El escritor del traste en la silla

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El escritor del traste en la silla

En este día pobremente humano, me senté frente al teclado sin saber bien qué escribir, o pensando en escribir una reseña. El elegido parecía ser Berger y su Rondó para Beverly, a un año de su muerte; pero, con la perspectiva de todo un año nuevo por delante, sin saber por dónde empezar a gastarlo, dudé.

El altillo es ideal para estas ocasiones, en las que, buscando algo, encontramos otra cosa. Nos gustan los atajos y la idea de perdernos para encontrar algo que habíamos olvidado. De ese acto tan humano que es el olvido, nos gusta la posibilidad que nos brinda. La de rescatar, palabra que proviene del latín recaptare, formada por el prefijo “re” que señala reiteración e intensidad, y por el verbo capto, captas, captare, captavi o captatum, que significa tomar, agarrar, capturar.

Humberto Costantini, Cacho para los amigos de Villa Pueyrredón, donde nació en 1924, volvió a vivir en ese porteño barrio, luego de su exilio en México. Después del golpe de estado de 1976, se exiló en tierras aztecas, y regresó cuatro años antes de su muerte, ocurrida en junio de 1987. Era médico veterinario, profesión que ejerció en los campos de Lobería, y desempeñó oficios diversos, de los que más de uno se asombraría: vendedor, ceramista, visitador médico y también laborioso investigador científico. El que nunca abandonó es el de escribir, para él una férrea disciplina, como dicen sus biógrafos, o una cuestión sencilla, la de apoyar el traste en la silla, como solía decir.

Su mirada porteña no exenta de nostalgia, el exilio y la pertenencia a una época plagada de polémicas que se prolongaron en el tiempo, hizo que terminara siendo un escritor más conocido afuera que aquí. En agosto de 1959, Abelardo Castillo fundó El grillo de papel junto con Costantini y Arnoldo Liberman, revista que nació a partir de las disidencias ideológicas de Castillo y Liberman –que objetaban la ortodoxia del Partido Comunista– con Pedro Orgambide, director de Gaceta Literaria. En la época de El grillo de papel y El escarabajo de oro, esas “fabulosas” publicaciones que han sido recuperadas, se publicaron cuentos y artículos críticos de su autoría.

A la postre, y según algunos, Costantini, es uno de esos escritores olvidados y humillados por la crítica.

Si se trata de cuentos, nadie puede perderse El cielo entre los durmientes y otros cuentos, que es una cuidada recopilación, ni su novela De dioses, hombrecitos y policías, ganadora del Premio Casa de las Américas en 1979, prohibida en la Argentina hasta 1984; tampoco sus escritos ensayísticos y menos aún su poesía, que es cosa aparte, créanlo.


Inmortalidad

Ocurre simplemente que me he vuelto inmortal.

Los colectivos me respetan,

se inclinan ante mí,

me lamen los zapatos como perros falderos.

 

Ocurre simplemente que no me muero más.

No hay angina que valga,

no hay tifus, ni cornisa, ni guerra, ni espingarda,

ni cáncer, ni cuchillo, ni diluvio,

ni fiebre de Junín, ni vigilantes.

Estoy del otro lado.

Simplemente, estoy del otro lado,

de este lado,

totalmente inmortal.

 

Ando entre olimpos, dioses, ambrosías,

me río, o estornudo, o digo un chiste

y el tiempo crece, crece como una espuma loca.

 

Qué bárbaro este asunto

de ser así, inmortal,

festejar nacimiento cada cinco minutos,

ser un millón de pájaros,

una atroz levadura.

Qué escándalo caramba

este enjambre de vida,

esta plaga llamada con mi nombre,

desmedida, creciente,

totalmente inmortal.

 

Yo tuve, es claro, gripes, miedos,

presupuestos,

jefes idiotas, pesadez de estómago,

nostalgias, soledades,

mala suerte…

Pero eso fue hace un siglo,

veinte siglos,

cuando yo era mortal.

Cuando era

tan mortal,

tan boludo y mortal,

que ni siquiera te quería,

date cuenta.


¿Qué me dicen? Me gusta la idea de mover la curiosidad de quien nos lee; sí, de usted mismo, que quizás esté descubriendo un grande y se pregunte, como a mí me pasó tantas veces, cómo no había escuchado hablar de semejante escritor. Capaz de atreverse a un ensayo imperdible sobre sus pretensiones con la poesía.

Declaración jurada

«¿Qué pretendo yo con mi poesía? Bueno, es tan fácil macanear en este tipo de declaraciones ¿no? O esquematizar. O decir una cosa por otra. O desembuchar las ideas que uno tiene sobre estética, o sobre política, o sobre la filosofía del arte en general. Pero me parece que sin querer se me escapó algo que es cierto. La poesía sirve para no macanear. Eso es. La poesía y el cuento me sirven a mí para no macanear. De eso estoy seguro. Para ser auténtico, humildemente, trabajosamente auténtico. Contar como veo, como siento algunas cosas, tratar de que alguien las vea y las sienta igual que yo. Sin pretender enseñar, ni adoctrinar, ni contrabandear ideas. Y para eso tengo simplemente que hablar con mi propia voz. Cosa bastante difícil como lo sabe cualquiera que ande metido en este asunto. Pero una vez conseguido eso, una vez que a fuerza de un largo trabajo de búsqueda, de desprendimiento, de humildad, qué sé yo, uno cree haber encontrado, en el fondo del alma o de las tripas, esa voz, los conceptos “bueno” o “malo”, “poema” o “no poema” pierden totalmente vigencia. Se habla de un modo verdadero o se macanea. Y se macanea cuando, vaya a saber por qué, no se puede encontrar la propia voz.

