Cometierra

Escribo para no darle espacio a la muerte
3 mayo 2020

Cometierra

¿A qué sabe la tierra? Hace meses atrás leí ciento catorce páginas de la novela de Dolores Reyes, de un tirón, en un trayecto de hora y veinte de colectivo en el que no escuché otra cosa que esas voces de más allá de las propias entrañas de la protagonista.

…y ya no lo pensé más. Corrí, di un salto y me tiré al río.

Volvía de buscar el libro, caminando por la avenida Santa Fe, entre la gente, bocinazos y un viento que hacía sentir más frío. Entonces me pregunté si tomaría un terrón de tierra, lo acercaría a mi lengua y lo mascaría cerrando los ojos en un impulso irresistible. Eso fue lo que consiguió Dolores Reyes que hiciera sin hacerlo. Leer fue sentir un picor en los ojos, terrosa la boca y seca la garganta, mientras una mano me atenazaba la garganta.

Muchas veces me pasa al leer que relaciono otras lecturas, esta vez no fue la excepción. “La piedra que fui se ablandó; dejó libre el hueco. Aquel barro que él fue se lavó. Ya cumplimos. Queda el camino limpio. ¿Qué diré ahora? Diré: Bueno. Como la semilla en su ceguera, sin conocer el árbol de mañana”, dijo Eisejuaz en su lengua, esa de negaciones dobles inventada por Sara Gallardo para un personaje inolvidable. En su paso por el Norte argentino, la autora conoció en Salta al hombre que inspiró su personaje.

«En mi caso escribir –y escribir mucho, aunque sea de manera imperfecta– significa un esfuerzo por desenrollar una especie de madeja interna. Llegar a ser, mediante el trabajo, uno mismo. Es decir, trascenderse a sí mismo para llegar a ser quien uno es y no sabe». Así dijo la Gallardo en una entrevista para la revista Confirmado, de la cual era columnista.

En el caso de Dolores Reyes, ser mujer, madre, maestra y ahora escritora; o sea, ella misma reinventada, es la carta de presentación de Reyes. No valen comparaciones ni etiquetas que no le hacen justicia a una obra que conmueve y trasciende geografías.

Cometierra tiene esa misma vocación de personaje inolvidable.


Dolores Reyes vive en el oeste del conurbano bonaerense, conoce la realidad de violencia y marginalidad que afecta a su población, y en su actividad social y cultural ha coordinado el ciclo de lecturas Inconsciente Cultural. Su novela fue corregida en el trabajo de clínica de obra que realizó con Julián López, y la fluidez de su escritura, no exenta de una poética del dolor, empezó a circular en talleres y círculos literarios; a difundirse como las ondas que se van formando en el agua al arrojar una piedra.

En aquella época de clínica de obra, comenzaron a circular sus textos, cuentos breves y profundos, como  Muelle, publicado por la Agencia Paco Urondo.

“La abuela me leía a mí. Acomodaban su colchón pegado al mío y dormíamos las dos solas sobre el piso de madera. Y aunque yo no encontrase nunca el peligro o la esperanza que ella veía en las páginas de su biblia, me gustaba dormirme sintiendo su voz.

Vuelvo a Sara Gallardo y a esa concepción de la escritura como un instrumento para llegar a ser quien una no sabe que es.

¿Qué historia o qué mujer habrán inspirado a Dolores? ¿Cuáles serán sus escritoras preferidas?

Mi admirado Leopoldo Brizuela, que fue un dedicado lector de la obra de la Gallardo y a la postre el encargado de la edición de su narrativa breve completa, afirmaba que la autora junto a Silvina Ocampo y Elvira Orphée no llegaron a destacar, opacadas quizás por el brillo de otra tríada de mujeres de su época a las que se les daba mucho más espacio: Silvina Bullrich, Marta Lynch y Beatriz Guido

También fue él quien afirmó que si bien la obra de Sara Gallardo no se parecía al canon  “sí se parecía a muchísimas cosas laterales, cosas que no están en el centro. Esto pasa mucho con los grandes libros. Quedan y mucho tiempo después parece que fueran mucho más originales. Pero no, tomaron cosas de la cultura de su época. De escritores menores o de otros artistas o textos que han pasado al olvido. Eso también es la genialidad».

Una genialidad o una obra genial, eso es Cometierra, tan luminosa en su oscuridad.


Me llenaba la lengua, cerraba la boca y trataba de tragar. Sentía que la tierra pasaba de ser una cosa en mi mano a ser algo vivo, tierra amiga en mí, y seguía comiendo.

Lo dice la protagonista de esta historia potente no exenta de denuncia social: la trata de blancas, la violencia contra la mujer, la marginalidad y la exclusión están presentes y nos interpelan. Ella que de pequeña al tragar tierra, “supo” que su padre había matado a golpes a su madre, tiene que transitar un camino que la lleve al conocimiento de sí misma y le permita hacer algo por los otros, a partir de su don, el de la adivinación a partir del elemento tierra en una fusión de dos ideas. La geomancia que es el procedimiento adivinatorio por medio de la lectura de las trazas de líneas o círculos en la tierra; y la geofagia, palabra que en su etimología deriva del griego geo= tierra, y phagein= comer, es decir la práctica de comer tierra o sustancias terrosas, como arcilla y creta, comportamiento alimentario de vieja data.

La tierra, segundo elemento, negativo y femenino, cuyo uso medicinal se remonta a los albores de la humanidad, fue utilizada desde siempre por sus virtudes para curar heridas y problemas inflamatorios. También es el elemento elegido por Dolores, para que su criatura pueda adivinar lo que sucedió antes.

Comer tierra, paradójicamente, le sirve a la protagonista para limpiarse de esas visiones que la persiguen, y es el pivote sobre el que gira esta historia que perdurará más allá de la lectura, para hacernos abrir los ojos ante una realidad creciente: la violencia contra la mujer.

Acaricié la tierra que me daba ojos nuevos, visiones que solo veía yo. Sabía cuánto duele el aviso de los cuerpos robados. Acaricié la tierra, cerré el puño y levanté en mi mano la llave que abría la puerta por la que se habían ido María y tantas chicas, ellas sí hijas queridas de la carne de otra mujer. Levanté la tierra, tragué, tragué más, tragué mucho para que nacieran los ojos nuevos y pudiera ver.

Cometierra, una novela que conmueve.


EDICIONES

Mi ejemplar es de la primera edición de mayo de 2019, de la Editorial Sigilo, la portada es preciosa y su diseño corresponde a la rosarina Jazmín Varela integrante del colectivo de artistas gráficas Cuadrilla Feminista.

                                       

 

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