Escribo para no darle espacio a la muerte

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Escribo para no darle espacio a la muerte

Algún día escribiré la historia del mapuche que construyó su casa en medio del desierto, ahí donde el viento se parece a un animal que muestra sus dientes.

Así dice mi entrevistado y en mis asociaciones libres pienso que no es casualidad que uno de sus libros más preciados sea El Eternauta. Decía Héctor Germán Oesterheld que su gran obra fue su propia versión de Robinson Crusoe, ese libro que le regalaron siendo muy chico y confesaba haber leído más de veinte veces.

¿Cuántas veces habrá leído el poeta, esa historieta emblemática? La que en palabras de su autor nos habla de “la soledad del hombre, rodeado, preso, no ya por el mar sino por la muerte”

Muchas seguramente, quizás se lo pregunte en ese ida y vuelta que mantenemos correo electrónico mediante. Tan sencillo y generoso como él, unas pocas líneas para compartir un poemario, una entrevista que le hicieron, algunos poemas que son publicados más cerca o más lejos de su lugar en el mundo, aquel donde nació, bien al sur de la Argentina, donde el viento es protagonista de sueños y desvelos.

De noche, el viento se detiene. Un perro que ladra inventa el desierto.

Así dice él en uno de los micropoemas de su último poemario Gorriones en la noche.

El que escribe amaina los vientos, dice en otro, para terminar de cerrar el círculo en el siguiente.

La distancia que me separa del paisaje es lo que me ata al mundo.

Su mundo escarchado, en el que sueña con fotografiar el viento.

¿Cómo realizar semejante sueño? Se me ocurre que escribir poesía es una forma de hacerlo.

 “Nunca me interesaron los superhombres ni los héroes invencibles y todopoderosos. Con ellos sólo pueden construirse malas historietas. Prefiero los hombres comunes, viviendo historias que quizás pueden ocurrirle al lector.”

Así declaró Oesterheld alguna vez. Lo comparto plenamente.

Y como me gusta la gente común y esas historias de vida que me dicen mucho, voy probando suerte y a veces se me da.

El ida y vuelta con él, como con un puñadito de personas queridas,  es  de alguna manera una forma de no estar solos en la soledad.

En esa maravillosa obra que es Caligrafía tonal. Ensayos sobre poesía, Ana Porrúa dice: “La síntesis contra el exceso; el idioma, podríamos decir, contra el significante”. “Una poesía “de mínima” como dice Aulicino”, cita la autora.

Una poesía que nace de la observación del mundo y de la relación que entablamos con las cosas.

Pienso en lo que Curinao escribió en su blog La chispa adecuada: Cuando leo un libro, me gusta marcar con un punto negro las hojas a las que voy a volver. Son diminutas piedras al final del camino, esa posibilidad de abrir los ojos a la vida.

Vuelvo a Porrúa: “El ejercicio de la mirada es la piedra de toque de los neobjetivistas; funciona como límite -cierre y apertura- del poema.”

Pienso en las sincronías, en las lengüetas de colores de mis libros que me permiten volver una y otra vez.


M. Naciste un 3 de mayo como Juan Gelman que sobre la poesía dijo en su emblemático poema: “habría un par de cosas que decir/que nadie lee mucho/que esos nadie son pocos/que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial/ y con el asunto de comer cada día”.

¿Qué par de cosas podrías decir de la poesía?

Así es, nací un 3 de mayo, el mismo día que se conmemora el Día Internacional de la Libertad de Prensa también.

La poesía ha sido fundamental en mi vida. Me acompañó en momentos difíciles, me ayudó a sanar heridas. A elaborar duelos.

M. Sé que no usás las redes y asisto curiosa a cómo repican de todas formas tus poemas. Es como un correr la voz. ¿Por qué no utilizarlas como instrumento para llegar a más personas?

Es cierto, y agradezco a quienes se toman el tiempo de difundir mis poemas. No es por nada en especial, quizás en algún momento las tenga. Igualmente, el blog lo actualizo seguido. Ahí se pueden descargar mis libros.

M. Alguna vez, hablando de esa entrañable amiga en común que es Eme, de revista Qu, me dijiste que ella era de esa «gente necesaria, como decía Hamlet Lima Quintana». Totalmente de acuerdo con vos, evoqué ese otro concepto, el de la «gente que sí», como son ella y vos mismo.

¿Quiénes forman parte de tu puñadito de gente necesaria y por qué?

Mi familia, que es muy pequeña. Mi madre y mis sobrinos han sido mi prioridad, siempre. No he sido un gran cultor de la amistad. Aunque en estos últimos años, estoy más sociable. Suelo encontrarme, en un café, a charlar con personas relacionadas al arte, a la literatura. 

