Como un pez de río

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Como un pez de río

Hay acontecimientos que nos gusta compartir. Todos saben que nos gustan mucho las primeras obras, y hace un tiempo atrás reseñamos La condición animal, de Valeria Correa Fiz. Rosarina, radicada en la actualidad en Madrid, vino a presentar la edición argentina del libro, y entre Montevideo y Buenos Aires nos respondió un cuestionario breve que salió al aire en el ciclo A cierta hora, Una puerta, una ciudad, de este domingo 16 de julio.

En ese diálogo entre nuestra  reseña y el autor de la obra, que inauguramos con ella, tuvimos oportunidad de escucharla y ustedes pueden hacerlo también.

Su voz con matices, dice mucho.

Tanto como su escritura.


La luz débil que difundía el cielo montevideano/ cuando el sol despuntaba sobre el faro/: esto querría ser./Pero a veces/ oscurecida por el peso de los días/ vivo como un pez de río,/ enredada en el lecho de barro./ Se abre la mañana y a flor de agua, el barco a Buenos Aires/ deja una estela clara./ Ese surco me consuela:/ es efímero e incompleto,/ ni siquiera el indicio de un camino,/ pero nadie podría negar su revulsiva espuma, su belleza.

Adiós, Montevideo.

Así se despedía ella, en las redes, antes de cruzar el charco como nos gusta decir, ese río tan nuestro que no divide ni separa, todo lo contrario.

Y tan presente como está el río, recordando a Juan José Saer que decía que al narrar “cada uno trata de entrar, infructuoso, en su propio río”, le preguntamos a ella cuál era su propio río.


No conocía la definición de Saer, pero no me extraña que hablara de narrar como el acto de entrar infructuoso en su propio río, porque era un gran admirador del poeta Juan L. Ortiz que tiene un poema muy famoso, quizás el más famoso de todos, que dice: me atravesaba un río. Ambas imágenes, como se ve, trabajan con las aguas del río pero desde diferentes perspectivas.

Para Saer escribir sería adentrarse en ese río, mientras que para Juan L hay algo ajeno a la escritura, algo que nos convoca y que nos atraviesa. En mi caso quizás  escribir tenga algo de las dos imágenes, algo de inmersión que es un acto voluntario, pero también algo de irremediable, que es aquello  que nos atraviesa sin que podamos evitarlo.

En mi caso los cuentos que componen La condición animal, fueron escritos impulsados por una pregunta que me acompaña hace mucho tiempo. Yo soy abogada de profesión, mucho antes de inscribirme en la facultad de derecho y que es la siguiente. Lo que llamamos mala conducta, la ética o socialmente reprochable, y también aquella más extrema, la que nos parece inhumana, ¿es un recurso a la naturaleza, es un desvío, el resultado de una zoología errada?, o  simplemente una  ruptura de ese código normativo que nos damos para nosotros mismos con el que se regula la vida en sociedad, que evidentemente  es un código que varía de época en época y de lugar en lugar, basta pensar solamente que en la antigua Roma la esclavitud era un derecho que pertenecía a los ciudadanos romanos

La pregunta por la génesis del mal no tiene respuesta, yo no di con una respuesta contundente ni en la filosofía ni en la antropología criminal ni siquiera en la filosofía de la religión

Sin embargo a mí me gusta mucho la respuesta de San Agustín, no porque sea una respuesta eficaz, sino porque es altamente poética, pensemos que para la religión hay un Dios todopoderoso bueno que es creador de este mundo y que no puede haber dado lugar al mal. Entonces este pensador cristiano resuelve esta paradoja ontológica diciendo que el mal es simplemente ausencia del bien, el mal no existe como tal, sino que es algo que se produce cuando nos alejamos de Dios.

La otra pregunta que me obsesiona y que yo usé para escribir este libro, tiene que ver con saber qué es lo que verdaderamente nos hace diferentes como especie, en qué consiste verdaderamente esta condición humana. Bajo estos dos ejes, estas dos preguntas es que ordené y concebí los cuentos que componen La condición animal.


Fui al río, y lo sentía

cerca de mí, enfrente de mí.

Las ramas tenían voces

que no llegaban hasta mí.

La corriente decía

cosas que no entendía.

Me angustiaba casi.

Quería comprenderlo,

sentir qué decía el cielo vago y pálido en él

con sus primeras sílabas alargadas,

pero no podía.

 

Regresaba

-¿Era yo el que regresaba?-

en la angustia vaga

de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

De pronto sentí el río en mí,

corría en mí

con sus orillas trémulas de señas,

con sus hondos reflejos apenas estrellados.

Corría el río en mí con sus ramajes.

Era yo un río en el anochecer,

y suspiraban en mí los árboles,

y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

Fui al Río, de Juan L. Ortiz


Así dice el poema que evocó Valeria Correa Fiz, que vive lejos de su Rosario natal, del río y su fuerza.

“Rosario es y ha sido siempre tan importante para mí que en mi biografía literaria aparecen la ciudad y el río Paraná. Sus aguas fluyen en mí como otra sangre”.

