Érase de una vez

Andar sin ruido
22 abril 2018

Érase de una vez

Y al final no queda nada más que lo que soy…canta Abel Pintos, lo repite en el estribillo…si lo hicimos bien o mal/no importa/aprendimos la lección… y yo me levanto y bailo, muevo el cuerpo, abro los brazos y los cierro, mientras Milo mira con incredulidad la escena.

Un sábado cualquiera en el que la lluvia incesante y las noticias se alinean para dar batalla a mi manera de ver el mundo y vivir mi vida.

Tomé unos mates, unas fotografías, expliqué mi visión del asunto por aquí y por allá, en posteos propios y ajenos y me encaracolé tan tranquila.

Cuando eso sucede rebusco en los estantes.

El mundo acabará siendo un gran desierto de bicarbonato. Blancas, enormes dunas de bicarbonato, para curar las úlceras del tiempo. Cada día hay más úlceras. Más profundas. Un mundo cubierto de bicarbonato, para ir eruptando. ¿Cómo actuar decentemente si nuestra base es un montón de basura y bicarbonato?”

Tomo unas cuantas grageas de Max Aub y me pregunto cuáles son mis remedios para curar mis propias úlceras.

Alrededor, libros. Repaso títulos, autores, portadas, veo pegatinas asomando, acaricio lomos, dejo mi mano sobre alguno, armo abanicos o alzo columnas. Pienso, siento, leo en voz alto, callo, me pierdo en el silencio.

Entonces recuerdo principios y hay algunos que anuncian algo grande. Elijo uno, de esos que mientras los leo, abrazo.

Érase de una vez, de la colección microsaurio, de Enkuadres, la editorial de la letra torcida que me gusta tanto. Un poco menos que el libro de Anita, claro.

Ana Vidal, o Ana Vidal Pérez de la Ossa, la autora de este primer libro tan grande (¿es el primero o hay unas Puntadas sin hilo?), nació en Madrid, una ciudad como Buenos Aires, pero vive en una isla que tiene una “ley del cielo” para que se puedan contemplar las estrellas.

Ella, como yo, se dedica a ordenar y redactar textos jurídicos, de allí que sepa bien que las preguntas deben lanzarse al espacio para que nunca sean contestadas.

Es mejor buscar las respuestas, creando.

Anita escribe y escribe cual Penélope; y algunas historias, tejidas de sueños, esos mismos de los que ella está fabricada,  decidieron perdurar y dieron forma a esta opera prima, o segunda, ya nos dirá ella.

Jugar con las palabras es un riesgo, ella lo corre y nos invita. Una letra puede cambiar el significado de una palabra o de una frase, o darles sentido. Quizás tiene que ver con el interés que le despiertan las grietas, como contó en alguna entrevista.

“Las grietas por las que se cuela la luz y la oscuridad, eso también me interesa mucho. Las grietas que tienen las personas. La luz en la oscuridad y la oscuridad en la luz. Las sombras. Escribo como si quisiera hacer una fotografía.”

Y hace fotografías, desoladas y crueles en ocasiones, pero aún así, luminosas.

Se suele decir que el microrrelato o microcuento, como género literario, se encuentra entre el cuento y el aforismo y versa sobre un hecho muy visual, que supera la mera anécdota.

Una historia contada en pocas líneas, de manera precisa y rotunda diría yo, con  una fuerza tal que turba al lector desprevenido.

“Cuando conocía a un chico que me gustaba le invitaba a subir a mi árbol mágico, le enseñaba las constelaciones y le decía que quería morir de amor en ese instante y convertirme en polvo, en ceniza, junto a él. Cuando la mirada se torcía yo agitaba la rama y, divertida, disfrutaba de su cara de pánico, del salto al vacío y el golpe sordo contra el suelo. Después, le ponía su nombre a una estrella.” (Todas las estrellas tienen nombre)

Si uno de los rasgos que distinguen al microrrelato es romper las expectativas del lector, ella lo consigue invitándolo a intervenir, en la búsqueda de sentido, en ese hacerse preguntas que se sabe de antemano no tienen respuesta.

