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Espero seguir escribiendo siempre, a morir

“Creo que la escritura te preserva y te defiende mucho. Cuando laburaba en otra cosa, siempre era el contrapunto o el salvoconducto, pensar en la literatura, en una idea para un cuento”, dijo en alguna entrevista. Cuando se decidió a dejar de laburar en otra cosa, apareció otro Jorge Consiglio, más libre, más auténtico.

Ahí empezó el mejor momento de mi vida”, puede leerse que dijo, en referencia a todo lo que sucedió a partir de Hospital Posadas, hasta el volumen de cuentos Villa del Parque, ambas obras publicadas por Eterna Cadencia y escritas por alguien que ya no vive afuera ni escribe en bares. “Ahora escribo en casa, en la cocina. Había cierta cuestión de estar para afuera constantemente que ahora no la tengo. Evidentemente soy otro tipo. Y la escritura es otra”, afirma rotundo; con una convicción que, sin proponérselo, puede animar a más de uno a mandar todo a la mierda.

Jorge Consiglio, este coetáneo que nació en Buenos Aires, en 1962, pasó también por la carrera de Derecho y finalmente fue Letras, en la Universidad de Buenos Aires, la que se quedó con su empeño. Si se trata de obras y premios, publicó las novelas El bien (Premio Nuevos Narradores de Editorial Ópera Prima de España, 2001), Gramática de la sombra (Tercer Premio Municipal de Novela, 2011) y Pequeñas intenciones (Segundo Premio Nacional de Novela, 2014); además de los volúmenes de relatos Marrakech y El otro lado; y sí, además se atrevió con la poesía, publicando cuatro libros, a falta de uno. Todo eso, además de su última novela, que lleva el nombre real de un enorme hospital del conurbano;, y de ese conjunto de cuentos, que lleva el nombre de mi barrio, que es el suyo también.

Este otro tipo, es capaz de alguna que otra declaración de principios: “Yo quiero que el texto narrativo sea un tembladeral. Que aparente estar asentado sobre algo firme pero que no sea así, que haya constantes desplazamientos”.

Doy fe que en Villa del Parque, sucede eso, tanto que algún personaje puede hasta viajar, sin necesidad de moverse, al regresar a su casa de la infancia; o un nieto de inmigrante que heredó el sentido de la urgencia de su abuelo, sufre un infarto y experimenta a partir de ese hecho, que su mundo se vuelve ingobernable; o una mujer extremadamente gorda puede aceptar someterse a un protocolo inhumano, por importarle más su angustia que el dolor físico. Con habilidad consigue en esta obra ese registro que admiró como lector en  Di Benedetto: “Descubrí que lo que me mataba era el punto de vista, el narrar ciertas cosas que son cotidianas con una cosa muy de extrañamiento. Y nunca sabés muy bien por dónde pasa ese extrañamiento, pero lo vuelve muy singular”.

De todo esto, hablamos con él en el bar Liber, de Libertad y Libertador; nada casual el lugar que este otro Consiglio, eligió para el encuentro.


M. Sos licenciado en Letras y tenemos entendido que fuiste docente de semiología en la UBA. A su vez, trabajaste como visitador médico durante muchos años. Si consideramos que la semiología es el estudio de los signos y que hay una rama de la medicina específica que tiene como objetivo identificar los signos o síntomas para poder establecer un diagnóstico; ¿se puede decir que tu quehacer contribuyó a aumentar tu capacidad de observación y que lo convertiste en una poderosa herramienta para tu escritura?

Mirá, creo que sí, que la semiología, o ciertos textos semiológicos, te ayudan a mirar distinto; el leer ciertos textos te cambia la mirada, te vuelve una especie de semiólogo de lo inmediato, pero de todas maneras, me parece que en menor medida que la escritura específicamente. Yo creo que con la escritura, más que con los textos de semiología, cambia la mirada. O sea, con la práctica de la escritura y con la práctica de la lectura; obviamente de la lectura de ficción, no me refiero a la de textos teóricos. Es a partir de ahí, que se empieza a mirar diferente. Yo creo que la literatura altera la mirada, te genera otro punto de vista. Si vos te pasás la tarde leyendo a Gianuzzi, o leyendo a quién te guste… no sé, a Saer por ejemplo; cuando salís a caminar, tu mirada va a ser distinta, definitivamente.

Si la lectura es profunda, si hay un toque, si hay una modificación, ese es el verdadero trabajo semiológico. Digamos que te volvés un semiólogo cuando leés intensamente ficción; te volvés un semiólogo específicamente cuando empezás a escribir, cuando hay un compromiso real con la escritura. Pero no porque empieces a mirar para escribir, sino porque hay una especie de transformación de tu mirada. No es que el escritor ande mirando, por ahí se te pasan por alto muchas cosas, sin embargo creo que hay algo de sensibilidad especial, hay algo de desarrollo sensible especial, a partir de la lectura de muchos textos y a partir de la escritura. Cuando empezás a forzar, a empujar para escribir y empezás a hacer ese trabajo con el recuerdo, salís a la calle y mirás distinto. Ahí mismo, sin más y mucho más que si leés a todos los teóricos de la semiología. De todas maneras estoy super agradecido de haber dado semiología.

M. ¿Fuiste docente mucho tiempo, cómo eras como docente?

Fueron dos  años en San Isidro, en el CBC, lo disfrutaba mucho y tuve la fortuna de haber estado con Daniel Link, y haber leído mucho durante esa época.

M. A propósito del título de la novela “El bien”, señalaste en alguna ocasión no haberlo pensado como un título irónico, aunque sí contradictorio. Dijiste: “El bien, como título, sirve como contrapeso a lo que es la novela, como una especie de justicia poética. De algún modo, la intención es darle alguna entidad al bien. Uno define por ausencia”. Considerando que el bien es siempre lo deseable, y se opone directamente al mal, que es aquello que no deseamos para nada, y si uno define por ausencia ¿podemos decir que hoy el mal es la regla?