M. ¿Podés contarme quiénes son esas personas relacionadas con el arte? En el café donde se reúnen, ¿sos conocido?

Me reúno con el under de Gallegos. Si dijera sus nombres, rompería el hechizo.

Más que en el café, me conocen bastante en mi ciudad porque trabajé muchos años en la calle, y ahí conocí a los personajes más siniestros, más pintorescos. Son de esas personas que no sabés los nombres, pero que trataste por mucho tiempo. 

M. ¿Qué dice tu madre de tu poesía?

Mi madre nunca consideró mi poesía, nunca leyó un libro mío, y creo que está bien que sea así. Vengo de una familia de laburantes, en la cual el arte no es fundamental, es considerado una pérdida de tiempo, el ocio mismo. Por eso me gusta regalar mis libros, porque todo me costó el doble.

M. Escribiste un poema sobre tu padre, ¿se lo llevó el mar realmente?

Mi padre murió en circunstancias muy raras, en octubre de 1987. Estuvo desaparecido un poco más de un mes y lo encontraron muerto a orillas del mar, en un lugar inaccesible llamado Cabo Buen Tiempo. Tenía 47 años. Él no era pescador ni tenía nada que ver con el mar. Es probable que hasta el último día de mi vida no sepa qué pasó.

M. Te confesás lector de poesía desde siempre, Alicia Genovese dice que “el lector de poesía suele ser un lector detenido, atento con su intuición a esas síntesis de palabras, atento a los detalles como un miniaturista”.

¿Te considerás un miniaturista también como escritor?

Creo que la poesía se trata de un trabajo de entrenamiento de la mirada, de los sentidos. Con los años, he ido escribiendo una poesía cada vez más breve. Antes no, era más pasional, escribía mucho y no decía nada.

M. El poeta chileno, Jorge Teillier, sostuvo en alguna entrevista que un escritor puede hacerse, a fuerza de escribir, pero el poeta, no, porque hay algo que él decía, es de piel.

¿Creés en ese concepto?, como él ¿vos también sabés reconocer a un poeta verdadero aunque sea malo?

Escribo desde mi adolescencia, estuve más de 10 años sin contarle a nadie que lo hacía, por vergüenza, por timidez. Es probable que aún sin publicar, hubiese seguido escribiendo. Con todo esto, quiero decir que la poesía es un destino. Lo vas a hacer, aunque nadie te lea, aunque nadie te escriba. Escribo para no darle espacio a la muerte.  

No me atrevería a decir si un poeta es malo o no, porque eso me pondría en un lugar incómodo. De todos los libros que leo, rescato algún verso, alguna palabra, y eso me salva el día. 

M. ¿Qué es lo mejor y lo peor del silencio?

No es bueno estar mucho tiempo en silencio porque se puede volver peligroso. No es bueno estar tan ensimismado. Lo bueno, como decía un poeta, es reconocer una voz en medio del desierto (o algo así). 

M. Le atribuyen a Ezra Pound haber inventado la poesía moderna, y como una virtud, intervenir poemas ajenos, de tal forma que poetas mejores para algunos como Eliot, Auden y Yeats entendieron la necesidad de eliminar lo ornamental para que la poesía duplique su carga expresiva.

¿Creés como él, que trabajar es orar y sólo la emoción perdura?

Sí. En ese sentido, los haikus son la expresión mínima, la condensación. Como decía Charles Wright: “Si no puedes expresar lo que quieres en tres líneas, mejor cambia tu estilo”. 

M. ¿Qué objetos son irrenunciables a la hora de escribir?

No tengo rituales a la hora de escribir. Si tengo la posibilidad, prefiero el lápiz a la lapicera. Escribo en hojas sueltas, en libretas, en cuadernos, nunca en la computadora. 

M. Nuestra admirada Alejandra Pizarnik afirmó que haber nacido mujer era una desgracia para ella, aunque añadió que “lo importante es aquello que hacemos con nuestras desgracias.”

¿Es una desgracia haber nacido en un lugar donde el viento aísla, confina y separa a la gente?

Río Gallegos es una ciudad muy especial, con poco movimiento cultural. Hace varios años que no tenemos un teatro, por ejemplo. De Chubut para arriba la cosa cambia, y también el clima es distinto. Por otro lado, no es lo mismo escribir poesía acá que en Buenos Aires. La repercusión es distinta porque nuestras formas de vida son distintas. 

