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Aniversario

   Tratando de sacudir las telarañas del desánimo y la desesperanza, deponiendo un poco el yelmo, el estandarte y la coraza,  pensando en un convite a quienes creen que leer y escribir, salva o rescata, moviliza y conmueve, acá estamos. Un año después, de habernos animado, de hacer más que decir,  de construir, que de eso se trata.

   “- ¿Qué sentido tiene este construir? -pregunta-. ¿Cuál es el fin de una ciudad en construcción sino una ciudad? ¿Dónde está el plano que siguen, el proyecto? -Te lo mostraremos apenas termine la jornada; ahora no podemos interrumpir -responden. El trabajo cesa al atardecer. Cae la noche sobre la obra en construcción. Es una noche estrellada. -Éste es el proyecto- dicen”.

   Así decía Italo Calvino, que nos inspiró en la construcción de Mégara, una ciudad con nombre de mujer, como sus ciudades invisibles, que invitan a parafrasearlo.


   Si quieren creernos, bien. Ahora diremos cómo es Mégara, nuestra ciudad–red. Una red infinita, trazada de manera antojadiza, con algunos puentes colgantes hexagonales meramente decorativo y otros rectos que sirven de paso, para ir por donde se quiera y más allá; metros y metros de puentes colgantes de palabras, atravesados por pilares de libros irregulares para afirmarse. Alrededor, abajo y arriba solo está el infinito,  inalcanzable para el lector más agudo.

   La ciudad entonces se encuentra suspendida hacia la nada que busca ser todo lo que cada uno desee imaginar. Su trazado es como una malla elástica que sostiene las ideas que se les ocurren a los que pasan por allí.  Todo cuelga en la ciudad red, los bancos de plaza, las calles que no son calles, las casas sin puertas ni ventanas y en su interior, cuelgan las mesas ratonas, las bibliotecas, los sillones, las lámparas de pie y las de noche, las cortinas y los paraguas que además se abren. Sin embargo, aquí en Mégara, la gente no suele preguntarse mucho, saben que la ciudad está sostenida por esa gran red tejida.

    No hay mucho más que saber, sólo transitar por sus puentes, tratando de mantener el equilibrio. Se camina con cuidado, hay mucha energía puesta en esa malla que sostiene todo, la ciudad está en el vacío que espera llenarse y sus habitantes caminan sus puentes colgantes, hacia todas partes. Abajo y arriba, solo el infinito, y libros y más libros formando terrazas, balcones, miradores y atalayas. De cuando en cuando un pájaro equivoca su vuelo y queda atrapado.

     Así es esta ciudad, si quieren creernos, serán bienvenidos. Y recuerden lo que dice el historiador, de ese conocido refrán sobre los habitantes de Mégara:

 «Construyen como si fueran a vivir siempre, viven como si fueran a morir mañana».

Mégara. Ciudad de libros.

 

 

1 Comment

  1. Eme dice:

    Hermoso lo que escribiste, Sandra. Felicidades por construir esta ciudad maravillosa con puentes colgantes y con nombre de mujer.
    ¡Feliz aniversario, Mégara!

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