Mirá, no sé si el mal es la regla pero el mal es más masivo digamos, o es más general; es lo primero con lo que te topás. Por supuesto que el bien está presente, pero casi te diría que como chispitas, salpicadito. Por lo menos desde mi punto de vista – no necesariamente tiene que ser así-, parece ser como que la lógica, es la del capitalismo; que tiene que ver con una cuestión que, si bien no está dicha abierta o explícitamente, convierte el lugar en el que vos trabajás en un lugar de implacabilidad.

En las corporaciones medicinales, por ejemplo, se habla de códigos de ética, pero si analizás cómo funcionan esos códigos de ética, es todo una canallada. Los arman para que cuando les cae el peso de la ley, señalen al empleado, al que están forzando a hacer algo determinado, y lo despidan, porque ellos tienen un código de ética.  Hay una lógica espuria, una lógica recontra jodida que parece ser la de Nat Geo Wild: si estás a la noche en África solo, te morfan el hígado. Sin embargo, hay otra instancia más interesante, hay otra lectura posible, existen las chispas del bien, como una cuestión bastante más celular,  y eso también te preserva, si llegás a esas pequeñas noditos; o al revés, si vos laburás por ejemplo en la cooperadora de una pequeña escuela, y armas tu paraíso, es decir, empezás a generar un sistema de irradiar buena onda, a partir de ese pequeño lugar donde estás, eso es súper válido y estás como en un foquito de bien, en ese marasmo del quilombo y del mal, más brutal.

M. También en esta cuestión entre el bien y el mal, dijiste que “Lo bueno está guardado, recóndito y secreto, necesita búsqueda. Hay que raspar, explorar sobre la superficie de lo malo. El bien no es una cosa obvia, ni que se pueda dar por sentada. Lo obvio, lo natural quizás son las conductas perversas. Y ahí tal vez estén los elementos de la realidad”. ¿Realmente creés que lo natural es la perversión?. ¿La perversión no deforma la realidad?

No, creo que no es lo natural, si lo dije, no lo ratifico. Creo sí que existe la perversión pero que hay como una afluencia vital que no necesariamente es perversa. O sea, que aparece como aparece el bien dentro del mal, como una especie de súbitas chispitas, como entraditas. Y bastante seguido digamos, como si fuera la sal.

M. Tu narrativa va contra corriente, conseguís quebrar estereotipos, describir siempre con cierta poética latente, otro tipo de felicidad, o de bienestar o de disfrute. Me quedó dando vueltas un ejemplo que encontraste para explicar por qué ponés el foco en lo alternativo o lateral de las vidas de los personajes. Dijiste: “Me acuerdo de que diez años atrás iba un fin de año a la casa de mi viejo y sabía que no la iba a pasar bien, porque había cierta cosa de un bienestar estratificado, sabía lo que me esperaba, la comida hecha, cierta hora de los regalos, una frigidez tan poderosa que me desarticulaba hasta lo celebratorio del festejo. Y en el camino, debajo de los puentes por los que pasa el San Martín, vi unos tipos con unas reposeras que habían empezado a escabiar: eso me pareció un festejo auténtico”. ¿Se puede decir de alguna manera que lo que se aleja de lo auténtico, termina resultando artificial y que el concepto es aplicable a la escritura?

Sí, definitivamente. Vamos al concepto de artificial y al de auténtico. Pareciera ser que hay como una especie de statu quo de bienestar o de formas de disfrute: -Tenés que ir a Miami…no sé, se me ocurrió, la primera boludez… o: -Tenés que comprar tal auto, porque no sabés el confort que te va a dar, ¿no? Ahora, si bien eso genera como ámbitos de disfrute establecido, lo que es seguro que en algún punto vas a rebotar contra esos lugares, como los bichitos esos que son como mosquitas, que empiezan tup, tup, tup, tup…y quedan aplastados; entonces, empezás como a no tener un placer genuino, sino por imposición me suena. Es una teoría mía que no sé si es verdad, pero creo que empezás a correrte de un gozo auténtico, de un placer real. Está todo bien, sí, pero es más como una obligación, como un requerimiento: vos tenés que disfrutar de esta forma porque de lo contrario, no vas a disfrutar.

Entonces se genera como esa cosa de un placer tibio, digamos, un placer a medias, un placer docilizado, un placer como acomodado a lo que está establecido. Aparece como una cosa de languidez; en tanto que si te corrés, si te vas al margen, hay como un mayor desenfreno, una pulsión más fuerte, una intensidad mayor. Yo laburaba en una estación de servicio cuando era pendejo, en Villa Martelli. Ahí, vos regalabas una botella de whisky y se la tomaban toda, no era que iban como fraccionando. El sábado, el dueño te pagaba un asado y comíamos todos en un lugar, compartíamos el plato. Incluso, compartíamos los cubiertos. Era una cosa muy visceral, ¿viste?…y la gente tomaba mate dulce…

M.¡No había tanta cosa light!…

No había, ¡claro! Había lo que te decía, el mate dulce, por ejemplo, yo recuerdo la cantidad de azúcar que le mandaban, era mucha. Había un recipiente de esos de  plástico, un tupper, le vaciaban una botella de vino Termidor y lo pasaban de mano en mano; entonces vos lo tomabas, como en un cáliz. Yo recuerdo que lo levantaba así, de esa forma y miraba a la Avenida Mitre, hoy no lo haría, ¿entendés? Era lo extremo. O sea, se cagaban a trompadas por boludeces, garchaban como leones; en cambio, cuando entro a trabajar a la corporación, donde estuve casi veinte años, veo que ni siquiera tenían hobbies. La gente empezó a languidecer acá, tenían hábitos, sí, algunos, pero en realidad, lo caliente, lo fuerte, lo intenso, lo auténtico llamémoslo, estaba en un ámbito como el de la estación de servicio. En tanto que acá, parecían como más obedientes a los mandatos del disfrute tradicional. Por eso había algo que no te terminaba de cerrar, digamos, que tiene que ver con el artificio del disfrute, mientras lo que yo había conocido  parece que tiene más que ver con la pulsión inmediata del disfrute. Con el deseo en acto.