M. Tal como sostenía ella, ¿sentís que el poema es un peso que hay que soltar y que es recién en el encuentro con el lector que la palabra solitaria se aligera?

¿La poesía se realiza en la lectura?

Hay poetas que han sido como padres, poetas con los que aprendí, con los que mi vida se ha vuelto mejor. Quiero decir que leer poesía te ayuda, te abre la cabeza, los sentidos.

Ya no sos el mismo después de haber leído poesía. 

M. Podrías nombrarme algunos de esos poetas que han sido como padres para vos.

Son muchos, realmente. Pero te nombro los primeros que se me vienen a la cabeza: Alejandra Pizarnik, Juan Gelman, Antonio Porchia, Antonio Gamoneda, Jorge Teillier y Arnaldo Calveyra. 

M. Has leído Correspondencia y poemas, esa publicación de Edhasa que recoge la amistad epistolar entre dos poetas de latitudes lejanas, René Char y Raúl Gustavo Aguirre. ¿Con qué poeta mantendrías una relación por correspondencia y por qué?

No sé si una amistad, pero me hubiese gustado conocer a Antonio Porchia, a quien considero un maestro. Me hubiese gustado agradecerle personalmente sus Voces, que me acompañan desde siempre, en el desierto. 

M. ¿El desierto en alusión a Río Gallegos?, ¿o el desierto como un espacio en el que habitan vos y tu poesía?

Desierto es el lugar donde empecé a construir mi casa hace 10 años, que está a unos 15 km del centro de la ciudad. Desierto porque no había nada ahí. Ahora es un barrio, con calles, con perros, con gente. Es el espacio que habito; seguramente ahí mis poemas harán su propio camino, como siempre lo han hecho.

M. Pienso en ese vínculo entre Char y Aguirre. ¿La admiración por la poesía de los otros, conspira contra la propia? ¿es aliciente o inhibe?

Creo que un buen poeta puede hacer mejor al resto, a los que vendrán. Es una huella interesante a seguir. Después, cada uno construye su propia voz. 

M. No hay mucho material relacionado con entrevistas o reportajes a Antonio Porchia, en una que recogió Página 12, cada respuesta en su profunda brevedad, bien podría ser una de sus voces. Al preguntársele sobre los sueños, respondió: “…no tienen valor especial para mí. Duermo para descansar, para poder vivir. Cuando sueño algo, después de un tiempo no sé si fue un sueño o si lo pensé, simplemente.”

Vos, que en el poema decís habitar detrás de los sueños, ¿soñás? ¿con qué o quiénes?, ¿has escrito poesía sobre los sueños?

Sueño con muchas cosas todo el tiempo, pero no están relacionados directamente a la poesía. Mis sueños son pequeños, mundanos. Me hacen feliz las pequeñas cosas. Cubrir la canilla de agua de mi casita para que no se escarche, por ejemplo. 

M. ¿Se ha escarchado alguna vez la canilla de tu casita?, ¿está en el exterior? ¿cómo se cubre para que no se escarche?

No sólo la canilla. Estos últimos años se ha escarchado el barrio entero. Te lo puede contar cualquier vecino. En mi caso, le hago unos menjunjes con cinta térmica y lana de vidrio. A veces, un fueguito. De todas maneras, igual se va a escarchar. Luego no hay nada qué hacer, sólo esperar a que salga un poco de sol.

M. Lo decía el poeta francés y a Foucault le gustaba repetirlo: «Desarrollad vuestra legítima rareza».

¿Cuál creés que es tu legítima rareza?

Quizás sea raro escribir poesía en este lugar, intentar hacer algo mejor en un lugar que poco tiene de poético, en una provincia donde hay un alto índice de suicidios. 

M. Hay algo curioso en tu respuesta, y me quedé girando sobre ella. Es sencillo el por qué, pensé enseguida en todos los poetas que se han suicidado, Pizarnik misma, Alfonsina Storni, Maiakovski, Cesare Pavese, Paul Celan, Marina Tsvietáieva, entre otros.

¿Qué pensás acerca del suicidio? ¿Por qué creés que se suicida la gente allí, en tu lugar en el mundo?

La cuestión del suicidio es muy compleja, y temo meter la pata, sobre todo porque conocí a personas que se quitaron la vida. En su memoria, mi recuerdo y mi respeto. Sólo diré que me causa mucha tristeza cuando un chico toma esa decisión. 

M. Se habla del arte en general y de la poesía en particular, como de formas de resistencia. ¿La poesía tiene o debe tener una función social?

La poesía social habla de un compromiso, en algunos casos ese compromiso es militante. En definitiva, el único compromiso que tiene el poeta es con la escritura, con su lengua. 

