La catedral de San Mario

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La catedral de San Mario

En 1984 se estrenó en cine La historia sin fin, basada en el libro homónimo de Michael Ende. Si no me traiciona la memoria, la vi en primer grado (1986). Al margen de las desventuras de Atreyu, La Niña Empreratriz y Falkor, que me impresionaron terriblemente en ese momento, el personaje con el que me sentía identificado era el de Sebastián. A través de un librero tan malhumorado como bienintencionado (Karl Konrad Koreander me informa Wikipedia), se hace con un libro muy especial: al leerlo se entremezcla su historia y la que narra el mismo libro. En gran medida, me doy cuenta ahora, esa historia selló parte de mi destino como lector.

Bien mirado (y en retrospectiva), a mi modo menos cinematográfico, fui Sebastián.

wp_20160911_02_47_30_proMi Karl, se llamó Mario. A dos cuadras de mi casa de aquel entonces, en el barrio de Martínez había una librería pequeña, incluso con nueve años podía darme cuenta que era pequeña. Toda, absolutamente toda revestida de madera y libros, del piso al techo. Y perdido entre ambos, madera y libros, estaba Mario. Invariablemente hosco, como su par cinematográfico, miraba por encima de la montura de los bifocales que colgaban de su cordón negro. El librero por antonomasia. Recuerdo juntar los diez pesos que hacían falta para ir a buscar algún ejemplar de Elige tu propia aventura, ahorrando algo de la plata del recreo o algún regalo de un pariente bienhechor. Con el tiempo y la recurrencia de las visitas a la librería, el gesto adusto no se modificó, pero quizás se suavizó un poco. Un día, después de haberle preguntado por un autor que no correspondía a mi edad (no recuerdo cuál), Mario bajó los bifocales hasta casi el final del puente de la nariz y se quedó mirándome fijo por un tiempo que me pareció eterno. Habrán sido diez segundos, como mucho. En vez de responder por sí o por no, o de cualquier otra forma, me dijo «Vení conmigo».

Una escalera angosta y empinada llevaba al sótano, debajo de la librería, pero excediendo la superficie de la misma. Interminables hileras de libros, estanterías y más libros sin fin. Después de una serpenteante caminata, nos detuvimos y, fiel a su economía de palabras dijo: «Agarrá uno de acá». Nunca pude recordar el libro que me llevé. En cambio al día de hoy recuerdo cómo me sentí al navegar entre toda esa pulpa y esa tinta: me sentí como Sebastián cuando se encierra en el altillo a leer La historia sin fin.  

wp_20160911_02_48_16_proEse viaje por entre las columnas bizantinas perfiladas por los libros, ese halo de misterio a media luz, el olor a libro que asocio inevitablemente a ese lugar, quedaron marcados en mí para siempre. Por lejos que viajara con Nemo por los mares o con Baley por el espacio asimoviano, por tenebrosa que fuera la la narración extraordinaria o intrigante el misterio que resolví con Holmes, siempre se lo tendré que agradecer a Mario.

A los once años me mudé y no volví a verlo jamás. Con el tiempo me fui olvidando de toda esa historia. Una lectura reciente y una charla posterior acerca de lo que me gustan los libros que hablan de libros, como La historia sin fin La sombra del viento entre tantísimos otros; hizo revivir el recuerdo con una ternura inconmensurable. Cuántos mundos de fantasía habré atravesado gracias a esas peregrinaciones al templo del libro.

«Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver» dice Sabina en una de sus canciones. Con el recuerdo recientemente recuperado, aún conservando los Elige tu propia aventura, los cuales estoy leyendo con mi hija; quise desoír el consejo y llegué hasta la puerta de la librería. Hoy agradezco el haber encontrado un cartel que decía: «estamos atendiendo en………..».

Ese cartel y la persiana cerrada a cal y canto salvaguardaron gran parte de mi infancia, no tuve que ver esos techos abovedados inasibles convertidos en un techo a dos metros diez, ni el interminable laberinto de libros transmutado en estanterías de metal, pocas seguramente, cubiertas de ejemplares polvorientos. No tuve que ver cómo se convertían misteriosos y sugerentes volúmenes (cosidos y encuadernados en tela con caracteres dorados en mi memoria), en vulgares ejemplares de las mismas editoriales que tengo en mi biblioteca. Pero por sobre todo no tuve que ver convertido ese santuario en un sótano húmedo y diminuto. Para mí será siempre La catedral de San Mario.

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