Vamos a la escritura. En la escritura siempre te tenés que cuidar, para que tu artificio no se manifieste de inmediato. ¿Cómo te cuidás?, en principio tratando de ser lo más auténtico posible. Para eso tenés como dos alternativas. O sea, que tu sintaxis te acompañe y genere un ruido que finalmente tenga un efecto de verdad interesante. Y en segundo lugar que la pulsión de tu historia golpee de una manera que genere el mismo efecto de verdad, haciendo una especie de combinación con la sintaxis. A través de esa mentira, en realidad estás diciendo la verdad más absoluta, o sea: la verdad es lo más genuino que vos tenés, a través de esa mentira, eso es lo más auténtico. Entonces por ahí podrían tener algún tipo de puntos de contacto; en tanto en un lugar, como en el otro, tenés que tirarte a la pileta, tenés que animarte y tenés que ser muy genuino e irte muy a fondo.

Por eso viste que cuando empezás a leer… ¿qué sé yo?, a los románticos, leés de ese miedo a la locura, o ese miedo a la muerte, y vos decís «Qué pelotudez, ¿quién carajo se muere por escribir?». Pero finalmente te das cuenta de que no es tal, en realidad estás en una situación de riesgo, porque estás muy hasta las pelotas cuando estás escribiendo; te podés volver tranquilamente loco porque estás solo como un hijo de puta, o te podés pegar un tiro, o te podés ir a la calle o no;  siempre hay un cintureo, que depende de la subjetividad del tipo, pero eso existe ¿no?

M. Me queda claro que no comulgás con los sistemas de bienestar impuestos por la sociedad o el consumismo. Al “deber ser” le oponés como alternancia, el ejercicio de una búsqueda permanente, el resultado de observar hasta los mínimos detalles, y así encarás tu escritura, sin demasiada racionalidad. Decís: “Es que las historias de algún modo te enganchan a vos, te convocan, y uno de golpe se encuentra narrándolas –dice–. Entiendo que es un imaginario en el que me reconozco.”. ¿Probaste alguna vez a escribir una historia de otra manera, sobre una idea determinada, o establecida, más racional justamente?

Y mirá, uno tiene pocos espacios de libertad en general la verdad, si uno patea el tablero y se dedica a la escritura, y en ese pequeñísimo espacio escritural, no maneja algún tipo de libertad, es medio al pedo. Por lo cual siempre traté de escribir sobre lo que me calentaba. Hay algo que está bueno, que dice Barthes en «El placer del Texto». El tipo dice al comienzo algo así como: “usted con la escritura tiene que probar que me desea”, la escritura es deseo y hay un tratado acerca de eso, la propia escritura es el Kamasutra. Una cosa por el estilo, muy chapucero lo dije, pero la onda es que si no hay verdaderamente una tensión fuerte con el deseo, y esto tiene que ver inmediatamente con la libertad, porque digamos que no se puede inventar un deseo; no podés, no llegás a dar el tono.

Y ahí entra otra vez el artificio, o sea si la cosa no te calienta a vos, si la cosa no te mueve, si lo que estás escribiendo en realidad es protocolo puro, no pasa nada con ese texto. Un texto vacuo. Esto no quiere decir que no haya sistema, no quiere decir que no te levantes a las seis porque decís: «Che, mirá, me voy a levantar a las seis porque en realidad, de las seis a las ocho es el mejor momento en que escribo»; eso sí, eso es ordenarte, pero la onda es que te sentás y escribís, si no te vas a laburar a otra parte, y es mucho más fácil. Casi te diría que si te subís en ese trencito, en una de esas estás como más sin problemas.

M. Has señalado autores dentro de tus gustos literarios que de alguna manera trabajan ese imaginario distinto, los que ponen el ojo en lo que a vos te parece más genuino. ¿Nos podés nombrar algunos?

De Benedetto definitivamente, pero hay mucha gente interesante, qué sé yo…Sergio Bizzio tiene cosas increíbles, hay una novela maravillosa de Roque Larraquy que se llama «La Comemadre» que es una maravilla. Arbitrariamente, “Del caminar sobre el hielo”, de Herzog, que no es tan conocido como escritor sino como cineasta, es una bestialidad.

M.¿De los nuestros, cuáles son los que sentís más cercanos a tu escritura? ¿A quiénes consideras contemporáneos tuyos? ¿Tenés amigos en el ambiente literario?

Mirá, Gustavo Ferreyra es un tipo que tiene una libertad increíble, él sí que es excepcional en cuanto a lo que estamos produciendo ahora. Estamos todos produciendo, pero Gustavo Ferreyra parece como que hiciera un universo extrañísimo. Rarísimo. Pero tengo muchos amigos que tienen una década menos de años que yo. Hernán Ronsino, Ricardo Romero, Oliveiro Coelho, Daniel Krupa, Luciano Saracino, Gaby Cabezón Cámara, María Cristoff…

M. ¡Empezaron las mujeres, ya te iba a preguntar qué estaba pasando!

¡Sí, sí…! Empecé por ellos porque somos el grupo con el que salimos. A ver,  ¿quién más?…a ver, minas que me gusten, bueno, Cristoff me encanta lo que hace, María; y Gaby Cabezón Cámara es impresionante, somos todos contemporáneos ahí. ¡Selva!, Selva Almada, hace algo que me encanta. ¿Ves? Selva es una amiga que tiene una gran libertad me parece, o sea, las otras también, ¿no?, pero Selva… ¡me encanta cómo se manda!, ¡no le importa nada! 

M. Los personajes de los bordes, los laterales, los que no tiene vocación de protagonistas para el ideario ortodoxo, pero que sin embargo vos hacés brillar, ¿deben ser siempre padecientes para lograrlo?

No, no y me quiero correr de eso, también, ¿eh? 