Quizás recordando sus palabras, pensamos en Juan Villoro, quien a propósito de la obra de Saer, dijo: “Es posible conjeturar que Santa Fe (la zona imaginada) lo protegió de las tentaciones superficiales de la moda; al mismo tiempo, vivir lejos le permitió experimentar lo propio como una oportunidad de prueba, un desarraigo, un bien precario.”

Quién mejor que ella, que vivió en distintos países, para contarnos su propia experiencia, y respondernos si La condición animal hubiera sido posible sin el desarraigo.

Lo propio es siempre un bien precario. Algo tiene que morir para que algo nuevo nazca, esa parecería ser la ley natural. Es esa misma precariedad con la que estamos concebidos la que quizás nos impulsa a escribir.

La escritura es mi modo de estar en el mundo, pero también un ejercicio de memoria, y escribo también para custodiar ciertas emociones contra la fuerza demoledora de los días. Allí es donde creo que juega un rol importante el desarraigo, porque uno quiere preservar  lo que se pierde en el tiempo y también por la distancia

La escritura deviene entonces un país inventado, un refugio, creo que no hubiera escrito sin el desarraigo, sin duda.

Me siento muy identificada con una frase de Italo Calvino que está en la novela Si una noche de invierno, un viajero, que dice así: “Usted escribe como hay animales que excavan guaridas”, creo que ese es mi caso.

 


¿Qué tienen que hacer el viernes 21 de julio a las 18.30 hs., criaturas?

Así diría ella, que  acompañada por Ana María Shua,  presentará la edición argentina de La condición animal, en Waldhuter.

Ella, que desde hace más de una década vive en el extranjero, como reza la solapa “(siempre en ciudades que empiezan rigurosamente con la letra eme: Miami, Milán, Madrid)”, escrito así entre paréntesis, agregando que  “todavía conserva el humor turbio y sedicioso que le legaron las aguas del río”.

Con la letra eme también se escriben las palabras misterio, mundo, materia  y miedo; llevan eme las palabras maestra  y magistralmente.

Pienso en la simetría cuidada de La condición animal, tres cuentos para cada uno de los cuatro capítulos del libro, identificados con los distintos estados de la materia, entre los que se despliega la visualidad de una escritura que no da respiro, para sentir repulsa o emoción, para espantarse o conmoverse. Hay una casa como esas típicas de las películas o series yanquis, con unos chicos malos liderados por una reina loca, que “parecía una sacerdotisa preparada para la ejecución del sacrificio”, en el rito de iniciación del “nuevo”, con sangre de gato incluída; un pterodáctilo aleteando en la cabeza de un joven que llevaba una vida simple, una gran tienda, un probador de ropa de mujeres, alfileres clavados una y otra vez en una muchacha rubia y espejos; manicuras eficientes y paisajes con almendros en flor, en la memoria y en el presente.

Hay veranos de infancia, siestas para no dormir, gorriones desvalidos y neveras con las que se corre el riesgo de electrocutarse; hay muerte y silencio, memoria y olvido, lengua sin dientes y quebrantahuesos, esas aves de rapiña que poseen un pico de tal fuerza que les permite destrozar casi cualquier cosa. Trituran hasta convertir en polvo lo que se comerá. Es una forma de supervivencia que deja en evidencia la inteligencia de estas aves de rapiña.

Hay más, una mansión de estilo francés, convertida en casa de reposo y cura, locura e incendios, estatuas rotas en jardines arrasados; otra clase de intemperie, sordidez en barrios marginales, miseria y perros que pagan el precio de la venganza, a sangre y fuego; enfermos mutilados, enfermeras, el amor contra corriente y carnavales en el recuerdo, alguien que lee el porvenir hasta en manos amputadas.

Más y más, sexo, películas, efectos especiales, rubias con las tetas desparramadas hacia los lados, un hiperrealismo refinado y cruel, ranas que llueven, que invaden todo, lo onírico y el dolor lacerante de la pérdida.

Hay criaturas en La condición animal, de todo tipo, de toda naturaleza, hay materia que se transforma, los elementos que conforman lo material y lo sensible.

Y hay poesía.

   “Todo el verano lloré a Sherry.

    El viento arrancó la cruz de palitos que pusimos cerca de la huerta en el lugar exacto donde lo enterramos. Ya no tenía dónde llorarlo así que lo lloraba siempre y por todas partes. De día, lo lloraba entre los tomates. Luego de las lluvias, en los charcos donde el sol caía a pique y, por las noches, en todos los sueños.”

Así narra ella, y se difuminan las fronteras entre narración y poesía, como dijimos al reseñar el libro.

“Cada uno crea

de las astillas que recibe

la lengua a su manera

con las reglas de su pasión

-y de eso, ni Emanuel Kant estaba exento.”

(El arte de narrar, Juan José Saer)

Valeria Correa Fiz, creó la lengua a su manera, con las astillas recibidas, y el resultado es un libro de profunda belleza.

El viernes es la cita para la presentación de la edición argentina.

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