mismo. Me hartan preguntándome por la relación entre el twitter y el microrrelato, por ejemplo. Un twitter es simplemente un texto de 140 caracteres, puede contener literatura, mensajes privados, arengas políticas, chismes de la farándula, en fin, cualquier cosa que uno le quiera poner. Es como confundir la tortilla con la sartén.

M. Italo Calvino, a propósito de Las ciudades invisibles, decía que al escribir, procedía por series, tenía al parecer muchas carpetas donde metía las páginas escritas, según las ideas que se le pasaban por la cabeza, o apuntes de cosas que quería escribir. ¿Sos metódica para la escritura, observás ciertos ritos o todo depende de la inspiración?

Escribo a la mañana, es la mejor hora para mí. Tengo que estar en una habitación donde pueda cerrar la puerta, y ahora necesito una computadora. La inspiración existe, lamentablemente, y no es posible convocarla a voluntad. Pero sí es posible prepararse para recibirla. Es muy simple: como lo han dicho tantos escritores, hay que estar trabajando para aprovechar sus imprevisibles, esporádicas visitas. A veces muchos días de trabajo lento, penoso y esforzado pueden imitar, para el lector, el efecto de una hora de inspiración. A veces no. En cada etapa de proceso de escritura, desde la concepción de la idea central hasta el pulido final, inspiración y oficio se entretejen en porcentajes variables que no podría establecer con precisión. Creo que fue mi trabajo en publicidad lo que me enseñó a no depender de la inspiración. En una agencia, un redactor creativo no puede decir “hoy no estoy inspirado”. Lo han contratado para tener ideas y punto: el día en que no se le ocurre nada, lo echan. Allí aprendí que, aunque la inspiración no venga, siempre se puede hacer algo.

M. Los días de pesca, ¿es tu obra más autobiográfica?. A tu entender, ¿qué necesita una historia para convertirse en objeto artístico y no quedarse en la catarsis de su autor?

Sí lo es. Quizás solo mi libro Risas y emociones de la cocina judía es tan autobiográfico como ese cuento. “Los días de pesca” me costó mucho. Me costó la muerte de mi padre. Sin ese acontecimiento tan “interesante”, no hubiera podido escribirlo. No fue un gran esfuerzo, pero sí me llevó muchos años porque lo desarollé en etapas. Empezó como un ejercicio de estilo, una prosa lisa, llana, casi infantil, con la recordaba los días de pesca con mi papá. Vaya a saber por qué, a cada episodio que narraba necesité acoplarle mi asombro ante la muerte (un hecho tan antinatural, ¡los seres humanos no nacemos para morir!). Unos años después me reencontré con ese texto casi olvidado y me di cuenta de por qué había asociado la pesca con la muerte de mi padre. Fue una embolia pulmonar, murió ahogado: lo pescaron. Pero la segunda parte de la pregunta es dificilísima…¿qué necesita una historia para convertirse en hecho artístico? Un artista, por supuesto. Alguien que sea consciente de que el arte literario no es una descarga de emociones, sino la paciente tarea de suscitar ciertas emociones, o reflexiones, o sensaciones en un lector.

M. Tenés una obra infantil ancha y luminosa como tu sonrisa, cuando pienso en qué me gustaría que leyeran los nietos que aún no tengo, pienso en vos, y en Elsa Bornemann. ¿Se la extraña?.

20161029_205712_resizedNunca fui amiga personal de Elsa, aunque fuimos compañeras de la facultad. Ella ya estaba cursando Letras cuando yo entré, porque en realidad tenía cinco años más que yo, aunque se atribuía (como le atribuye Wikipedia) dos menos. Nunca me gustó demasiado su escritura, pero en cambio le atribuyo una capacidad extraordinaria que admiro profundamente: la de abrir nuevos temas, géneros, posibilidades, a una literatura infantil que estaba entonces muy limitada. Yo nunca hubiera podido publicar La fábrica del terror si la gran Elsa Bornemann no me hubiera abierto las puertas con Socorro. Ella fue la primera en tocar el tema de las desapariciones forzadas de la dictadura en Los desmaravilladores. Sus versitos infantiles son encantadores y dieron por tierra con la idea de que a los chicos no les gusta la poesía. Sí, claro que se la extraña: siempre hacia delante, abriendo caminos que otros seguíamos.

M. Para el final, quería compartir con los megarenses que llegué a vos preguntándote si podía enviarte un ejemplar de mi Matrioshkas (ahora sé que corre con la ventaja de su espontaneidad y de no tener que competir con los que vendrán), y me respondiste con generosidad que claro que sí, pero que no sabrías si tendrías tiempo de leerla. Después de haber leído mucho sobre vos, considerando que dijiste más de una vez que tu libro favorito está en el futuro y no en el pasado, y seguís leyendo para encontrarlo, me pregunto qué chances tendrá de que te hagas un tiempito, después de esta charla…¡Es broma, eh!…

Ja ja!! Poca chance, querida amiga! (Porque así te siento, después de charlar con vos en este cuestionario tan interesante). Estoy sumergida en los originales de tres concursos…En noviembre empiezo con un taller de microrrelato, en el que tendré que trabajar sobre los textos de mis “tallereados”. Y acabo de venir de México con una enormísima pila de libros que me dieron autores de toda América Latina…¿Me lo mandaste ya? Como mínimo, le echo un vistazo a todo lo que me llega.

M. ¡Era broma, Ani! Lo que sí quiero preguntarte y vale para los concursos y para las editoriales, es cómo hacer para “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”, como dice el mismo Calvino en la obra citada, que nos inspiró en la búsqueda fundante de Mégara. ¿Cómo hacés vos?