M. Me vuelve el alma al cuerpo. Yo dije «¡No puede ser!»

No, mirá, yo escribí una novela que se llama Pequeñas Intenciones, que lo que traté de laburar y lo que trato de laburar ahora, para volver un poco a la idea de estos chabones que están tomando cerveza debajo del puente, es que hay sistemas no ortodoxos de felicidad, de bienestar. Hay un verso maravilloso de Los Piojos que dice: «Lo mal que se vive, lo bien que se está», ¿no? O sea, a mí me parece que pasa eso en Latinoamérica también, es decir las condiciones no son buenas, sin embargo, hay una cuestión celebratoria constante ¿no? O sea, no sé si ve mucho en mi ficción pero te aseguro que lo que me gusta plantear es eso. Bueno, la alternativa ¿no?

No me comí el uso, estoy por el costado, pero me armé mí sistema de supervivencia para cagarme de risa, para pasarla bien como en la estación de Villa Martelli; si eso fuera, en el marco de mi relato, ese espacio ficcional que es Villa Martelli. O sea, te armás esa historieta, para disfrutarla intensamente. Y justamente como una especie de contra cultura de la oficial. Pero no, padeciente no, digamos que hay momentos padecientes.

M. Por qué decís que tu narrativa tiene mucho que ver con el trabajo de la poesía. ¿Es por aquello de considerar tu poética como «una manifestación de la ruptura en la visión cotidiana del orden del mundo»?. ¿La poesía irrumpe en la realidad y la mejora o solo es evasión?

Yo no sé si interactúa. O sea, seguro tiene una mirada, dispone una mirada determinada, pero no sé si la mejora, o la altera. Digamos, yo creo que hay algo dentro de la realidad que es un ingrediente lírico, eso sí, y vos como poeta estás como dispuesto a verlo,  es la chispa, lo excepcional, y vos dialogás con eso excepcional, vos dialogás con esa chispita bellísima. Cuando en realidad los autos pasan y todo sigue como su transcurso y no logran distinguirlo. No sé si te estoy respondiendo con eso.

M. Sí, me estás respondiendo.

No creo ni que la mejore, ni que la empeore, ni nada, simplemente está presente y pasa, ahora, o es pasada por alto o es distinguida y cuando es distinguida, es celebrada, por los poetas. Pensemos en todos, en cualquiera de los poetas, incluso en poetas pesimistas, como Gianuzzi.

M.  ¿La poesía fue antes de la narrativa?.

Sí, sí…

M. ¿Cuándo fueron los primeros poemas?

A los quince.

M. ¿Recordás y conservás los primeros poemas que escribiste? ¿Creés como escribió Salinger que “El verdadero poeta no elige los materiales, el material claramente lo elige”?

No, vos sabes qué, pero además es muy raro eso cuando lo pienso, porque yo no los tiré, pero se fugaron, se perdieron, se fueron, no sé qué pasó con los textos, recuerdo una carpetita que tenía, no tengo ni idea. Viste que las cosas parecen que tuvieran también un orden muy loco.

M. ¿Cómo es un varón que empieza a escribir poesía a los quince? ¿Qué te inspiraba?

Cosas muy inmediatas, yo leí a los españoles, a la generación del veintiocho, y era una poesía muy a tierra, casi teñida con esta cuestión de protesta. O sea, digamos – por el recuerdo que tengo eh-, no laburaba la imagen. Había como una pulsión grande por expresar pero en realidad era una tosquedad brutal.

M ¿Escapabas a la rima?

Sí, sí, eso sí, pensá que me había pegado bastante el rock. El rock nacional en general, y Pink Floyd, Led Zeppelin, Deep Purple, qué sé yo… Bob Dylan, Los Doors, si podíamos conseguir los Doors. Y el rock nacional que en ese momento se movía, sobre todo lo que me gustaba era Luis Alberto Spinetta y Charly García. Pero además, en ese momento, que era previo a los ochenta, había un montón de banditas y de lugares increíbles. No sé, por ejemplo, Raúl Porchetto tocaba con un tipo que se llamaba Miguel Zavaleta que es el de Suéter, que hacían unas cosas increíbles. O recuerdo una bandita que se llamaba La fuente, nosotros íbamos a verla a La Vuelta de los Tachos, a Caminito

Revistas subte no de circulación masiva

M. ¿Cuál era la zona dónde te movías?

Y veníamos al centro, a Music up, a Jazz & Pop, que quedaba en San Telmo, o a La Vuelta de los Tachos que quedaba en La Boca, o a un lugar que había en Palermo que me encantaba que se llamaba El Conde de Palermo, no sé si te acordás, estaba buenísimo y allí tocaba gente de Jazz y era una cosa increíble, qué sé yo tocaba el viejo de Malosetti por ejemplo. Y Alejandro Lerner tenía una bandita increíble.

M. ¿Empezó con una banda?

Sí y era el pianista de una banda que se llamaba «Solo por oro», que era increíble con Daniel Volpini en la batería y si yo no me equivoco, tocaban cosas propias. Ah …y leíamos las revistas Subte, unas que no eran de circulación masiva. Maravilloso, hace años de eso ¿no?

M. ¿Sentís que hace muchos años?.

Y sí, hace una pila, sí yo tendría diecisiete, dieciocho…Sí, sí. Hace una banda.

M. Si hablamos de conceptos tales como perversión, violencia, enfermedad, muerte, encierro, enajenación; hablamos de tu narrativa. ¿Por qué creés que lectores como yo, que muchas veces se resisten a leer lo mismo que están obligados a ver a diario, no pueden evitar leerte y volverte a leer? ¿Será que tu escritura consigue transformar la realidad o invita a querer transformarla?

