El niño de pocas palabras

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El niño de pocas palabras

¿Existe una literatura infantil?, se preguntaba Michel Tournier, el escritor y ensayista francés, que está considerado entre los representantes más importantes de la literatura francesa contemporánea. Para responder ese interrogante es interesante su propia experiencia personal, en lo que respecta a los libros “para niños”. En 1967 había publicado su primera novela,  Viernes o los limbos del Pacífico, que no es ni más ni menos que una nueva versión del clásico de los clásicos: Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.

Dos siglos desde su aparición y con reescrituras de suerte diversa, le hicieron descubrir a Tournier, rápidamente, que, por su parte, no había acertado con el tono; su obra era demasiado filosófica, lo cual hacía difícil la lectura. Lejos de desechar el material, apostó de nuevo, y con el mismo borrador, escribió un libro diferente: Viernes o la vida salvaje.

Ni una línea de la primera versión de aquellos viernes, le depararon un par de sorpresas. “La primera fue la de enterarme de que había escrito un libro para niños. La brevedad del relato, su limpidez, el ritmo ágil de los acontecimientos, todo contribuía a hacer que esa breve novela se convirtiera en el futuro en un “clásico”, en el sentido propio del término, es decir un libro leído en clase. Mientras tanto —y ésta fue la segunda sorpresa— no encontraba editor.”

Es muy interesante leer a Tournier, tratando de explicar el por qué de este contrasentido y aunque él lo hace mucho mejor que yo, se trata aquí de explicar cuál es el gran mérito de El niño de pocas palabras, de Silvia Arazi.

No pretenderán por cierto que limite mi lectura a resumir la historia, la de un niño encerrado en sí mismo, que no encaja en el entorno. Un niño diferente que no encuentra en las palabras, la herramienta adecuada para poder comunicarse con los otros.

El gran mérito de Arazi es haber conseguido una verdadera creación literaria, una historia que vence algunos prejuicios y que desafía a cualquier comité de lectura. ¿Una historia en la cual un niño accede a subir a la casa que construye arriba de un árbol, un extranjero, recién llegado al pueblo; no desafía el mandato más elemental?: NO hablarás con extraños.

Sí señor, y sin embargo, no será obstáculo, sino más bien un recurso más para hablar del ser diferente, de los miedos, del extrañamiento, de la soledad y de la incomunicación.

Tournier explica muy bien que los libros para niños obedecen a leyes que excluyen por completo la verdadera creación literaria, ya que las editoriales especializadas sienten un temor reverencial a ese ojo del gran hermano que parece dominar a la humanidad. Así toda publicación que no se adapte a ciertos cánones universales de la literatura infantil, va a ser sospechosa, y dependerá de algún editor audaz, el rescate de una historia contada de modo diferente, a través de distintos recursos estilísticos y visuales. La audacia en este caso corrió por cuenta de Adriana Fernández, al frente de PlanetaLector, división dentro de la Editorial Planeta, que contiene un catálogo de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) destinado a las escuelas.

Descreo de las colecciones en tanto y en cuanto pretenden agrupar en un grupo que atiende a la edad, el sexo y la condición social, una determinada cantidad de obras. Ese es el otro mérito de El niño de pocas palabras, si bien se indica que su lectura es a partir de los 10 años, estoy totalmente convencida que un niño de seis años, recién escolarizado, apreciará la lectura por parte de un adulto, y algún miedo nuevo, podrá ser neutralizado, antes de convertirse en trauma.

Es que de un modo sencillo y con cierta poética, el libro habla de cómo es ser diferente en este mundo, y de las consecuencias que trae aparejado. Pero también habla de maestros, de cómo la observación y la paciencia son necesarias para el aprendizaje y la enseñanza.

Hay muchos valores en la historia, que subyacen, aunque parezca tan sencilla como reza la contratapa: la de “dos seres que se encuentran: Juan, el niño de pocas palabras, y Marko, un hombre extraño que viene de lejos.”

Hay en esta historia amistad, solidaridad, ayuda mutua, empatía, confianza, paciencia, contemplación, y más, mucho más. El lenguaje de la música que viene en auxilio de un niño ensimismado, que no encuentra en el lenguaje oral su modo de expresión. Un lenguaje diferente al fin, que no está exento de palabras.