¿Cómo hago? Es bastante sencillo. Leo un poco y voy descartando el infierno, que se reconoce enseguida. De lo que queda, leo un poco más y sigo avanzando solamente con los originales que me dan ganas de seguir leyendo. La decisión parece terriblemente subjetiva y así pensé yo que eran las decisiones de los jurados de concursos hasta que me tocó estar allí. En realidad, hay muy poco disenso entre jurados incluso de posturas literarias muy distintas. Lo bueno, lo que no es infierno (indefinible pero claro) sube naturalmente y si hay discusiones entre los jurados pueden ser en cuanto a cuál merece el primer premio y cuál el segundo, pero así haya diez jurados y mil libros, todos vamos a estar más o menos de acuerdo en cuáles son los cinco mejores libros.
Muchísimo más fácil de lo que parece: hay cuestiones objetivas muy difíciles de definir. La originalidad es una: lo que no es infierno, sabe contar una historia como nunca se ha contado antes. Tan simple (y tan complejo) como eso.


shuaTermino de repasar sus respuestas, vuelvo a pasar por las sensaciones que me provocó y me detengo después de haber armado la pizarra, en esa foto que le tomó su esposo, Silvio Fabrykant (nota de M: arquitecto y un genio de la fotografía), la de la contratapa de mi ejemplar de la primera edición de “Los días de pesca”.

Leo entonces de nuevo, las palabras de Marcelo Pichón Riviére:

“Ana María Shua tiene la mirada lúcidamente inocente de quienes tienen el don del humor. El humor, como la poesía, se basa en la rotura: quiebra la capacidad cotidiana para reinstaurar el asombro, la capacidad de inocencia, fuerza inicial para entrever el resplandor de la vida”.
Allí está resumido lo que trasunta Ani, una fuerza inagotable, como aquélla inicial.

«A los seis años alguien me puso en las manos un libro con un caballo en la tapa. Esa misma noche yo fui ese caballo. Al día siguiente ninguna otra cosa me interesaba. Quería mi pienso, preferiblemente con avena y un establo con heno limpio y seco. Nunca antes había escuchado las palabras pienso, avena, heno, pero sabía que como caballo necesitaba entenderlas. Durante una semana pude haber sido Black Beauty pero fui Azabache, en una traducción inteligente y libre. Fui caballo de tiro y caballo de alquiler, recibí latigazos, estuve a punto de morir, fui rescatado… y llegué a la última página. Entonces, con terrible dolor, volví a mi cuerpo y levanté la cabeza: el resto del mundo todavía estaba allí. ‘Deja eso que te va a hacer mal’, decía mi madre. ‘No se lee en la mesa’, decía mi padre. Entonces descubrí que podía volver a empezar. Y otra vez fui Azabache y otra vez y otra vez”.

azabache-1-2Ella lo dijo y uno se da cuenta que ese es el secreto para que consiga entrar y salir de un género a otro, con su imaginación inagotable y gracia particular, y llevarnos de la mano o de las narices, asombrarnos o conmovernos, dejarnos sin respiración o hacer que quede como en suspenso.

«Después descubrí que podía ser un pirata y muchos, y la ciudad de Maracaibo y ser hombre, manatí, horror o piedra. Lo que acababa de empezar en mi vida no era un hábito: era una adicción, una pasión, una locura.» (de «Confieso que he leído», publicado en Benjamín —Boletín de ALIJA—, N° 21, diciembre de 1999)

Humor, poesía y pasión, constantes que se repiten, en su obra y en vida, ambas en su real dimensión, la de la profundidad y la altura de los grandes creadores.
Quien la lee sabe que ella puede ser maga, trapecio, aro de fuego, una gitana que no adivina el futuro, contorsionista como toda mujer. Todo eso y mucho más, ella tendrá que creerme si lo digo. Una maestra, en todo sentido.

“Aquí van las fotos. Y te cuento lo del premio (Si es largo, cortá lo que quieras)”, escribió.

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Ni una palabra me atrevería a sacar, ella tiene la precisión de quien sabe decir:

“La ceremonia de premiación fue muy cálida y sencilla, en uno de los foros de la Feria del Zócalo, Ciudad de México. El poeta Marco Antonio Campos leyó las hermosas palabras que escribió en el prólogo. Además del público de la Feria, estaban presentes autores de microrrelato de todo el continente, convocados por un Encuentro Iberoamericano de Minificción. Yo estaba tan emocionada como cuando gané mi primer concurso literario cuando tenía nueve años, con mi composición sobre el sesquicentenario de la Revolución de Mayo, que fue considerada la mejor de todo el Consejo Escolar 7º. Y por razones parecidas: la admiración absoluta por el jurado, sin dudas ni objeciones. Se puede decir que Francisca Noguerol (crítica y profesora de la U. de Salamanca, España), Raúl Brasca (crítico y autor argentino), Lauro Zavala (crítico y profesor de la UAM, México) son parte de los críticos que construyeron la historia del microrrelato, descubierto como género independiente del cuento hace solo treinta años”.

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Ana María Shua, la poeta que escribe en silencio, la que descubrió, leyendo aquel libro de la colección Robin Hood, que podía ser Azabache una vez, otra y otra vez más.

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4 Comments

  1. Excelente entrevista! Gracias!

  2. Silvia Gallegos dice:

    Hola Sandra Estoy buscando un cuento de la querida Aida Bortnik «la pobre peladita» publicada en la revista humor allá por los años 80

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