De qué hablo cuando hablo de leer

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De qué hablo cuando hablo de leer

Ya les conté que estoy en Barcelona, como antes en Génova, habiendo arrancado este viaje por Madrid. En cada lugar me detuve a buscar libros, a hojearlos, olerlos, contemplarlos, y también recibí por correo algunos que me hacían ilusión, inhallables aún perdiéndome por librerías y librerías, en cada lugar. Pero también me encontré con libros que no buscaba. Hace un par de días atrás, yendo a casa de mi hijo, descubrí en una vidriera (¡escaparate, claro, por supuesto!) un libro de Haruki Murakami, en catalán. Leí el título en esa lengua que me ha convertido en mare, desde hace tiempo atrás y por un momento me abstraje del ruido de la avinguda. Pensé en las palabras que apunto a diario en mi libreta, en mi modo de desentrañar las reglas que hermanan las lenguas. Avenida es avinguda, lo recordé al escuchar en las noticias de una banda de estafadores que había sido detinguda, ergo –me dije-, tienen en común la terminación y se convierten a partir de la última consonante, de la misma y exacta forma.

Recorrí por estos días muchas calles, familiarizándome con carteles, avancé con curiosidad y descubrí que esa puede ser una regla.

Fui buscando palabras terminadas igual y sí, también contenida, desprevenida, entretenida, sostenida, venida, se convierten en continguda, desprevinguda, entretinguda, sostinguda, vinguda. Sonreí –recuerdo-, ante lo que consideré un logro, como si la ciudad entera me estuviera dando una bienvenida…bienvenida termina también igual, pero se convierte en benvinguda; habrá que estudiar el tema de los diptongos, me digo.

«De què parlo quan parlo d´escriure», ese es el título del libro de Haruki Murakami que descubrí, al bajar del metro, en la librería de Balmes y Sant Gervasi, y al leerlo, me pregunté si habría algún error. ¿No era de qué hablo cuando hablo de correr? No, o sí bueno, ese es un ensayo anterior, pero parece que ahora es de qué hablo cuando hablo de escribir.

Lo compré más tarde, en castellano (en español, claro está), y empecé a hojearlo en la cafetería que está en el edificio donde también está el Consulado de Argentina, mientras divisaba desde allí, un monumento al libro algo desangelado. Hoy por la mañana terminé de leer el libro, que en total me llevó unas pocas horas, que fueron a sumarse con las de las lecturas de Todo lo que ya no íbamos a necesitar, de Maite Núñez, La despedida, de Javier Morales, y Fantasía Lumpen, de Javier Sáez de Ibarra; además de lo que leí de poesía, de a picotazos.

De qué hablo cuando hablo de leer rápido, y por qué termino escribiendo sobre ello, si empecé escribiendo sobre De qué hablo cuando hablo de escribir, de Murakami. Pienso en temas tales como crítica literaria, originalidad, temática, hábitos y rituales, presentes en el libro que habla del acto de escribir, y en el hecho irrefutable de aplicarse sin dificultad, a la lectura; reparando en que es el propio autor quien habla de su experiencia como lector.

La difusión de la obra se hace citando cómo, a partir de autores como Kafka, Chandler, Dostoievski o Hemingway; Murakami reflexiona sobre la literatura, compartiendo su opinión sobre los premios literarios, la imaginación y la en ocasiones controvertida figura del escritor.

«Solo es un truco personal, pero a quienes desean expresar algo y hacerlo con libertad, tal vez les ayude visualizar cómo vivirían sin ese deseo en lugar de centrarse tanto el objeto de su deseo. Cuando uno se enfrenta a lo que desea, convierte el asunto en algo demasiado pesado marcado por un signo de inevitabilidad. La mayoría de las veces, cuánto más peso, más se aleja de la libertad y los pasos que damos se ralentizan. Si se trata de escritura, las frases pierden fuerza, frescura, pierden capacidad de atraer a la gente y tal vez incluso a uno mismo.»

Así escribe Haruki Murakami, sobre la originalidad, y claramente es aplicable al lector.

Hay libros que se devoran, en Mégara, no nos preguntamos por qué, ni nos sentimos en la obligación de justificarnos por su lectura; tampoco lo hacemos por las reseñas que elegimos escribir o por las que no escribiremos.

La mesa está servida, benvinguts.


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