En este caso, sin duda podemos hablar de una obra dirigida al público infantil,  que un adulto sensible e interesado en cultivar la sensibilidad de los niños cercanos, un hijo, un sobrino, un  nieto, un alumno, podrá sugerir como lectura o echar mano a ella, para motivar, una palabra que me gusta tanto. Es que estoy totalmente convencida de que existe un mundo más allá de las pantallas de televisión o de los juegos electrónicos; tan rico, tan enorme, que vale explorarlo.

El niño de pocas palabras es un libro preciso y precioso, otras dos palabras que me gustan tanto, con una historia que aporta mucho pedagógicamente hablando.

Cedo a la tentación y vuelvo a Tournier.

“Hay en algunas obras maestras —y por ello figuran en primera línea de la literatura universal— una incitación a crear, un contagio del verbo creador, una puesta en marcha del proceso inventivo de los lectores. Yo confieso que para mí esa es la cumbre del arte. Paul Valéry decía que la inspiración no consiste en el estado en que se encuentra el poeta cuando escribe, sino en el estado en que el poeta que escribe espera poner a su lector. Pienso que de tal afirmación cabría hacer el fundamento de toda una estética literaria.

Pero ¿no equivale esto a esperar que una obra de arte posea ante todo una determinada virtud pedagógica? Montaigne decía que enseñar a un niño no es llenar un vacío sino encender un fuego. Creo que no se podría pedir más. En cuanto a mí, lo que he ganado es cierta llama que veo a veces brillar en los ojos de mis jóvenes lectores, la presencia de una fuente viva de luz y de calor que se instala de ahora en adelante en un niño, encendida por la virtud de mi libro. Recompensa rara ésta, y que no tiene precio, a todos los esfuerzos, a todas las soledades, a todos los malentendidos.”

Creo (espero, deseo) que la historia de Juan, en un pueblito perdido en las sierras llamado El Durazno, tiene vocación de clásico, esos que logran encender el fuego.


Ediciones

El niño de pocas palabras, de Silvia Arazi, con ilustraciones de Agustina Morón, fue editado por PlanetaLector, y será presentado en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Bolonia, del 26 al 29 de marzo de este año 2018. Mi ejemplar es de la primera edición de 500, del mes de diciembre de 2017 y observo que fue impreso en Florida, Pcia. de Buenos Aires; o sea, cerca de mi hogar.

La editora, Adriana Fernández, guiada por su intuición, fue la que creyó en esta obra.  "Cuando la leí me llevó de vuelta a un pueblito que yo ubicaba en mi infancia en Córdoba y que me reverberaba de muchísimos modos. Y esa novela que me llegó tanto no responde ni al canon consabido ni a los autores que pide la currícula, aunque sí responde a algunos temas que los docentes deben tratar como el bullying: la novela se llama El niño de pocas palabras."

Como está dedicado: “Para los diferentes. Y para todos aquellos que no encuentran sus palabras”, siento tan mío este ejemplar.

Desde la cita de Blanca Varela, a modo de epígrafe, la sensibilidad de Arazi, se revela, como en las redes y en la vida misma. La música, siempre la música, y los muros que deben ser salvados, aprendiendo a oír, o enseñando a escuchar.

Como hablé de Tournier, para celebrar el descubrimiento y la lectura de El niño de pocas palabras, y difundir su luz, me permito unas citas de su obra El espejo de las ideas.

Para epígrafe: “Contra las agresiones exteriores, el ser vivo puede elegir entre la ligereza -con la que puede esquivar y huir- y la seguridad de una coraza y un escudo que permiten -y en parte también imponen- la inmovilidad. Los animales agrupados en los artrópodos -como los crustáceos- han elegido la segunda opción. Sus órganos blandos están encerrados en caparazones de quitina de gran eficacia protectora. Pero esta protección les aísla de los demás y empobrece sus intercambios con el mundo exterior. (...) En los artrópodos, lo duro está afuera, lo blando dentro. En los vertebrados, lo duro está dentro, y lo blando afuera.”

Para el después de la lectura, cuando uno llega al final, sin querer que la historia se termine, esta otra: “Este librito celebra pues la riqueza inagotable del mundo.”

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