En esa intervención, el lector se enfrenta a su modo personal de ver la realidad, sesgada de alguna manera, por esa costumbre de “…darle muchas vueltas, buscar el lugar por donde se rompe, por donde se abre a otras lecturas, otra forma de mirar, que es también mi voz, mi manera de mirar la realidad…”

La arquitectura del libro es tan precisa como lo requiere el género, una especie de prefacio llamado La ballena anuncia que hay que estar muy atento. El más mínimo descuido puede hacer después de horas y horas de observación para un avistaje (lectura) feliz, que se frustren nuestras intenciones y nos quedemos sin espectáculo; y un epílogo antológico: Elige el final.

En la espina, vertebrados, cuatro ¿capítulos?, o más bien piezas de un puzle o rompecabezas con la magnífica ilustración de portada, ya que están ilustrados de esta forma y sin duda, no es casualidad.

Pedacitos de esa niña que despliega sus brazos como alas, con un vestido de plumas de pájaros negros que se dibujan como sombras chinas, negro sobre celeste océano y cielo;  y raíces por piernas.

Una niña oscura y luminosa, según cómo la miremos, esa luz en lo oscuro y lo oscuro en la luz, que todos tenemos, como ella misma dijo.

Luces y sombras como tienen esos títulos que juegan con el doble sentido: Quien a los suyos padece, Me hubiera cansado contigo, Hasta aquí hemos llagado y Nosotros que nos morimos tanto.

Ella escribe como quien quiere tomar una fotografía, y además confiesa que el microrrelato es un género en el cual se puede mover con comodidad “… porque es algo parecido a lo que hago en mi trabajo, en el que sintetizo sentencias judiciales o partes de ellas en 250 caracteres. Casi que lo que me cuesta es escribir más largo, aunque me gustaría.”

Pero no es sencillo encontrar el modo de contar una historia de manera precisa y breve, elíptica, rotunda y poéticamente al mismo tiempo. Ana lo consigue.

Recuerdo entonces algo que dice Susan Sontag: “La utilización de una cámara aplaca la ansiedad que sufren los obsesionados por el trabajo por no trabajar cuando están en vacaciones y presuntamente divirtiéndose. Cuentan con una tarea que parece amigable imitación del trabajo: tomar fotografías.”

“No es del todo erróneo afirmar que no existe una mala fotografía, sino solo fotografías menos interesantes, menos relevantes, menos misteriosas”, agrega la Sontag, y bien puede aplicarse al microrrelato, género que tiene a mi entender cierta resistencia, por no encontrar las fotografías más interesantes, relevantes y misteriosas; de lo que Ana sabe, y bastante, porque conoce bien la geografía del género y sus límites, que tan bien define Ana María Shua: «al norte, el poema en prosa; al sur, el chiste; al este, el cuento corto; al oeste, el vasto país de los aforismos, reflexiones, sentencias morales.»

A ella le divierte dar con una buena frase cambiada, con una palabra que cambia de sentido por una letra apenas, conseguir una imagen poderosa o pegar un golpe de timón y cambiar el rumbo, sin previo aviso. Mi yo lector admira su maestría y su genio para dar con la palabra, el tono y el título perfectos.

Definitivamente, mantuvo vivos los sueños y nos convida, a dejar de ser de piedra. Cómo no dejar de serlo frente a tanta belleza como consigue.

“Ana recoge las briznas de verano que aún quedan entre los secarrales; entre ellas brillan algunos pedazos de ilusión. Se llena las manos y lo guarda todo en los bolsillos de su chaqueta y entre los pliegues de la falda. Sin darse cuenta, asoma la que será su primera nostalgia.” (Estiaje, para su padre)

Gracias a tus padres, por fabricarte de sueños; a tus hijos, por mantenerlos vivos; a tu hermana, por guardarte el amor.

Gracias a vos, por las palabras, por las estrellas, y por escribir principios que anuncian algo grande.

EDICIONES

Mi ejemplar, de la primera edición de la Editorial Enkuadres,  cruzó el Atlántico, aprovechando una bandada de pájaros que debía acercarme algunas estrellas, en un abril distinto al de 2016.

La ilustración de portada es de Raquel Ruiz Bajarano; el resto, ya saben, obra de Ana, felizmente renacida en una isla llena de volcanes, donde escribe y escribe y no deja de escribir.

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