M. En sus Anticonferencias, Isidoro Blaisten escribió 19 consejos útiles para presentar un libro, entre los cuales destaca el de no pensar en nada. “Después, con el tiempo, tendrán todo el tiempo del mundo para pensar. Podrán pensar que Neruda vendió los muebles de su casa para pagar la edición de su primer libro; que Stendhal vendió once ejemplares de Rojo y negro en siete años; que Kafka se murió sin ver un solo libro publicado; que André Gide rechazó los originales de En busca del tiempo perdido por no considerarlos dignos de publicación…”

¿En qué cosas pensaste después de la publicación de tu primer libro? ¿Alguna vez pensaste en dejar de escribir?

La publicación de mi primer libro se dio en un contexto muy especial porque fue el premio a un concurso de poesía local. Lo que más recuerdo es el día que me llamaron para avisarme que había sido seleccionado. Lloré mucho esa tarde.

Pensé en Guillermo, mi hermano, que lo había perdido apenas tres meses atrás. Él fue uno de mis primeros lectores, una de las pocas personas que sabía que me iba a presentar a ese concurso. Cada vez que publico un libro nuevo, pienso en él, en lo feliz que se pondría.

Así como un día dejé de jugar a la pelota, algo que me daba felicidad, puede pasar que deje de escribir. Lo que es poco probable que suceda es que deje de leer poesía. 

M. ¿Seguís participando en concursos? ¿Creés en ellos?

No he vuelto a participar en concursos, pero considero que son importantes. Si no hubiese sido seleccionado en ese concurso es probable que nunca hubiese publicado. Para autores inéditos, sobre todo, es una posibilidad única. Ya el hecho de participar es trascendental. 

M. Hay una pregunta que dejo siempre para el final, ya es un clásico te diría, y tiene que ver con lo que dice Italo Calvino acerca de “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”, ¿cómo hacés vos ?

He tenido momentos de profunda tristeza, pero no lo llamaría infierno. El infierno es otra cosa. En mis tristezas, siempre ha estado la poesía, mi familia. Y algo que me hace muy bien es la actividad física, trotar, sobre todo. Lo hago desde el 2007 de manera disciplinada. Tengo el sueño de participar de un maratón.


Si llegaron hasta aquí, les compartiré aquello que le confié a Jorge. Estas preguntas seguramente no son las mismas que hubieran sido, pero siempre sucede así porque cada cosa se realiza en el momento justo.

Como sucedió otras veces le pedí algo más. Una presentación en primera persona y en unas pocas líneas, como si lo hiciera ante un auditorio que cuente con niños.

Nací una madrugada de mucho frío en Río Gallegos. Tercero y último hijo de un matrimonio de laburantes. Comencé a escribir poemas a los 18 años y nunca dejé de hacerlo. Antes de eso, jugaba todo el día a la pelota y me la pasaba leyendo El Gráfico. Me gustaba andar solo también. Soy de los cruzan los puentes a las dos de la mañana. Mi sueño es fotografiar el viento.

M. Amé la foto de los retratos de Gelman, Porchia y Pizarnik, ¿me contás a dónde lleva ese pasillo? ¿cómo fue la decisión de reunir a los tres poetas? ¿fueron todos al mismo tiempo o cuál fue primero?

Son cuadros de mi habitación. El primer cuadro que hice fue el de Alejandra. Saqué la foto de una nota de Página/12. Luego vino el de Gelman, que la recorté de un especial de Clarín. Y el tercero en aparecer fue Porchia, esa sí la tomé de Internet. Mi Santísima Trinidad tardó unos 20 años en completarse. 

M. La de la costanera, dónde es exactamente. ¿Es un lugar que recorrés?

En el verano, suelo caminar por la costanera. Es algo que empecé a hacer hace algunos años. Ahí al frente es donde encontraron a mi padre, por eso más que un paseo de distracción, es una caminata de reflexión, de melancolía y de resignación. 

M. Esa mesa de trabajo con esa luz en las cortinas, ¿hacia dónde mira? ¿qué son esas pilas de revistas? ¿allí escribís?

Esa foto se la envié a Lore, una amiga, hace un tiempo. Solíamos juntarnos a charlar en ese lugar, que es mi habitación. La ventana da hacia la calle. Las revistas que se ven son las Ñ, de las que nunca logro deshacerme. No encuentro a nadie que les pueda dar el valor que les di. Escribí mucho ahí, sí.  

M. Te pedí que me regalaras un par de poemas para que hagan de Mégara, una ciudad más bella.

¿Por qué elegiste los de Cactus?

