El principio luminoso

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El principio luminoso

No es justo esto que digo, pero creéme/es verdadero.

Leí el poema «Lo justo» una y otra vez mientras viajaba en colectivo, desde Arcadia hasta el reino de Luca. Miraba por la ventana y dentro de mí. Un poema puede remover tantas cosas, como la trementina volátil e incolora de las clases de cerámica de tu infancia.

Entonces escribís: La poesía se escribe y se vuelve a escribir en la lectura. ¿Cómo reseñar un libro de poesía? ¿Alcanza con buscar el yo poético y encontrarlo? La métrica, el ritmo, la cadencia. ¿Encontrarle el sentido o darle el de la lágrima que cae sobre un verso sin saber si es endecasílabo?

Qué es lo que extrañás, me preguntó, dice el primer verso del poema After life, sin darte cuenta lo silabeás mientras tratás de encontrar la respuesta y la encontrás. Es endecasílabo. Es que la poesía te interpela. Me gusta contar que un libro conmueve. A modo de pregón decirlo de todas las formas posibles.

Contagiar poesía, confiar como un secreto que hay poetas que llevás incrustados sin que duela. Todo lo contrario. La poesía nos convierte.

Así escribís en el instagram, pero tenés más para decir: Si Romero escribió “El principio luminoso” tras una separación, su mayor logro es que no habla solo de la pérdida, de lo que ya no está o no es, habla también de lo que quedó o se construye a partir de ella. María Belén Campero que entiende la poesía como un acto de amor, confío en alguna entrevista que a ella le gusta escribir sobre “…esas cosas que quedan. Cuando pasa un viento fuerte, una tormenta, qué es lo que quedó. No sólo lo que trajo, sino lo que fue haciendo, la pared manchada con barro después de la lluvia y los caracoles que salen después de una tormenta. Cada uno pone la atención en lo que le gusta.”

Lo que quedó es tanto y está destellando en una edición preciosa, como todas las de Caleta Olivia. Por eso hay que prestar mucha atención, detenerse en cada verso.  

Es posible, que la vida sea todo el tiempo esto. Andar despiertos. (…) Las cosas lindas de la vida pasan así./No lo vemos, pero está. (del Poema No dormir)

Hay un poema de Bradbury que dice «Siempre llevo conmigo lo invisible/las cosas que sé pero no conozco…», Natalia Romero hace visible lo invisible, todas esas cosas que al ser escritas, rescatan e iluminan.

EDICIONES

Mi ejemplar es de la primera edición de marzo de 2019, de esa editorial que se llama Caleta Olivia, una editorial independiente y autogestiva que nació de un proyecto de difusión y fomento de la poesía. Editorial  que arranca en junio de 2016 y venía gestándose desde octubre de 2015.

Un logo distintivo que me hace pensar en un copo de nieve,  un nombre que me remite a un paisaje del sur, todo ello acertado, ya que tal como cuenta su editor, Pablo Gabo Moreno, él nació en Caleta Olivia, Santa Cruz, y de allí la elección. También quizás venir del interior de nuestro país lo hizo pensar en una editorial federal, que nos acerca voces de todos los rincones de nuestra Argentina.

La ilustración de tapa reproduce los 64 hexagramas del I Ching o I King, en chino tradicional: 易經. Un libro oracular cuyos primeros textos se suponen escritos hacia el 1200 antes de Cristo, al margen de las leyendas que circulan respecto de su origen, y que surge cuando el rey Wen, desarrollara un sistema de ideas basado en esos hexagramas, al que llamó I que se traduce por lagarto y también por fácil, símbolo de  la rapidez y la facilidad en el cambio.

En su evolución, comienza a ser cada vez más conocido y su uso se extiende tanto con fines adivinatorios, como éticos y filosóficos. Es uno de los Cinco Clásicos confucianos.

Si experimentar el I Ching es intentar comprender cómo y por qué se producen los cambios en el mundo y en nuestro interior, no es casualidad la elección de esta portada.

Es que la autora nos invita, a través de su poesía, a pensarnos en nuestras circunstancias.


Natalia Romero nació en Bahía Blanca y estudió Comunicación en la UBA, carrera que no marcó su camino profesional, según explicó en alguna oportunidad. Buenos Aires terminó siendo su casa porque aquí estaba la universidad para estudiar la carrera elegida. Actualmente es vecina mía, vive en una casa con patio en Florida, Vicente López. Ella, que tuvo una librería en su casa,  se autodefine “como alguien que escribe y como constante aprendiz”. Entre las cosas que más le gustan hacer está la docencia y en eso y en la escritura, como quería, ha ido creciendo.

Escribir puede ser también una profesión, aceptar eso fue un quiebre con muchas cosas, personales y familiares. Ese fue el comienzo.

El principio luminoso es quizás otro comienzo, se me ocurre, para nuestra poeta. La misma que en caso de catástrofe trataría de rescatar junto a algunos libros, su planta de cedrón. Ah sí, es que a ella le gustan las plantas un montón.

Entre sus recomendados,  Viel Temperley, la Bellesi por supuesto (una preciosura El otro lado de las cosas. La poesía como restauración de una voz en la obra de Diana Bellessi), Francisco Madariaga, Arnaldo Calveyra, Marosa Di Giorgio, María Negroni, Clarice Lispector, Claudia Masin, Paula Jiménez España, Luis Sagasti y Mario Ortiz.

En la contratapa Sonia Scarabelli nos cuenta tan bellamente que desde el inicio de este poemario, Natalia nos muestra el mundo como “un recuerdo, una visión del pasado, una despedida”.

Pero desde allí construye su presente, poema tras poema, hasta llegar y situarse en un lugar nuevo, en compañía.

Un lugar de esos que invitan a quedarse, porque como dice ella, quedarse en el lugar donde se ama, es elegirlo para siempre.

 

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