El perro que comía silencio

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El perro que comía silencio

“Te vas a volver loca con todos esos libros magníficos… Los cuentos de Isabel Mellado son de una magia que apabulla. En fin: ¡¡menudo festín!! Te va a embrujar”, me dijeron a propósito de un posteo en el que compartía la alegría de haber recibido un envío de libros que me hacía ilusión. El sonido del mensaje instantáneo me distrajo en el momento que leía: “Una mañana contemporánea llegó un hombre muy magro y casi tan sfumato como yo a mi habitación y se quedó horas pasmado observándome…”. Igual de pasmada por la coincidencia, haciendo malabarismos para sostener el libro que no quería cerrarse, y responder al mismo tiempo; escribí: “Un viaje en colectivo, que me lleve de paseo hasta el Louvre, en un día que amenaza una pegajosa lluvia, pública y sin encanto; es más de lo que podía pedir para este jueves de diciembre. Exquisita, sutilmente simbólica y etérea la Mellado”,  feliz de compartir mis impresiones.

Mellado y su Mona Lisa. Es genial, ya lo estás viendo”, me dijo Poli. ¿Qué quién es Poli?, pues el hombre de la ge en la solapa. ¿Qué ge?, la del apellido claro. Que sí, Hipólito G. Navarro, claro, uno de nuestros entrevistados, que dijo sobre la autora y sus cuentos: “¿Por qué no imaginé yo antes estos cuentos?, me pregunto. Cuantísimo me hubiese gustado escribirlos, firmar tanto talento. Te odio, te amo, Isabel Mellado. Te robaría ahora mismo las palabras todas, y también los silencios”; según se lee en la contratapa.

“Es genial…y tiene hasta una cadencia musical que denota su formación u origen”, respondí, y bajé con apuro en la avenida 9 de Julio, violeta de jacarandás en flor.

El libro en cuestión es El perro que comía silencio, de Isabel  Mellado, una violinista nacida allende la Cordillera, en nuestra vecina Santiago de Chile, que vive desde hace un par de decenas de años entre Alemania (donde llegó para perfeccionarse en el arte de la música, con el Concertino de la Orquesta Filarmónica de Berlín); y España, más precisamente en Granada, un lugar luminoso y colorido, donde además de una orquesta con músicos de más de veintiún países, encontró una movida literaria que también le atrajo.

Nada es casualidad, como suelo decir, si recordamos que la autora es hija del poeta chileno Carlos Mellado, y que ella misma reconoció: «La idea de escribir no fue una idea sino una necesidad de escribir en mi lengua que estalló cuando vine a vivir a España, después de varios años en Berlín».

Escribir en la propia lengua, que es y no es la misma para todos los que hablamos español. Escribir en la propia lengua es a veces nombrar una misma cosa, de distinta manera.

En algún reportaje, a propósito de esa necesidad de diversificar el arte, evocó: “La figura del padre que se va agrandando con la edad también ha podido tener que ver con esta necesidad de escribir cuentos«.

Pero quizás en su caso, la figura del padre y de otros poetas como él,  en el ambiente donde creció, acostumbraron su oído, no solo a la música de los instrumentos (como el violín que ella toca desde pequeña); sino también a la música de las palabras, que ejecuta con una majestuosidad poética que cautiva. Esa que le permite explicar que se crió “entre libros y poetas de voz aguileña y cutis de epílogo, ansiosos de honduras y asados con mucho pebre”.

¿Cómo es un cutis de epílogo?, podría preguntarse alguien, de no haber leído El perro que comía silencio. Si lo leyó,  no preguntaría.

Mientras escribo esta reseña, pienso si mucha gente llega a los libros a veces por curiosidad, como me sucede a mí.

Un posteo del editor, Juan Casamayor, llamó mi atención; mencionaba una visita que harían con Isabel a un colegio, para hablar de sus cuentos, con jóvenes que sí leen.

Yo miré ese video y quise leer el libro, con urgencia. No se pierdan la Banda sonora de El perro que comía silencio. Con la Sonata Claro de Luna, de Beethoven, de fondo; se van sucediendo imágenes y sonidos que ilustran cada parte del libro y cada uno de los cuentos, de manera sinéstesica y bella.



Desde el Barroco, los conciertos se estructuran en tres movimientos y a veces más, con algunas pequeñas diferencias. El perro que comía silencio, tiene tres tiempos, como ese tipo de obra musical, que se inicia con un “Allegro” inicial, que es un tiempo rápido y en algunas oportunidades puede terminar con una “cadenza”. Así se llama al pasaje de virtuosismo del solista.

El primer movimiento del libro de Mellado se llama “Mi primera muerte”, quince cuentos comenzando desde el que lleva el nombre del título, que van excitando nuestros sentidos; que los mezclan y confunden, con silencios de huesos y enamorados, entre perros y espejos. Abrazos de liquidación y una vida de cuatro horas al cubo, como la de un viaje en tren, muy distinto al cinco de la mano con los dedos extendidos y un poema que no es. La eternidad en 77 x 53 centímetros, claroscura y sin aparentar los quinientos años de confinamiento de la Mona Lisa, la que jamás se zambullirá en una bañera; ni conocerá una gallina o el huevo de esa gallina, una verdadera epopeya, a poco que se considere que nadie puede saber qué pudo ser antes.

Y más, como colores y peces y ombligos, tal cual les digo, sí, nada burocráticamente para quien es capaz de plantearnos que la cuestión no es ser o no ser; si no sueño o página.