Me da la impresión que… a ver, yo no sé si la literatura tiene efecto sobre la realidad, específicamente. Porque antes que nada es un fenómeno estético. Consideremos, si tiene efecto en la realidad tiene efecto en quien la lee. Considerando eso, no podría decirlo, entonces. Pero, ¿qué es lo que me preocupa, digamos, cuando laburo un texto?…

M. ¿Por dónde va la búsqueda? ¿Solamente consiguiendo un objeto estético?


Nunca es eso, ¿no? O sea, yo creo que hay algo que tiene que ver con esto que hablamos hace un ratito, que tiene que ver con que vos estás mintiendo de la mejor manera posible. O sea, lo que decía Pessoa: “el poeta es un fingidor». Tratar de fingir de la mejor manera, armar un artefacto que desde tu punto de vista estético, sea lo más cerrado, lo más blindado posible. Pero lo que hablábamos hace un ratito: eso tiene que ser verdadero. Indirectamente, esa mentira tiene que empujar una verdad,  la verdad más fuerte que tenés vos. Que por otra parte lo bueno es no ser consciente de esa verdad, porque en realidad no es que tratás de hacer literatura de denuncia sino «Quiero decir tal cosa», no, no, no… No sabés muy bien por qué exactamente, cuando uno escribe, se te ancla; por qué se te pincha  en la cabeza algo. No obstante, le devolvés eso al lector. ¿Qué pasa después? La verdad es que no lo sé. Te diría tonterías o qué sé yo. No, no, me tomaría demasiado en serio si te dijera, “esto cambia algo”, y me da como pudor decir eso.

M. En las entrevistas por la presentación del libro, recordaste a tu papá, trayendo historias del centro, como si viniera de Siberia. “Era una distancia ficcionable, y él quedaba como emisario”, contaste. Esos libros de la colección Iridium de Kapelusz, que competían con los de la Robin Hood, y que parecían de algún modo venir de otra parte; fueron tus primeras lecturas, o hubo otras antes. ¿Qué biblioteca había en tu casa?.

Mirá, en mi casa había una biblioteca muy breve. En realidad mi viejo es un buen lector de bibliotecas brevísimas. Estaban las obras completas de Arlt, porque mi viejo era un fanático de Arlt.  Juan Carlos, que ahora no está leyendo, lo lee porque era un fanático de verdad. Un libro de Joaquín B. González que se llama Mis montañas, y un tercero, que era Artículos de costumbres, de Mariano José de Larra, un español. Entonces, mi viejo tenía solamente esos tres libros en su biblioteca externa y en su biblioteca mental, porque, además, era muy bueno para establecer trazados a partir de esa poquísima lectura.

Fotografía de Mégara

A Arlt lo tenía como el que te dice la verdad. ¿Viste esa cosa muy rara que sucede con Arlt?, es un escritor… pero ojo, que el tipo la sabe. La figura de Arlt, interviniendo en sus textos. O sea, eso que dice Arlt al comienzo de «Los lanzallamas», el cross a la mandíbula a mi viejo le había pegado, pero en el medio de la cara. «¡No, este tipo no jode!, ¿ viste las Aguafuertes?” (nota de M: Aguafuertes porteñas es una obra que trata de un conjunto de artículos literarios escritos por Roberto Arlt y publicados periódicamente en prensa durante el año 1933, en Buenos Aires por la editorial Victoria). De Mis montañas, las descripciones, bueno… “¡Cómo describe Joaquín V. Gonzalez!”. “Es increíble cómo ve este tipo”, te decía. Las descripciones siempre están presentes, y Mariano José de Larra también es un observador de lo real, un cronista, un gallego que era un cronista y un poco se relaciona con  esas Aguafuertes de Arlt, parece ser las Aguafuertes de Arlt de un español. Mi viejo es muy buen lector,  un picoteador; engancha algo, lo suelta, engancha.

M. ¿Te lee?

Sí, me lee…

M. ¿Qué dice? ¿Qué dice un padre?

Mirá, tiene como una cosa así muy distante con lo mío. En algún momento me dijo cuando escribí una novela que se llamaba Gramática de las sombras, “Ahora sí escribiste una novela”, ¿ves?, tiene esas cosas. Y ahora lo que me dice es “Qué oscuro está esto”, cuando yo siempre busqué, te juro, que me dijera simplemente “ Che, loco ¡bien! ¿eh?” 

M. ¿Jamás llegó ese reconocimiento?

Esporádicamente y muy poco, por ejemplo, se olvidó de la presentación ahora, pero, claro, igual es grande ya..

M. ¿Qué edad tiene?

Ochenta y seis. Pero hay algo curioso, yo creo que soy un escritor porque digamos, indirectamente yo te puedo estar diciendo algo lexicalmente, a través de mi discurso; y por debajo te estoy diciendo muchas otras cosas. Mi viejo hizo eso. O sea, me dijo: «Tenés que ser contador, o tenés que ser médico”, o alguna pelotudez así; pero por debajo me estaba diciendo que el modelo pasaba por otro lado, sin que por supuesto lo supiera. Es decir, como una especie de contramandato ¿no?

M ¿Qué dijeron en tu familia cuando dijiste que ibas a crear letras?

Y por supuesto no me apoyaron y se resistieron. Yo estudié un año Derecho en el Salvador, menos de un año, unos seis meses, la primera tanda de parciales no me lo banqué, y le dije a mi viejo «El año que viene me voy a estudiar letras». También me compré una flauta traversa, que en ese momento me encantaba y que ahora la tiene mi hija, y quería tocar la flauta y en algún momento mi maestro me dijo «Bueno, decidite o tocás la flauta o escribís…» Y no me arrepiento en absoluto de lo que decidí.

M. Ahora vuelvo yo al tema del trabajo. Habiendo salido de Puán, ¿cómo terminaste en una empresa multinacional de medicamentos?

En realidad, yo me casé a los 27 años y necesitaba un trabajo, empecé a trabajar en un laboratorio chiquitito y seguí estudiando Letras. Y era un laburo perfecto porque en ese momento no había llegado la globalización a los laboratorios. En los laboratorios nacionales era una cosa así, ¿sabés lo que es un visitador médico?, vas al hospital, de ocho y media a nueve, te cruzás, hacés face, empezás a estudiar, boludeás, que sé yo. A las once y media te vas del hospital, volvés a las tres de la tarde a la zona, y cuando volvés, ya pasado medio día prácticamente, estudiaste, leíste, escribiste, comiste en tu casa, saliste a la calle. Un laburo perfecto. Ahora, cuando el entramado en los noventa, se empieza a abrir y las corporaciones empiezan a comprar sectores de mercado como este pequeño laboratorio, pasás a formar parte de una enorme multinacional. Hubo otra intermitencia, me voy a la mierda a Europa, vuelvo, y digo «¿Qué hago? ¿Doy clases o vuelvo a la valija?”,  y volví a la valija.