Porque se están cumpliendo 10 años de su publicación. Fue una linda etapa de mi vida. Está bien homenajearlo de esa manera. Además, es un libro dedicado a dos grandes amigos: Santucho y el Ruso.

Insistamos en el canto/El arte de los náufragos/consiste en dar vuelta el sentido de las cosas.

La muerte limpia mis sueños./La muerte se parece a esos niños que rezan en voz alta./Yo espero.


Para su último libro, cuenta que eligió como portada una foto de los palos chicos del club Los Indios, donde trabajó cinco años. Era parapalos, en el turno de noche, el más agotador.

Gorriones de la noche es un libro brevísimo e intenso como los saltos que solía dar para que los palos no me dejaran marcas en el cuerpo, y en la vida también.

En ese lugar, según cuenta, escribió y leyó mucho, además de soñar repetidamente con la posibilidad de publicar un poemario.

Ahí estaba, parando esos benditos palos, cuando me avisaron que Sábanas de viento había sido seleccionado para su publicación, en el año 2006. Ahí estaba cuando Guillermo, mi hermano, se fue de este mundo.

El poeta que vive en el desierto y sueña con fotografiar el viento, sometido al rigor de un oficio temporal que le imponía más esfuerzo aún. Los parapalos son aquellos empleados que en el boliche, levantan los palos y devuelven las bolas a los jugadores, personas que no se ven, que tienen que demostrar  destreza y capacidad de concentración.  .

Cuando digo bowling no hablo del juego de bochas, claro. Hablo de algo más profundo, hablo de la noche, de lo que significa romperse el lomo cuando todos duermen o salen a despuntar el vicio.

En el año 2004, Parapalos, un film argentino con guión de Santiago Loza y dirección de Ana Poliak, fue premiado en el BAFICI. A propósito de la difusión del largometraje, y del oficio elegido para la historia, dijo Poliak: “Todos los trabajos son invisibles a los ojos de aquellos que disfrutan de lo que el obrero produce. El bowling manual, parece ser casi una puesta en escena de este fenómeno. Los clientes están jugando, se están divirtiendo y son casi inconscientes de que al otro lado de la pista hay personas trabajando en condiciones casi infrahumanas. Me interesaba hablar de esto en forma sutil y casi sin mostrar a los jugadores, lo que sería el “contracampo” de la imagen que todos tenemos de un bowling”.

La poesía de Curinao tiene esa misma sutileza, habla de todo aquello que es invisible a los ojos de muchos, consigue que el lector se detenga y vea lo que nadie ve.


Él, que ama los cielos de Río Gallegos y el mar – a su entender la libertad en su máxima expresión-, tuvo un único perro.

Se llamaba «Show», no sé si escribe así, pero así lo conocíamos. Un verdadero campeón.

Renuncio a un lenguaje que no sea comprendido por los perros.

(de Gorriones de la noche)


En aquellas noches de parapalos en el bowling, cuando se iba el último cliente, casi ritualmente, el conserje ponía como música de fondo Nos sobran los motivos, y mientras preparaba todo para el día siguiente, el poeta cantaba.

«No abuses de mi inspiración/No acuses a mi corazón/Tan maltrecho y ajado/Que está cerrado por derribo/Por las arrugas de mi voz/Se filtra la desolación/De saber que estos son/Los últimos versos que te escribo/Para decir con Dios a los dos/Nos sobran los motivos.»

Foto, generosidad del autor.

Jorge Curinao, el poeta del viento. El que resume toda la belleza de la escarcha y del silencio.

 

 

4 Comments

  1. Eme dice:

    Qué hermosa entrevista, San. Me emocionan sus palabras, las tuyas y las de él.
    Qué lindo leer a dos personas que quiero tanto.

    Abrazo abrazo abrazo.

    • Sandra Patricia Rey dice:

      Se comparte la emoción y el cariño es mutuo e inmenso. Hoy la gente no se detiene y vos en cambio, lo hacés siempre. Abrazo multiplicado por seis.

  2. Mario dice:

    Nota que incluye una profunda búsqueda hacia el abismo del escritor. Se observa una aproximación extensa del periodista a la obra del poeta y eso es valioso. En el camino de la entrevista nada se desdeña y se trasforma en un texto mágico que las imágenes acompañan con la sonoridad de los recuerdos. Felicitaciones.

    • Sandra Patricia Rey dice:

      Qué satisfacción un mensaje tan generoso como este. Gracias Mario, tus palabras son un gran aliciente para mí.
      Sandra.

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