Nada tan vertiginoso como una palabra tirándose al vacío por el tobogán de una lengua elocuente”, escribe en el inicio del último cuento del primer movimiento; la cadenza perfecta para el virtuosismo de la encantadora de lectores que es Mellado, la violinista que escribe o viceversa.

El segundo movimiento del libro, es como habitualmente en los conciertos; un adagio, de velocidad lenta. Se titula “La música y el resto” y está conformado por nueve cuentos que nos hacen detenernos en cada historia; en los que la música aparece de manera más sutil, más profunda, más doliente, como en Nocturno. Un polaco que estudió cine y deja todo para seguir a una portuguesa, termina con las manos encallecidas, por su trabajo en una fábrica de salchichones; y sueño o realidad, termina trágicamente, luego de pedirle la separación a su mujer. Elvis y el CD; Teodoro, el violinista y la nota larga; Alicia y su futuro tan distinto al imaginado, que además huele a cebolla frita; un chelo que nos cuenta de los jugueteos matinales con él, tan virtuoso todavía en pijama; los músicos y el concierto, el antes y el después; el arte de la fuga, los melómanos y su sentir, la perspectiva de un ciego en el remate de este adagio triste. “Es cierto, carezco de visión, pero con los años he ido profundizando otros sentidos: el sentido del deber, el de la culpa, el sentido del reloj, y quizá el más importante, el sentido figurado de la vida”.

Y vamos llegando al final de un concierto que queremos que no termine, el tercer movimiento, un presto, tiempo rápido, que musicalmente puede transformarse en un “rondó”;  una forma musical instrumental con un tema recurrente y otros secundarios, nombrado como “Huesos”, pequeñas sentencias cargadas de sentido, que se suceden, sin darnos tregua. “La palabra es perro que ladra y muerde”, nos dice, y yo siento que, además, es de esos que comen silencio; que se alimenta de esos huesos, “frases como aforismos, o exorcismos que visto de carne narrativa”, en sus propias palabras.

Un silencio cargado de sentido, como el de la capital alemana, a la cual llegó a los veintiún años, para perfeccionar el violín, como fuera su meta. De Alemania le había hablado recurrentemente su profesor de música, tanto como para que en algún reportaje confiara: “Me hubiese ido incluso a nado. Tuve la gran suerte de ganarme una beca a Berlín, en una época fundamental: la caída del muro, la unificación”, para agregar respecto de ese silencio profundo: “Por momentos me siento como un Johannes Brahms (o Clara Schumann) caminando por mi calle, los árboles sosegados, el canal a la orilla, cisnes y nadie a la vista. Berlín es entonces un delicioso pentagrama vacío”.

Un pentagrama vacío en el cual componer una obra musical de palabras que no soñó cuando se fue de su Chile natal. Cuentan que a la concertista le gustaría componer música. Definitivamente lo hace con este libro exquisito, permitiéndose jugar, porque “dedicarse a la música es como un sacerdocio”, como explicó más de una vez. “Son muchas horas fuera del mundo, sumergidos en los compases, en notas que son pequeños universos, con sus órbitas y leyes propias”.

¿Por qué escribir?, ella lo respondió, en México, el año de publicación de su libro, al ser invitada a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara: “escribir cuentos es una manera digna de no tocar el violín”.

Más que digna, yo diría una manera mágica de poner en palabras su música.

Por su formación, está convencida que pudo dotar de cierto animismo, objetos inverosímiles, ya que tantas horas con su instrumento musical, consiguen difuminar las fronteras de lo inanimado y lo que no lo es.


Isabel Mellado, la violinista que nos embrujó con sus cuentos, está escribiendo una novela, y participó  en las redes, que la editará Alfaguara, este año 2017, que solo por eso, “pinta bien”. De su próxima novela,  ya adelantó que tendrá también la música como fondo.

Lo dice ella, que en alguna nota recordó que su padre solía organizar concursos de poesía en los que participaban con sus hermanos y que, además, después de escuchar conciertos por la televisión, cada domingo, armaba una orquesta de percusión con tarros de leche.

Isabel y la música de sus palabras, esas con las que su padre, Carlos Mellado, escribía poemas, algunos inéditos, como  Laberinto:

“No soy sino estos pasos

buscando tenues huellas imprescindibles

la sombra de otros pasos presentidos a veces

y la huella obligada que voy a establecer.

 

Desde lejos envidio el caminar del perro

de prisa inmotivada y legendarias genéticas,

tan en su territorio y dueño de sí mismo,

tan perro apenas y suficiente con eso.

 

Pero no espectador,

dentro de mi perro me meto

y es una piel de donde quiero huir,

hay espanto,

una calle ensanchándose

y búsqueda desatinada

dentro de un perro que desconozco.”

Ella y su libreta para anotar las cosas que se le ocurren, esos huesos a los que da encarnadura.

Ella y su propia búsqueda afinada, sin nada que envidiar.

Ella con su objeto inspirador, su musa. “El violín, un trébol de cuatro cuerdas”.

Ella, constante y sonante, como todo músico; con nombre propio y en nombre de su padre, consiguiendo que sus cuentos suenen y resuenen, tan bien.


 

Ediciones

Un ejemplar de la 3ra. edición, de junio de 2011, de la Editorial Páginas de Espuma, es el mío; la ilustración de la cubierta es de la propia autora y Francis Requena, y solo suyas, las interiores
 

2 Comments

  1. Eme dice:

    Excelente reseña, muy emotiva. Qué bueno que hayas incluido el video. Gracias, Sandra!

    • Sandra Patricia Rey dice:

      Gracias a vos, por la sensibilidad para apreciar la reseña. En Mégara soñamos con que se corra la voz, y que sean muchos los que lleguen a nuestra ciudad de libros.

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