M. Hiciste curso de visitador médico o hiciste la carrera? o ¿No hiciste nada?

Yo entré de casualidad, mandé una carta por consejo de un terapeuta. Hice terapia con un tipo hace ya también una pila de años, un tipo que tiene sus historias, un terapeuta al que no volvería porque está completamente loco, y fue él que me dijo: «Vos lo que tenés que hacer, es ser visitador médico porque te va a dar tiempo para estudiar letras». Y yo le di bola, busqué en el Clarín, ¿viste los avisos clasificados?, ahí mandé, yo tendría veinticinco, veintiséis años.

M. O sea, totalmente aleatorio…

Absolutamente. Me tomó un tipo y dije «Bueno, no lo puedo creer…». Después se organizó la carrera, creo que no existiría en esa época, sino mucho después. Pero claro, vos tenías que ser un buen vendedor supuestamente y punto. El tipo que me tomó, te lo juro, que era medio nazi, él mismo en un momento dado, me dijo «Usted va a pensar que yo soy nazi, pero no.» Y agregó: “Yo fui nazi, ahora no.» O sea, el tipo había estado en la revista Cabildo, era derecha extrema. Ese tipo es el que me tomó para el laburo  y a partir de ahí empiezo cómo te digo… a entrar y salir de la visita médica, era lo que a mí me permitía buena guita y estar en bares. Estar en bares, implicaba leer y escribir.


M.
Vamos a Villa del Parque, «Jessica Galver«, por nombrar solo uno de los siete relatos y te pregunto, ¿solo el dolor abre mundos?

No, para nada. No, no, no. Fijate que… me parece ¿eh?,  que no se trata solo de dolor, porque en Jessica Galver hay un erotismo muy particular. Yo, en ese relato, lo primero que trato de narrar, es una belleza descentrada…

M. ¿Fuera del estereotipo?

Fuera del estereotipo, exactamente. Ese cuerpo excesivo, pero al mismo tiempo de un enorme peso, terriblemente etéreo, ¿no? O sea, es una belleza que cautiva incluso a la persona que la cuida, que hasta le acaricia un pezón porque es casi… casi un ángel. O sea que el dolor y lo otro, el tratamiento y lo cruento, están bien por afuera, como una especie de satélite. Esta mina que parece como una especie de santa por esa cuestión nimbada que tiene, por lo menos mi mirada era sobre todo la relativa a la cuestión de la voluptuosidad, del erotismo, de la cosa excedida. Eso me encantaba y era lo que quería narrar.

M. ¿Estuviste alguna vez con una mujer muy gorda? Lo pensé en algún momento, mientras leía.

No, no, no. Igual me gustan las mujeres gordas, me parece que tienen pliegues para guardar algo, que eso es increíble. ¿Cómo funciona el deseo?, si vos ves todo,  si tenés la captación total, perdés la ilusión. Fijate lo que pasa en los matrimonios de muchos años, tu pareja te conoce tanto: tu tiempo, tu vida, tu cuerpo, tu pasado, que casi como que se cae el deseo. Por supuesto, todo esto tiene que ver con procesos psíquicos y es una ilusión, porque obviamente que yo conozco a quien tengo al lado, y sin embargo si hago el proceso de pensar que quizás hay un pliegue, algo que desconozco, como por ejemplo: ¿qué hace a las tres de la tarde, cuando yo no estoy?, se genera un cierto misterio.

M. ¿Qué cosas te conectan con tu parte lúdica?.

La literatura sobre todo… o sea, siempre es fuego.

M. ¿Excluyentemente?¿Que aficiones tiene un escritor? Correte de la literatura.

Salgo a correr, salgo a correr bastante. Y es algo que me encanta, eso sí me encanta, salir a correr. Eso lo descubrí de viejo ¿eh? No creas, salgo a correr por la calle y me encanta correr por la calle.

M. ¿Con música o sin música?

Sin música, sí, sin música. Y voy a Palermo, voy hasta el  Rosedal… de Callao hasta el Rosedal son tres kilómetros.Y me doy una vueltita que son mil seiscientos metros más, o sea que hago cuatro kilómetros seiscientos, justo.

M. ¿Cuántas veces por semana?

Es muy relativo, pero trato de hacerlo de dos a tres veces, por semana; a veces solo una vez, como esta semana, con el tema de la editorial y todo eso. Además doy talleres, salgo con mis amigos, salgo con mujeres.

Fotografía: Ricardo Ceppi (de la solapa de Villa del Parque)

M. ¿Qué música escuchás hoy?

 Jazz y algunas cosas de clásica.

M. ¿Te lamentaste por la muerte de Leonard Cohen?

Sí, sí, sí… Mucha gente no lo había leído, mucha gente no lo había escuchado y es maravilloso en las dos cosas. Es tremendo. También me puso muy feliz lo de Dylan ¿no?

M. A toda una generación.

Sí. A mí me encantó que sucediera eso cuando en realidad son tan protocolares los premios, sobre todo el premio Nobel. Me encantó Dylan.

M. Dijiste que te interesaba el tema del encierro y lo vincular, dentro de pequeñas comunidades. Y las pequeñas comunidades que en algún punto son transitorias y ejemplificabas con dos hermanos, preguntándote cuánto tiempo real han compartido o vivenciado juntos. ¿Te conflictúa el tema del tiempo? ¿O eso fue superado cuando te decidiste a cambiar tu vida?