Cuando me veo obligado a escribir un artículo, o un ensayo, o esto que estoy tecleando ahora por ejemplo, tengo siempre la fulera sensación de que estoy macaneando. De que podría afirmar todo lo contrario de lo que digo con la misma compostura y la misma sinceridad. En la poesía y en el cuento eso no me pasa. Sé que hay una única forma para decir una única verdad. Y que lo demás es una pelea con las palabras hasta encontrarla.»

Humberto Costantini, ¿lo conocían?

Su libro de poemas, Cuestiones con la vida, en 1966, en menos de un mes, agotó su primera y segunda edición. El fundador de la Librería Hernández, en 1975, decidió pedirle permiso a Costantini y hacer una reedición, cuando eran muchos los lectores de nuevas generaciones que seguían pidiendo por un libro, inhallable, por entonces como ahora. No es extraño, su poesía conmueve.


Tarea

“Han de saber

que cuando en la oficina no hay trabajo,

yo trabajo,

trabajo como un negro,

sudo tinta,

ando detrás de pájaros azules,

me meto en grandes líos con los sueños,

me desangro en palabras,

salgo a cazar ballenas y crepúsculos,

domestico elefantes

(hay que ver qué furor el de la selva)

le explico al faraón cosa del tiempo,

hago el amor a veces,

lucho con los zulúes cuerpo a cuerpo,

tengo que abrirme paso en un perfume,

volver para las doce,

morirme,

andar recuerdos.

Tengo que hablar con Dios,

volverme loco,

lanzar varias proclamas de justicia,

escapar de la hoguera,

vestirme de jamás para un entierro.

No descanso un minuto,

me doy un gran trajín con las cigarras,

me cito con Lenín y arreglo el mundo,

llamo a larga distancia,

digo anote en mi agenda: Nazareno,

trato cosas del aire con gaviotas,

compro verdes, azules, amarillos

y los despacho por expreso al cielo.

Hago arreglos con nubes,

firmo tardes de otoño con llovizna,

corro a cambiar estrellas que andan flojas,

promuevo madreselvas,

dicto inviernos…

 

cuando el jefe me mira y dice ejem,

ya que usted no hace nada y tiene tiempo… “


En 2012 se publicó la antología “Poesía y Teatro. Obra Completa”. El libro que compendia su poesía, resultado de las varias ediciones aumentadas bajo aquel mismo título de “Cuestiones con la vida”, desde 1966, y siete piezas de teatro; no esquiva lo coloquial. Según su amigo, el poeta Horacio Salas, la poesía de Costantini es heredera directa de Mario Jorge de Lellis, poeta de quien fue íntimo amigo y con quien coinciden en un interlocutor a la mano con frases que apelan a la cercanía del gesto confidencial: “te lo digo sin vueltas…”.

El prólogo de El cielo entre los durmientes y otros cuentos, incluído en la colección Los recobrados, de la Editorial Capital intelectual, estuvo a cargo de otro grande, Abelardo Castillo, y no es casualidad, porque la editorial lo eligió para la selección de libros inhallables que la conforman:

“Cuando uno es joven cree que todos los libros van a estar siempre. Con los años, descubre, como tantas otras cosas, que la realidad no es amiga de los absolutos. Demasiados libros que nos parecieron inevitables o eternos, un día desaparecen de los estantes de las librerías y los catálogos editoriales.”

¿Qué hacer cuando eso sucede?, lo que escribí al principio: rescatar, una palabra que en Mégara, nos gusta tanto. Nos gusta la idea, en literatura, de ir en la búsqueda de esos autores confinados a la memoria de unos pocos. Difundirlos, nos parece un acto de justicia poética.

Definitivamente, como escribió Abelardo Castillo: “Esos libros olvidados configuran una tradición no formulada del lector argentino, entendiendo, acá, por tradición una corriente subterránea de fragmentos, voces y tonos literarios, que resuenan aún en las generaciones que no los han leído: es como el eco de la palabra de unos en la escritura de otros, y forma parte de una cultura que va más allá de los libros.”

Entre el realismo y lo fantástico, la voz de Costantini nos acerca historias que parecen simples, pero no lo son. No se lo pierdan, apasionado caminante por las calles de Buenos Aires, su mirada atenta se plasma en su escritura y logra hacer visible lo invisible de la realidad.

¿Cuál es la función de la literatura? En el contexto social y cultural de los ’60, época en la que desarrolló su obra Costantini, las polémicas literarias que se plasmaron en las páginas de estas revistas “fabulosas”, giraban en torno a la cuestión y procuraban darle respuesta. Como bien lo señala Aymará de Llano, entrevistada por Silvina Friera para Página 12, esas revistas “trataron de demostrar en la praxis de la escritura que lo que estaban ofreciendo a sus lectores era un compromiso personal, que se evidenciaba en los editoriales de Liliana Heker y Abelardo Castillo. Ellos tienen muy en claro que el escritor vale por lo que escribe, no importa si tiene militancia o no. El compromiso es con la materialidad de la escritura, no con determinada línea política.”

Algo para mí valioso en la escritura de Costantini, que tan bien resume Lilian Garrido en la biografía incluída en la edición de su novela premiada y paradójicamente prohibida sin que pudiera ser silenciada, de Ediciones Lea: “Es curioso que la militancia, el crítico contexto político y militar, no se filtraran en sus cuentos, como si el universo narrativo de Costantini estuviera disociado del otro universo para él también central y vital.” Fue recién en 1975, ya perseguido, que comenzó a escribir De dioses, hombrecitos y policías, con cuyos manuscritos partió al exilio en México, donde estuvo “7 años, 7 meses y 7 días”, sin dejar de añorar esta tierra. Ya de vuelta, continuó “fiel a su principio de atornillarse en la silla”, para escribir. Siempre.

 

 

 

 

 

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