No me conflictúa para nada. Bueno, por supuesto cuando tenés un laburo que te saca mucho tiempo, como era mi caso, al salir puede pasar que te agarre como una ansiedad de aprovecharlo, porque no te queda mucho. Pero estoy tratando de despegarme de esa imagen, de ese mandato de aprovechamiento y sobre todo quiero correrme -aunque igual es una lucha-, de la noción de productividad. Ese preguntarte permanentemente, al fin del día: ¿qué hiciste hoy?

M. ¿Cómo se decide uno a terminar con la vida tal y como la conocemos y ejercimos desde que tenemos memoria, acomodaditos y ajustándonos a los mandatos y a las reglas? ¿Cuándo, cómo y por qué decidiste no deber algo más, a nadie, solo a vos mismo?

Tengo un gran amigo que me sirve como modelo, es un tipo que es un personaje,  se llama Alejandro Bettinotti, y le decimos Chopin; es un músico de tango, un tipo que ha logrado mucha libertad, y esas cosas te sirven, son como mojones. Tiene exactamente mi misma edad, nació en el ’62 y el tipo tiene una libertad maravillosa, o sea, hace lo que carajo quiere; incluso, te diría, en márgenes gozosos, se mueve siempre de esa manera. Es la pareja de una gran amiga, un tipo muy piola; para mí, un hermano, un tipo que me ayuda mucho. Fue una de las figuras claves para que yo mandara todo a la mierda. En la decisión se conjugaron varias cosas, en realidad. En ese momento, yo estaba casado, tenía a las dos chicas, y mi ex y mis hijas me empujaban. Me decían: “ Déjate de joder. Si estás mal, mandá todo a la mierda”. Por otro lado, yo estaba laburando acá cerca, en el «rulero» (nota de M: la Torre Prourban, es un edificio de oficinas que se encuentra en el extremo norte de la Avenida 9 de Julio, junto a la Avenida del Libertador, en el barrio porteño de Retiro), y estaba hasta las pelotas con cosas pelotudísimas, y me llamaba de repente Betinotti, que vive en San Martín, provincia de Buenos Aires; de esto hará unos cinco años atrás. Él sin preguntarme nada, empezaba a hablar de lo que estaba haciendo y yo lo imaginaba en la cocina de su casa, que da a un patio y a la que le sigue  un fondito. Entonces, yo sabía dónde estaba Chopin, mientras por mi parte, estaba tapado de trabajo…

M. ¿Lo ubicabas físicamente?

Claro, exacto, y entonces, diez y media de la mañana, sonaba el teléfono y me decía: «Jorgito, ¿qué hacés?, quiero leerte algo», y me leía el tipo. Se había comprado dos o tres tomos de la obra en pocket de Borges y decía: «Escuchá esto boludo, escuchá». Mientras yo me decía: «¿Qué hace este hijo de puta?» O sea…

M. ¡Tiene tiempo para leer!

Claro. Está al pedo, pensaba yo, y además escuchaba…  ¿viste el mate?, bueno, yo escuchaba el sonido de la bombilla…Y el tipo lo ponía en palabras y me decía: «¿Escuchás la bombilla?».

M. ¿Y vos estabas…? Decime vos, ¿cómo estabas?

Estaba hasta las pelotas acá en el «rulero»… no sé, en el piso veinte, preocupándome por un médico estúpido que no venía… O presionado por alguna venta. Ese hecho te llevaba a una confrontación. Es decir, ahí sí te preocupabas por esto del tiempo. Sos finito, te decías. Y en ese momento uno se hace preguntas: ¿cuándo te vas a tirar a la pileta? ¿Cuándo vas a empezar a hacer tu vida? Así empezó todo mi proceso. Esa imagen de Bettinoti a las once de la mañana, o diez y media, chupando mate, leyendo a Borges. Pensando, levantando el teléfono, llamándote y compartiendo: «Jorgito, mirá esto. Escuchá…escuchá». Y me leía algo, frente a la inmediatez más absoluta en la que estaba.

A esa imagen, le siguió un Congreso Panamericano, al que asistieron un montón de médicos. Yo estaba en el medio de todo ese ruido, con integrantes de Latinoamérica,  brasileños incluídos, que invitaban a pinchar unos globos, para un concurso. Y me sentí tan absurdo, en ese marco, que ahí lo encaré a un gran amigo, que es un tipo que está en México ahora y le dije: «Che loco,  quiero decirte una cosa, me voy a la mierda de acá, me quiero ir a la mierda». Me dijo: «Jorgito, ¿estás seguro?». Y sí, no me bancaba más y cuando se lo dije, agregó: «Y bueno, vos sabés que si te vas, indemnización no tenés». «Mirá, negro, no me voy a ir a la competencia, me voy a mi casa a escribir, dame una mano, hablá con Recursos Humanos», y así fue. Habló con recursos humanos, y lo que me ofrecieron fue lo mejor del mundo, me dijeron: «Mirá, te bancamos la indemnización pero vos tomás a tu reemplazo y lo entrenás». Ahí empezó el mejor momento de mi vida, fue un proceso de un año, pero ya desde la toma de la decisión, empecé a disfrutar mucho.

M. El barrio como una especie de cosa nuclear, protectora, casi de útero o casa paterna, ¿por qué se convierte en un territorio, solo de la memoria?, ¿por qué ya no podrías volver a vivir a Villa del Parque?.

Porque hay un compromiso afectivo demasiado fuerte, es decir, es un lugar -para mí-, muy importante, ¿viste? Afectivamente, muy importante. Villa del Parque es de esas zonas de la infancia que vos llegás, pero no te podés quedar. Porque siento que habría algo de estancamiento, ¿me entendés? O sea, así lo vivo, así lo trato de nombrar. No sé si esto es generalizado o qué sé yo, pero siento que estaría demasiado cerca del lugar que salí. Entonces, prefiero hacer visitas.

M. ¿La vida no es cíclica? ¿Uno no vuelve muchas veces al lugar de dónde salió?

Sí, sí, sin duda, o sea, de hecho vuelvo, pero no podría quedarme en ese lugar,  no me sentiría bien. Prefiero preservarlo como el lugar de lo intocado, hay cosas que cerrás como una entelequia, y que decidís preservarla. Que tiene la entidad del recuerdo, al cual vos podés volver. Por ejemplo, me siento mal ahora, estoy por el centro y digo: “¿Cómo estará Villa del Parque?». Vuelvo a ese recuerdo y es un recuerdo beatífico. O me voy a Villa del Parque ahora y digo: «Esto es lo más bello del planeta». Camino en lo bello pero tengo que salir de ahí. Porque si no sería demasiado anóxico, sería demasiado asfixiante.

M. Hablaste ya de Villa del Parque, una especie de territorio idílico para vos, concepto que entiendo tanto, por haber vivido toda la vida en ese mismo barrio, pero ¿cómo se entiende ese nombre como título para tu último libro, para el que no conoce cómo y por qué surgió? Para el que no tiene ni idea de qué significa para vos Villa del Parque, ¿cómo le suena ese nombre?

No podría meterme en la experiencia subjetiva del saber cómo le suena al lector. Te podría decir cómo me suena a mí. O sea, para mí, Villa del Parque tiene que ver con una instancia climática donde está todo como en posibilidad, todo como en potencia. Digamos por ejemplo, el parque está como muy presente, incluso el árbol y hay algo de eso que tiene que ver con territorio intocado, en algún punto, beatífico. Territorio que te cubre de alguna manera, lugar idílico. Sobre todo me parece eso. Como síntesis: Villa del Parque es un lugar idílico, es eso y por eso el título.

M. ¿Por qué para este libro de relatos? ¿Por qué en esta vuelta el relato después de Hospital Posadas?

Mirá, porque en realidad me parece que el clima de los textos tiene que ver con lo idílico. Algo de la atmósfera de ellos, tiene que ver con la vuelta a ciertos lugares. Por ejemplo, el primero, Diagonal sur. O Viajar, viajar, que también tiene que ver con regresar a la casa paterna, o La terraza, a la adolescencia, por lo menos para mí que soy, digamos, el autor, la terraza tiene que ver con ese adolescente. Entonces, me parece que ese lugar idílico, que más allá de que sea doloroso, porque además lo cierto es que también hay momentos muy desgarradores, o sea sigue siendo un lugar idílico más allá de lo desgarrador.

M. Reconocés que la obra de De Benedetto te dejó una marca importantísima como lector. La narración de ciertas cosas cotidianas con ese extrañamiento. Y otra vez cierta poética «Ahí estábamos por irnos y no», se lee en las primeras líneas de Zama que son particularmente bellas. Una novela sobre la espera ¿Qué espera Jorge Consiglio hoy?

Mira, cosas muy de resolución inmediata. O sea, en principio seguir escribiendo siempre. Espero seguir escribiendo siempre, a morir. Seguir leyendo siempre, ¿no? Que ya con eso me alcanza. Y, te repito, cosas más inmediatas, como poder irme a un barrio, que no sea Villa del Parque específicamente, pero que esté en el medio, y poder armar mi historieta ahí. La editorial es un re proyecto también, que me interesa mucho y seguir publicando, o poder publicar cositas.

M. La última pregunta. Nosotros decimos que ya la institucionalizamos ¿Cómo hacer para buscar y saber reconocer quién y qué en medio del infierno no es infierno y hacer que dure y darle espacio?

Yo creo que a fuerza de pura intuición.  O sea, de puro placer e intuición. Creo que no hay reglas para eso, sino que en ese tanteo, a fuerza de gozo y de placer, la vas encontrando. Definitivamente, la vas encontrando. No puede haber algo programático, sino que hay algo del orden de la gracia.¿Viste ese concepto cristiano de la gracia? Bueno, ¿cómo haces para acceder a la gracia? ¿Hacés fuerza, y Dios entonces te elige? ¿La gracia es dada? No. Pero sin embargo hay que seguir. Hay tanto de tu  fuerza como la del otro. Es muy difícil explicar la gracia. O sea, si no tenés la gracia, no sos responsable; pero sí sos responsable. ¿Es de Dios?. No, porque implicaría abortar el libre albedrío. Entonces prefiero pensar que hay como una pulsión y lo otro se acerca…se va dando, pero no es programático.


Nada es programático, definitivamente. En alguna otra entrevista, leímos que él mismo cuenta que Villa del Parque, su último libro, fue escrito, casi todo, durante el verano; en su casa, “absolutamente solo y al amparo del cuento”. “Era acostarme a dormir y decir: mañana escribo. Y eso te justifica”. Qué imágenes, pensé al leerlo, y recordé esa novela sobre la espera que es Zama.

«Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría.

Llegué hasta el muelle viejo, esa construcción inexplicable, puesto que la ciudad y su puerto siempre estuvieron donde están, un cuarto de legua arriba.

Entreverada entre sus palos, se menea la porción de agua del río que entre ellos recae.

Con su pequeña ola y sus remolinos, sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos.

Ahí estábamos, por irnos y no.»

Así comienza la gran novela de Antonio Di Benedetto, con esas exactas líneas de una absoluta y despojada belleza. Conmovedoras y profundas líneas.

Jorge Consiglio, no es como el personaje de Zama. Él no esperó que alguien viniese a sacarlo de su ensimismamiento y mimetismo con esa urgencia pelotudísima de la que un día se hartó, al ver cómo, señores profesionales, pinchaban globos, en una convención de Latinoamérica. No señor, él no quiso volverse polvo o nube o cadáver de mono, enredado entre los palos de una vida muelle que no era nada muelle, al fin y al cabo. Dio su grito de Ipiranga y en vez de echarse a morir, eligió crear en el silencio de su casa. Allí nació una nueva escritura. Los bares, los dejó para las entrevistas y sin saberlo, dejar pensando a los entrevistadoras que todavía no se animaron a cantar las hurras.

Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí”, es una de mis citas preferidas de Zama.

«Me gusta pensar que hay vínculos misteriosos entre las cosas de la vida.«, así escribió Jorge Consiglio en Villa del Parque, su barrio y el mío.

 


Confiamos en Atexto para la transcripción de nuestras entrevistas.

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